La perla del agua CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

No era más descabellado que escribir palabras en mi piel, y, por supuesto, era mucho menos invasivo y doloroso. Podía probar y, si no obtenía resultados, volver al método original.

Cavilando sobre aquello, mi móvil comenzó a vibrar. Era una llamada entrante. Descolgué, mordiéndome el labio inferior con cierto remordimiento.

—Hola, Simón.

—Hola, Elisa. —Su tono era frío—. Sólo llamaba para saber cómo estabas. Desapareciste sin dejar ni una nota.

—Bien, estoy bien, gracias. Yo..., bueno, no caí en la cuenta, estoy aún algo aturullada con todo esto y...

—Y vinieron a por ti —interrumpió. Su voz se estiró molesta.

Tragué saliva y respiré hondo.

—Sí.

—Entiendo.

Un silencio tenso.

—Simón, lamento no haberte avisado, y te agradezco de corazón cuanto haces por mí, no merezco tanto.

—Nadie me pone una pistola en la sien —masculló él—, simplemente me nace preocuparme por ti.

No sé qué está pasando realmente, Elisa, pero no soy un imbécil.

Sé que estás involucrada en algo turbio, y que ese tipo, Luis, tiene mucho que ver.

Apareció de improviso en tu vida, y desde ese día sólo te han perseguido las desgracias.

—Simón, no...

—Escúchame —pidió endulzando su tono—, sé que..., bueno, que estás encandilada con él y que justo eso no te permite ver con claridad. Verás, he estado haciendo algunas averiguaciones sobre Luis, y no va a gustarte lo que he encontrado.

Llené mis pulmones con una profunda inhalación, intentando apaciguar mis emociones. Que Simón se entrometiera en mi vida me enfurecía, que se preocupara por mí suavizaba aquella llama, consiguiendo que no estallara.

—Conozco a Luis, me lo ha contado todo sobre él, y creo que sé lo que vas a decirme.

—No lo creo —replicó.

—Sé que es un expresidiario, y el motivo por el que cumplió condena.

—Me alegra saber que al menos en eso haya sido franco.

—¿En eso?

—Sí, porque en lo que respecta a su enfermedad te ha mentido.

Parpadeé demudada. Mis latidos se aceleraron.

—Ésa es una acusación muy grave —resalté incrédula.

—Tan grave como la mentira con la que te manipula.

—Espero que tengas pruebas para atreverte a...

—Las tengo —aseguró—, por eso necesito mostrártelas. ¿Qué tal si nos vemos esta tarde?

Cerré los ojos y exhalé lentamente el aire en un intento por apaciguar mis latidos. Sentí la garganta seca y un aprensivo hormigueo en mi estómago, como si una pequeña culebra se retorciera dentro.

—De acuerdo, pero tendrás que prometerme que, tras lo que hablemos, dejarás que yo me encargue sola de mis problemas. Y, aunque te agradezco tu preocupación, no quiero salpicar a nadie con ellos.

—Está bien, pero, como comprenderás, el afecto que te guardo impide que me quede callado ante lo que sé.

No espero agradecimiento, ni siquiera que me veas como un amigo, pues has demostrado que ni como eso te intereso.

Así que, tranquila, soy un hombre cabal que acepta deportivamente sus derrotas.

Pero eso es una cosa, y cumplir con mi deber moral es otra.

Siento que estás en peligro, Elisa, y esa sensación se confirmó cuando entraron en tu casa.

—Estoy en casa de Julia, es un chalet en la urbanización El Balcó, aquí, en Oropesa. Te mando la ubicación por mensaje. Dentro de una hora.

Colgué con una acentuada sensación de traición a Luis, pero la curiosidad superaba el malestar.

Y, aunque en aquel momento estaba siendo asediada por punzantes dudas, buscando resquicios por los que minar mi confianza en él, luché contra ellas, apartando aquellos desazonadores pensamientos.

«No», repetía mi mente. Luis sería incapaz de jugar así con mis sentimientos, y menos con un tema tan delicado.

No sabía qué clase de pruebas podía tener Simón, pero decidí confiar plenamente en Luis.

