CAPÍTULO 44 #2
Fue como si me hubieran golpeado. Jadeé conmocionada y trastabillé presa de un estupor abrumador.
—Es imposible, hace unos días estuve con él —repuse alterada.
El hombre me miró dolido, pero preocupado por mi reacción.
—Señorita, creo que se equivoca de persona. Quizá le han gastado una broma de mal gusto. ¿Quiere pasar y le muestro una foto de Luis?
—Sí, por favor —respondí trémula.
Atravesé aquella puerta de entrada con el corazón en un puño y recorrí el pasillo flanqueado por macetas asaltada por el deseo de girarme y dar media vuelta a cada paso que daba hacia el interior.
Cuando el hombre abrió la puerta de la vivienda, mi sensación de ahogo era tal que comencé a hiperventilar.
—¿Se encuentra bien, señorita?
Forcé una sonrisa extraña y asentí.
Me condujo hacia el salón. A través de unas puertas acristaladas asomaba un porche cubierto que daba a un hermoso jardín.
El hombre comenzó a hablar mientras se despojaba de su chaquetón y lo colgaba en el respaldo de una silla.
Pero no escuché ni una palabra. Una inclemente ráfaga de preguntas me acribillaba sin cesar.
«¿Quién eres, maldita sea?», me dije conteniendo las lágrimas a duras penas.
Y la respuesta era tan dolorosa que, a pesar de apartarla a manotazos, no se retiraba.
Evidentemente, era un peón, alguien que ejecutaba un papel, el cebo que sabían que yo seguiría, adoptando el rol de un chico atormentado, con un pasado similar al mío.
Un tipo guapo, interesante, inteligente y atractivo.
Alguien muy capaz de cautivar y engatusar a una solterona cerrada al mundo.
Pero, maldita sea, ¿y Dragut? Yo lo había visto en mis visiones, y era exacto a él. Dios, ¿qué estaba pasando?
Comencé a marearme. Un malestar opresivo se instaló ominoso en la boca de mi estómago. Sin ser invitada, me senté en el sillón de orejas que se hallaba esquinado en una zona de lectura junto al ventanal.
El hombre caminó hacia el mueble del salón, cogió una fotografía enmarcada y se dirigió hacia mí.
—Éste es Luis.
Me tendió la foto y yo la tomé. Respiré hondo antes de atreverme a mirarla.
Era él.
Mucho más joven, igual de atractivo, con esa mirada pícara que traspasaba el papel y esa sonrisa capaz de gelatinizar rodillas y arrancar suspiros.
Y entonces sí que fui incapaz de hallar explicación alguna a aquello.
—No es el mismo chico, ¿verdad?
Cerré los ojos un fugaz instante intentando recomponerme, sabiendo que no debía perturbar la paz de aquel hombre. No hasta averiguar qué demonios estaba pasando.
—No, no es él —articulé en apenas un susurro.
El hombre me miró compasivo, aunque todavía con el ceño fruncido.
—No entiendo qué tiene de gracioso mofarse así de una chica tan guapa, con una broma de tan mal gusto y tan hiriente.
—Le aseguro que exigiré explicaciones, lamento profundamente haberlo molestado.
Me puse en pie dispuesta a marcharme. Sobre la mesita de lectura reparé en otra foto, esta vez familiar.
Los padres de Luis y él y su hermano pequeño en la playa, bronceados y felices.
—¿Dónde está ella? —pregunté curiosa.
El hombre suspiró quedo y apretó los labios ligeramente. En su expresión nostálgica reconocí el gesto en Luis.
—Nos separamos poco después de aquello. Se casó de nuevo, y ahora vive en el extranjero.
Huye del dolor, yo también lo hacía, hasta que este mismo año decidí regresar y enfrentarlo.
El pasado puede ser atrozmente doloroso, no obstante, forma parte de nuestra identidad, negarlo es negarnos a nosotros mismos.
Estuve a punto de decirle que su hijo supuestamente muerto tenía una teoría parecida acerca de enfrentar demonios.
De pronto, se me ocurrió algo.
—¿Dónde está enterrado?
—Fue incinerado, está en el cementerio de Benicàssim.
—Le agradezco su amabilidad y reitero mis disculpas.
—No se preocupe, no hay día que no los recuerde.
Asentí.
El padre de Luis me acompañó a la puerta y me despidió con una sonrisa comprensiva y una mirada cálida.
—¿Seguro que se encuentra bien? Se ha quedado lívida.
—Impactada, sí, pero estoy bien, gracias.
—Comprendo. Siento más que nadie su desengaño, ojalá hubiera podido presentarle a mi hijo en persona en lugar de su foto.
Asentí de nuevo, violenta y extraña, con un remolino de emociones centrifugando en mi interior y amenazando con tragarme.
* * *
El taxi me dejó en casa de Julia.
Durante el trayecto, había tecleado un nuevo mensaje para Luis.
He conocido a tu padre esta tarde. Te cree muerto. ¿Qué está pasando?
No recibí ninguna respuesta, hasta que llamé al timbre.
Lo estoy.
¿Dónde estás?
Julia abrió la puerta y yo guardé el móvil en el bolso.
—No sé qué te pasa últimamente cuando te abro, pero pareces un fantasma.
—Hace un frío del carajo —repliqué frotándome los brazos.
—Anda, pasa, no te esperaba a cenar. Tengo un invitado, espero que no te moleste. Incluso creo que te vendrá bien.
La miré intrigada, dejé mi bolso y el abrigo en el perchero del recibidor y la seguí hasta su salón.
