CAPÍTULO 47
E L DOBLE FILO DE LA VENGANZA
No tardarían en venir a por mí.
Ya daba igual adónde huyera, mi nombre pronto figuraría en una condena inquisitorial. Tan sólo había una cosa que podía hacer, y era acudir a mi destino sin perjudicar a nadie más.
Tras los gritos acusadores de Juana, el sufrido silencio de Dolores, las lágrimas de Leocadia y el desprecio del joven Rafael, no me restaba hacer nada más en la alquería de los Llerán.
No había palabras que pudieran rebatir las pruebas en mi contra, y en verdad yo había tenido contactos con el más allá, con una entidad tan similar a la mía y tan extraña a un tiempo que ni yo misma podía negar que no fuera una bruja.
Mi tiempo se acababa, y quizá entonces podría reunirme con él.
Aquel lúgubre pensamiento, paradójicamente, imprimió en mí la fortaleza suficiente para aceptar mi destino.
Salí de la hacienda con la espalda recta y la barbilla alta. Si aquellos pasos eran los últimos que daba, decidí que fueran firmes, que dejaran huella en el barro donde los hundía.
Una fina lluvia ablandaba la tierra, intensificando los colores de la naturaleza.
El ocre de la tierra adquiría un tono más oscuro, el verde de los pinos rielaba más vivo bajo las gotas que lamían sus agujas.
El gris de los riscos ennegrecía sombrío bajo el manto húmedo que horadaba su rugosa superficie.
El apretado entramado de nubes hurañas y oscuras cubría de sombras colinas, praderas, arboledas y senderos, convirtiendo la lluviosa mañana en una noche temprana.
Un hermoso y espectacular escenario para mi entrega.
Caminé entre los charcos bajo aquella amable cortina de agua, que lloraba mi avance como una dulce despedida. Sentí la caricia de su llanto arrastrando el mío, su refrescante abrazo alejando el ardor de mi rendición, encontrando cierto alivio en tan suave compañía.
Era tiempo de rendir cuentas, de descargar por fin aquella pesada culpa y de asumir mis cuitas con la vida.
Hacía casi un año que mi destino me había llevado a ese momento, que una decisión acalorada había cambiado mi vida y, por desdicha, la de muchos otros.
Demasiada sangre manchaba mis manos para haber creído ni por un solo instante que esas almas no reclamarían la mía.
El doble filo de la venganza se cernía implacable sobre mí y pronto mi pecho lo cobijaría.
Al llegar a la villa, ascendí por las calles empedradas arrebujada en mi capa. El viento silbaba afilado en las esquinas, susurrando sus secretos a las dormidas piedras que entonaban su canto.
En la plaza de la Iglesia, me detuve a recuperar el resuello. Reparé en rostros recelosos que me observaban curiosos desde algunas ventanas, algunos se santiguaron. No tardaron en cerrar los postigos, quizá temiendo que les lanzara alguna maldición.
Suspiré queda y reanudé la marcha. La tupida copa de una frondosa higuera, un poco más arriba, ofrecía su natural techumbre como cobijo de la lluvia. Me detuve de nuevo y me senté en el banco de piedra bajo ella, que tantas buenas conversaciones habría presenciado.
Quizá en ese otro mundo, esa otra mujer y ese otro hombre, tan similares a Dragut y a mí, tuvieran alguna oportunidad.
Lo deseé con todo mi corazón, pues sería una especie de segunda oportunidad para nosotros.
Ese simple anhelo me reconfortó. Tomé la perla de agua en mi mano y me la acerqué a los labios.
Su tibia tersura me arrancó un suspiro. Cerré los ojos y evoqué los besos de Dragut, y justo en ese momento mi corazón sangró a borbotones y mi llanto fluyó liberando el dolor de la pérdida.
Esa que había estrangulado cada día en su ausencia.
Esa que había vestido de esperanza. Esa que ahora, desnuda, me imponía su verdad.
Él había muerto en aquella batalla. La perla había muerto con él, y yo ya ansiaba poder seguirlos.
Respiré hondo, miré las grandes y verdes hojas de la higuera, por las que se escurrían sinuosas gotas de lluvia que caían perezosas sobre mí. Alcé una mano y acaricié su lobulada forma.
—Esas hojas las uso para diferentes tónicos y ungüentos.
Me volví sobresaltada.
La anciana me sonrió divertida y se sentó en el banco de piedra. Palmeó el hueco a su lado, alentándome a ocupar ese lugar junto a ella. Me senté a su lado y la observé desconcertada.
Patou, la curandera, esbozó una expresión complacida.
Unas profundas arrugas surcaban su rostro como riachuelos de sabiduría.
Su piel cuarteada y ajada, como un campo yermo, cubría unas facciones que la edad había deformado, pero no ocultado.
Podía adivinarse tras su fruncida piel curtida la sombra de aquel fantasma de juventud que pocas personas decidían conservar y que brotaba vivaz a través de sus ojos.
—Resulta muy extraño verte fuera de tu cabaña, y más en un día así.
