CAPÍTULO 45
U NA NOTA MISTERIOSA
Adoraba pasear por la playa, por una en particular.
Tras acabar mi turno en la biblioteca, y si Julia no me raptaba con algunos de sus planes, solía escaparme al paseo marítimo de la playa del Torreón y caminaba por el simple placer de ser acariciada por la brisa del mar y por la serena belleza de aquel lugar.
Por alguna razón sentía una especial atracción por el rompeolas, y por el parquecillo que colindaba con la torre de San Vicente.
Había transcurrido un año ya desde el desafortunado atropello.
Un año ya desde que había encontrado aquel libro en la biblioteca, un extraño libro sobre Barbarroja que alguien se había dejado olvidado.
Y un año ya con la sensación de estar siendo vigilada por alguien, hasta que, poco tiempo atrás, esa sensación se había convertido en un hecho.
¿Tendrían relación ambas cosas? ¿Sería importante ese libro?
Había buscado al autor en el registro digital del ordenador del centro, pero no había encontrado nada sobre él.
No había publicado nada, ese libro lo habría mandado confeccionar en alguna imprenta de confianza.
En realidad, parecía un libro antiguo. Tapa dura y robusta de color rojo, grabados en oro y lomo cosido artesanalmente, como un hermoso códice.
Versaba sobre las hazañas del corsario Barbarroja, y lo que más había llamado mi atención había sido la ilustración del pirata en cuestión.
Un hombre gallardo y fiero, con una mirada aviesa y penetrante que debió de inspirar un terror atroz.
Eso y la forma en que estaba narrado, como si el autor hubiera vivido en primera persona la época y los acontecimientos que describía.
Me detuve junto al murete que separaba la playa del paseo, me senté y me descalcé. A aquella hora de la tarde la arena ya estaba fría y su sedoso tacto suponía toda una tentación para mis pies.
Los enterré en ella y, tras suspirar placentera, tomé mis zapatos y comencé a acercarme a la orilla.
No me había pasado desapercibido el detalle de que, al tiempo que yo me detenía, otro hombre lo hacía unos metros por detrás.
A pesar de que había grupos de gente paseando indolentes, sólo él se había detenido al tiempo que yo, y al igual que yo ahora avanzaba, él también lo hacía.
Esa sombra llevaba tiempo siguiéndome, y ya era hora de averiguar quién era y qué buscaba de mí.
Llegué a la orilla y dejé que moribundas y espumosas olas lamieran mis pies.
Miré al frente, donde el sol incendiaba el horizonte con cobre fundido, decidida a remolonear ociosa; de ese modo comprobaría si aquel hombre se marchaba o si, por el contrario, en efecto me seguía.
En el segundo caso, pensaba enfrentarlo, amenazándolo con denunciarlo a la policía.
Caminar descalza por la playa era un goce para los sentidos.
Sentir en la planta de los pies la tersa arena y el vaivén del agua en movimiento me conectaba con la Madre Tierra.
Casi podía sentir el imperceptible zumbido de su latir, ese pulso vibrante que notaba ascender desde mis pies atravesando todo mi cuerpo, llenándolo de una energía mística que elevaba el espíritu.
Si me concentraba lo suficiente, incluso podía oír su susurro.
De cara al mar, cerré los ojos y alcé la barbilla. El arrullo de las olas, el siseo de la brisa y la caricia de un sol mortecino impregnaron mi ser de la serenidad que había ido a buscar. Y, a pesar de saberme observada, logré disfrutar de aquel hermoso atardecer.
Cuando los abrí, la mezcolanza de colores del subyugador ocaso prendó mis sentidos. Entre el profundo añil de una noche temprana y el cobre de un día moribundo, se entremezclaban guedejas rosadas, azules y doradas que incendiaban el cielo pintando un lienzo de belleza sobrecogedora.
Gradualmente, esa explosión de colores se apagaría cubierta por el oscuro manto de una noche tachonada de minúsculas perlas, en la que se alzaría la luna para derramar su plata sobre aquel mar espejado.
Y entonces yo sentiría su llamada. Pues aquel sendero de nácar ejercía un atrayente influjo sobre mí, instándome a recorrerlo.
Resultaba tan tentador perderse en aquel mágico confín, en esa unión del cielo y el mar, asomarse incluso a la cara oculta de la luna.
.. Solía fantasear con aquello, con un mundo más allá de aquel subyugador horizonte, un mundo en el que yo fuera otra persona y mi vida fuera fascinante y maravillosa.
¿Y si la luna era la puerta a aquel mundo?
Una esfera de plata refulgente que se pudiera atravesar llevándonos a un lugar donde todos los sueños pudieran cumplirse con tan sólo soñarlos.
Aquel pensamiento dibujaba en mis labios una sonrisa inocente y esperanzada y, al final, un suspiro resignado la borraba.
