La perla del agua CAPÍTULO 46
86%

CAPÍTULO 46

E L REGRESO

Ese día iba a romper mi promesa de no regresar a Oropesa.

Sin embargo, sí cumpliría otra, la de esperarlo mientras quedara dentro de mí el más tenue aliento de vida.

Todavía me abrazaba y suspiraba contrita recordando sus brazos en torno a mí en aquella despedida que nos rompió a los dos. Me juró regresar a mi lado, y, aunque el destino ya había dictado su lúgubre sentencia, yo lo creí. Necesitaba creerlo, pues vivir sin vida era algo que no podría soportar.

Cada mañana bajaba a la costa y oteaba el horizonte esperanzada y suplicante.

Pero ninguna vela se recortaba en él. Habían transcurrido ya seis meses desde su partida, y las nuevas que portaban los marinos que llegaban a la villa eran desoladoras.

En efecto, y tal como me había mostrado la perla, un grupo de jenízaros liderados por Dragut había desembarcado para exterminar las debilitadas tropas del emperador.

Sólo que, por muy diezmado que estuviera el enemigo, unido y desesperado seguía constituyendo una fuerza temible.

Hubo una feroz batalla cerca de París. Los tercios imperiales se reorganizaron aplastando con facilidad al insignificante escuadrón que Solimán había enviado, los sobrepasaban en número y decisión, pues no era lo mismo matar que evitar morir.

Y, a pesar de que aquel aguerrido grupo de jenízaros y corsarios habían plantado batalla, no tuvieron ninguna oportunidad.

El sultán había subestimado las tropas de Carlos, creyéndolas al borde de la inanición.

No obstante, éstas habían resistido y luchado con sanguinario arrojo.

Ninguno de aquellos hombres había regresado con vida.

Pero él lo haría, me repetía incesante. ¡Lo haría, maldición!

—¿Estás segura de querer volver?

Miré a Juana, que calentaba sopa en una marmita sobre el fuego del hogar.

Con el dinero recibido de Roxelana, habíamos podido costearnos una hospedería durante los primeros meses.

Pero luego descubrimos una cabaña abandonada y destartalada en los arrabales que decidimos reacondicionar.

Era tan pequeña que parecía más un cobertizo donde se guardaban aperos de labranza y utensilios de pesca que un hogar, a pesar de tener chimenea.

—Sí, es hora de enfrentar lo que allí me aguarde. Debo saber de Leocadia y de Rafael. Vosotras debéis regresar a vuestro hogar. Cuando Dragut regrese y no me encuentre aquí, sabrá dónde buscarme.

Intenté imprimir seguridad en mi gesto, pero la mirada compasiva y el asentimiento condescendiente de Juana me la arrebataron.

—Dudo que Pere haya olvidado que lo entregaste a los piratas —señaló preocupada.

—Tampoco habrá olvidado que lo hice bajo amenaza.

—Yo no estaría tan segura —replicó recolocándose un mechón tras la oreja.

—Aun así, tengo que regresar. Aquí no tenemos nada que hacer. Llevamos ya seis meses, y prefiero reclamar mi lugar en la villa que me vio nacer y saldar mis deudas allí.

—Nosotras perdimos cuanto teníamos. Nuestra casa sucumbió al fuego, no tenemos nada.

—Vendréis conmigo a la alquería de los Llerán.

Juana soltó el cucharón y se acercó a mí.

—No tienes que erigirte en nuestra protectora, Isabet, Dolores y yo saldremos adelante.

—Soy yo quien os necesita, y vosotras, de momento, un lugar donde vivir. Creo que es un trato justo.

Tomé sus manos entre las mías y le sonreí agradecida.

La expresión complacida de Juana me dio su beneplácito.

—Bien, volvemos a casa.

Se volvió hacia Dolores, que cosía afanosa en un rincón. Las hermanas se miraron felices y Juana se acercó a ella para abrazarla.

—Mañana, al alba, regresaremos a Oropesa.

* * *

La carreta traqueteaba jubilosa por el sendero que llevaba a la alquería que me había visto nacer.

La visión de los anegados campos de arroz bajo aquel cielo esponjado de nubes pinzó mi corazón, despertando en mi memoria escenas de mi niñez.

Un tupido pinar se abrió a nuestro paso, punteado de retama, romero y espliego.

Su perfume inundó mis fosas nasales con un recibimiento preñado de nostalgia.

Cerré los ojos y aspiré, embriagándome de mi origen, pues, a pesar de haber alimentado un rechazo hacia la tierra que me vio nacer, por culpa de mi sangre hereje, aquellas tierras eran mi hogar.

Y la sangre era sólo eso, sangre, tan roja como la cristiana o la judía.

Y el hogar era aquel donde te abrazaban los recuerdos, donde los lugares se sentían con el mismo afecto que las personas, donde se almacenaban experiencias y aprendizajes, donde se lloraba y se reía.

Hogar era aquel donde se sentía refugio y solaz.

Pero, por encima de todo, hogar era el lugar donde se encontraban las personas que llenaban tu corazón.

Apoyé la cabeza en el hombro de Juana. Dolores hizo lo mismo en su hermana y, así, las tres, sentadas en la carreta, abrazadas entre nosotras, unidas por un drama común, ya formábamos ese hogar.

