CAPÍTULO 42
E N EL FRAGOR DEL COMBATE
El primer cañonazo sacudió el casco con virulencia. El resto de los impactos balancearon la nao como una cáscara de nuez flotando en un charco, golpeada por el granizo.
El pánico nos invadió y nos abrazamos angustiadas.
El ensordecedor estruendo de las andanadas y el vocerío en cubierta taladraban nuestros oídos. Nos atacaban, y estaba claro de quién se trataba y por quién lo hacían.
Paradójicamente, el vengativo deseo de Hernán se estaba cebando contra él mismo. Capturar a Dragut había sido la peor decisión que había tomado, y en ese momento debía de estar lamentándola con gran intensidad.
Un silbido nos hizo encogernos. El impacto sonó tan terriblemente cerca que nos cortó la respiración. Al estallido de astillas le siguió el rugido del agua. La bala de cañón había perforado el casco por debajo de la línea de flotación, justo en la bodega, donde nos encontrábamos.
—¡Tenemos que salir de aquí! —exclamé alarmada.
Me precipité a la puerta, seguida de las hermanas Monfort, para descubrir que estábamos encerradas. Por debajo de la misma, el agua comenzó a filtrarse.
—¡Vamos a morir! —gimió Dolores asustada.
Juana la abrazó y me miró angustiada.
Miré a mi alrededor con gesto ansioso, evaluando los objetos que tenía a mi alcance.
Me abalancé sobre el tonel de agua y lo volqué, vaciándolo.
En el suelo, el trozo de pliego que había usado para escribir mi respuesta al mensaje recibido de la perla se empapó, soltando las sinuosas hebras negras del carboncillo, como si fueran las patas de una inquietante araña.
Para mi fortuna, el carpintero de a bordo llevaba un registro de todos los artículos que se almacenaban en el pañol.
Hice rodar el tonel vacío hacia la puerta y lo detuve frente a ella.
—Juana, ayúdame a golpearla con él.
Se apartó rauda de su hermana y, entre ambas, alzamos el tonel para comenzar a aporrear la puerta.
Dábamos un paso atrás, balanceábamos el barril y lo lanzábamos con fuerza contra el madero.
Una y otra vez, hasta que el tablero comenzó a quebrarse.
El agua empezaba a subir de nivel preocupantemente.
En un último y feroz envite, la puerta se quebró.
Salimos a la bodega ya con el agua por las rodillas. El tronero que debía de haber reventado las tracas dejaba entrar un torrente de agua que ya inundaba toda esa cubierta.
Dirigí la vista al fondo, donde Dragut estaba atado al puntal, comprobando cómo el buque comenzaba a escorarse por la popa.
—Subid a cubierta, yo voy ahora.
Juana me retuvo y negó con la cabeza.
—No encontrarás nada que corte esas argollas.
Sostuve su mirada con determinación.
—No puedo dejarlo ahí —repuse.
Sus oscuros ojos se entornaron suspicaces, su rictus mostró su desacuerdo, pero sin embargo asintió.
—Lo haremos juntas. Buscaré algo en la bodega que pueda liberarlo.
Retrocedió apremiante, y justo en ese momento otra andanada retumbó con fuerza. La nao se sacudió violentamente, y, por el horripilante crujido que oí esa vez, supe que el objetivo era la arboladura.
El agua que entraba ya me llegaba a mitad de muslo. Por el boquete de tablones rotos, el flujo crecía a medida que el buque se escoraba.
Dragut estaba de pie, afanado en la cerradura de sus argollas. Llevaba en la boca la hebilla de su pantalón e intentaba manipular con ella el candado.
Me acerqué a él, estaba empapado. Me miró con urgencia.
—Necesito tu ayuda, morisca.
—Juana ha ido a por alguna clase de herramienta.
—Ven, acércate, necesito tus manos.
Me aproximé a él y cogí su cinto. Dragut alzó las muñecas hacia mi rostro.
—Separa el hebijón e introdúcelo en la cerradura lateralmente.
Hice lo que me pedía, mientras el mar continuaba reclamando aquella rota cáscara de nuez.
—Gira bruscamente a la derecha tres veces y una a la izquierda, así debería romperse el engranaje interior.
Los penetrantes y apremiantes ojos grises de Dragut accionaron mis manos.
Forcejeé con fuerza, pero nada sucedió. Gruñí frustrada.
—Vuelve a intentarlo, deben ser golpes secos y rápidos.
Juana regresó entonces esgrimiendo un hacha pequeña, en el preciso instante en que la cerradura cedía finalmente y las argollas de Dragut se abrían.
—Me vendrá genial ahí arriba —arguyó él, arrebatándosela.
Un rasgado quejido, proferido por el moribundo buque, aceleró nuestros movimientos.
Arriba oímos gritos, lamentos y entrechocar de metal. Los cañonazos se sucedían intermitentes y el intenso olor a pólvora y a sangre flotaba denso a nuestro alrededor. Justo cuando subíamos la escalinata, dos caballeros hospitalarios descendían por ella.
Dragut se enfrentó a ellos manejando con aterradora destreza el hacha.
