La perla del agua CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

E N UN MAR DE MENTIRAS

Recostada en el sofá de Julia, cubierta con una manta, mis temblores comenzaron a evaporarse.

Todavía veía en mi mente aquella frase que tantas piezas desplazaba en mi cabeza buscando su lugar.

Sentí una ensalzada excitación ante la confirmación del vínculo que Luis y Dragut compartían.

Esa frase —«¿Cómo salvo a Dragut?»— era en sí misma reveladora.

Ambas compartíamos la misma necesidad: salvarlos.

Pero ¿cómo sabía ella que Dragut iba a morir?

¿Estaría muy enfermo o malherido? Esperaba que Luis encontrara en los registros históricos información sobre él.

Quizá conocer la fecha en la que se suponía que había muerto podría ser determinante, o la causa, para poder trasladarla a Isabet y, tal vez, así, lograr evitarlo.

Que su éxito fuera el mío era una cuestión bastante más peliaguda, aunque también la última alternativa que me quedaba.

Julia me observaba preocupada mientras me acercaba una humeante taza de poleo menta. Tomé la caliente taza con ambas palmas y soplé por encima antes de dar un tentativo trago.

—Está delicioso.

—No sé muy bien por qué, pero todas las bebidas calientes reconfortan.

—La orina, no —repliqué con sorna.

—Pues hay algo llamado «orinaterapia», y creo que la mezclan con jugo de naranja para hacer tolerable el sabor —repuso sonriente.

—No fastidies...

Compuse una mueca entre asombrada y aprensiva, y Julia rio.

—Como método de tortura, no está mal —me mofé.

—Pues tendré que usarla para que me cuentes qué demonios está pasando. Así que, si no quieres que la próxima taza la llene yo, empieza a hablar.

—Entraron en mi casa y...

—Me llamó el psiquiatra que te trataba en el centro —apuntó ella con semblante ceñudo—, me dijo que estaba preocupado por ti, que habías acudido a verlo.

Y te juro que no entiendo por qué me ocultas lo que te está pasando.

Yo siempre, siempre he estado a tu lado, y me duele que ahora no tengas la suficiente confianza para abrirte a mí.

Su expresión dolida me llegó al alma. Dejé la taza en la mesita y me incliné para tomar sus manos en las mías.

—Elisa, cielo, has vuelto a pasar por situaciones traumáticas: el atropello, el robo, es comprensible que temas una recaída y acudas en busca de ayuda profesional.

También sé que ese bravucón adorable ha entrado en tu vida como un misil, y hasta comprendo que, bueno, te vuelques ahora más en él que en mí, pero. ..

—Julia —comencé—, no estoy mal ni me preocupa una recaída, es que lo que me está pasando es tan surrealista que no podrías creerlo ni sabría cómo explicarlo.

—¿Surrealista?

De pronto, una cuestión se filtró en mi mente, apartando el hilo de mi exposición.

—¿Suele llamarte el doctor Ramos?

Su expresión culpable me dio la respuesta.

—De vez en cuando, para preguntarme por ti.

—¿Y qué te pregunta exactamente?

—Si estás bien, si te noto extraña, si regresaron las pesadillas, cosas de ese estilo. Es un gran profesional, y su dedicación es encomiable. Sigue preocupándose mucho por ti.

Mientras la escuchaba defenderlo y debatía interiormente la decisión de contárselo todo con detalle, me pregunté hasta qué punto la pondría en peligro.

Pues aquella especie de retorcida conspiración había demostrado con creces que sólo importaba el fin, no los medios.

Eran gente sin escrúpulos, capaz absolutamente de todo para la consecución de sus objetivos.

No, me dije, debía mantener a Julia al margen en la medida de lo posible.

—Acudí a él para quedarme más tranquila, a pesar de encontrarme perfectamente. Es cierto que es mejor que no compre un boleto de lotería, por si me toca pagar a mí el premio, pero aun así no llevo mal esta ristra de contratiempos tan seguidos. Sólo quería asegurarme, ¿vale?

Julia entornó la mirada calibrando la mía.

—¿Y a qué te referías con eso de surrealista?

Me encogí de hombros con una sonrisa tibia.

—¿Acaso no es surrealista que me enamore de la noche a la mañana de un tipo como Luis? Justo la clase de hombre que siempre he detestado...

—¿Quién demonios puede detestar a un hombre guapo, sexy, inteligente, con sentido del humor y que, además, tiene una Harley?

—Está claro que nadie —reconocí.

De pronto, la sonrisa de Julia se iluminó entusiasmada.

—Dios santo..., ¡tú, enamorada!

Sus manos apretaron ilusionadas las mías. Yo respondí a su sonrisa.

—Alguien ahí arriba escuchó mis plegarias —declaró feliz.

—¿De veras creías que enamorarme era la solución a mis problemas?

—Problemas habrá siempre, pero acompañados se sobrellevan mejor. Y, con semejante compañía, dudo que tengas tiempo de pensar mucho en ellos.

Me guiñó un ojo pícara y volvió a tenderme la taza.

—Quiero que te lo termines todo, ¿de acuerdo?

—Sí, mami.

—Pero tengo otra pregunta.