Nos cruzamos con grupos de jornaleros que acudían a la hacienda con hatillos sobre sus curtidas y doloridas espaldas de tanto quebrarlas durante la siembra del arroz. Cuando divisé la entrada a la alquería, mi pulso se aceleró.

La gran casona se recortaba contra el arrebujado plomo de un cielo amenazador. Atravesamos la arcada principal y la carreta se detuvo en el vasto patio delantero.

La última vez que lo había visto había sido mancillado con sangre y dolor.

Sellé con firmeza los labios, sofocando fútilmente aquellos duros recuerdos.

Había transcurrido casi un año de aquello, pero se me antojaron siglos.

No obstante, reviví el horror con detalle.

De manera inmisericorde, volví a ver a Juan y a Diego agonizantes sobre aquella tierra y mi pecho se constriñó de igual forma que entonces.

Bajé de la carreta y respiré hondo. Una figura familiar asomaba en aquel momento de la casa. El llanto contenido se desbordó cuando se detuvo estupefacta mirando en mi dirección.

Comenzó a boquear con mirada asombrada y gesto atónito. Parpadeó varias veces, para asegurarse de que no era una visión lo que tenía frente a sí.

Aguardé su reacción, tensa y expectante, quizá esperando la culpa y el agravio que merecía.

Leocadia caminó hacia mí. Yo caminé hacia ella.

La mujer ya lloraba abiertamente, tan emocionada como yo. Su expresión bajó mis escudos y corrí hacia ella. Ella corrió hacia mí.

Sus brazos extendidos se cerraron sobre mi cuerpo, los míos la envolvieron con la misma afectación.

—No... no puedo creerlo... Isabet, mi niña...

Sollocé en su cuello, derramando en ella todo aquello que durante mi cautiverio había decidido enterrar, la vulnerabilidad de una niña en brazos de su madre. Porque eso era lo que ella había sido en mi vida, y que ahora había aceptado al fin.

Nada como vivir penurias para descubrir que los problemas que se creen tener se convierten de un plumazo en vergonzosas muestras de pueril e ingrata inmadurez.

Nada como la distancia para ver más de cerca lo que en realidad importa.

Nada como la soledad y el miedo para descubrir el valor de un abrazo sentido. Y aquél lo era.

Leocadia logró separarse de mí para escrutarme con conmovida atención.

—Estás más delgada, y tus ojos han cambiado.

—No sólo mis ojos, mi buena Leocadia, toda yo.

La enternecida expresión de mi ama de cría se pinceló con un entendimiento que agradecí.

—Tienes mucho que contarme, y yo mucho con que alimentarte. ¿Qué tal si logramos aunar ambas cosas junto a un buen fuego?

Miró al cielo, arrugó la nariz y añadió:

—Se avecina una tormenta primaveral. Son las más traicioneras.

—No vengo sola. Traigo a dos hermanas, que también lo son mías.

La mujer miró detrás de mí y sonrió asintiendo.

—En tal caso, han regresado tres hijas al hogar.

* * *

Rafael, único heredero vivo de los Llerán, nos observaba receloso desde una esquina de la cocina mientras mordisqueaba una rebanada de pan de centeno. No había querido darme la bienvenida, tampoco me saludó, sólo me regalaba un rictus hosco y malhumorado que me desconcertó.

Era apenas un muchacho, el menor de los hermanos, pero a sus trece años su estatura era ya la de un hombre; no su rostro, todavía lampiño y rubicundo.

Cuando terminó de examinarnos, se marchó cabizbajo, sembrando en mí una inquietud punzante.

—¿Qué le ocurre conmigo?

—Contigo, no, muchacha, con todos. No ha vuelto a ser el mismo desde el ataque. Apenas habla, se ha vuelto huidizo y ermitaño. Vaga sólo por los arrozales como alma en pena, no supera la trágica pérdida de sus hermanos. Creo que odia a todo el mundo por estar vivo y ellos no.

La culpa, que creí adormecida, se desperezó indolente para clavarme sus dientes, recordándome que anidaba todavía en mí, agazapada y dispuesta a devorarme si yo le dejaba.

—Lamento tanto su pena... —musité afligida.

—Quizá tan sólo necesite más tiempo, rezo por ello.

Juana y Dolores terminaban su segunda ración de estofado de carne, relamiendo sus escudillas sentadas en sendas banquetas en torno a la chimenea. Sonreí ante su apetito.

—Parece un milagro que vosotras cuatro hayáis logrado evadir vuestro destino. No sé cómo habéis conseguido escapar, ni me atrevo a imaginar los infortunios por los que habréis pasado hasta llegar aquí.

Rebañaba el cuenco con un trozo de pan cuando un detalle detuvo el quiebro de mi mano.

—¿Las cuatro?

Leocadia asintió, cogió mi mano y me la condujo a la boca para que me terminase el bocado.

—Hace unos tres meses que Blanca de Zúñiga regresó —explicó—. Debió de pasar todo un tormento, pobre muchacha... Está desfigurada, una horrible cicatriz surca ahora su rostro.

Se me atragantó el bocado y comencé a toser.

Entonces recordé el tónico de ajenjo y su intención de deshacerse del bebé que llevaba en el vientre.

—La última vez que la vi estaba embarazada —musité, aceptando la jarra de vino. Bebí un largo trago y la deposité en la mesa.