CAPÍTULO 43 #3
Como ya me había ocurrido, contemplar escenas de un mundo tan distinto me abocaba de golpe a un abismo aterrador, el de la locura.
Pues era tan real en detalles y tan desconcertante justo por eso que, a pesar de teñirlo con la realidad de un recuerdo, mi mente más racional me gritaba que eran simples sueños, y era esa lucha de opuestos lo que desgarraba mi espíritu.
Tras un largo instante sumida en aquel ondulante y oscuro horizonte, donde la luna se mecía desmadejada y somnolienta, perlando con bostezos de plata las suaves lomas de agua que la acunaban, logré serenarme lo suficiente para estudiar lo que la perla acababa de mostrarme.
Entre el puñado de tela arrugada entre mis manos, donde la ocultaba, sentí más tibieza y la liberé de aquel barullo de seda para observarla.
Al igual que yo, su fulgor se apagaba, todavía latente pero desvaído.
Entonces, la cogí entre los dedos y la alcé ante mis ojos.
Su transparencia atrapó la luna en ella, pero en su parte inferior.
En la mitad superior se reflejó la luna que el mar deshilachaba, reflectando dos realidades, pero de manera invertida.
Dos realidades que no se sostenían unidas, pero que coexistían simultáneas.
Y entonces pensé que quizá ante mí tenía la explicación de lo que me estaba ocurriendo.
Quizá yo habitaba otra realidad, pues aquella mujer que había visto en el agua era sin duda mi reflejo, con sus matices, pero lo era.
Aquel hombre tan semejante a Dragut, exactamente igual, y por algún motivo que aún no lograba entender, ambos reflejos habían comenzado a tender entre ellos hilachos de información que podría modificar ambas realidades, para mejorarlas, quise creer.
De lo que estaba segura era de que la solución de cada realidad estaba en la invertida, por eso alguien o algo había conseguido conectarlas.
Cerré los ojos, refrescando las imágenes que todavía flotaban en mi mente.
Como bien había supuesto, no era necesario marcar nuestros cuerpos para comunicarnos, la perla nos conectaba.
Y aquella mujer, que ahora sabía se llamaba Elisa, se había presentado ante mí, me había revelado la fecha en la que ella vivía y que su Dragut, llamado Luis, moriría con el mío si no lográbamos impedirlo.
Tras aquella abrumadora presentación, me había transmitido con detalle lo que estaba a punto de suceder en mi época y ya era un hecho histórico en la suya.
También había visto su alcoba, su realidad, con mobiliario de líneas rectas y sencillo, aparatos irreconocibles y una ventana por la que se filtraban perlas de luz, como si estuviera cubierta por una extraña celosía tachonada de círculos.
También había sentido su desazón, su ansiedad y su apremio.
Su mensaje era preciso: el 11 de diciembre de 1536, Dragut moriría en la batalla contra los tercios del emperador.
Había sido enviado al frente para evitar la retirada del ejército imperial, que, acometido por la hambruna y la enfermedad a la que lo había condenado la estrategia de Montmorency, arrasando terrenos de cultivo, eliminando así cualquier posibilidad de abastecerse de víveres, retrocedía débil y agónico.
La orden de Solimán era rematarlos antes de llegar a la costa.
Se suponía que, con un grupo reducido de jenízaros liderados por el hombre más capaz y temible de Barbarroja, su almirante, bastaría para aniquilarlos.
Barbarroja no podía permitirse despojarse de más hombres, pues debía atrincherarse en la costa de la Provenza para continuar con el bloqueo.
Y, confiado, enviaba a aquel grupo para exterminar a los supervivientes.
Pero, a pesar de la astucia de ambos líderes, tanto Barbarroja como Solimán no contaron con un detalle crucial y tan evidente que su excesiva confianza había pasado por alto.
Cuando quemas un granero, las ratas que huyen son las más listas, desesperadas y agresivas.
Y éstas, en particular, se habían reagrupado y amoldado al entorno, dispuestas a todo por sobrevivir.
Y había sido así como habían formado un terrible batallón, con la misión más importante jamás encomendada, la dictada por el más primario instinto de supervivencia, la de escapar de aquel cerco de muerte donde los habían atrapado. Y lo habían hecho.
La muerte de Dragut, en aquella realidad futura tan documentada, era un hecho. Si él aceptaba la misión y bajaba a tierra, la alargada sombra de la guadaña caería sobre él.
Otra perla, tan amarga como cálida, resbaló por mi mejilla, y otra, y otra..., sumando un nimio caudal a aquel mar negro, único testigo de la cruel tribulación que asolaba mi alma.
Un crujido a mi espalda me envaró. Me limpié disimuladamente las lágrimas y miré de soslayo tras de mí. Caramaní se inclinó sobre la baranda y me observó preocupado.
—¿Lo amas?
Asentí y me sorbí la nariz.
—Él también —murmuró derramando su atención sobre la refulgente superficie del mar.
—¿Te lo ha dicho él?
—No, no es necesario. Lo supe cuando él mismo ajustició a los hombres que os violaron.
Nos embarcamos después, tuvimos que esperar a que el señor de la villa nos diera el oro a cambio de su hijo, el que nos entregaste.
—Hizo una pausa para tomar aire, perdido en aquel recuerdo—.
Nunca lo había visto tan furioso, perdió el control —me miró y frunció el ceño a pesar de esbozar una tibia sonrisa—, ahora sé por qué.
—Yo sigo sin entenderlo.
—El corazón es un océano insondable de secretos que no tienen explicación. Algo en ti despertó una tempestad en el suyo —adujo pensativo.
—Necesito pedirte algo.
Caramaní me miró expectante.
—Combatiréis en campo abierto contra los tercios. No lo dejes solo. No luchéis, será una batalla perdida. Huid o moriréis.
Sus ojos se entornaron y su rictus se tensó. A pesar de su imponente tamaño, pareció amedrentarse y se envaró ligeramente.
—¿Eres una bruja?
—Ojalá lo fuera, quizá así pudiera cambiar su destino.