La perla del agua CAPÍTULO 43
79%

CAPÍTULO 43

L A ALARGADA SOMbrA DE LA GUADAÑA

Agrandé asombrada los ojos.

—Supe quién era Blanca cuando os llevaba en mi galera e intentó seducirme.

No contaba con que intentaría envenenarme, pero lo hizo, y aquello sólo ratificó lo que yo ya sospechaba: un lobo con piel de cordero.

Y entonces recordé lo que me contaste sobre ella.

Te había desbancado como prometida de un rico terrateniente de Oropesa, y, aunque es muy bonita, no puede compararse contigo.

Conocerte a ti, y conocerla a ella, me hizo pensar que el hombre que te había sustituido por ella debía de haber perdido el juicio.

Y, después de que me envenenase, fue fácil llegar a la conclusión de que posiblemente había hecho lo mismo con él.

—¿Cómo sabes que te envenenó?

—Ibrahim no es un traidor, sólo finge serlo.

Aquella información me dejó atónita.

—Me contó, tras encontrarme abotargado y confuso aquella mañana, que Blanca le había cogido del dispensario de la galera un remedio bastante inusual.

—¿Ibrahim te ha mantenido informado de todo?

—De casi todo, sabe que yo no habría aprobado cosas que ha intentado.

—¿Sabías también lo de Roxelana?

—Sí, por eso lo planeé todo, para que te fugaras esa misma noche, antes de la llegada de Mustafá.

Yo soy leal a Solimán, no a los intereses de su esposa.

Y, por supuesto, a los míos. La sultana habría acabado contigo inmediatamente después de que tú cumplieras su encargo.

Algo que tu astucia no pasó por alto, y ahora me doy cuenta de que, sin ella, nada de lo que yo había trazado habría salido bien.

Parecías ir siempre un paso por delante de mí.

No imaginas cuánto admiro tu inteligencia.

—Pero cuando Ibrahim se citó con Nasir en la cala, si yo no llego a tener la bolsa de dinero..., no sé qué habría pasado. Podría haber actuado de otra forma, incluso haber intentado escapar al margen de Ibrahim, puesto que yo no me fiaba de él —mascullé confusa.

—Yo estaba en el salón imperial, vi cómo Roxelana entraba en una sala aparte con una bolsa escondida en la mano.

—Pero antes no podías imaginar cuál era mi intención. Además, no entiendo por qué negoció con Nasir la entrega de las hermanas, si actuaba bajo tu mandato.

—No podía imaginarla, sólo suponerla —respondió calibrando mi gesto—.

En la cala, fue tu ingenio el que salvó la vida de Nasir.

Los hombres de Ibrahim tenían orden de ejecutarlo a él y a los suyos, por eso quedó con él en aquella cala oculta.

Ibrahim, de todos modos, podría haber ordenado que lo mataran, tenía mi permiso, pero, sin embargo, decidió dejarlo con vida y que tú pagases la libertad de tus amigas.

—¿Y cómo sabías que Blanca te entregaría a Hernán?

—No lo supe hasta que ella acudió a decirme que te habían secuestrado. Entonces descubrí que Hernán me quería como botín. Y fragüé mi rescate, además del tuyo, avisando a mi flota, que, además, tenía orden de unirse de inmediato a las tropas de Barbarroja en la Provenza.

—¿Me entregabas a Hernán para luego rescatarme?

—Te entregaba para sacarlo de Malta y acabar con él en alta mar.

—Pero él pensaba llevarme a Tordesillas a ver al emperador.

Dragut me miró largamente y negó con la cabeza.

—Ahí pecaste de ingenua. Jamás te habría llevado en presencia de Carlos V.

Lo conozco lo suficiente para saber que te habría torturado en aquellas mazmorras hasta hacerte hablar; además, podía valerse de tus queridas hermanas para que cantaras como un jilguero.

Lo que de veras me impresiona es cómo lograste la información que él tanto ansiaba.

—¿Y todo esto porque te robé la paz?

Pude apreciar lo extenuado que estaba en el ligero balanceo de su cuerpo, a pesar de agarrarse al borde del camastro con ambas manos.

Sus ojos se entornaron adoptando una mirada grave y profunda, pero su boca se estiró en una sonrisa tierna.

—Llevaba tiempo reflexionando acerca de cómo liberarte sin levantar sospechas y devolverte a tu tierra —confesó—. Pero, cuando te besé en mi galera, bajo aquella tormenta, la segunda intención se tambaleó.

Su mirada se oscureció presa de un recuerdo particular.

—No tienes ni idea de las veces que he tenido que luchar contra mí mismo para reprimir el voraz deseo que me despertabas.

Tenerte tan cerca sembraba hogueras en mi interior, y más cuando descubrí que yo no te era indiferente.

Sabía que te aferrabas a tu odio por mí, y que también luchabas.

Fue cuando llegamos a Constantinopla cuando me dije que tenía que derribar tus barreras y las mías como fuera, porque yo.

.. yo jamás había sentido nada ni remotamente parecido por nadie.

—Hizo una pausa que dedicó a mirarme con visible afectación.

Estaba abriéndome su corazón y desnudando su alma, no sólo con aquella confesión, sino con sus gestos y sus miradas—.

Cuando te hice mía, vi en tus ojos lo que había en los míos, y entonces fue cuando tomé la decisión.

—¿La de volver a secuestrarme?

Asintió con un gesto de la cabeza y de sus labios brotó una sonrisa aviesa.

