La perla del agua CAPÍTULO 46 #2
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CAPÍTULO 46 #2

Juana y Dolores habían dejado de comer atentas a la conversación. La expresión de sus rostros era un reflejo del mío, un crisol cambiante entre ofuscación, furia y asombro.

—Sí, dio a luz poco después de su llegada.

Ella asegura que es de Pere, y por fechas ciertamente es muy posible.

Pero, al ser raptada por los corsarios berberiscos, él presupone que fue mancillada por ellos, y en un principio rehusó cualquier vínculo con ella, aunque yo pienso que fue más porque Blanca ya no es tan hermosa como antaño.

No obstante, su padre intervino, pues hace tiempo que ansiaba un heredero del petimetre de su hijo y lo obligó a desposarla.

—Finalmente lo consiguió —mascullé entre dientes.

Leocadia entornó los ojos y me contempló preocupada.

—Nunca me gustó Pere para ti, Isabet. Y creo que Blanca te hizo un gran favor apartándolo de tu lado. No albergues rencor, sólo conseguirás que se enquiste y te coma por dentro.

—Cierto, me hizo un gran favor, ojalá lo hubiera entendido mucho antes —convine—. Mi rencor hacia ella nada tiene que ver ya con Pere. Por mí pueden irse juntos al infierno.

—¿Y con qué tiene que ver entonces?

—Con que es una víbora manipuladora y vil.

Entornó más los ojos y frunció los labios durante unos segundos, como si meditara sobre alguna cuestión interna. Finalmente pareció asentir para sí e inspiró una gran bocanada de aire.

—Ahora ella es la señora de la villa de Oropesa, vive en el castillo como condesa de Cervelló y, si es tal como dices, deduzco que por rencillas entre vosotras, quizá sea mejor que te mantengas alejada del pueblo.

Juana se puso en pie y se acercó a la mesa.

—Opino igual. Es mejor que nos mantengamos alejadas, por mucho que esa sabandija merezca un escarmiento.

Su airado tono alzó las cejas de Leocadia, despertando su curiosidad.

—No son simples rencillas, ¿no es así?

—No —me limité a responder.

Me pregunté si lo acontecido con Blanca había sido el pago merecido a mi impulsivo arrebato vengativo.

Pues, quien a hierro mata a hierro muere, y quizá yo merecía cada traición suya, ya que había sido mi mano la que había originado nuestra desgracia.

Aunque su ambición y sus ardides hubieran impulsado mis actos, como así había sido, no los justificaba en modo alguno.

No obstante, y a pesar de que mi pecado era mayor por las terribles consecuencias que había acarreado, su maldad era una llama perenne en ella.

La ausencia de remordimientos la liberaba de culpa alguna, provocando que continuara con sus infamias.

Aunque, tal vez, ahora que por fin había conseguido cuanto deseaba, no tuviera necesidad de seguir perpetrando sus maldades.

Sin embargo, algo en mi fuero interno me recordaba que la maldad no se valía de necesidad para florecer, sino de placer.

Y aquello era lo que yo había visto en los ojos de Blanca cuando se había descubierto en el navío de Hernán.

Sentí un escalofrío y resoplé desazonada mirando el fuego.

Con Blanca allí, estaba poniendo en peligro a Dragut. Ese pensamiento me desgarró en dos emociones contrapuestas: el firme convencimiento de que vendría iluminaba mi corazón; la preocupación de que fuera apresado por sus crímenes si Blanca descubría que había regresado por mí lo estrujaba.

Una preocupación equivocada, como descubrí unos días después.

* * *

Solía bajar cada mañana a la costa presidida por aquella mole de piedra cuadrada, muda testigo de mi venganza un año atrás. Justo en el mismo punto donde él me vio por primera vez, justo con la misma esperanza de verlo desembarcar, pero con un motivo completamente diferente.

Resultaba paradójico que de una situación tan dramática hubiera surgido algo tan puro.

