La perla del agua CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

C UANDO EL SUELO SE AbrE BAJO MIS PIES

No contestaba las llamadas, ni los mensajes, a pesar de estar repletos de disculpas y ruegos.

No lograba encontrarlo, ni en su estudio ni en ningún otro lugar.

No obtuve respuesta de su paradero, ni siquiera de sus compañeros de banda, que eran los únicos que tenían relación con él.

Y, tras agotar todos mis recursos, sólo me quedó aceptar que había desaparecido, al menos, para mí.

Me dije que su dolor por mi desconfianza, aunque respaldada por un puto papel, lo había encerrado en sí mismo, pero también me agarré a pensar que siguiera luchando por su cuenta, en cuanto a conectarse con Dragut para poder evitar su trágico final.

No obstante, cada día que pasaba sin saber de él era un completo suplicio.

A pesar de estar más que atenta en mis idas y venidas del trabajo a casa, no tuve la sensación de ser vigilada por nadie. Pero aquella tensa calma crispaba más mis nervios, esperando una tormenta que olía cercana.

¿Qué nueva compuerta abrirían para mí?, me pregunté angustiada.

Saberme presa de un laberinto orquestado por una mente científica sin escrúpulos ni moral no sólo era inquietante, sino también aterrador.

Y lo más preocupante era mi absoluta indefensión, pues no podía denunciar una hipótesis que además era descabellada, teniendo un historial psiquiátrico.

Tampoco sabía cómo actuar para alejarlos de mí.

Ni podía huir, pues me seguirían allá donde fuera, así que sólo me quedaba esperar el próximo movimiento, estar alerta y dejar que fuera mi instinto el que me ayudara a solventar lo que se cerniera sobre mí.

Sin embargo, lo que realmente apuñalaba mi pecho era el tiempo, pues cada día que me acercaba a aquella fecha, sin saber nada de él, destrozaba mis nervios y flagelaba mi corazón.

A veces, el rencor graznaba en mi interior reprochándole su actitud, considerándola injusta y desproporcionada. Otras, la consideraba justa, y me fustigaba a mí misma con la culpa, por necia y desconfiada.

Decían que, cuando se enfrentaban la razón y el corazón, siempre había que seguir a este último, pues jamás nos traicionaba, ya que, por muchas armas que la razón esgrimiera, era la luz del corazón la que nos guiaba finalmente por el camino indicado.

Y se valía de herramientas poderosas: las emociones, para guiarnos.

Pues, si nos hacía sentir bien, era lo correcto; si nos hacía sentir mal, lo incorrecto.

Así de fácil funcionaba y, pese a ello, lo ignorábamos borrachos de orgullo y de justificaciones.

Y mi aciago sentimiento de culpa era un claro indicativo de haber contravenido a mi corazón.

Hice bien en enfrentarlo, lo errado había sido mi actitud condenatoria de antemano, dando peso a aquel informe, dando prioridad a la razón.

Pero de nada valía ya reconocerlo, y, por lo que parecía, tampoco valía de nada intentar enmendarlo.

Tan sólo me quedaba una esperanza, una que también era una condena en sí misma: el maldito tiempo, que se filtraba entre mis dedos como el agua de un arroyo helado y huidizo.

Una idea caló entre mis pesarosos pensamientos.

Él había dicho que había vivido en Benicàssim con su familia, y que, al morir su hermano, sus padres se habían separado y marchado lejos.

Pero quizá la casa familiar no la habrían vendido, quizá estuviera cerrada y desierta, y quizá, y sólo quizá, él estuviera escondido en ella.

Tecleé en el ordenador de la biblioteca mi clave para acceder a los registros audiovisuales. En especial buscaba noticias del accidente en los diarios de la época. No fue difícil acceder a ellos.

Cuando vi el artículo en la pantalla con la fotografía en blanco y negro del coche estrellado, me quedé sin respiración.

Había saltado la mediana dando vueltas de campana, quedando de medio lado en el arcén contrario, lo que explicaba la leyenda bajo la foto.

El vehículo estaba destrozado. Se podían apreciar cristales rotos y manchas oscuras en mitad del asfalto, más allá se vislumbraba un cuerpo cubierto por una manta.

Sentí un regusto amargo en la garganta con la siguiente imagen.

Un Luis muy joven entraba esposado en los juzgados, iba cabizbajo, con el cabello oscuro cubriéndole el rostro y los hombros hundidos, parecía apenas una sombra que vagaba ajeno a su entorno.

El siguiente artículo en otro periódico reseñaba el intento de suicidio de Luis ya en prisión y su traslado a un centro psiquiátrico, el mismo donde yo había estado recluida.

Comprobé las fechas y me estremecí. Habíamos estado internados en el mismo lugar, habíamos coincidido durante un corto período, pero en alas diferentes.

Las mujeres estaban separadas de los hombres, como cabía esperar de un centro penitenciario.

Dos almas rotas en pedazos y unidas por una brecha en nuestro subconsciente.

Por un destino compartido, por un amor que saltaba de plano en plano como una piedra rebotando en un río, dejando ondas en su recorrido.

Suspiré con lágrimas en los ojos y un peso sepultando mi pecho. Necesitaba tanto abrazarlo que aquel anhelo desgarrado de impotencia me constreñía cortándome la respiración. «¡¿Dónde estás, Luis..., dónde?!»

