La perla del agua CAPÍTULO 39 #3
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CAPÍTULO 39 #3

Y entonces recordé la visión de su muerte proyectada por la perla mágica.

No se correspondía con aquella sentencia, aunque eso no me otorgó ningún alivio, pues la escena que yo había visto con tan vívida intensidad sí se correspondía con una batalla entre los tercios cristianos y las tropas del sultán.

Dragut escaparía de su condena en Malta para terminar muriendo en Francia.

De repente, comprendí que, quizá conociendo su futuro, podría de alguna manera cambiarlo.

—Si Dios necesita aliarse con el demonio —proferí mirando a Blanca— para conseguir sus propósitos, éstos pierden su razón y su sentido.

—En la guerra, todo vale, tan sólo importa el fin, y más si es tan elevado.

—Claro, hay que aniquilar a todo aquel que no se someta a la fe impuesta. No soy estúpida, la fe es sólo la excusa, esta guerra no es por religión, es por poder. Tus ojos derrochan ambición, odio y venganza, ¿ésos son los preceptos que predica tu dios?

Hernán alzó la mano y la descargó con furia contra mi mejilla. La bofetada volteó mi rostro con violencia.

—Y éstos son tus argumentos —escupí con inquina, cubriendo mi dolorida mejilla con la mano—: la fuerza, cuando la razón no puede respaldarte.

—Mereces mucho más —masculló furibundo.

Sus ojos azules despedían chispas coléricas, su rictus agraviado se contrajo feroz.

—No permitiré una ofensa más —advirtió—. Por cada sacrilegio que salga de tu boca, serás azotada. Así que, mujer, ata bien tu lengua o la travesía se convertirá en un infierno para ti.

La sola mención a ser azotada surtió el efecto deseado. No merecía la pena ni era sensato por mi parte enfrentarlo. Ya tenía suficientes problemas.

Domé mi orgullo y bajé la vista sumisa. No lo veía, pero intuí que sonreía complacido.

—Llevadlas a la bodega de carga, dormirán en el pañol del carpintero —ordenó rotundo.

Sí taladré a Blanca con una mirada resentida en la que volqué todo mi desprecio. A cambio, recibí una sonrisa descreída.

Fuimos conducidas a la bodega ante la mirada curiosa de la tripulación.

Cuando descendimos a la cubierta inferior, sentí la presencia de Dragut antes de verlo.

Estaba encadenado a un puntal en un oscuro y húmedo rincón.

Apenas se recortaba su silueta, pero, por cómo resollaba, supe que le habían dado una paliza.

También detecté el metálico olor de la sangre.

Deseé acudir a su lado, pero no me lo habrían permitido.

—Parece que nos une la adversidad, morisca. Raras son las veces en las que nos encontramos sin estar en aprietos —masculló con voz rasgada y tono irónico.

—Quizá sea una señal para que procuremos perdernos de vista —respondí.

Rio ronco, y al cabo lo acometió una tos que lo hizo atragantarse. Lo oí escupir, supuse que sangre.

—Espero que eso no sea un diente —musité mientras nos conducían al mamparo del fondo.

—Yo también lo espero, aunque, por lo que me duele, podría ser hasta un riñón. No obstante, lo prefiero, un diente es mucho más necesario.

Sonreí admirada ante su buen humor.

—Tienes otros para poder masticar sin problemas —repuse.

—Pero tendría problemas para seducir, ¿no crees?

—Donde se ponga la vanidad, que se quite la inanición.

Otra risa. Otra tos. Otro escupitajo.

—Descansad, capitán, será una noche larga.

—Más me vale, no me quedan muchas —alegó indiferente.

Aquella última frase punzó mi pecho como si lo atravesara un carámbano de hielo.

Nos abrieron una pequeña portezuela en un mamparo y accedimos al pañol del carpintero, una especie de almacén donde guardaban todo tipo de piezas de repuesto, herramientas, cabos e incluso rollos de lona, imaginaba que para reparar el velamen.

Había varios jergones enrollados en una esquina y una bacinilla para nuestras necesidades, algunas mantas de aspecto sucio y tacto rudo, y un pequeño tonel que supuse contenía agua.

Mi noche también sería larga, pensando en el hombre encadenado a aquel puntal.

No albergaba esperanza de dormir alguna cuando por fin las tres estiramos los jergones uno junto al otro y nos tendimos en ellos.

Mi mente se agitaba inquieta enredada en la posibilidad, quizá remota, quizá absurda, de impedir que él acudiera a esa batalla.

También me preguntaba cómo lograría esquivar perder la cabeza al llegar a Malta, a no ser que yo lo ayudara a escapar.

.. Era lo menos que podía hacer por él. Sin embargo, si lo hacía, su destino lo llevaría a combatir en Francia, y entonces. ..

Inmersa en aquella crucial decisión, sentí la necesidad de tomar en mi mano aquella perla. Su tacto me reconfortó.

Dragut debía escapar en Malta, pero yo debía convencerlo de no ir a Francia.

Y en ese instante, el calor que desprendía la perla capturó mi atención sobre ella. Me pareció ver algo en su interior, una imagen en principio difusa.

Entorné los ojos agudizando la vista, pero no fue necesario. Como si un invisible haz de luz abriera mi mente, vi escrita una frase.

Gemí sobresaltada y la imagen desapareció, dejándome conmocionada y jadeante...

Esa otra mujer del futuro había logrado una forma más precisa e inocua de comunicarse conmigo. La perla reflejaba lo que ella me había escrito. Y al final fueron esas frases las que estrangularon cualquier posibilidad de dormir.