No obstante, aquella vocecita insidiosa y desconfiada, con la que solía confeccionar mis escudos ante el mundo, me susurró malintencionada que quizá su enfermedad era la manera que tenía para embaucarme e implicarme en su plan, utilizando así la compasión para manipularme emocionalmente y que accediera a ayudarlo.

Algo tan repugnante y miserable que lo convertiría en aquello contra lo que me advertía y luchaba, en parte del equipo de los Ramos.

¿Y si él era una pieza más de aquel rocambolesco puzle al servicio de la ciencia?

¿Y si todo era un engaño vilmente orquestado, un estadio más en aquel experimento maldito en el que la única cobaya era yo?

Bufé furiosa conmigo misma por el desasosegador hilo de mis traicioneras reflexiones. Agité la cabeza vehemente, apartándolas. «No, maldita sea, no seas estúpida», me recriminé. Tenía pruebas de que Luis era Dragut, y de que estábamos, por tanto, en el mismo barco.

* * *

Simón hizo sonar el claxon de su Audi Q7 y, tras decirte a Julia que iba a dar una vuelta por la urbanización, salí del chalet. Justo cuando abría la verja, me pitaron tres mensajes en el móvil. Era Luis.

He encontrado mucha información sobre Dragut.

Te vas a quedar de piedra cuando te muestre lo que he descubierto respecto a nuestros nombres.

Esta noche paso por ti. Ni todos los jarrones de Julia lograrán apartarme de tu lado.

Sentí el impulso de regresar a la casa. Me sentí tan traidora que no fui capaz de contestar.

El coche negro de Simón me aguardaba en la acera de enfrente.

Crucé la calzada y me adentré en el vehículo.

El nudo en el estómago se cerró con más fuerza y mi malestar aumentó.

Simón se inclinó y me dio un fugaz y tímido beso en la mejilla a modo de saludo.

Yo me limité a sonreír forzada. Arrancó, y ni siquiera pregunté adónde me llevaba.

—¿Se sabe algo de los autores del allanamiento? —preguntó con la vista fija en la carretera.

—Ni siquiera he pasado aún por mi casa para ordenarla. Todavía no sé si me falta algo, aunque, según la policía, no parece un robo.

Comprobé cómo la línea de sus hombros se tensaba.

—Por eso he dicho «allanamiento» —murmuró incomprensiblemente a la defensiva—, yo estaba contigo cuando pasó.

—Y fuiste muy valiente —señalé.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

Me miró y yo le regalé una sonrisa más amplia que pareció destensarlo.

Enfiló hacia el paseo marítimo de la Concha y lo recorrimos hasta el puerto.

Luego continuó por la carretera comarcal, hacia las salidas a las urbanizaciones.

La calzada atravesaba un apretado monte de pinos, como una ondulante serpiente de alquitrán que reptaba zigzagueante entre la retama.

Finalmente desembocamos en la Vía Verde, que unía Oropesa con Benicàssim, y de ahí hasta la Vía Pista, que comunicaba con la calle Sector la Renegà, dándome una clara pista de nuestro destino.

Bordeamos la torre de la Corda y continuamos perfilando la rocosa costa donde el profundo azul del mar lamía el irregular paisaje con serena desidia.

Como había supuesto, llegamos a la cala de la Renegà, una hermosa y tranquila playa pedregosa con unas vistas espectaculares.

—Si te apetece tomar algo, podemos pasar al bar La Renegà. De lo contrario, puedo detener el coche en algún saliente y, de paso, contemplar un bonito atardecer.

—Todavía estoy digiriendo el festín con el que me ha atiborrado Julia al mediodía.

Simón sonrió y asintió. Dirigió el Audi hacia la cala y lo estacionó en un promontorio desde el que se contemplaba un paisaje subyugador. Roca, pinos y un mar sereno, que contrastaba con mi ánimo.

—Suelo venir aquí a menudo, cuando necesito evadirme y reflexionar sobre algo que me inquieta —confesó él, ofreciéndome una dulce sonrisa—. Es como si en el vaivén de las olas hallara la respuesta que busco.

—Eso es porque las respuestas suelen estar siempre en nuestro interior, pero necesitamos algo de paz para poder verlas.

—Eso es muy cierto.

