La perla del agua CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

M ENSAJES ENTRE DOS MUNDOS

Jugueteaba con la perla de cuarzo mientras recorría el infernal desorden que reinaba en mi salón.

Le había pedido a Simón que me dejara en mi casa.

Previamente había avisado a Julia de mi decisión.

Quizá poner orden en aquel caos me ayudara a aclarar mi mente.

Y, como el libro de Félix J. Palma, debía crear mi propio mapa del caos.

Analizar con detenimiento todo lo vivido y agruparlo en tres montones: lo incuestionable, lo dudoso y lo comprobado.

Lo incuestionable, por haberlo vivido en mi piel, era mi conexión con mi otro plano.

Lo dudoso era todo aquello que no podía constatar, al menos, de momento. Luis estaba en ese montón, mal que me pesara.

Y lo comprobado era sin duda que los hermanos Ramos, y sus acólitos, me habían metido en su laberinto experimental, y me abrían y me cerraban compuertas para guiarme hacia la meta que ellos buscaban.

Allí de pie, en mitad de mi anárquico salón, supe que debía escapar de aquel laberinto como fuera para empezar a actuar por mi cuenta. Y la única manera de estar segura de que nadie movía mis hilos ni conocía mis propósitos era no contarlos, ni siquiera a Luis.

Me llevaría horas ordenar mi casa y, aunque andar apartando mis cosas era desolador, por no mencionar las que estaban rotas, necesitaba primero dilucidar una cuestión vital para mí en aquellos momentos.

Me dirigí a la mesa y me senté tras un largo suspiro. Tomé mi bloc de notas y la pluma Waterman que solía usar y cavilé sobre el mensaje que debía escribirle a Isabet. Además, si funcionaba, ella podría utilizar el mismo medio para trabar comunicación.

Anochecía, y me pregunté cuánto tardaría Luis en llamarme. No tenía mucho tiempo. Y necesitaba la respuesta de Isabet antes que la de Luis.

Tras mucho meditar, reparé en un detalle.

En el siglo XVI no se hablaba el mismo castellano que ahora.

Quizá no hubiera mucho cambio, pero debía ceñirme en la medida de lo posible al castellano antiguo de la época para que mi mensaje fuera lo más claro posible.

Encendí mi MacBook, que por fortuna había quedado ileso, y me aseguré buscando información en algunas páginas lingüísticas.

En efecto, el cambio no era mucho, a excepción de alguna ligera modificación en artículos, pronombres y formas verbales, además del cambio de algunas consonantes, la «X» reemplazaba a la «J» o la «G» en algunas ocasiones, la «F» a la «H» muda, y la «Ç» a la «C».

Pero lo que más me interesaba era la forma de construir las frases, pues, al parecer, se solía usar el verbo al final.

Con aquellas directrices me concentré en el contenido.

Cuando posé la punta de mi querida Waterman sobre el papel en blanco, la frase surgió de manera fluida. Primero la escribí como apareció, después ya la acomodaría al siglo XVI :

¿Está Dragut muy enfermo? ¿Qué le ocurre? Necesito saberlo, también la fecha en la que vives y tu nombre completo.

Quizá, y aunque nuestras realidades anduvieran paralelas, la suya ya estaba escrita respecto a sucesos históricos relevantes, con lo cual podría situarme en cuanto a su entorno y lo que podría acontecerle. De ese modo, y desde mi ventajosa posición, podía ayudarla a sortear según qué peligros.

Modelé la frase según lo que creí más correcto para su época y rasgué la página.

Luego la recorté, dejando sólo la tira escrita, y, con ella, envolví la perla.

Me sentí estúpida ciñendo el papel con mi mano sin saber qué más podía hacer para que el cuarzo atrapara el mensaje y lo proyectara.

Esa sola esperanza no sólo me parecía ilusoria, sino que también comenzó a resultarme absurda.

Acuné la perla entre las manos y la sentí cálida, incluso percibí un suave hormigueo que despertó en mí una conocida excitación.

Luego volvió a quedar fría, y, tras esperar un poco más, le quité el envoltorio y recé por recibir respuesta.

Para mantener la mente ocupada, me dediqué a limpiar el salón. Fue un buen método para desfogar mi frustración, mi rabia, mi confusión, y sobre todo ese maldito informe que todavía estaba en mi bolso, martilleando mi cabeza y apuñalando mi corazón.

No sé bien el tiempo que pasó, pero cuando llamaron al timbre ya era noche cerrada y mi salón había vuelto a ser habitable. Supe quién era, y tuve que respirar hondo y repetirme que debía mantenerme serena y fría antes de abrir la puerta.

No fue fácil dar un paso atrás cuando Luis hizo el ademán de darme un beso en la boca. Su expresión desconcertada pintó de desagrado su ceño.

Abrí más la puerta y me aparté para dejarlo pasar.

Él miró en derredor, como si la clave de mi extraño comportamiento se escondiera en la pulcritud de mi salón. Luego se volvió hacia mí y me escudriñó molesto.

—¿Puedo saber qué te pasa?

—Pues me pasan muchas cosas, quizá demasiadas.

—También a mí, y no por eso te hago la cobra con cara de ajo —replicó ofuscado.

—Quizá porque yo no te miento descaradamente.

