CAPÍTULO 41 #2
—Pronto se te cumplirá ese deseo —musitó con voz quebrada.
Cuando cerró tras de sí, apoyé la frente en la madera y sollocé desolada.
Mis rodillas flaquearon y mi llanto creció en intensidad por no encontrar solaz alguno en aquellas amargas lágrimas que brotaban de lo más profundo de un alma rasgada ya tantas veces. No obstante, aquella herida no sanaría, pues, con él, se iba una buena parte de mi corazón.
Oír el grave ronroneo de su Harley alejándose terminó de aflojar mis rodillas. Acabé en el suelo, llorando desconsolada contra la puerta, maldiciendo el día en que entró en la biblioteca.
No sé cuánto tiempo pasé así. Cuando al fin decidí levantarme, apenas logré caminar como una autómata hacia la escalera, subirla y meterme en mi desordenada cama para mirar el techo como si en él se encontrara ese mapa de mi caos particular, buscando qué punto debía seguir ahora que estaba sola y a merced de mis recursos, con un corazón mutilado y un vacío tan inmenso que me provocaba un vértigo atroz.
* * *
Me despertó un tenue y tibio rayo de sol matutino.
Parpadeé repetidas veces y me refregué el rostro con rudeza para terminar de evaporar las pegajosas briznas de sopor adheridas a mi conciencia.
Por fin logré abrir los ojos para fijar la vista en el desmadejado haz de luz que se repartía difuso por mi cuarto, a través de los orificios de la persiana.
Permanecí un instante observando la ventana agujereada por el sol.
Absorta en aquel juego de luces, me pregunté si habría más universos paralelos, como aquellos fraccionados rayos de luz provenientes de un mismo origen aunque filtrados por el azar: misma materia, idénticas moléculas, pero con trayectorias diferentes.
Pero ¿y si funcionaba así? ¿Y si el universo albergaba tantos planos como aquella miríada luminosa que punteaba mi cuarto?
Que yo hubiera establecido contacto con uno de ellos no implicaba que fuera el único.
Quizá en las otras realidades yo había tenido una infancia feliz, quizá mis padres estaban juntos y unidos.
Quizá yo estaba felizmente casada con Luis y teníamos niños, o era una gran mujer exitosa e independiente.
En mi imaginación se abría un gran abanico de posibilidades, todas más halagüeñas que la que yo vivía.
Y aquella sola suposición, de alguna extraña manera, me consoló.
Me levanté y caminé sobre el rodal punteado que se proyectaba en la tarima y me detuve en el centro, atrapando con mi cuerpo los múltiples haces dorados.
Luego comencé a dar vueltas, girando sobre mí misma con los brazos extendidos, viendo cómo los pequeños rayos bailaban sobre mi piel.
Y, en mitad de aquella danza casi ritual, una nueva y excitante inquietud se sumó a mis divagaciones.
Si aquella teoría era cierta y se demostraba, la gente en realidad no moría definitivamente; sólo dejaba de existir en un plano existencial, pero seguía vivo en otro.
¿Y si los espíritus que decían ver los médiums o la gente con percepciones especiales no eran sino sombras del otro plano en el que vivían?
Rastros vitales que atravesaban las realidades para dar consuelo a los seres queridos que los perdían.
Aquello abría un vasto espectro de posibilidades que otorgaba una esperanza reconfortadora a quienes carecían de cosas, de personas o de ilusiones.
Suspiré y me detuve.
El colgante de la perla se balanceó ligeramente entre mis senos ante el brusco freno de mis giros. La sentí cálida y, cuando la miré, una de esas hebras circulares de luz incidió sobre su pulida superficie, despertando en su interior un singular pálpito luminoso.
La tomé entre los dedos y la alcé para escrutarla.
Contuve el aliento al ver trazos negros sobre un fondo amarillento y rudo. El mensaje flotó suspendido en el interior y comenzó a crecer, emergiendo y proyectándose ante mis ojos antes de volatilizarse diluyéndose en el polvo que danzaba entre la luz.
Trastabillé hacia atrás, exhalando un sobrecogido gemido.
No era una simple frase, era un párrafo. Y, aunque moldeado por la época de la que provenía, resultó fácilmente traducible.
Me dirigí presurosa hacia la mesita y saqué del cajón un pequeño cuaderno de dibujo y el lápiz que lo acompañaba.
Me dispuse a transcribir aquel mensaje etéreo y, a medida que lo hacía, mi pulso se desbocaba y la desolación de saberme sola ante aquel nuevo reto creció, sepultándome.
No porque no me creyera capaz de resolver lo que el destino me había deparado, sino por compartir aquella mágica experiencia con el hombre al que amaba.
Cuando terminé, releí lo escrito y tragué saliva ante lo que encerraba aquel mensaje interdimensional:
La perla de agua me mostró la muerte de Dragut en una batalla en Francia. Mi nombre es Isabet Llerán. Corre el mes de octubre del año de Nuestro Señor de 1536. Debe de haber otro modo, la perla es poderosa, abre la mente. Déjame ver dentro, ya vi antes parte de tu mundo. Yo abriré la mía para ti.