Me detuve en el umbral, completamente atónita.
Félix Ramos me sonrió alzando una copa de vino. Abrí la boca con estupor y miré a Julia como si la viera por primera vez.
—¿Qué... qué significa esto?
—Estamos trabajando en un caso nuevo. Vino a entregarme unos informes, lo invité a cenar y aceptó. Nada más —respondió Julia con una inocente sonrisa, encogiéndose de hombros.
—¿Qué tal te encuentras, Elisa? Ya sabes que tenemos pendiente otra sesión.
A pesar de la sonrisa de mi amiga, había algo extraño en su semblante, una leve tirantez que trataba de ocultar y que yo nunca le había visto.
Caminé lentamente hacia la mesa y tomé asiento frente a Félix. Julia comenzó a revolver la ensalada con excesiva agitación. Cuando me sirvió, detecté un levísimo temblor en sus manos. También reparé en que, para no esperarme, había dispuesto tres servicios sobre la mesa, para tres comensales.
Miré directamente a Félix con semblante torvo, debatiéndome entre escapar o enfrentarlo. En aquel momento, masticaba un trozo de tomate aliñado mientras asentía con la cabeza.
—Deliciosa, Julia.
De inmediato escruté el rostro de mi amiga, que sonrió tensa y evitó mi mirada, centrándose en revolver la lechuga de su plato.
—¿Dónde está Luis?
Lancé aquella pregunta al doctor Ramos, acompañándola de una mirada penetrante y un gesto determinado.
El hombre se ajustó las gafas y frunció el ceño, suavizando su expresión con una sonrisa condescendiente que crispó todavía más mis nervios.
—¿Luis? No sé a quién te refieres.
Respiré hondo apelando al más recóndito asidero de serenidad que pude encontrar.
—Luis Roig, tu otra cobaya —aclaré sin despegar mis ojos de los suyos.
Compuso una mueca sorprendida, pero sin perder aquella sempiterna sonrisa pintada en su rostro.
—Luis Roig..., mmm... —repitió simulando un intento por recordar bastante penoso—. Tuve un paciente con ese nombre hace ya muchos años, diez creo. Pero, por desgracia, se suicidó en el centro.
Me puse en pie, impulsando la silla con violencia hacia atrás.
—¡Mientes! —grité rabiosa.
Me volví hacia Julia y la taladré con la mirada.
—Dile que miente —le pedí con voz grave—. Luis es el hombre que amo, y que tú también conoces y aprecias. ¡Díselo!
El titubeo en la temblorosa boca de Julia me sacó de mis casillas.
—Te ha amenazado este miserable, ¿no es así?
Apoyé las palmas de las manos sobre el mantel y me incliné hacia Félix con expresión feroz.
—Lo sé todo, malnacido. Toda la confabulación urdida con tu hermano Martín para demostrar vuestra teoría científica.
Usándonos a Luis y a mí como cobayas... —Agarré la perla de cuarzo en mi mano y la encerré en ella—.
Dejaré que indagues en mi mente si me llevas ante Luis.
Te mostraré el mundo de Isabet, si es lo que tanto deseas, pero llévame con él.
—Luis murió, podría enseñarte su informe archivado con la fecha de su muerte y su historial —repitió dibujando en su rostro estupor y compasión—. Y no sé de lo que me hablas.
—¡Y una mierda! —exclamé fuera de mí, restallando las palmas en el tablero de la mesa. Los platos tintinearon y las copas se volcaron, derramando su contenido.
Ladeé la cabeza hacia Julia, que me observaba completamente angustiada.
—Elisa, cielo, por favor, cálmate.
—¡Dile que Luis está vivo!
Se mordió el labio inferior llorosa y negó con la cabeza.
—¡Joder! Esto no puede estar ocurriendo...
Me pasé las manos por el pelo estirándolo hacia atrás, buscando en ese simple gesto la frialdad que necesitaba para rebatir las mentiras de aquel maldito hombre.
—Acabo de recibir un mensaje suyo.
Me levanté para ir a la entrada a por mi bolso.
Julia me siguió.
—¿Qué está pasando? —susurré ansiosa—. ¿Qué demonios está ocurriendo?
Rebusqué en mi bolso y saqué el móvil.
—Desde el accidente, has ido a peor. Sólo queremos ayudarte —murmuró con voz estrangulada y gesto contrito.
Agrandé la mirada y me llevé la mano al pecho.
—No..., dime que tú no estás metida en esto —supliqué.
»Por Dios, si Luis te encanta, si estabas ilusionada sabiendo que me había enamorado de él, si...
Julia comenzó a llorar.
Se cubrió el rostro con una mano para sofocar los sollozos y empezó a negar con la cabeza mientras alzaba la otra como si me pidiera tiempo para recomponerse.
—Julia...
El dolor que reflejaba su rostro me rompía en dos.
Unos pasos procedentes del pasillo captaron mi atención.
Una figura alta se recortó en la penumbra, acercándose hacia nosotras.
Mi corazón se aceleró.
El rostro de Simón se definió con la luz del recibidor.
Retrocedí hacia la puerta y, sin volverme hacia ella, tanteé la manija e intenté abrirla. Estaba cerrada.
—Exijo saber qué está pasando —musité angustiada.
Del comedor asomó Félix Ramos y otro hombre que no conocía.
Me sentí acorralada. Miré a mi alrededor en busca de alguna salida.
—Tranquila, Elisa, sólo queremos tu bien.
—¡Apartaos de mí! —grité.