Su verde y brillante mirada centelleó con indignación. Sus labios se sellaron y su rictus se endureció.

—¿Qué cojones ha pasado desde que me despedí de ti esta mañana en la puerta de Julia hasta ahora?

—Más cosas de las que me habría gustado —respondí dirigiéndome a mi bolso.

—Cosas graves, para que me acuses con tan injusta contundencia, supongo.

Me acerqué lentamente a él, rogando a Dios que pudiera justificar de algún modo aquella irrefutable prueba de su mentira.

—Muy graves, sí, sustentadas con pruebas además.

Le tendí el informe y crucé los brazos por debajo del pecho, sintiendo cómo mis latidos se aceleraban y el dolor que había logrado camuflar mientras me dedicaba de forma metódica a la limpieza, concentrando toda mi atención en aquella labor para evitar que ese roto que había descosido mi corazón siguiera deshilachándose.

Luis leyó el informe para sí. Y durante más rato de lo que me habría gustado, permaneció en silencio, con la vista baja, no supe si todavía puesta en el papel o simplemente buscando una respuesta que lograra satisfacerme o volver a embaucarme.

Sentí un opresivo nudo en la garganta y cerré los puños sin ser consciente en realidad de la tensión que todo mi cuerpo mostraba.

Contuve el aliento cuando alzó la vista y depositó el informe en la mesa que tenía más cercana. Cuando posó sus ojos en mí, apenas podía respirar. Aquella mirada derramó un dolor profundo, pero también una extraña determinación.

—¿Y bien? —pregunté con un hilo de voz.

—Está claro que lo crees.

—Es un registro hospitalario de oncología. No te encontraron como paciente en ninguna de las unidades del país.

—Un registro que tu querido y sospechosamente atento doctor ha tenido a bien entregarte para apartarte de mí.

—Jamás habría creído la palabra de Simón, pero esto... —señalé el informe alzando furiosa la voz— esto es incuestionable.

—En tal caso, no tenemos nada más que hablar.

Y, ante mi asombro, Luis se dirigió a la puerta con intención de marcharse.

Lo adelanté y le corté el paso.

—¡Exijo una jodida explicación, ya que pareces aceptar que me mentiste como el miserable capullo que eres!

Lamenté aquellas palabras en cuanto salieron de mi boca. Pero, como si mi propio corazón me traicionara, vomitó todo el dolor y el resentimiento acumulado durante la tarde.

La dura mirada de Luis me golpeó, acicateando todavía más todos los reproches que creía no albergar.

—No —musitó grave en tono tirante—. No exiges una explicación, sino una jodida confirmación de tu veredicto. Ya me has juzgado y condenado, y aunque reconozco que las pruebas me llevan al paredón, no voy a defenderme. No tengo que demostrar nada, y mucho menos que ya estoy en el puto cadalso.

—Luis, entiende que...

Entonces su rostro se contorsionó en una mueca dolida que se me clavó en el corazón.

—Lo entiendo —masculló seco—. Te faltaba la gota que colmara el vaso que yo mismo llené y por fin tocaste fondo.

Lo entiendo, necesitabas algo, lo que fuera, para tener una excusa y así poder alejarte de esta locura, de mí.

Inconscientemente, la buscabas, y el bueno del doctor te la ha servido en bandeja.

Pues bien, perfecto, ya tienes lo que querías.

Y por los Ramos no te preocupes, ya me encargo yo de alejarlos de ti y mantenerlos entretenidos.

Pero, aun así, sé cauta, no se rendirán fácilmente.

Alargó el brazo para aferrar el pomo de la puerta, pero yo no me aparté.

—Dime que no te estás muriendo, que me quede al menos ese consuelo, y, aunque no perdono la mentira, tan sólo eso serviría para dar gracias porque lo sea.

Cerró un instante los ojos, pude ver cómo luchaba contra sus propias emociones.

¡Dios, me estaba desgarrando por dentro! Y, sin embargo, fui incapaz de hacer lo que tanto deseaba: abrazarlo y llorar en su pecho.

Cuando los abrió, vi derrota y resignación en ellos.

—Ese papel así lo dice. Y ahora, aparta.

Se metió la mano en el bolsillo de su cazadora para sacar las llaves de su moto; me pareció ver caer algo, pero mis ojos anegados no fueron capaces de determinar qué era.

—¡No es justo! —exploté entre lágrimas—. Creo que, al menos, merezco una explicación. ¿Por qué me mentiste?

Sus ojos se empañaron húmedos, su labio inferior pareció retemblar, cerró con fuerza los labios y el mentón, y sacudió la cabeza con impotencia.

Por un segundo creí que iba a desmoronarse; sin embargo, encontró un ápice de control en su interior y su gesto se endureció de nuevo, recomponiendo a duras penas las grietas que comenzaban a resquebrajarlo.

—Porque soy un jodido capullo, por eso. Harás bien en olvidarme.

—Luis... —gemí en tono estrangulado.

—Apártate o tendré que hacerte a un lado.

Nos sostuvimos la mirada, y de ambas emergió un rasgo común, el dolor.

—No... no quiero volver a verte... nunca... —dije de manera entrecortada.

Me aparté de la puerta y él la abrió. Antes de salir, me dirigió una mirada tan rota que me partió el alma.