CAPÍTULO 43 #2
—Entiendo que no me creas, sé que parece un delirio, pero hay un modo de probarlo.
—¿Cómo? —preguntó expectante.
—Si recibes la orden de desembarcar y sumarte a las tropas de jenízaros, algo del todo improbable, según tú, entonces la visión es cierta.
—Incluso con ese contratiempo, no tendría por qué serlo, aunque resultaría inquietante —replicó descreído.
Bufé exasperada y me aparté de él.
Dragut alargó los brazos hacia mí, pero yo retrocedí unos pasos poniéndome lejos de su alcance.
—Si me amas, debes prometerlo —exigí pertinaz, cruzando los brazos bajo el pecho.
—Te amo, y prometo tener cuidado —profirió mirándome con infinita ternura.
—No, debes prometer no desembarcar.
Dragut se puso en pie y, aun empapado, extenuado y herido, caminó hacia mí para atraparme entre sus poderosos brazos.
Me revolví furiosa, sintiéndome impotente y embargada por un pánico atroz.
Él tomó mi barbilla con una mano mientras su otro brazo me ceñía a su pecho, y me obligó a mirarlo.
—Escúchame, Isabet —su voz susurrada y dulce me acarició—, soy almirante de la tropa de Barbarroja y...
—Creí que eras capitán —interrumpí irritada.
Me sonrió paciente y mis ojos se prendaron peligrosamente de sus carnosos y subyugadores labios.
—Capitán de mi galera, así me llama mi tripulación, pero mi rango en la flota es el de almirante —precisó, me dio un suave beso en la punta de la nariz y prosiguió—: Soy parte del ejército de Solimán y pertenezco a la jerarquía militar.
Obedezco órdenes, pues, al formar parte de la flota de Barbarroja, nos convertimos en corsarios al servicio del sultán, lo que supone estar sujeto a las leyes del ejército.
Yo puedo renunciar si lo deseo, pero antes de que se me asigne una misión, o tras concluirla, pues, de lo contrario, estaría contraviniendo una orden expresa.
¿Y sabes lo que les ocurre a los insurrectos?
Negué con la cabeza, aunque era muy fácil de adivinar.
—Que son ajusticiados en el acto —se respondió.
Fruncí más el ceño y él besó mi entrecejo antes de continuar:
—Si, por el motivo que sea, y en mitad de una misión, nos ordenan desembarcar y yo decido escapar, me convierto en un desertor y en un fugitivo.
Y eso aún es peor, pues me perseguirían hasta en el mismísimo infierno para acabar conmigo de la forma más ignominiosa posible, y no sólo recaería la desgracia sobre mí, sino también sobre los que me cobijaran.
Tragué saliva y mis ojos se empañaron, comprendiendo cómo de atadas tenía yo las manos.
—Tendré extremo cuidado, y no sólo por tu advertencia, haya salido de donde haya salido, sino porque jamás he tenido tantas ganas de salir vivo de una batalla.
Inclinó su rostro sobre el mío, la plata fundida de sus ojos me pellizcó el corazón. Acarició con el dorso de sus dedos mi mejilla y los deslizó sobre mis labios. Su expresión afectada me cautivó.
—Y eso, mi hermosa y valiente morisca, es gracias a ti.
—Dragut —gemí conmovida.
Su boca apresó la mía, imprimiendo su apasionado manifiesto en un beso flamígero y desbordante de sentimiento.
Sentí vibrar hasta la más recóndita fibra de mi ser en aquella danza húmeda y voraz de nuestras lenguas, en aquella desesperada necesidad por fundirnos en el otro, devorados por aquel fuego inclemente que exigía inmediata satisfacción; no sólo reclamaba implacable goce carnal, su pago iba más allá de lo terrenal, de lo mundano, de lo explicable, quizá imposible de colmar.
Pues, por mucho que nos amáramos, tuve la certeza de que no hallaríamos cura a nuestro mal. Daba igual cuánto lo besara, mi boca siempre languidecía hambrienta. Daba igual cuánto lo acariciara, mis manos gemían insaciables. Daba igual cuánto lo cobijara, mi cuerpo siempre gritaría su ausencia.
Cuando logramos apartarnos, nos miramos trémulos, embargados por esa tórrida neblina que nublaba nuestros sentidos.
En su turbia mirada vi el reflejo de la mía, rezumando esa viscosa confusión y ese sinuoso sobrecogimiento que envolvían un sentimiento nunca antes sentido, pero tan arrollador que nos zarandeaba como el viento azota un junco en la ribera de un cañaveral, cimbreándolo a su capricho.
—Besarte es morir y vivir en un solo instante —susurró con voz quebrada y mirada húmeda—. Me robas el aliento y me encoges el pecho..., y yo... sólo sé que mi vida empezó el día que pusiste tus ojos sobre mí.
Fue como si mi corazón se separara en hebras, como las cuerdas de un arpa, y fuera acariciado por una virtuosa mano, arrancando de él notas tan profundas y mágicas que mecían mi alma y alimentaban mi espíritu.
—No puedo perderte —gemí entrecortada, constreñida por el insidioso puño de ese temor.
—Pase lo que pase, volveré a ti, te lo prometo.
Una gruesa lágrima rodó zigzagueante por mi mejilla, trazando un perlado riachuelo que él quebraba a besos, como si trabara con suaves presas su recorrido, pero éste se reanudaba con más caudal, algo que no le impidió continuar su labor con mayor empeño.