—La humedad cala mis huesos y me quiebra —murmuró con una voz gastada y áspera, tan deteriorada como el resto de su cuerpo—, pero hoy tenía un importante motivo para salir de mi guarida.
Me lanzó una mirada intencionada con aquellos ojillos castaños que se entornaron avispados.
—¿Y cuál es ese motivo?
La anciana inhaló una profunda bocanada de aire y se arrebujó más en su capa de sarga. Encogida en aquel trapo, parecía incluso más pequeña de lo que era.
—Darte un arma para defenderte —profirió con cierto tono solemne.
La miré intrigada y suspiré.
—No voy a luchar, voy a entregarme.
—¿Dejando que gane la maldad?
Me encogí de hombros. El goteo de la lluvia en los adoquines compuso una melodía serena que arrulló mi espíritu.
Sabía que se refería a Blanca.
—Ella pagará sus deudas algún día, y no de mi mano. Aniquilaron el pueblo por mi culpa, fue mi mano la que derramó sangre, no la suya. Mi arrebato costó vidas, y yo acepto mi castigo.
—Y por eso acudes al castillo de los Cervelló para ofrecer tu vida.
Quizá así los pobres desdichados que sucumbieron bajo el acero de los bereberes resuciten, o quizá así Blanca se convierta en el ángel que aparenta ser, o puede incluso que todas las desgracias del universo desaparezcan gracias a tu sacrificio.
El tono ácido y mordaz de sus palabras me sacudió más que la mirada reprobadora con que me aguijoneaba.
—Nada de eso ocurrirá, pero sí se hará justicia.
—¿Justicia? —escupió displicente—. No me hagas reír, que no tengo dientes bonitos que lucir.
No existe la justicia, muchacha atolondrada.
Y dudo que exista algún día. El mundo es un lugar hostil y atroz, en el que se puede sobrevivir si se tienen agallas y una mente despierta; en caso contrario, estás perdido.
El mundo devora y escupe los restos o se los traga, nada más, no hay humanidad en él, ni piedad alguna.
Por regla general, los malos triunfan y los buenos perecen.
Sólo hay dos tipos de personas: los que cazan y los que se dejan cazar.
A veces no se tienen opciones, pero otras sí.
No te dejes cazar, ni siquiera por tu engañosa conciencia.
Enarqué las cejas sorprendida.
—¿Engañosa?
La anciana asintió y apretó los labios vehemente.
—¿Acaso tu conciencia ha estudiado con detalle lo que ocurrió ese día? No, no lo ha hecho. Pues, si hubiera sido así, tú no estarías acudiendo hacia tu muerte, sino huyendo de ella.
La observé confusa.
La mujer resopló paciente y cerró su ajada mano sobre el puño de su bastón.
—¿Te has preguntado qué hacía una flota de galeras bereberes escondida en las islas Columbretes?
Negué con la cabeza.
—Claro, estabas tan agraviada por tu repudia pública que no eras capaz de pensar.
Querías resarcirte, vengarte, y actuaste movida por el acaloramiento de una ofensa, por los celos y por la ira.
Pero, por Dios, ¿de veras crees que fue la Providencia la que aquella noche puso a tus pies a todo un ejército de piratas?
Agrandé los ojos y la miré expectante.
—No, muchacha estúpida. No. Esa flota llevaba días acechando la costa, habrían asaltado la villa con o sin tu ayuda, como suelen hacer. Su misión es sembrar el terror, saquear, esclavizar y lucrarse.
—Pero yo atraje su atención sobre Oropesa, bien podrían haber elegido Burriana, o Xilxes —repliqué.
—En ninguna de esas villas se guardaban las rentas anuales de la región, tan sólo en el castillo del conde de Cervelló.
—Hizo una pausa para mirarme significativamente—.
Sustanciales caudales que irían a parar a las arcas del rey para costear la guerra que mantiene con el sultán otomano.
Barbarroja debía de tener esa información y mandó a sus secuaces a hacerse con el botín.
Si vas a saquear, hazlo donde más rentable sea.
—¿Cómo... sabes todo eso? —mascullé impávida.
La anciana alargó un brazo y extendió su huesudo dedo índice señalando mi pecho.
—Yo también tengo una bola de cristal mágico.
—Sonrió burlona y añadió—: Eso, y clientes que me cuentan sus vicisitudes buscando una solución.
Conozco las miserias de todos tus vecinos, sus secretos y sus deseos ocultos.
A mi cabaña acuden tanto gente de alcurnia como simples labriegos.
Pero, una vez traspasan mi puerta, se convierten en lo mismo, en gente que busca remedios, consejo o cura.
La lluvia comenzó a arreciar, y los goterones que caían intermitentes entre las solapadas hojas de la higuera se convirtieron en regueros de agua que se escurrían a nuestro alrededor. Como ellos, la culpa todavía adherida a mi conciencia comenzó a desprenderse, derramándose en hilillos pegajosos.
—¿Cómo sabías que venía a entregarme?