La perla del agua CAPÍTULO 45 #2
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CAPÍTULO 45 #2

Quizá debería comentárselo al doctor Ramos, quien se había convertido en algo así como mi padre confesor.

Manteníamos una buena relación paciente-médico, y aunque hacía mucho que me había dado el alta, su fraternal preocupación por mí lo había convertido en una especie de consejero en cuanto a situaciones que me perturbaran más de la cuenta.

Julia también estaba constantemente pendiente de mí, su atención, su cariño y su preocupación la convertían en la madre que había perdido hacía tanto.

De alguna extraña manera, la vida me había procurado una especie de familia que cuidaba de mí.

Y luego estaba Simón, el cirujano que me había operado y salvado la vida, y que ahora era mi pareja.

No sabía muy bien cómo había ocurrido, pero su persistencia había dado sus frutos.

Era un hombre atento, dulce y cariñoso que estaba completamente entregado a mí.

Apenas llevábamos tres meses de relación, pero Simón parecía tener muy claro lo que sentía por mí.

Yo no lo tenía tan claro, pero había decidido dar el paso de intentarlo.

Algo que, en sí, ya era toda una proeza en mi vida.

Era como saltar al vacío, como en ese sueño, sólo que aún no sabía si había agua que me acogiera o piedra que me rompiera.

Y, en el supuesto y esperanzador caso de que hubiera agua, ¿sabría yo nadar?

Bueno, por ahora me encontraba en pleno salto, todavía disfrutando de esa alocada ingravidez, intentando disfrutar de la sensación sin pensar demasiado en las consecuencias.

Podría salir bien o mal, pero arriesgarme a dar ese paso me catapultaba de un empujón a esa sociedad de la que durante tantos años me había escondido.

No sé en qué momento mis cabeceos durante el trayecto me llevaron a un estado de somnolienta vigía.

A intervalos dormitaba para, de repente, abrir los ojos en completo estado de alerta, comprobar que todo estaba bien y volver a dejarme llevar por el sopor.

En uno de esos lapsos de relajación profunda, oí una voz femenina que me llamaba.

Me agité en el asiento, pero fui incapaz de abrir los ojos.

Aquella voz, tan mía y tan peculiar al mismo tiempo, intentaba hablarme.

Yo no lograba entenderla, sólo una palabra osciló basculante en mi mente, negándose a desaparecer.

Incluso pareció rielar entre las sombras de mi conciencia, como una marquesina titilante en una oscura noche neblinosa.

Perla...

Y no sólo apareció la palabra como tal, sino que también se me dibujó una perla de cristal transparente que reflejaba dos mundos invertidos.

En ambos aparecía una costa rocosa: en el de abajo se distinguía una flota de galeras; en el de arriba, un faro y puestos de pesca. Dos mundos, un mismo escenario.

El brusco ronroneo del motor me sacó de aquella singular ensoñación. Parpadeé todavía turbada, viendo en mi mente aquel peculiar objeto.

Había llegado a Oropesa.

Bajé del bus y tomé un taxi en dirección a casa. De nuevo tuve la sensación de estar siendo observada. Volví la cabeza, pero me fue imposible distinguir al conductor del coche que tenía detrás.

Mi lado más racional me impelía a olvidar aquella descabellada idea, peligrosamente paranoica, por otra parte, de que me seguían.

¿Quién iba a tener algún tipo de interés en una simple bibliotecaria?

No obstante, mi maldita intuición se empeñaba tercamente en fijarla en mi cabeza.

Debía comentarle eso a Félix, me dije. Esa condenada manía persecutoria, además de tenerme intranquila, podía terminar por obsesionarme demasiado.

Aun así, ¿cómo diablos estrangulaba aquel instinto?

El vehículo me dejó en la plaza de la Iglesia, frente a mi puerta.

Pagué al taxista y bajé. Sin embargo, no me apetecía encerrarme en casa, y decidí sentarme en uno de los bancos frente a ella.

Necesitaba aire fresco y reflexionar sobre la insistencia pertinaz de aquel objeto todavía pendiendo en mi mente.

¿Qué era esa perla? Quizá yo la había visto en algún lado, me había llamado la atención y mi mente la había retenido.

Llevé la mano a mi pecho y lo palpé como si esperara encontrarla en él.

Era todo tan... extraño.

Un hombre apareció por la esquina de la capilla de la Virgen de la Paciencia, procedente de la calle Horno, y se plantó frente a mi puerta.

Llevaba una cazadora de piel negra y unos vaqueros rotos.

