La perla del agua CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

—Eso compensará los días que has estado ausente y los gastos que te hayan podido generar sobradamente.

—Doscientos dírhams de plata —exigió Nasir ambicioso—. Aún mastico el sinsabor de no llevarte conmigo.

Asentí, preguntándome cómo me las ingeniaría para que no descubrieran que llevaba más dinero encima.

No me pasó desapercibida la mirada que cruzó con Ibrahim, que se encontraba unos pasos más atrás. Mi más primitivo instinto de supervivencia se removió inquieto, pulsándome la sien. Me volví para encarar al avieso médico.

—De ese modo, todos ganamos —aseguré.

Los miré alternativamente, alerta a cualquier movimiento extraño.

—Parece que yo soy el que menos gana en este asunto —señaló Ibrahim ladino—, y viendo las cantidades que se manejan en este provechoso acuerdo, creo que he de duplicar mi tasa. Y, puesto que Nasir ya me pagó veinte dírhams de plata, tú deberás entregarme la misma cantidad.

Bien sabía el muy zorro que no podía negarme.

Asentí, está vez fingiendo sentirme ofuscada. Aquello agradó a Ibrahim, que me sonrió victorioso.

Me encaminé hacia Juana y Dolores y las abracé formando un círculo.

Ellas abrieron sus capas para cubrirme y, de espaldas a los hombres, mientras las hermanas vigilaban, rebusqué en mi escote.

Extraje la bolsa con las monedas y conté la cantidad acordada para ambos.

Le pasé las monedas a Juana y cerré la bolsa devolviéndola a su cálida morada.

Ahuequé las manos para recibir los dírhams y me di la vuelta encaminándome hacia los hombres.

Nasir abrió la talega que llevaba atada a su cinto y comenzó a contar las monedas que iba metiendo. Después concluí el pago con Ibrahim y, finalmente, me encomendé a la Providencia.

En aquel momento, un silbido llegó hasta nosotros.

—El esquife viene a recogeros —anunció Ibrahim—. Aquí concluye mi misión.

Asentí a modo de despedida, y ya me volvía cuando me detuvo aferrando mi brazo.

—Debería haber imaginado que usarías el mismo truco que tu amiga —alegó entornando la mirada—. Fui confiado en exceso, aunque, conociendo las propiedades de la raíz de mandrágora, puedo agradecer seguir vivo.

Lo contemplé alarmada.

—¿El mismo truco? No sé de qué hablas —proferí turbada.

—De Blanca. Ella me pidió durante la travesía en la galera que le procurara una dosis de polvo de raíz de mandrágora.

Fue fácil deducir que intentaba solucionar de una manera muy poco honesta sus continuos y fallidos intentos por seducir a Dragut.

—Hizo una pausa tan sólo para saborear mi ofuscado estupor—.

Me sorprendió que conociera los efectos de esa raíz mágica, como me asombró descubrir que había sido ella quien llevaba tiempo provocando a Aysha y aprovechó aquel día de caos y miedo para atacarla.

Imagino que para ocupar su lugar de favorita o por alguna rencilla entre ellas.

Dos serpientes temibles, pero la más peligrosa es siempre la que muda su piel por la de un inocente ángel.

Por ese falso ángel te desollaron la espalda.

No fui consciente de hasta qué punto me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos.

Un acceso de rabia me inundó dejándome temblorosa.

Apreté los dientes y fruncí el ceño y contuve las lágrimas.

Dolor, decepción, impotencia y furia, todas aquellas emociones enrojecieron mis mejillas y atribularon más mi corazón.

Supe de inmediato quién era el padre del hijo que esperaba.

Como supe que habían sido sus malas artes, o más probablemente sus habilidades en hechicería, las que habían logrado atrapar a Pere.

Ni su belleza ni la poderosa posición de su familia habían influido en él: había sido la magia.

Con lo que mi fatídico desatino tenía un origen, y aunque no renegaba de mi responsabilidad, sí la aligeraba.

En lo que a ella se refería, había pagado sobradamente mi despecho.

