La perla del agua CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

—Como te digo, conozco las entrañas de esta villa más que las mías propias.

Escucho su latido, siento su pulso, y sé que, envenenadas por un demonio de cabellos claros y alma negra, claman venganza.

—Hizo una pausa para mirarme atentamente a los ojos—.

¿Sabes cuál es en realidad mi magia? Que veo el alma en los ojos de la gente.

Sé leer en ellos, Isabet, y en los tuyos el día del ataque vi horror, pero sobre todo vi pintado un desgarrador arrepentimiento.

Supe lo que creías que habías hecho, como supe que el destino te traería de nuevo.

Pues, en tu fuero interno, esa nobleza que posee tu corazón, y que sin embargo subestimas, te empujaría a recibir tu pago para liberar la culpa, aun a costa de tu vida.

—La intención sigue acusándome —reconocí compungida.

—No fue intención, fue un arrebato pasional —puntualizó—.

Estabas herida y te nublaste. Albergabas, además, rencor porque te sentías rechazada por tu origen morisco.

Y todo eso convergió en un día negro en el que el destino se confabuló contra ti.

Libera ya esos oscuros remordimientos, muchacha, pues no eres verdugo, sino víctima.

Asentí. Regueros húmedos recorrían mis mejillas; no era agua de lluvia, sino la desdicha salada y cálida.

—Ya es tarde para escapar a ese fatídico destino —musité apesadumbrada.

La curandera chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Nunca es tarde mientras hay vida. Y esta higuera entiende mucho de eso.

Fruncí el ceño y la observé intrigada.

Patou sonrió y compuso una expresión misteriosa que acicateó más mi curiosidad.

—Con las hojas de este árbol se hace un tónico para aumentar la fertilidad de las mujeres, pero también de los hombres. Sé quién tomó el que me encargó Blanca.

—Pere.

La anciana amplió su sonrisa.

—Pero no funcionó, por eso ella tuvo que usar otros recursos para lograr su objetivo. Quería ser madre de un conde, y quería que no hubiera duda alguna sobre la noble herencia de la criatura apelando a un parecido físico. Por tanto...

—Sedujo al padre de Pere —completé.

Patou asintió complacida.

—Hay algo que no entiendo —añadí—. Me consta que Blanca conoce el poder de las hierbas, entonces ¿por qué acudía a ti?

—Para acusarme de la muerte de Pere, tras casarse con él.

Parpadeé atónita.

—Blanca es la bruja. Pero una cosa es serlo y otra que sepan que lo eres.

Ella es cautelosa y permanece sabiamente oculta.

No posee los filtros que yo tengo ni las hierbas que se necesitan para confeccionarlos, por mucho que conozca las preparaciones.

Sería demasiado arriesgado que alguien la viera embregada en cosas de ese tipo.

Pero sí puede usar un potente veneno con su flamante esposo y decir que fui yo, que me pidió un remedio para que él pudiera conciliar el sueño o lo que quiera inventar y me achaque a mí su muerte.

De ese modo, se libra de su esposo y de mí.

—¿Eso leíste en los ojos de Blanca?

Patou asintió. Su mirada desprendió un brillo desazonador.

—La maldad más temible siempre busca alcanzar un gran poder para someter y actuar con total impunidad. Ésa es su ambición.

—Su casta ya goza de buen linaje —recordé.

—Pero carece de los vínculos necesarios para llegar a la corte. Su linaje es tan sólo la herramienta para conseguir beneficiosos desposorios. Si ya tiene un heredero asentado en el trono del castillo y enviuda, podrá optar a un enlace de mayor rango, pues es dueña y señora de un condado suculento.

—Entiendo. Entonces, esa arma que pretendes darme para mi defensa también es tu escudo, y posiblemente el de más gente.

—Así es.

Permanecimos un rato en silencio, acunadas por el zapateo regular y vigoroso de la lluvia, envueltas en su húmedo manto, inmersas en nuestras particulares inquietudes, ahora unidas en un objetivo común.

Sinuosos riachuelos de agua descendían gorgoteantes calle abajo, bordeando esquinas, piedras y matojos en busca de un remanso donde finalizar su cauce.

Mis pensamientos también discurrían de igual forma, tratando de bordear obstáculos, ansiosos por encontrar una escapatoria a mi situación que, además, detuviera la maldad de Blanca.

—Ha de ser un arma muy poderosa para lograr detenerla.

—Es la única que podemos esgrimir contra ella, sólo nos queda rezar para que lo sea.

Patou hizo un gesto con la mano para que me inclinara en su dirección.