Y, como si aquella lacerante urgencia lo hubiera invocado, en mi móvil vibró un mensaje suyo. Lo abrí apresurada y lo leí ansiosa.

No vayas a tu casa, te están esperando. Coge un taxi y que te deje en un centro comercial concurrido. Escabúllete y que te recoja Julia en algún punto. Refúgiate en su casa. Del resto me encargo yo. Pronto habrá acabado todo y podrás rehacer tu vida. Palabra de puma.

Resoplé angustiada y tecleé mi respuesta:

Quiero estar contigo, amor mío, sólo contigo. He logrado contactar con Isabet y le he pasado toda la información que he podido. Lo conseguirá. Por favor, Luis, perdóname, te creo, te necesito, te amo. Ven a por mí.

Miré ansiosa la pantalla. Lo había leído, pero no respondía.

Tecleé de nuevo.

Por favor, Luis, te lo suplico, llévame contigo.

Solté el aire contenido al ver que escribía, aunque todo mi cuerpo se tensó expectante.

No puedo llevarte a donde voy, pero sí puedo sacarte del laberinto antes de irme.

Mis dedos volaban sobre el teclado.

No quiero salir si tú no me esperas fuera, no quiero vivir sin ti.

Me lo prometiste, respondió.

Te mentí.

Otra pausa. Contuve el aliento esperando su contestación.

Morí en aquel accidente, Elisa, este tiempo he vivido de prestado. Quiero que sepas que el tiempo que he estado contigo ha sido un regalo, que sólo en tus brazos he creído volver a la vida. Pero ahora debes olvidarme o recordarme con cariño. No voy a regresar.

No me hagas esto, joder.

Sollozaba desconsolada, las lágrimas enturbiaban mi visión. Me dolía el alma.

Nada desearía más que poder volver a la vida, junto a ti, pero ya es demasiado tarde. Ahora obedece, concédeme mi último deseo. Deja que me redima contigo. Apenas tengo tiempo.

Deja que lo pase a tu lado, sea el que sea.

Te amo, Elisa, y lo seguiré haciendo, esté donde esté y vaya a donde vaya.

El incesante reguero de lágrimas caía a goterones sobre la pantalla. Mis sibilantes hipidos llamaron la atención de los pocos muchachos que se hallaban estudiando.

Ya no estaba en línea.

Gemí rota y dejé que los sollozos me sacudieran. No, me dije, y una mierda iba a rendirme. Si tenía que irse, si el plan no funcionaba, debía hacerlo en mis brazos, no solo, en algún maldito rincón.

Limpié la pantalla con la manga del jersey y marqué el número de Radio Taxi. Le haría caso en la primera sugerencia. Iría al centro comercial La Salera, ahí me mezclaría con la gente y después tomaría un bus hacia Benicàssim, a la antigua casa familiar de Luis.

* * *

Aquella casa era una villa pareada de dos plantas, forrada de ladrillo marrón con ventanas en aluminio blanco, situada en la zona de la Almadraba, en la playa del Torreón, tan cerca del rompeolas que se me partió el alma.

Estaba circundada por altas y prietas coníferas. La puerta principal, de chapa blanca, estaba cerrada y evidenciaba su deterioro. Como imaginaba, estaba abandonada. Luis debía de estar allí dentro, tenía que estar allí.

Debía encontrar el modo de entrar. Quizá pudiera trepar por aquel lado de la verja, donde había una farola cercana.

Ya barajaba seriamente esa posibilidad cuando un hombre se acercó caminando por la acera, me miró curioso y se detuvo en la puerta de la villa.

Para mi sorpresa, sacó un juego de llaves e introdujo una en la cerradura.

—Perdone, ¿es usted el propietario de esta casa?

Me acerqué enarbolando una sonrisa tímida.

—Sí, ¿quería algo?

—Me dijeron que estaba en venta y..., bueno, estaba interesada —improvisé reparando en el particular color de sus ojos y en lo familiares que me resultaron.

—La han informado mal, estuvo un tiempo arrendada, pero decidí instalarme de nuevo en ella.

Escruté aquel rostro, buscando entre las arrugas rasgos de Luis en él. Me sentí desfallecer.

—No será usted el señor Roig, ¿no?

El hombre, cercano a la setentena, me miró por encima de sus gafas de lectura y frunció el ceño desconfiado.

—Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?

Giró la llave y la puerta se abrió.

—No, pero conozco a su hijo Luis, somos... amigos. Lo conocí hace poco en un concierto que dio, toca de maravilla la batería.

Su faz se descompuso en una mueca desencajada. Perdió el color y dejó caer el periódico que llevaba en la mano.

—¿Es... es una broma? —repuso atónito—. Porque, de ser así...

—¿No sabía que había vuelto?

La mirada del hombre se agrandó y su boca dejó escapar una sorpresiva exhalación.

—¡Lárguese de inmediato o llamo a la policía! —amenazó con dureza.

Parpadeé confusa y alcé las manos para calmarlo.

—Por favor, quizá esté en un error, pero le prometo que no quiero disgustarlo.

—Mi hijo Luis se suicidó en el psiquiátrico, incapaz de soportar la culpa de haber matado accidentalmente a su hermano, hace ya diez años.