Sentí el impulso de abrazar el cuaderno, lo liberé.
Temblaba y me ardía algo dentro del pecho.
Eran de nuevo mis ganas de llorar. Deseaba tan fervientemente sentir los brazos de Luis alrededor que hasta el aire que me envolvía acicateaba mi piel con el recordatorio de la soledad y de la pérdida.
Y a mi mente acudió la frase que él me había dicho en la biblioteca: «Cuando no sabes lo que es el calor, el frío es más llevadero».
Gran y dolorosa verdad, aquélla. Y lo maldije por ello.
Y todo cuanto yo le había replicado moría agonizante mientras me compadecía de mí misma.
Había dormido con la ropa de calle, y mi pinta debía de ser espantosa. Tenía que centrarme en aquel mensaje y lograr abrir mi mente al amplificador que llevaba colgando del cuello. Pero antes necesitaba una ducha y un buen desayuno.
Ya seguiría lamiendo mis heridas más tarde. Tenía toda una vida para hacerlo.
* * *
Mientras desayunaba, luchando contra la imagen de Luis sentado en aquella misma barra y su sonrisa traviesa, me sumergí en el mensaje de Isabet, analizando su propuesta.
Me sorprendió que tuviera una mentalidad tan abierta, no sólo en cuanto a aceptar aquella experiencia que para ella debía de ser mágica e inexplicable, pero que, curiosamente, asimilaba de forma más natural que yo, teniendo en cuenta que nos separaban varios siglos de diferencia, sino que denotaba un rasgo singular: no parecía tener miedo ni se cuestionaba lo que le estaba sucediendo, por asombroso que fuera.
Pues, a pesar de los avances en todos los campos, en ese aspecto, ella estaba mucho más abierta a lo sobrenatural, su mente estaba menos contaminada que la mía.
En un mundo en el que no podía probarse nada, tampoco nada podía rebatirse.
Lo que significaba que su credulidad era mucho más extensa, también sus percepciones y su mente, con toda seguridad, era más poderosa por no vivir bajo tanta influencia exterior.
Ella no estaba tan condicionada como yo, justamente por no poseer tanto conocimiento.
O quizá tantos muros represores de nuestros instintos más primarios y naturales.
Pues si nadie te dice que es imposible, si nada te empuja hacia atrás, por no conocer los límites de tus capacidades, entonces todo es posible.
Y eso era la mente de Isabet, todo un mundo abierto a lo que ocurriera, por inverosímil que esto fuera.
Sin duda, era una mujer con recursos, astuta y templada.
Su mensaje así la tildaba, pues había comprendido de inmediato lo exasperantemente limitada que era mi alternativa sobre el papel.
No nos bastaba con párrafos para conocer lo que le acontecía a la otra y, así, saber cómo interactuar, no.
Debíamos abrir nuestras mentes y conectarlas, y supe cuándo: en ese preciso instante antes de entrar en sueño REM.
Salía de la cocina rumbo a la puerta principal para coger mi abrigo del perchero, con intención de ir a la biblioteca, cuando reparé en un trozo de papel blanco plegado que resaltaba en el suelo del recibidor.
Recordé de inmediato que a Luis se le había caído algo del bolsillo cuando había sacado las llaves de la moto. Me agaché y lo cogí. Respiré hondo antes de desdoblarlo.
Coinciden todas las letras, es increíble. Dragut Aliosí contiene las mismas letras que Luis Roig Rada, pero mezcladas. Isabet Llerán y Elisa Beltrán, también.
Y ahí tenía una prueba más de que Luis y yo compartíamos esa realidad, y puede que muchas otras. Tampoco olvidaba que Dragut estaba en peligro de muerte, lo cual era otra prueba de que Luis lo estaba. Y eso sólo significaba... que ese puto informe era falso, y que Simón era el infiltrado.
De pronto, como si un rayo atravesara mi mente, recordé la pesadilla de esa difusa batalla aquella mañana en la consulta de Ramos.
¡Dios santo, todo encajaba! Habíamos compartido aquella visión.
Por tanto, Isabet llevaba razón: la perla nos conectaba, pero era nuestra mente, no nuestro cuerpo, la portadora de mensajes.
Abrí el ordenador y tecleé el nombre de Dragut.
Respiré profunda y pausadamente y leí la biografía del feroz almirante de Barbarroja.
Había nacido cerca de Bodrum, en la costa turca del mar Egeo, fue el más temido de los corsarios de su flota y arrasó en particular las costas españolas.
Releí por encima, buscando la fecha de su muerte con un opresivo nudo atenazando mi garganta. ..
Cuando mis ojos se posaron en ella, sentí una piedra por corazón.
Moría en los alrededores de París, en una cruenta batalla contra los tercios del emperador, el 11 de diciembre de 1536.
Dentro de apenas dos meses sería 11 de diciembre.
Cerré los ojos y me derrumbé.