—La doncella de Blanca requirió de mí un filtro para calmar la ira de su ama con ella hace unos días. Le aconsejé que lo vertiera cada mañana en su copa.

—Pero no es un remedio para la ira lo que le diste, ¿no es así? —adiviné.

—No, es un veneno letal —afirmó circunspecta.

Fruncí el ceño y la observé confusa.

—En tal caso, ya usaste el arma tú.

—No empleé la cantidad necesaria para acabar con ella, tan sólo lo suficiente para que disfrute de los síntomas.

Que muera sin motivo no nos es útil; que crea que va a morir, sí.

Nada desenmascara más un alma que creerse en sus últimos alientos de vida.

Si sabes jugar bien tus cartas, lograrás centrar en ella la atención de las gentes de Oropesa, lo suficiente para poder escapar muy lejos de aquí.

—¿Qué hierba utilizaste?

—Adelfa —respondió. Guedejas blanquinosas de su cabello cano se adhirieron a los laterales de su rostro.

Sus aviesos y pequeños ojos castaños relucieron excitados—.

Debe de llevar días sufriendo agudos malestares y convulsiones.

Este último síntoma es el que buscaba para destapar su verdadera índole.

—¿Porque es un síntoma de posesión demoníaca?

—Justo por eso. Si logras acorralarla y asustarla, los nervios acentuarán las dolencias, y entonces, delante de toda la villa, podrás revertir la acusación que te hace en su contra.

—Pero si debo enfrentarla en público, no puedo decir que está siendo envenenada, me estaría condenando —objeté.

La anciana sonrió confiada. Introdujo la mano en un saquito que colgaba del cordel que ceñía su túnica a la cintura y extrajo una bonita flor rosada que me entregó.

—Ahí tienes tu arma.

Titubeé al cogerla, dada la peligrosidad de aquella bella y aparentemente inocente flor.

—Cuando ella la vea, le entrará el pánico, porque la reconocerá. El resto corre por cuenta de tu ingenio.

Asentí y la guardé en el bolsillo de mi capa.

—Aunque todavía puedes olvidar todo esto y huir de aquí.

—No tengo adónde ir ni por quién hacerlo —murmuré masticando aquella realidad que tanto había empeñado en ocultarme.

Y bajo aquella higuera azotada por la lluvia, junto a aquella anciana curandera y en aquel decisivo momento, la muerte de Dragut, el desaparecido poder de la perla y mi negro destino se alzaron ante mí, cubriéndome con sus pesadas sombras.

Una áspera caricia rozó el dorso de mi mano.

Patou posaba la suya sobre la mía en un gesto cómplice.

Su sonrisa me reconfortó y su tacto cálido me ancló a aquel banco y a aquel momento, imprimiéndome la fortaleza y la seguridad que ahora tanto necesitaba para culminar lo que empecé aquella noche bajo la torre del Rey.

La lluvia al fin amainó y la anciana se puso en pie con un quejumbroso gemido.

—Esa perla que llevas al cuello volverá a brillar. Confía en ella y en ti.

Aquella frase, pronunciada con el misticismo reverente de una premonición, me erizó la piel.

Patou me dirigió una última mirada grave, sabia y penetrante, de la que rezumaba una fuerza vital tan apabullante que por un fugaz instante sus profundas arrugas se matizaron difusas, dejándome ver la verdadera esencia de aquella mujer: su joven espíritu vibraba lleno de luz.

Desapareció calle abajo, renqueando apoyada en su bastón, como si el peso del mundo recayera sobre su encorvada espalda. Encerrada en aquel decrépito cuerpo desgastado, brillaba un alma joven y poderosa.

Suspiré largamente y me puse en pie.

Ascendí por las estrechas callejuelas, doblando recodos rumbo a la cima de aquella empinada colina coronada por el castillo.

Aspiré profundamente el embriagador aroma de la tierra mojada, deteniéndome delante de la escalera empedrada que conducía a los portalones de la fortaleza almenada.

Un rosado rododendro se apiñaba tupido en una esquina del muro. Junto a él, una hiedra trepaba hasta desaparecer entre los merlones. Aquellos toques de vivos colores resaltaban la bella sobriedad de la mampostería de los recios muros calizos.

Atravesé los gruesos portalones y me adentré en el patio de armas. Unos guardias custodiaban la entrada a la torre del homenaje, un bastión inaccesible para quien no perteneciera a la familia sin haber sido invitado previamente.