Y, aunque la culpa sería una pesada bolsa de piedras sobre mi espalda que cargaría toda mi vida, y las pesadillas del horror que había incitado mi mano me perseguirían eternamente, me negaba a creer que perderlo era también parte del castigo con que la Providencia me hacía pagar aquel craso e irreparable error.

La sangre teñía mis manos y la desesperación rasgaba mi alma ante la dilatada ausencia de mi corazón. Ni siquiera esa perla que continuaba llevando colgada del cuello daba señales de vida.

Había dejado de brillar a primeros de diciembre, aquel terrible día 11 del mes. Pensar que se había apagado con él era tan doloroso para mí que desechaba aquella idea, diciéndome que se iluminaría de nuevo cuando él estuviera cerca de mí. Que, al igual que yo, tan sólo lo esperaba.

Un ruido a mi espalda me hizo volverme: Rafael descendía entre los peñascos en mi dirección. Cuando llegó a mi altura, tan sólo se sentó en una roca abrazado a sus rodillas, contemplando el horizonte. Una expresión hosca ensombrecía su rostro.

—Algún día lo mataré —masculló en un tono tan bajo que hasta dudé de haberlo oído.

—¿A quién?

—Al pirata que ordenó el saqueo —farfulló.

Sentí un aguijonazo en el vientre. Un malestar opresivo me envolvió erizándome la piel.

—La venganza no los va a resucitar y, en cambio, te matará a ti por dentro.

—No me importa, ya estoy muerto —aseveró inmutable.

Me volví hacia él y me senté a su lado.

—No lo estás. Tienes una maravillosa vida por delante —musité con suavidad.

Sentí el deseo de abrazarlo, pero supe que no se dejaría.

Emitió una especie de gruñido y negó con la cabeza.

—No olvidaré jamás la cara de ese hombre —prosiguió. Esta vez, su tono fue tirante y rasgado, como si arañara su garganta—. Volveré a ver esos ojos grises y disfrutaré contemplando cómo se apagan por mi causa.

El malestar se agudizó. Tragué saliva y me estremecí.

—En ocasiones, somos empujados a un destino que hemos de seguir, hasta que algo consigue hacernos salir de él.

La vida es dura, injusta y cruenta, Rafael.

La sangre llama a la sangre, quizá ese hombre no pudo elegir su destino, pero tú sí el tuyo, pues todavía estás a tiempo de elegirlo.

No condenes tu vida, ni la arriesgues, justo por respeto a los que la perdieron.

El muchacho, con el rostro veteado por regueros de mugre y el pelo enmarañado, desaliñado y sucio, me miró con sus grandes y tristes ojos, y negó vehemente. Advertí que llevaba un par de moretones en la mejilla derecha.

—Justo por ellos debo matarlo —espetó rotundo—, por ellos y por salvar a otros de esos demonios.

—¿Y si ese hombre ha cambiado? ¿Y si se ha redimido y busca una vida tranquila?

—No la hallará —sentenció con firmeza. Su mirada relució con perversa complacencia—, pues no la merece.

Un hombre como él, que tanta sangre ha derramado, acabará vertiendo la suya, tarde o temprano.

Si no soy yo, será otro quien lo busque y le haga rendir cuentas de sus atrocidades.

Quien se codea con la muerte acaba por rendirse a ella.

Desvié la vista ocultando mi húmeda mirada. Su deseo era mi temor, y quizá ambos ya eran hechos consumados. «No —me recriminé furiosa—, no.»

—Harás bien en olvidar, Rafael —insistí—. Eres el heredero de los Llerán, hónralos convirtiéndote en un hombre de bien.

—Sólo espero que nunca se cruce en mi camino —repuso amenazador—, porque, sea del modo que sea, acabaré con él.

De pronto, su ceño se frunció y me contempló con un claro deje acusador.

—Deberías odiarlo tanto como yo.

—Y lo odié.

La mirada del muchacho me contempló con enojado asombro.

—¿Ya no lo odias?

—No.

Me observó con tan vivaz desdén que me encogí asolada por su brusca reacción.

—Blanca sí lo odia. Mira lo que le hizo, ¿has visto su rostro? —profirió furioso.