Estaba de espaldas a mí y retrocedió unos pasos para atisbar con más perspectiva el piso superior, quizá buscando luz en él.

Me tensé, pero fui incapaz de moverme. Si aquel hombre se volvía, me vería sentada en la penumbra del banco.

Permaneció un rato contemplando la fachada de mi casa.

Un par de veces se pasó las manos por su espeso y revuelto cabello negro.

Mi corazón se agitó y no supe discernir por qué.

Tampoco supe por qué no sentía miedo. Y, aunque no le veía el rostro, desde luego no era el hombre al que había hecho frente en Benicàssim.

¿Quién sería? ¿Qué hacía espiando mi casa?

¿Sería un ladrón que se estaba asegurando de que su objetivo estuviera despejado?

Se metió las manos en los bolsillos de su cazadora, pareciendo debatirse entre su próximo movimiento. Finalmente, se acercó a la puerta, sacó algo de un bolsillo, miró a ambos lados, pero no tras él, se agachó y metió algo por debajo.

Tras eso, se puso en pie raudo y desapareció calle arriba.

Ya me levantaba cuando un sonido licuó mi pecho con una emoción tan intensa como desazonadora.

Era el rugido ronco e irregular de una moto.

El petardeo hosco y áspero del motor paralizó mi sangre y elevó mi estómago con un cosquilleo que no recordaba haber sentido nunca antes.

Me senté de nuevo, intentando mimetizarme con los listones de madera de aquel banco.

Y entonces lo vi subido a aquella moto, una potente Harley negra.

Pasó frente a mí, rodeando la plaza para descender calle abajo.

Aquella imagen me golpeó con fuerza, desbocando mi corazón.

Sentí un nudo en la garganta, agolpándose en ella unas terribles ganas de llorar.

No comprendía qué me estaba ocurriendo. Aquel remolino de emociones no era habitual en mí.

Cuando el sonido bronco de la moto se perdió en la lejanía, proferí un quebrado gemido y las lágrimas brotaron. Y aquello sí que me asustó.

De repente, reparó en mí y frenó su Harley, deteniéndola.

Levantó la visera de su casco y sus rasgados ojos verdes se clavaron en mí buscando algo que no supe discernir, quizá una respuesta por mi parte.

Mi cuerpo reaccionó ante su cercanía con tal virulencia que me faltó el aliento. Comencé a respirar agitadamente, su intensidad secaba mi garganta.

—¿Te resulto familiar?

Dios, su voz era... era oscura, densa, grave y rasgada. Me estremecí. Un inaudito foco de calor floreció abrasador entre mis piernas.

—Sí —confesé—, pero no te conozco, te recordaría.

Sus ojos se oscurecieron un instante y su gesto se endureció. Pude ver cómo la tormenta se adueñaba de él. Una tormenta que aumentó el irresistible magnetismo animal que desprendía.

Pareció evaluarme un breve instante, o quizá luchaba contra sí mismo, por la feroz expresión contenida que tensaba su rictus. Frunció el ceño, se desprendió del casco, que colgó apremiante del manillar, y se bajó de la moto.

Contuve el aliento cuando se acercó a mí.

Me puse en pie alerta y, antes de que pudiera predecir lo que veía en sus ojos, enlazó mi cintura con un brazo ciñéndome a su cuerpo y con la otra mano apresó mi mentón.

Su aliento acariciaba mi boca, su penetrante mirada me dejaba sin respiración.

Mis latidos se desbocaron cuando sus labios rozaron los míos.

—Creo que necesito refrescarte la memoria.

Su boca cayó sobre la mía como cae el granizo sobre un trigal, arrasándolo.

Me sentí en el mismo centro de un tornado.

Mi sangre se convirtió en fuego líquido y mis huesos se calcinaron ante aquel abrupto fogonazo de pasión.

No sentía mi cuerpo, fue como si me elevara, como si todos mis sentidos despuntaran al unísono, desprendiéndome de mi envoltura terrenal.

Flotaba entre sus brazos, respondiendo al beso con la misma desesperación que él derramaba en mi boca.

Cuando se apartó de mí, gemí contrariada, mordiéndome el labio inferior, todavía hambrienta de su sabor. Cerró los ojos y su gesto se contrajo sufrido, apelando a su control. Aquella reacción me sobrecogió tanto como la mía.

Apretó los puños, oprimió los labios contenido y se dio la vuelta.

Se puso el casco, montó a horcajadas en su Harley, destrabó la pata de cabra con rudeza y arrancó el motor. Desapareció calle abajo, dejándome temblorosa y confusa.

