CAPÍTULO 42 #2
Cuando llegué a la cubierta, alcé la vista hasta la nao para descubrir horrorizada cómo el recio mástil se derrumbaba sobre la cubierta que se volteaba rumbo a las profundidades. La gran vela cuadrada sepultó a Dragut en aquel nicho de lona y cuerda. Proferí un agudo gemido y mi corazón se detuvo.
Caramaní, la mano derecha de Dragut, ordenó a los remeros bogar para alejarse del hundimiento y de los proyectiles que impactaban a nuestro alrededor, que no estaban lanzados con demasiada puntería.
Estábamos tan cerca del puerto de Malta que los cañones de las recias murallas desplegaban en aquel momento toda la artillería sobre nosotros.
—No podemos irnos sin Dragut —increpé a Caramaní, que me miró ceñudo sin ocultar su asombro por mi preocupación.
—Si nos quedamos, nos hundirán, estamos a tiro de sus culebrinas.
—Pero...
—No hay alternativa, demasiadas vidas en juego —explicó abarcando con su brazo el resto de las galeras que nos rodeaban.
Cinco galeras remaban mar adentro. Entre ellas, las balas salpicaban violentos regueros de agua, fallando por muy poco el blanco.
Me aferré a la baranda del estanterol y miré con horror cómo la nao era tragada por las azules aguas de aquel mar calmo pero hambriento entre los quebrados estertores del casco, que, bajo la presión del agua, sufría su particular agonía. La mía era no ver una oscura cabeza emerger a la superficie.
Cuando el buque desapareció de la vista entre gruesas burbujas complacidas y espumosas olas relamidas, bajé los hombros contrita y de mi garganta brotó un sollozo roto que me ardió en el pecho.
Juana rodeó mis hombros y Dolores mi cintura.
—Sí —susurró Juana—, querer duele.
Su porte abatido y su rostro resignado mostraron de nuevo sus sentimientos hacia mí.
—No está muerto —aseguré llorosa.
Y, aunque la visión fue el único asidero a mi angustia, no alivió mi desesperación.
A medida que la flota de galeras se alejaba de la línea de tiro, mi dolor se alargaba.
Las culebrinas de las murallas defensivas de Malta continuaban disparando andanada tras andanada, a pesar de lo inocuo ya de sus impactos.
De pronto, un movimiento captó mi atención, un pequeño chapoteo y esa cabeza que tanto anhelaba ver asomar. Alargué el brazo y señalé su posición gritando su nombre. Caramaní acudió presto y oteó aquel punto con su catalejo.
—¡Levad un esquife!
Varios marineros comenzaron a maniobrar el aparejo para hacer descender la embarcación.
Caramaní y cuatro hombres fletaron la falúa, enfilando su proa rumbo a Dragut.
A golpe de remo, se aproximaron a la zona de tiro.
Los proyectiles impactaban en el mar, salpicándoles espuma y zarandeando el casco violentamente.
Llevé la mano al pecho y la crispé en la pechera de mi caftán, a pesar de saber que él no moriría allí. Pero esa confirmación resaltaba dolorosamente la otra, pues, si a pesar del peligro que estaba corriendo se salvaba, también significaba que perecería en Francia, como marcaba su fatal destino.
Presenciar aquello era revivir nuevamente aquel presagio en primera persona. Y rogué que esa mujer de mi futuro diera con la clave para poder salvarlo, pues dudaba de poder convencerlo para que no acudiera a su final.
Inspiré profundamente cuando el esquife llegó a su altura. Caramaní se inclinó sobre la borda y le tendió el remo. Dragut nadó hacia ellos y se agarró a la larga pala. Tiraron de él y lograron subirlo a bordo. Aprecié más sangre brotando de sus heridas y cómo se derrumbaba casi desfallecido.
Remaron veloces alejándose de los proyectiles que continuaban cayendo erráticos. Comprendí que, desde las murallas, dar en el blanco a una pequeña embarcación era como apuntar a una lejana mosca que apenas se divisaba.
Todo mi cuerpo se destensó cuando el esquife fue arriado en cubierta y desembarcaron a Dragut entre cuatro hombres, dada su corpulencia. Lo llevaron a una de las camaretas del estanterol, y yo los seguí.
Lo depositaron en un camastro y Caramaní se volvió hacia mí tras examinarlo someramente.
—No hay ninguna herida de gravedad, son rasguños y brechas, aunque seguramente algunas necesiten sutura. Lo dejo a tu cuidado, tenemos que partir sin dilación hacia la Provenza. Los malteses no tardarán en enviar una flota para darnos alcance.
A solas con él, me senté a su lado y simplemente me abracé a su pecho. Amaba a aquel hombre tan entregadamente que haber usado antes esa palabra me pareció incluso un sacrilegio.
Sentir la tibieza de su piel y los rítmicos y pausados latidos de su corazón reconfortaron el mío. Su pecho se dilataba y se contraía de manera regular, y yo me dejé mecer en aquel arrullador vaivén, acunada por su respiración.
Una mano acarició mi cabello, y yo sonreí.
—Estás condenada a ser mi ángel de la guarda, aunque no sea cristiano —profirió en apenas un suave susurro.
Mi sonrisa expiró estrangulada por aquellas palabras. Alcé el rostro hacia él, topándome con su dulce boca.
—En tal caso, deberás obedecer cuanto ordene para preservar tu vida.
—Pues, como ahora mismo no me ordenes besarte, creo que moriré sin remedio.
