La perla del agua CAPÍTULO 44 #3
83%

CAPÍTULO 44 #3

Cogí un jarrón de cristal de la mesa de la entrada, lo rompí contra el borde y lo enarbolé por su parte más puntiaguda.

Julia profirió un gemido estrangulado y retrocedió. En cambio, Simón continuó avanzando hacia mí.

—Luis sólo existe en tu imaginación. Lo conociste en aquel centro, os cruzabais en terapia, y quizá fue ahí donde os enamorasteis —comenzó con voz pausada y serena—. Pero él se suicidó poco después, tuvo una nueva crisis, la culpa lo mató. Y tú... tú también lo intentaste al enterarte.

—¡Todo esto es una maldita trampa! —chillé impotente.

Miré a Julia buscando su apoyo, pero el dolor de la mujer se me clavaba en el pecho con más inquina que las palabras de Simón.

—Logramos salvarte —continuó él—, pero entonces comenzaste a tener visiones extrañas.

Te inventaste otra vida, en otro tiempo, para poder huir de la tuya.

No obstante, esa existencia también era compleja y dura.

Era como si también necesitaras castigarte en ella, como si un tormento en vida no fuera ya suficiente.

Entonces, pensamos que sólo había un camino para tu recuperación —hizo una pausa y miró a los presentes con evidente complicidad—: el olvido.

—Y fue así como yo logré borrar de tu mente todo lo negativo —intervino Félix Ramos—.

Evidentemente, para continuar con tu existencia, y puesto que los papeles oficiales no pueden quemarse y queríamos que reanudaras una vida más o menos normal, mantuve en tus recuerdos vagamente lo que ocurrió en tu infancia y tu adolescencia.

Pero conseguí eliminar los recuerdos más duros y, por supuesto, a Luis y tus visiones sobre esa otra vida inventada.

Con tu mente reprogramada y una minuciosa terapia, saliste al mundo de la mano de Julia.

Todo fue bien, hasta que aquel día un hombre muy parecido a Luis hizo que todo se tambalease.

Yo abría y cerraba la boca estupefacta. Sentía cómo el pánico cristalizaba la sangre en mis venas, arañándolas.

—No..., no... Nooo... Todo es una repugnante mentira —gemí con el pulso golpeando violentamente mi sien.

Abrí la aplicación de mensajería buscando los últimos mensajes de Luis, pero no los encontré. De hecho, no tenía ningún número guardado con ese nombre. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—Y, quizá porque andabas ya alterada con aquel asombroso parecido, cruzaste la calle sin mirar y, como si los malditos astros se hubieran alineado en tu contra, un coche te arrolló.

Negué con la cabeza y me ceñí a la puerta. De mi garganta emergieron sonidos extraños que no reconocí como sollozos ni como lamentos, eran simples jadeos entrecortados y sibilantes.

—El traumatismo craneal que sufriste desmoronó todo mi trabajo contigo —prosiguió Ramos—, y no sólo eso: los demonios que oculté emergieron mucho más feroces y titánicos.

Reaparecieron las visiones y tu mente trazó una rocambolesca voltereta para, además, justificarlo todo de manera que encajara a la perfección en una admirable obra de ingeniería mental.

La estructura de tu cerebro debió de sufrir con la lesión una inaudita iluminación de verdadera genialidad.

Luis e Isabet formaban ahora parte de toda la confabulación.

Los habías unido de manera sublime en un mismo delirio.

Todo, Elisa, es producto de tu mente, Luis sólo vive ahí.

Pero en un destello de lucidez, quizá como una anilla de emergencia, además, creaste en él una enfermedad terminal, porque en lo más profundo de tu subconsciente tu mente enferma deseaba curarse.

Tu esquizofrenia paranoide paradójicamente clamaba ayuda creando asideros de cordura para salir del abismo donde te retiene. Tu caso es único en el mundo, Elisa.

Me deslicé hasta el suelo hasta caer sentada y me abracé las rodillas. Esta vez supe que lloraba porque sentía la humedad en mi rostro.

—No..., todo es mentira —gemí sepultada por el horror, la angustia y un dolor tan atroz que apenas si podía respirar.

—Al principio, decidimos seguirte el juego, queríamos ver hasta dónde eras capaz de llegar tú sola.

Confiando en que tiraras de ese asidero de emergencia, y con la ficticia muerte de un Luis que sólo existía en tu imaginación, quizá pudieras regresar a la cordura, y a tu vida normal, asimilando la experiencia que creías real como algo extraño pero soportable.

Sin embargo, cuando comenzaste a autolesionarte, a sufrir delirios, y destrozaste tu apartamento, entonces comprendimos que tú sola no podías con aquello.

Se había sobredimensionado tanto que estaba totalmente fuera de control.

Así que decidimos intervenir. Y el único modo de volver a ayudarte es borrar de nuevo tu memoria con la hipnosis, retomar la medicación y rezar para que puedas finalmente volver a reinsertarte en la sociedad.

Cerré los ojos con fuerza cuando una punzada atravesó mi pecho con un nombre que me rasgaba por dentro.

—¡Luiiis...! ¡Luiiis...! —exclamé agónica.

Aquello no podía ser cierto. Todavía ardían en mi cuerpo sus caricias, todavía mi boca conservaba su sabor, todavía mi corazón vibraba con su recuerdo.

Aún tenía su olor impreso en mi piel, sus miradas grabadas en mi alma.

Su presencia era tan rotunda, incluso sin estar a mi lado, que cerré los oídos a aquellas perversas palabras.

De pronto, un familiar y regular sonido captó mi atención.

Clap..., clap..., clap...

Lo reconocí al instante, y todos mis sentidos saltaron alarmados. Era el metrónomo.

Cuando Félix Ramos y Simón comenzaron a acercarse, me puse en pie y los amenacé con el afilado fragmento de cristal.

Se detuvieron y se miraron conspiradores.

No obstante, fue Julia quien se acercó con los brazos abiertos y una expresión tan tierna y compungida que derribó todas mis defensas.

—Ven conmigo, nadie va a hacerte daño, yo no lo permitiría. Ya sabes lo mucho que te quiero, cariño mío. Ven.

Extendió los brazos y yo dejé escapar un largo y roto sollozo. Solté el cristal y me lancé a los brazos de Julia. Me acogió en ellos y sollozó conmigo. Acarició mi cabello y mi espalda, y yo hundí el rostro en su hombro.

Cuando alcé la mirada apareció ante mí el disco hipnoidal... Comenzó a girar, atrapando mi dolor, mi pena, mi pánico y mi confusión..., y como el agua aspirada por un desagüe, me dejé llevar al vórtice de aquel remolino giratorio, en busca tan sólo de paz...