—Adelante —murmuré, y bebí un largo trago.

—¿A qué se debía tu cara de espanto cuando he abierto la puerta? Creí que ibas a desmayarte ahí mismo.

—Creo que a un bajón de azúcar, tanto amor y poca comida; no es una buena combinación.

—Así que es verdad que te tiene atada a la cama ese granuja, ¿eh?

Sonreí divertida y escondí mi reparo en un nuevo sorbo de poleo menta.

—Tiene pinta de ser una bestia en la cama.

—Un puma —mascullé entre risas.

—Pues dile a tu bestia que o te alimenta o mis jarrones y yo iremos a verlo.

Reímos juntas y toda mi desazón quedó momentáneamente en el olvido.

—Creo que eso te lo deja a ti, ¿no íbamos a comer juntas?

—No le va a ser tan fácil sacarte de aquí. Voy a ofrecerte un banquete pantagruélico.

—Entonces me sacará rodando.

Decían que la risa era la cura del alma, también la mejor manera de enfrentar la vida, por mucho que a veces ésta se empeñara en arrebatártela.

* * *

Tras la comida, Julia me obligó a echarme una siesta reparadora en su sofá mientras ella terminaba de rellenar algunos expedientes urgentes en su despacho.

Arrebujada por la manta y con el soniquete de fondo de un buen documental de lobos esteparios, el sopor me invadió mientras divagaba sobre encontrar alguna otra forma de comunicarme con Isabet sin que tuviéramos que tatuar nuestro cuerpo a punta de cuchillo, que a ese paso íbamos a parecer taradas rituales.

Julia me había dejado un curioso y oportuno libro junto al sofá, El mapa del caos , de Félix J.

Palma. Era el tercer volumen de su trilogía victoriana de ciencia ficción, y este en particular tocaba el tema de las realidades paralelas.

La pregunta que leí en la contracubierta me impactó: «¿Qué harías para recuperar a un ser querido, presunto lector?

¿Irías incluso a buscarlo al más allá, desafiando a la propia muerte?

». «Iría a donde hiciera falta», me respondí.

Y, en realidad, ya estaba en otro mundo buscando su salvación.

Abrí la tapa y releí por encima frases sueltas: «Ocho meses le llevó dar con la poción mágica que permitiría al hombre fugarse al universo vecino sin la necesidad de excavar ningún túnel».

Respiré hondo y continué pasando páginas al azar.

Un párrafo llamó poderosamente mi atención: «Y si una partícula que se mece en el mismísimo confín de nuestro mundo puede comunicarse con nosotros, quiere decir que existe algún modo de que nosotros podamos asomarnos a ese abismo, ver qué hay tras él y saltar.

Lo queramos o no, estamos unidos a esos otros mundos por un imperceptible cordón umbilical.

Sólo tenemos que encontrar la manera de que esa conexión pase de niveles atómicos a nuestra realidad macroscópica».

No pude evitar preguntarme cuántas novelas de ciencia ficción no estarían mostrando una realidad más certera que la que vivíamos, pues, presos de una ceguera aprendida por una sociedad que estipulaba lo que debíamos ver, anulando por su propio interés lo que no deseaba que viéramos, vagábamos por la vida convencidos de que esa pantalla que ponían ante nuestros ojos era la verdadera.

Haciéndonos creer que no había más vida que ésa.

Poniendo una venda a nuestros más primarios instintos, a nuestras percepciones más naturales y poderosas, las que estaban enterradas en nuestra mente, sepultadas por siglos de adoctrinamiento, cubiertas por una venda añeja, bien impregnada de tintes religiosos, sociales y represores.

Guiados siempre por una mano invisible que nos mostraba un mundo ficticio, el que más le convenía.

Arrebatándonos las inquietudes o con guerras que nos mantenían ocupados o con la paz que nos apresaba ociosos.

Pero nunca cuestionándonos si cuanto nos decían era cierto, o si lo que veíamos era real, pues el miedo a lo desconocido viajaba generación tras generación casi impreso en nuestros genes como una impronta de pura supervivencia.

Esto es pecado, esto está mal visto, esto es denunciable.

.. era la vara del pastor, según la época.

Tanto daba, siempre había cadenas que arrastrar y miedos que cargar.

Pero la mejor herramienta para contener y reprimir la inquietud del hombre estaba en el miedo a ser excluido de la sociedad, de ese gran rebaño cuidadosamente aleccionado, acusando de locura al que se despojaba de su venda y, por ende, anulando de un plumazo la posibilidad de que otros siguieran su ejemplo.

Y entonces, la venda volvía a su lugar y la gente continuaba feliz en su ceguera.

Daba igual cuántas pruebas tuviéramos a la vista, cuántos argumentos, cuántas experiencias propias incluso, siempre se encontraba una justificación racional que encajara con los cánones establecidos, para seguir siendo una sumisa oveja, pero «cuerda».

El libro se me escurrió de las manos y acabó sobre mi pecho. Justo en la base de la perla de cuarzo. Y entonces, algo ocurrió.

Varias letras aparecieron en el curvo cristal, agrandándose. El efecto lupa me dio una idea. ¿Y si pudiera mandar mensajes escritos acercándolos a la perla?