Me percaté de las miradas curiosas de sirvientes y soldados. Sus ceños y sus murmullos malintencionados atrajeron a más habitantes del castillo. Ninguno parecía decidido a acercarse a mí.

Me aproximé a la entrada de la torre del homenaje y el guardia me cortó el paso.

—Vengo a ver a la condesa. Mi nombre es Isabet Llerán, dile a tu señora que tengo algo importante que decirle.

El hombre, de aspecto zafio y mirada hosca, frunció el ceño. Llamó a su compañero, que lo relevó de su lugar, y se adentró en la torre.

Miré a mi alrededor. Los altos muros que me rodeaban se me antojaron las fauces de un lobo que pronto se cerrarían en torno a mí.

Al cabo, regresó el guardia, plantando su abultado pecho frente a mí. Su gesto torvo me anunció que no era bienvenida.

—Habrás de esperar aquí, serás llamada en breve al gran salón, cuando la condesa así lo disponga.

Asentí y retrocedí unos pasos. El hombretón pasó por mi lado y desapareció tras una arcada.

Poco después vi salir a un grupo de jinetes. Una punzada ominosa me inquietó. Estaba a su completa merced y en su territorio. Mi posición era tan delicada que medité bien sobre los pasos que debía dar mientras caminaba errática por el patio.

Suspiré profundamente cuando una doncella aleteó su mano para llamar mi atención.

«Bien», me dije. Empezaba el juego. Yo no tenía ninguna garantía de salir airosa, pero, al menos, con algo de suerte ella caería conmigo.

Atravesé un pórtico abovedado y me introduje en el gran salón. Mi sorpresa fue encontrar a Pere en la entrada, tendiéndome una mano que no acepté.

—Permíteme llevarte en presencia de mi esposa, y de paso agradecerte que me hayas ahorrado la molestia de tener que darte caza.

Su perfidia hizo que me pusiera rígida. En sus avellanados ojos relució una inquina tan corrosiva que me golpeó. No quedaba nada en él del hombre al que creí amar. En ese momento incluso me pregunté qué podía haberme seducido de él.

Lo miré imprimiendo en mi gesto todo mi desprecio.

—Ten por seguro que no lo hago por ti —mascullé cortante—. Y no sabía que las presas también cazaban.

Apretó los labios irritado y cerró los puños contenido. Alcé la barbilla y caminé hacia el fondo de la sala, seguida por él. Blanca se hallaba sentada en una silla de respaldo alto, encarada a la ventana ojival, por donde apenas entraba el mortecino resplandor de una mañana oscura.

Su mirada pareció atravesarme. La cicatriz de su mejilla había mejorado bastante; ahora era una fina línea rosada que rompía la tersa palidez de su rostro. Su mirada cerúlea me recorrió con evidente desdén.

—Tienes agallas, pero poco seso —musitó esbozando una sonrisa condescendiente.

—A ti te falta corazón y te sobra maldad.

—No logro entender por qué has regresado, a menos que tengas muchas ganas de probar la horca. Eso es lo que les espera a los traidores, aunque quizá te vaya más una buena hoguera.

—Tienes mala cara, ¿te has estado encontrando mal estos días?

Las ojeras y su extrema palidez evidenciaban que estaba enferma.

—Eso no te incumbe, lo que sí debe preocuparte es lo que está a punto de suceder aquí.

Pere y varios sirvientes me rodearon. Unos pasos firmes bajaron la escalinata que llevaba a las habitaciones.

Joan de Cervelló se aproximó a nosotros y miró a su hijo inquisitivo.

—La bruja ha venido a entregarse —respondió Pere a su muda pregunta.

—¿Habéis avisado al alguacil? —interpeló el conde mirándome con recelo.

—Acabo de mandarle un mensajero. Creo que el inquisidor de Valencia está en Castellón; con suerte, esta tarde podremos juzgarla y condenarla —explicó Pere con un gesto de suficiencia en su faz.

Lo poco que sabía de la Santa Inquisición es que ahora estaba más empeñada en condenar judeoconversos, simplemente porque deseaban expulsarlos del reino, y no sólo por recelo, a pesar de su obligada conversión, sino por apropiarse de sus riquezas.

De cualquier forma, también ponían su atención en los moriscos, aunque, en mi caso, mi condición era lo menos incriminatorio.

Además de ser mujer, y de haberme confabulado con el enemigo, tenían pruebas de sobra para quemarme en la hoguera.

Aquel grupo de jinetes iban camino de Castellón para interponer la denuncia pertinente al inquisidor.

Bien, si tenía que ser a lo grande, que lo fuera.