Su mirada se tornó tan profunda como aquel mar que nos contemplaba indiferente a nuestras reacciones, pero que tan fácilmente ahondaba en las nuestras.

—Nada más inspirador que el mar —suspiré rompiendo el contacto visual, desviando mi atención sobre aquella ondulante masa de agua en la que tantos pensamientos había volcado.

Simón se volvió hacia mí y se inclinó ligeramente. Alargó la mano hacia la guantera y la abrió para extraer de ella una carpeta flexible. No apartó los ojos de mí en el proceso, incomodándome con su cercanía. Regresó a su posición y abrió la tapa. Luego sacó varios informes, que releyó en silencio.

—Luis Roig Rada no figura en ninguno de los listados de pacientes con leucemia, no sólo de la provincia de Castellón, sino tampoco en otras comunidades. No hay ningún paciente con ese nombre en todo el territorio nacional que haya sido sometido a tratamiento alguno o tenga asignado un oncólogo.

Me pasó el informe, lo cogí, pero, aunque lo miré, no vi más que letras confusas. Fui incapaz de centrar mi visión, la angustia apenas me dejaba respirar.

—¿Cómo conoces su segundo apellido si ni siquiera yo lo sé?

—Para poder visitarte en la UCI, tenían que dejar sus datos completos.

Asentí, más concentrada en controlar mis emociones que en el informe que tenía en las manos.

—Puedes quedártelo.

Asentí, notando cómo las lágrimas pugnaban por salir.

—No sabes cuánto lo siento —añadió—, pero tenías que saberlo.

—Te... te agradezco que lo hayas hecho. La verdad que duele es mejor que la mentira que alegra.

Y, para añadir aún más desconcierto a mi situación, sentí un marcado déjà vu con la última frase dicha. Sonaba a refrán o a proverbio, pero de lo que estaba segura era de que nunca la había usado, a pesar de sonarme tan familiar.

—Elisa, debes alejarte de él de inmediato —me aconsejó volviéndose completamente hacia mí—. Por cómo te ha afectado esto, soy consciente del grado de... implicación que tienes con él. Pero no debes permitirle que se burle más de ti.

Volví a asentir.

Sin argumentos, sin justificación, sin palabras, las emociones me desbordaron. No obstante, no podía derramarlas en el interior de aquel coche, y menos con él.

Abrí la portezuela y salí del vehículo. Caminé entre los peñascos hasta llegar al borde, donde me detuve abrazada a mí misma. Simón pareció respetar mi espacio y yo lo agradecí. Sólo unos brazos, sólo una explicación podría aliviar la congoja que ahora me anudaba.

Pero ¡¿qué jodida explicación podía ofrecerme ante aquella evidente prueba, maldita sea?!

Él me había asegurado que había agotado todos los recursos médicos posibles, y eso... eso era la puta confirmación del engaño más despreciable y cruel que nunca habría imaginado vivir.

De mi respiración agitada nacieron una suerte de gruñidos irritados que apenas liberaron toda la furia que me embargaba. Porque, si eso era una mentira, todo lo demás podría serlo de igual forma, y esa sola suposición me provocó hasta vértigo.

¿Hasta ese punto era capaz de llegar Luis por una puta teoría científica, por muy trascendental que ésta fuera?

Lo único que yo tenía claro era que el experimento se centraba totalmente en mí y que, aunque él compartía conmigo ese vínculo en mi otra realidad, era yo el eje principal, el catalizador de los mensajes que demostrarían mis dos identidades en distintos planos existenciales.

Y, completamente envuelta en aquella densa y opaca nube de aflicción y desamparo, fue la frase que Isabet había escrito en la cara interna del antebrazo la que desmontaba todo.

¡Dios santo!

¿Y si... y si aquel informe era falso? Pues, puestos a cuestionar, Ramos conocía a Simón, evidentemente porque ambos trabajaban en el hospital de Castellón, pero Simón también podía ser parte del maquiavélico experimento.

Isabet quería salvar a Dragut, y tenía todo el sentido que, si él y Luis eran la misma persona, ambos estuvieran en la misma dramática situación.

Sólo había un modo de saberlo, y era comunicarme con ella y enfrentar a Luis.