—Y para siempre —musitó.

Avancé hacia él. Separó las piernas, aferró mis caderas y me colocó entre ellas.

—¿Y qué harás para que no intente escapar? —ronroneé contra su boca.

—Hacerte la mujer más feliz del mundo.

Tomé su boca con tan ansiosa vehemencia que lo impulsé hacia atrás y ambos caímos sobre el jergón.

¡Dios, aquella boca era mi delirio!

Entonces él exhaló un gemido dolorido. Me aparté apenas para mirarlo inquisitiva. Su brazo sangraba profusamente y, al caer sobre él, la herida se había abierto más.

—Tengo que curarte para poder devorarte después.

—Estoy deseando ser tu presa.

Esa última palabra me causó una aguda desazón.

—Dragut...

Se incorporó de nuevo y me sentó en su regazo, frotando su nariz en mi cuello.

—Dime, mi indomable morisca —susurró ronco, erizándome la piel.

Comenzó a besar mi cuello, arrebatándome volátiles hilos de conciencia que casi veía ascender en ondulantes volutas.

—Necesito que me hagas una promesa.

—Mmm... —Aspiró mi piel y yo me estremecí—. ¿Y qué promesa es ésa?

—Que no pises Francia.

Apartó el rostro de mi cuello para sostener mi mirada. Frunció confuso el ceño y me observó suspicaz.

—Mis órdenes son reforzar la flota de Barbarroja para bloquear la costa de la Provenza, impidiendo que los tercios reciban provisiones o refuerzos. No tengo intención de desembarcar. No soy un jenízaro.

Tragué saliva y lo miré nerviosa.

—Escúchame, por favor. Algo ocurrirá que te obligue a hacerlo. No sé qué, pero te ordenarán presentar batalla en tierra.

El ceño de Dragut se acentuó.

—¿Por qué estás tan segura? ¿Eso fue lo que oíste en la cámara del Consejo Real?

—No, a través del ojo del sultán oí la estrategia que usaría el comandante del rey traidor, Francisco I, por sugerencia de Solimán, y que pondría en práctica su mariscal, el duque de Montmorency.

—¿La de devastar su propio reino para dejar sin sustento a las tropas enemigas? —murmuró él cada vez más intrigado.

—Sí.

—Por eso debemos hacer el bloqueo en la costa. Pero sigo sin entender por qué crees que puede cambiar esas órdenes.

Acaricié la dura línea de su mentón y lo miré suplicante.

—No puedo decirte mucho más, pero te ruego, te suplico, que si te ordenan bajar a tierra no lo hagas.

—Isabet, eso es porque has oído algo que yo desconozco.

Debes contármelo. Yo no me fío de Francisco, es un bastardo traidor que, igual que ahora le interesa la alianza con Solimán, en cualquier momento firma otro tratado de paz con su enemigo Carlos a nuestras espaldas y nos ofrece en bandeja.

Pero me consta que hay espías del sultán en la corte francesa, justo porque él también recela de tan traicionero aliado.

Me cogió por los hombros y me clavó una mirada penetrante.

—Sólo deseo protegerte —mascullé apoyando mi frente en la suya.

—En tal caso, debes contármelo todo, para saber a lo que atenerme.

—Te amo, Dragut, como jamás creí poder hacerlo.

Tomó mi rostro entre las manos y su afectada mirada se humedeció.

—Y yo a ti, tanto, que dejaré esta vida para entregarte cuanto soy.

—Déjala ya, huyamos juntos.

—No puedo fallarle ahora a Barbarroja, pero, tras el bloqueo en la costa franca, presentaré mi renuncia y jamás me separaré de tu lado, te lo prometo.

—No —insistí en tono ansioso—, sé que algo te hará desembarcar, lucharás en campo abierto y morirás en el campo de batalla.

—Pero, por Alá, ¿cómo puedes estar tan segura de eso?

Bajé la vista a mi escote y tiré del cordel donde pendía la perla de agua para mostrársela.

—Lo vi aquí.

La balanceé ante sus ojos, aun sabiendo que no me creería.

Dragut tomó la perla entre los dedos y la examinó con agudo desconcierto.

—Es... es una piedra mágica.

—¿De dónde la has sacado? Me es muy familiar.

Titubeé un instante y lo miré indecisa, preguntándome si debía confesarle el origen.

Respiré hondamente y exhalé despacio el aire.

—De una curiosa fuente dentro de un laberinto ajardinado. Era la perla de una concha abierta.

La asombrada expresión de Dragut se petrificó un tenso instante.

—Solimán la trajo de uno de sus viajes a Persia, mandó construir la fuente expresamente para esa perla. Fue un regalo del sah. Según los persas, es una piedra muy antigua, mágica, que necesita agua para proyectar su luz y proteger a su dueño. Pero son sólo antiguas supersticiones absurdas.

—He visto su luz —confesé—, y he visto tu futuro en ella.

Los felinos ojos de Dragut me estudiaron unos segundos. Su faz se oscureció y sus labios se oprimieron en una mueca tensa.

—Debes creerme, te lo ruego. Morías en esa batalla, rodeado de caballeros hospitalarios.

—Quizá lo soñaste —aventuró con suavidad.

—No, no fue un sueño, esa imagen me persigue cada noche.

—Isabet...

—En honor al amor que sientes por mí, hazme esa promesa. No pongas un pie en Francia.

Su rictus se contrajo y su ceño se acentuó, pareció cavilar sobre aquello, debatiéndose internamente.