—No fue él —repliqué con demasiado apasionamiento.

—¿Lo defiendes?

Se puso en pie y me contempló colérico y dolido.

—Sólo digo que él no le hizo eso. Fue una mujer, una concubina que...

—Blanca lleva razón con respecto a ti —escupió despectivo.

—¿Y qué dice de mí?

Me incorporé y lo encaré altiva.

—Que eras su puta, y que tú lo mandaste llamar por venganza contra ella.

Que eres una bruja aliada de Lucifer y que llevas una piedra de poder encima con la que te comunicas con el Maligno.

Que por las noches le hablas a esa piedra que llevas al cuello y que, si no acabamos contigo, tu amo regresará para terminar de aniquilarnos.

Se me desencajó la mandíbula y el estómago me dio un vuelco. Un violento escalofrío recorrió mi espina dorsal, como si una fría serpiente reptara por ella.

—¡Yo te defendí! —recriminó ofuscado. Señaló sus moretones y me apuñaló con una mirada resentida y amarga—. Pero acabas de demostrar que dice la verdad —sentenció con acritud.

Se volvió y comenzó a ascender con agilidad por la colina.

—¡Rafael! —llamé con un nudo en la garganta.

El pánico más atroz oprimía mi pecho. La gravedad de aquella confesión revelaba el peligro que estaba corriendo. Blanca confabulaba contra mí, pero con dagas que alguien le había dado. Alguien que conocía la verdad. Alguien muy cercano.

Apenas podía respirar, jadeaba angustiada mientras ascendía entre los arbustos y los peñascos, sacudida por una traición inesperada tan dolorosa que al menos apartaba el miedo, que, insidioso, aguardaba su turno.

* * *

Cuando llegué a la alquería, fui en busca de Juana.

La encontré sacando agua del pozo en mitad del patio delantero.

—¿Se lo contaste? —pregunté a bocajarro.

Ella frunció el ceño confusa y me miró inquisitiva.

—¿De qué hablas? —farfulló dándome la espalda.

Ese gesto me contrarió más aún.

Avanzó con el cubo hacia la casa. La seguí airada hasta la cocina.

—¿Te dejaste llevar por el despecho y le contaste a Blanca que fui yo quien avisó a los corsarios?

Juana abrió desmesuradamente la boca en un gesto de tan genuino asombro que la serpiente que atenazaba mi pecho aligeró algo de presión.

—Ni a Blanca ni a nadie —se defendió mostrándose ofendida—. ¿Cómo puedes pensar eso de mí?

—Pues lo sabe, y sólo tú me viste aquel día —repuse alzando el tono.

—¿Has visto a Blanca?

Resoplé y me pasé las manos por el rostro. Negué con la cabeza.

Juana se encogió de hombros dirigiéndome un gesto de incomprensión.

Le conté la conversación con Rafael y ella arrugó la nariz, componiendo un gesto torvo.

—Tienes que marcharte inmediatamente de aquí —masculló alarmada.

—No voy a irme, no va a salirse con la suya siempre —rezongué indignada.

Juana me cogió por los hombros, clavando en mí su penetrante e inquietante mirada.

—¡Escúchame, estás en peligro! —musitó lentamente en tono grave—.

No sé cómo lo sabe, pero yo ni siquiera se lo conté a mi hermana, te lo juro por cuanto soy.

No obstante, si logra convencer a la gente de Oropesa, vendrán a por ti.

No te someterán a juicio, será un linchamiento público, y temo que. ..

Cerró los ojos, como si aquella posibilidad fuera tan insoportable que ni era capaz de pronunciarla, por miedo a evocarla.

—Soy culpable —manifesté pesarosa y abatida—, no voy a huir.

—¡Lo harás, maldita sea, aunque tenga que dejarte inconsciente yo misma para esconderte de ellos!

Bajé la mirada y suspiré contrita.

—Isabet, debemos volver a Castellón. Aquí, tanto él como tú sólo encontraréis la muerte. Permaneciendo aquí también lo pones en peligro a él.