¿Qué me estaba ocurriendo?

¿Por qué aquel hombre había desatado aquella incomprensible vorágine emocional en mi interior?

¿Quién demonios era?

Y, lo más aterrador, ¿quién demonios era yo, que no sólo permitía que un desconocido me besara, sino que le respondía como si aquello fuera habitual en mí?

Las respuestas quizá descansaran bajo el umbral de mi puerta.

Me apresuré hasta mi casa. Abrí temblorosa y miré hacia el suelo.

Allí estaba aquella nota.

Entré y cerré tras de mí. Respiré hondo y me agaché para recogerla.

La desdoblé lentamente con dedos trémulos y leí su contenido:

Soy el autor del libro que tienes en tu casa sobre Barbarroja, lo dejé en la biblioteca intencionadamente para que te lo quedaras. En la página 11, línea 11, hay un párrafo para ti. En la página 22, palabra 22, está la ubicación. En la página 33, párrafo 3, lo que debes hacer.

Parpadeé confusa y fruncí el ceño intrigada.

Avancé presurosa hasta mi salón, me dirigí a la atiborrada estantería de mi rincón de lectura y saqué el libro de Barbarroja. Me senté con él a la mesa de mi ordenador, cogí mi bloc de notas, mi pluma, y abrí el libro.

«Bien, veamos...» Apunté en el cuaderno: «Página 11, línea 11, frase para mí».

Comencé a contar líneas resiguiéndolas con la yema del índice hasta llegar a la indicada: «Y al pie de aquel peñasco la vi, con su rizada, larga y oscura melena ondeando tras ella.

Con sus ropas batidas por el viento modelando sus voluptuosas formas.

Con sus grandes ojos negros mirando temerosos nuestro desembarco, sin saber que, al posarlos sobre mí, el conquistador quedó cautivo, que su aviso fue mi perdición y que mi lucha no fue invadir, sino evitar ser invadido. Aquélla fue mi primera gran derrota».

Sentí un vuelco en el estómago mientras copiaba aquel párrafo que comenzaba en la línea 11. Acto seguido, pasé las páginas hasta detenerme en la 22. Impaciente, empecé a contar palabras...

«Torre del Rey.»

Aquélla era la palabra 22, palabras, en realidad. La ubicación.

Tragué saliva y busqué ansiosa la siguiente pista.

Página 33..., párrafo 3...

«Una perla de agua está atrapada en la atalaya de una torre, su marca horada la piedra que mira al mar. Aguarda paciente un pecho que la cobije, para la verdad poder así mostrar.»

Terminé de copiar. Y permanecí un largo instante releyendo aquellos tres textos. La perla... Todavía vagaba en mi mente aquel objeto tan singular. Y, sobrecogedoramente, aquel desconocido, la mencionaba, instándome a encontrarla.

Resultaba todo tan perturbador, tan surrealista, que comencé a preguntarme si no sería producto de mi imaginación.

Demasiada coincidencia que aquella bola de cristal apareciera en mi mente al tiempo que aquel tipo extraño.

Nada tenía sentido. Y no hallar una explicación lógica y racional me hacía temer una recaída.

Según me había contado Julia, tras el accidente, había comenzado a tener extrañas visiones, y el doctor Ramos había tenido que volver a tratarme.

Era como si esos muros mentales no fueran lo suficientemente duros para resistir el envite de los demonios que me acechaban.

Me aterraba regresar al centro psiquiátrico, y ésa fue la única razón por la que no llamé a Félix.

Suspiré hondo y me refregué el rostro con las manos burdamente.

¡Joder! ¿Qué estaba pasando?

Dudé si llamar a Simón y contarle lo sucedido.

Estaba de guardia esa noche y habíamos planeado recorrer en bici la Vía Verde y llevarnos una cesta de pícnic para almorzar al día siguiente.

Con lo que, si me decidía a comprobar aquellas pistas por mí misma, debía hacerlo esa madrugada, antes del alba.

De ese modo, también evitaba que me siguieran.

Imaginaba que se sabían de memoria mi rutina a esas alturas.

«Sí —me dije—, iré a la torre del Rey y comprobaré por mí misma si hay un bloque marcado que esconde una perla de cristal..., de agua, la llama él.»

Él...

¿Quién sería? ¿Qué buscaba de mí? Y, lo más desazonador de todo..., ¿por qué provocaba en mí tan dispares emociones?

En pocas horas quizá obtuviera las respuestas que precisaba...