Cuando desembocó en la comisura de mis labios, detuvo su boca en ella, acariciándome con su cálido aliento.
Una frase ondeó entonces lejana en mi mente y, como un trapo sacudido por la brisa, comenzó a acercarse, revoloteando misterioso.
Pareció jugar conmigo, trazando florituras a mi alrededor antes de extenderse grácil revelando su contenido: «Cuando no sabes lo que es el calor, el frío es más llevadero».
Y, por Dios, que así era.
—Escúchame —pedí atrapando su rostro entre mis manos—, no te separes de tus hombres, no dejes que te rodeen. Detrás te hostigarán varios alabarderos, pero será un caballero hospitalario el que te dará muerte, sesgando tu pecho. Huye de esa situación, no te enfrentes, ¿me oyes?
Su abrumada expresión se crispó, tensando cada músculo de su rostro. Su mirada se agrandó sobrecogida por los precisos detalles que yo le había ofrecido y su respiración se agitó.
—Por Alá..., ¿cómo puedes saber esos detalles?
—Te lo he dicho: lo vi, como te estoy viendo a ti ahora mismo. Comprendo que no tengas alternativa, pero te suplico que me creas, va a ocurrir. Y pide a Dios que sea suficiente con anticiparte para escapar a ese destino.
Tragó saliva y su tez palideció. No obstante, asintió y su mirada determinada me dijo que estaría más que prevenido con respecto a esa situación si se producía. Aquello debía ser mi consuelo, pues no tenía otro.
—¿Dónde te esperaré?
—Cuando lleguemos a la Provenza, te embarcaré en un mercante rumbo a Castellón. Allí me esperarás. No regreses a Oropesa, ¿entendido?
—¿Por qué no?
—Todavía recuerdo la última mirada de aquel hombre, ese Pere. No es de los que perdonan, ni olvidan. Debes permanecer lejos de él, ¿prometido?
—De acuerdo —concedí.
—Promesa por promesa —musitó él.
—Promesa por promesa —repetí.
Unos rotundos golpes sacudieron la puerta del mamparo.
Salí a desgana de entre los brazos de Dragut y lo obligué a tumbarse: estaba exhausto.
—Adelante —invité en voz alta.
Juana entró en la cámara portando los útiles que le había pedido. No fue capaz de mirarme a los ojos.
—Si necesitas algo más..., ve tú a buscarlo.
Se dio la vuelta y desapareció con aire digno pero semblante contrariado.
Hundí los hombros abatida mientras rebuscaba en el cesto la aguja y el hilo encerado.
—El mío no es el único corazón que has cautivado, morisca.
Inspiré una profunda bocanada de aire y me concentré en enhebrar la aguja.
—Profeso un gran afecto por Juana, ha sido mi fuerza, mi sostén y mi audacia cuando yo no los encontraba.
Me ha apoyado, aconsejado y ofrecido solaz.
Sé qué sentimientos alberga hacia mí, como ella siempre supo que no hallaría respuesta alguna.
Y quizá eso sea lo que más admire de ella, esa capacidad de resignación, esa generosa forma de amar sin aguardar correspondencia, mientras contempla con sufrida humildad cómo lo que ella más anhela le es entregado a otra persona.
Eso, en sí mismo, denota una grandeza de alma y una fortaleza de espíritu encomiables.
Nada deseo más que conservarla a mi lado como la amiga que me ha demostrado ser, aunque, por otra parte, no le deseo semejante tormento.
Sería mucho mejor para ella perderme de vista y buscar un liberador olvido.
Me acerqué a él, que, tumbado, me contemplaba ensimismado.
—Nadie que te conozca y llegue a amarte puede ser capaz de olvidarte, Isabet. Nadie.
—Ahora lo que no vas a olvidar es lo mala costurera que soy.
Sonrió divertido y se puso de costado.
—Con que la cierres, me conformo.
Hundí la aguja en su carne, atravesándola, tiré con fuerza y él no profirió ni un solo gemido, pero sí se tensó.
—Tienes la delicadeza de un buey —se quejó con sorna.
—Y tú su piel.
—Cuando me reponga, te demostraré que también tengo su resistencia.
* * *
Desperté sobresaltada, con la boca seca y el pulso desbocado.
Un bombardeo de información atropellada y confusa me fulminó.
Parpadeé repetidas veces, intentando ordenar y clarificar aquellas imágenes, cuando sentí una aguda quemazón punzando mi pecho.
Miré hacia abajo y dejé escapar un rasgado gemido de sobrecogimiento.
La perla irradiaba una potente luz blanca.
Intenté cubrirla con las manos, pero el calor que emanaba detuvo el gesto.
A mi lado dormían, por fortuna profundamente, Juana y Dolores, en un pañol de la bodega, pero temí que la cegadora luminiscencia las despertara. Agarré los bajos de la falda del caftán y los alcé para envolver la perla.
Me puse en pie y salí de allí.
Me ahogaba, necesitaba respirar aire fresco y apaciguar el alocado zapateo de mi corazón.
Cuando llegué a la baranda del estanterol y me acodé en ella, tomé una reconfortante bocanada de aire salobre, cerrando los ojos, dejando que la fresca brisa marina alejara el sofoco de mis mejillas.