Aquello era cierto. Esa parte de mí que buscaba autocastigarme para, así, pagar mi deuda apenas era contenida por la esperanza de una vida nueva. Una vida que, sin él, no tendría ningún sentido. Y, a cada día que pasaba, esa esperanza languidecía y la culpa crecía.

—Yo no voy a irme —murmuró de pronto Dolores, que, como una sombra, había permanecido mirando el fuego del hogar desde su oscuro rincón, siempre inmersa en aquella invisibilidad de la inseguridad y el apocamiento.

Me volví para mirarla y advertí en sus ojos una determinación que jamás había visto en ella. Aquella joven asustadiza, insegura, tímida e ingenua, que siempre había vivido tras la enérgica figura de su hermana, alzaba ahora la barbilla y cuadraba los hombros con una firmeza desconocida en ella.

—Dolores...

—No —repitió contundente—. Ya está bien de desvaríos, Juana.

¿Acaso no ves que tus... tus... —frunció el ceño y su labio inferior se adelantó tembloroso—, que tus antinaturales sentimientos no son correspondidos?

¿Que ella tan sólo te utiliza y que se deshará de ti si ese bárbaro regresa a buscarla?

Juana abrió la boca completamente atónita.

Dolores logró mantener aquel porte decidido, sosteniendo la herida mirada de su hermana.

—Fuiste tú... —acusó Juana en apenas un susurro roto—. Tú se lo contaste a Blanca en el harén. Tú le has dicho que habíamos regresado, y tú te aliaste con ella en la trifulca que hubo con Aysha y sabe Dios en cuántas cosas más...

Su voz murió en un gemido sufrido. La traición de quien más quería hundió sus hombros y abatió su espíritu, que, como una vela ante un abrupto soplido, titilaba moribundo.

—Siempre me has protegido de todo —comenzó Dolores dulcificando su tono—, siempre he estado a tu sombra, siempre has cuidado de mí.

Ahora me toca a mí. Veía cómo tu inclinación por la morisca crecía cada día que pasaba.

—Me dirigió una resentida mirada desdeñosa—.

Ella te apartaba de mí, y no sólo eso: te alejaba de la cordura.

¿No te das cuenta, Juana, del peligro al que nos ha expuesto?

Y sigue, lleva una maldición encima, y todo aquel que esté a su lado compartirá su destino. No puedo permitirlo, debo salvarte.

—Dios santo..., no puedo creerlo... —recitaba Juana conmocionada.

—La veía por las noches abrazada a esa... bola de cristal, como una bruja susurrándole cosas, y se me erizaba la piel. No imaginas lo que he rezado por ti, y por ella. Y luego comenzó a herirse en los brazos. ¡Que Dios se apiade de su alma, se escribía sortilegios en su propia piel!

Juana me observó estupefacta.

—Seguro que aún tiene cicatrices de esas letras satánicas con que se marcaba. Dile que te muestre los antebrazos.

Me mordí el labio inferior. No tenía excusa plausible para aquello. Sentí que todo mi alrededor comenzaba a desmoronarse.

—¿Es eso verdad? —me preguntó demudada.

—No es lo que ella cree, no... no soy una bruja... Yo... soy lo que ves, lo que has conocido todo este tiempo.

Dolores se abalanzó inesperadamente hacia mí, apresó mi brazo y retiró hoscamente la manga.

Las débiles marcas antiguas apenas se apreciaban ni eran legibles.

Por desgracia, había una nueva. En mi desesperación por saber de aquella mujer del futuro, había vuelto a grabarme un mensaje, que, tierno todavía, mostraba con sus oscuras y resecas costras una frase inteligible, para desgracia mía: «No puedo verte, necesito una señal de que sigues ahí».

La conmocionada expresión de Juana me hundió en aquel abismo que ya amenazaba con tragarme.

Retrocedió boquiabierta, tambaleante, con la mirada empañada y el rictus crispado. Negaba con la cabeza y su boca se abría y se cerraba presa del desconcierto y el horror.

—Eres... una bruja...