No obstante, ese deseo latente en lo más profundo de mi ser era quizá la llama más viva de mi anodina existencia.
Sumida en mis ensoñadoras reflexiones, la noche me cubrió con su manto, y esa luna que tanto me atraía ya asomaba su curvilínea figura, bostezando entre hilachos de nubes desvaídas.
Miré de soslayo hacia el paseo, comprobando que apenas quedaban viandantes en él. Sin embargo, aquel hombre permanecía sentando en un banco, simulando entretenerse con el móvil, dando la impresión de estar esperando a alguien.
Comencé a caminar por la orilla, esta vez a buen paso. Con el rabillo del ojo detecté que él caminaba en la misma dirección que yo.
Llegué al Complejo Pilar Coloma, y, sin salir de la playa, continué mi paseo rumbo al hotel Voramar, un encantador y precioso hospedaje a pie de playa. No pensaba llegar hasta él, sino dar media vuelta y regresar a la torre de San Vicente, donde se encontraba la estación de autobuses.
Aspiré el embriagador aire salobre y me puse la chaqueta que llevaba atada a las caderas.
A medida que avanzaba, el paseo estaba más solitario.
Finalmente, decidí salir de la playa y, sentada en el murete que la separaba de la avenida peatonal, sacudí la arena de mis pies y me puse los zapatos.
Aquella pausa resaltó la intención de mi perseguidor, pues también se detuvo, fingiendo teclear en su teléfono.
Estábamos casi a la misma altura, y entonces decidí que ése era el momento que había estado esperando. Avancé inesperadamente rápido hacia él, que, por fortuna para mí, me daba la espalda, y me interpuse en su camino, encarándolo.
El hombre abrió con asombro los ojos y bajó el teléfono sin saber cómo reaccionar.
—¿Por qué me está siguiendo?
—¿Disculpe? Yo no la estoy siguiendo —respondió ceñudo.
—Lo hace, y quiero saber el motivo.
—Está confundida, se lo aseguro —insistió nervioso.
—Sólo le diré que, si vuelvo a verlo cerca de mí, llamaré a la policía.
—Benicàssim no es muy grande, ¿sabe? —replicó contrariado—. Es fácil que volvamos a vernos, y eso no implica que la esté siguiendo, por Dios. Coincidir en un lugar y acosar son dos cosas muy diferentes. Y ahora déjeme tranquilo y siga su camino.
El hombre echó a andar rumbo a la playa de Voramar, quizá pensando que yo continuaría mi paseo.
Pero yo tomé la dirección opuesta y me dirigí a buen paso hacia la estación de autobuses, como tenía pensado.
Volví la cabeza hacia atrás para encontrar la mirada desconcertada del hombre.
«Conque no me sigues, ¿eh?», pensé irritada. ¿Qué demonios querría de mí?
Aceleré el paso y fui volviéndome de vez en cuando, pero ya no lo divisaba.
Bien, al menos ese día lo había espantado.
No obstante, no pude dejar de preocuparme por aquello.
Por alguna razón, mis instintos más primarios me alertaban sobre él, y no sólo eso, sino que una vocecilla interna me susurraba que algo grave se escondía tras aquella sempiterna vigilancia.
Pero... ¿qué? Tampoco hallaba el modo de poder descubrirlo, así pues, sólo restaba esperar a que diera la cara, fuera lo que fuese.
Llegué a la estación y, por suerte, no tuve que esperar mucho el autobús a Oropesa. Cuando me subí, miré al exterior, atenta a las personas que deambulaban por allí. No lo localicé.
Respiré hondo, reposé la cabeza en el asiento y cerré los ojos.
Llevaba varios días durmiendo mal. Últimamente soñaba más de lo habitual, o al menos lo recordaba más.
Y eran sueños tan extraños e inconexos que no lograba encontrarles ningún sentido.
A veces soñaba con un hombre en una moto, no conseguía distinguir bien su rostro, pero sí el color de sus ojos.
Se acercaba a mí y me tendía la mano. Pero, en lugar de hablar, emitía rugidos extraños, como los de un depredador, y entonces sus difusos rasgos se transformaban en los de un puma.
Yo me asustaba y huía despavorida, pero sentía que me perseguía y yo corría hasta desfallecer.
Luego estaba el otro sueño. En él, oteaba el horizonte desde una costa que conocía cercana a la torre del Rey, pero no había más que aquel elemento que me situaba, pues no veía edificios cerca, ni estaba el faro, ni la carretera, nada.
Sólo la torre sobre la colina. Otro rasgo extraño era que miraba al mar, hacia las islas Columbretes, como esperando algo.
Y, justo cuando parecía atisbar un barco y mi corazón saltaba jubiloso, unas manos me empujaban al vacío y yo caía al agua.
Y entonces despertaba jadeante y asustada.