Nosotras descendimos precipitadamente, contemplando angustiadas cómo el avezado capitán lidiaba con ambos, esquivando con tan agudos reflejos las estocadas de sus adversarios que parecía desdoblarse en dos.
Su rapidez fue letal para sus enemigos. Se deshizo de ambos casi al tiempo.
Cuando se volvió hacia nosotras, todavía con rictus feroz y mirada combativa, se me antojó un negro demonio salido de las profundidades del mar, despiadadamente hambriento y endemoniadamente atrayente.
Rezumaba tal poder, tal seguridad, que su sola expresión ya amedrentaba por sí sola a sus oponentes.
Salimos tras él a la cubierta superior y lo que allí vi me dejó sin aliento.
Un nutrido grupo de corsarios berberiscos luchaban denodados contra los caballeros hospitalarios.
El abordaje sólo tenía un fin, y era rescatar a Dragut.
Cuando éste emergió y gritó eufórico, sus secuaces vociferaron junto a él, redoblando con entusiasmo la lucha.
Juana me arrastró al castillo de popa, el lugar más elevado del buque, desde el que podíamos observar la contienda estando a salvo.
Entre aquel pandemónium, el barco comenzaba a hundirse por estribor. Los hombres perdían el equilibrio y nosotras nos abrazamos asustadas al trinquete.
Divisé a Dragut, que se había provisto de un alfanje y combatía enfebrecido contra Hernán de Parma. A pesar de estar herido, su furia equilibró sus fuerzas, derramando en la lucha toda su maestría.
Verlo girar, detener el acero de la espada cristiana y embestir nuevamente resultó un espectáculo tan angustioso como cautivador.
Aquella bestia negra, empapada y cubierta de sangre, no parecía de este mundo.
A mi mente acudió la sobrecogedora visión que me había mostrado la perla.
Su solo recuerdo me erizó la piel y oprimió mi pecho.
Hernán no tenía ninguna oportunidad.
A pesar de estar Dragut en el lado que comenzaba a escorarse, lograba con admirable habilidad no sólo mantener el equilibrio, sino avanzar para atacar a su contrincante, cuando por fin, y en un hábil quiebro, consiguió hundir su acero en el vientre del capitán hospitalario.
El monje guerrero abrió los ojos desmesuradamente y comenzó a boquear.
Cayó de rodillas y miró al cielo, acaso para encomendar su alma al Altísimo.
Me pregunté si moriría realmente en paz, si en verdad creía que la sangre del infiel era distinta de la suya, pues, mezclada sobre las maderas de la cubierta, no se distinguía diferencia alguna.
Y si Dios era omnipresente y magnánimo, si sólo se preocupaba por el espíritu y el alma, entonces ¿qué más daban las malditas creencias de cada cual?
¿Qué importaba cómo se llamara Dios, qué ritos deseaba para sí o qué oraciones se le debían rezar?
La fe tan sólo era una, como el ser supremo al que se le dedicaba, tuviera el nombre que tuviese.
Juana llamó mi atención sobre un balandro que se alejaba a remo hacia la costa maltesa. En aquel bote fue fácil distinguir una melena rubia, entre las capas blancas de los hospitalarios que habían logrado huir.
—Esa rata miserable... —siseó iracunda Juana.
—Nos engañó a todos —murmuró Dolores apesadumbrada.
—Pero en realidad se engaña a sí misma —comenté convencida—, pues la vida no perdona ni olvida. La vida persigue y atrapa, y ella terminará pagando cada deuda, pues no puede haber arrepentimiento cuando no hay conciencia, ni remordimientos cuando no hay corazón. Y eso, justo eso, será su condena.
Abajo, la reyerta había concluido con la holgada y fácil victoria de los piratas berberiscos. Tras sembrar la cubierta de cadáveres, descendían por las escalas por las que habían trepado a la nao cristiana con la misma urgencia con la que abandonarían las ratas una casa en llamas.
Dragut nos hizo señas para que bajásemos de la toldilla. Su gesto grave se acentuó cuando un espeluznante crujido se alzó quejicoso entre los maltrechos maderos.
—¡Rápido, el buque va a partirse en dos!
Primero ayudó a las hermanas a enredarse a la escala para descender a la cubierta de la galera.
Advertí entonces que ésta se hallaba unida a la borda de la nao por tensos cabos terminados en ganchos clavados en la borda del barco enemigo.
Luego se volvió hacia mí, pero en lugar de ayudarme a bajar, aferró mi cintura y me besó con tan desaforada pasión que por un breve instante hasta olvidé que el barco se iba a pique.
Cuando se apartó, sus acerados ojos grises se habían convertido en plata fundida. La comisura de sus labios se curvó apenas, y en aquel simple gesto derramó una ternura que jamás le había visto. No fui consciente de que yo también sonreía.
Entonces, un violento estallido hizo saltar la base del trinquete de un cañonazo. Una nube de astillas voló a nuestro alrededor. Nos agachamos sobresaltados, y el mástil se quebró crujiendo admonitorio.
Dragut me cogió en volandas y me colocó sobre la escala por fuera de la borda.
—¡Aprisa, baja!
Obedecí rauda, comprobando angustiada cómo él se afanaba en cortar los cabos para liberar a la galera de aquel abrazo mortal.