Suspiré rendida y me lancé a sus labios. No encontré mayor deleite que regodearme en su ardorosa boca, impregnándome de aquel sabor que tanto nublaba mis sentidos. Cuando logré apartarme, su turbia mirada debió de ser un fiel reflejo de la mía.
—Tu fuego, morisca, aparta a empellones a la muerte, al frío y al dolor, no hay mejor cura ni resurrección.
—Si Solimán descubre tu talento para la prosa, te convierte en trovador de la corte.
Dragut rio, su pecho se sacudió alborozado, y yo con él.
—Sigo manejando mejor la espada que la lengua. Y le es más útil, te lo aseguro.
—Yo creo que las manejas con la misma habilidad —opiné rozando sus labios—, y a mí está claro lo que me es más útil.
Deslizó su mano rodeando mi nuca y me atrajo hacia sí.
—Y más útil que te será cuando recupere las fuerzas, pues hambre no me falta, y disposición menos.
Se inclinó ligeramente para rozar con su abultada disposición mi cadera. Alcé las cejas sorprendida y me mordí el labio inferior.
—Acabas de salvar el pellejo por poco y todavía plantas batalla.
—A tu lado, la paz no es una opción —musitó mordisqueando mi boca—. Me la robaste desde el primer instante en que posé mis ojos sobre ti.
Introdujo su lengua entre mis labios buscando la mía y se la ofrecí gustosa.
Oírlo gruñir en mi boca incendiaba cada fibra de mi ser, daba vida a mis manos y desbordaba mi ansia por fundirme en él. No supe qué clase de poderoso influjo ejercía sobre mí, pero no precisaba cura.
Aquel deseo voraz que nos consumía comenzó a descontrolarnos peligrosamente. Sin saber cómo, acabé tendida sobre su cuerpo mientras él abarcaba mis nalgas con sus grandes manos, ciñéndome a la rotunda protuberancia que destacaba en sus calzas.
No supe discernir quién de los dos logró apartarse lo suficiente para poder recuperar el juicio.
—Por Alá, voy a estallar —gimió sufrido.
Nuestros ojos se engarzaron apasionados, mientras nuestras respiraciones pugnaban por recuperar la normalidad.
Hice ademán de besarlo, pero él me detuvo.
—Si me besas de nuevo, te aseguro que te oirán gemir hasta en Constantinopla.
Sonreí con la extraña sensación de haber oído ya esa frase.
Justo en ese instante llamaron a la puerta.
—Tendrás que soltar mis nalgas para poder levantarme a abrir.
—¿Y quién ha dicho que desee visitas?
Ladeó la cabeza y me mordió el cuello. Solté un gritito entre risas y conseguí liberarme de sus garras mientras él gruñía frustrado.
Salté del camastro y abrí la puerta insertada en el mamparo.
El serio rostro de Juana me contempló con evidente desagrado.
—Sólo..., bueno, sólo quería ver si necesitabas algo para la cura —miró por encima de mi hombro y su rictus se tensó incómodo—, pero ya veo que no.
Su dura y resentida mirada se me clavó en el alma.
Ya se retiraba cuando aferré su muñeca.
—Necesitaré lienzos, una aguja e hilo. Tiene una brecha profunda en el brazo derecho.
—Y los labios hinchados, por lo que puedo apreciar desde aquí. —Tragué saliva y apreté la boca con gesto culpable—. Debieron de pegarle muy duro —añadió mordaz.
—Ese capitán hospitalario era un animal —intervino Dragut sin encubrir la sorna de su tono.
—Ya veo —replicó Juana sin disimular tampoco su irritación—. Pues es curioso, parece que se contagia.
Clavó una acusadora mirada en mis labios y los suyos se cerraron disgustados.
Ya se iba cuando se volvió de nuevo.
—Cuando consiga lo que precisas, volveré. Espero no ser tan inoportuna esa vez, y que esa... inflamación remita.
Se marchó y yo cerré la puerta. Sentí un agudo malestar por haber herido sus sentimientos.
—Creo que no me aprueba —masculló Dragut.
—No olvides que arrasaste nuestra villa.
A mi mente acudieron las imágenes de mis hermanastros de crianza sucumbiendo bajo el acero de sus hombres. Aunque bien era cierto que esa atrocidad me la achacaba más a mí.
Dragut se incorporó quejicoso y se sentó, no sin esfuerzo. La larga brecha de su brazo comenzó a sangrar otra vez.
—Isabet —su tono fue suave, acariciador—, soy lo que soy, una bestia inclemente que mata o muere.
Mi vida siempre ha sido ésta, yo también he perdido seres queridos en el camino, yo también arrastro culpas y demonios.
Y jamás me he planteado ser otra cosa, pues nunca creí que alguien pudiera.
.. sentir afecto por mí. Yo contaba con tu odio.
—Alzó una mano, la diestra—. Ésta lo sembró.
Pero fue en ésta —alzó la izquierda— en la que deposité todas mis esperanzas, con la que ansiaba poder tocarte el corazón.
Y, como te dije aquella noche en el desierto, tengo dos manos, pero me cortaría la derecha por ti, sólo para que pudieras olvidar todo el dolor que te infligí antes de saber que eras cuanto deseaba en la vida.
Sus palabras se abrazaron a mi corazón, con tanta fuerza que supe que permanecerían grabadas por siempre en mí.
—Si Blanca no te hubiera tendido la trampa, yo ahora estaría muy lejos de ti.
—¿Sabes dónde estuve tras la encarnizada lucha en el puerto de Constantinopla?
Negué con la cabeza.
—Tramando todo esto.