—Hay algo más. Ella robó un pote de mi dispensario cuando estuvo rondando mis anaqueles mientras hablábamos.

Tragué saliva y lo miré expectante.

—Un concentrado tónico de ajenjo.

Alcé levemente los hombros para mostrar mi desconocimiento sobre hierbas.

—Se usa para provocar fuertes sangrados —explicó—. Para deshacerte de embarazos no deseados. No obstante, en el tiempo de gestación de Blanca es bastante arriesgado. Y aunque dudo que ella haya estudiado los tratados de Avicena como yo, estoy seguro de que es mucho más experta en estos temas.

—¿Por qué me cuentas esto? Blanca ya ha salido de mi vida.

—Yo no estoy tan seguro —musitó misterioso.

Sentí un aguijonazo insidioso en mi pecho. Mi malestar aumentó.

Otro silbido.

—Daos prisa, deben alejarse de la bahía antes del alba.

—Que Alá sea contigo, morisca —murmuró Nasir, mirándome con un agudo deje anhelante.

—No necesito a nadie, me tengo a mí misma —repliqué altiva.

—Sin duda, eres una mujer excepcional.

—Soy lo que me obligan a ser, quizá dentro de poco consiga ser quien me gustaría.

Me volví hacia las hermanas y las tres caminamos casi a la carrera hacia la barca, que ya llegaba a la orilla. Nos adentramos en el mar chapoteando hasta que las olas lamieron nuestras rodillas. Un hombre alargó el brazo y nos ayudó a subir al bote.

A golpe de remo, nos dirigimos hacia la nao cristiana. No fue necesario ver la bandera con la cruz de Malta ondeando al viento; el murmullo de conversaciones en la borda revelaba el origen de la tripulación.

Subimos a bordo y unos vivaces ojos azules me recibieron complacidos.

—Te subestimé, Isabet, tu astucia despierta mi admiración tanto como ofusca mis creencias.

—Si tus creencias hacen que nos veáis como seres débiles sin entendederas, sólo válidas para procrear y atender las necesidades del hombre, comprendo tu asombro.

Pero hay más heroínas salvando vidas cada día que héroes que matan en contadas batallas.

Sólo que se nos arrebata la gloria, pues para Dios es más útil matar en su nombre que vivir en el nuestro.

Hernán de Parma me contempló un largo instante.

—Serías un jugoso bocado para la Santa Inquisición.

—Seguramente, las mujeres que piensan por sí mismas son peligrosas, demoníacamente peligrosas.

—Por fortuna para ti, no comulgo con la Santa Inquisición.

Además, tu ingenio resulta todo un reto para mí.

Y puedo asegurarte que mi visión sobre el género femenino ha mejorado bastante gracias a vosotras.

Descubriros como aliadas para la causa contra el infiel ha sido sin duda un designio divino. No podéis darme más alegrías.

—¿Podéis?

Una sombra avanzó hacia nosotros. Contuve el aliento al descubrir su identidad.

Clavé mi acusadora mirada en ella y apreté con fuerza la mandíbula y los puños, intentando sofocar la bola de fuego que giraba y crecía en mi interior, alimentada por la furia y el desengaño.

Juana y Dolores me flanquearon en un gesto de apoyo y unión.

—No esperaba volver a verte, Blanca —saludé—, como tampoco que fueras una vil rata, aunque debería haber estado más atenta.

Sus angelicales facciones se estiraron en una mueca perversa que jamás había visto en ella, pero que sin duda era su verdadera naturaleza.

—Ése es el secreto, ocultar la intención con un velo de ingenuidad —reveló con arrogancia.

—¿Y cuál es tu intención en todo esto?

—Sacar siempre el mejor provecho de la situación en la que me halle y conseguir lo que deseo de la manera que sea.

—¿Qué hace ella aquí?—pregunté seca, dirigiéndome a Hernán.

—Ella te vigilaba —respondió dejándome atónita—. Se ofreció a colaborar, y además me ha traído lo que le pedí.

Alcé las cejas interrogante.

—En las bodegas de este navío va preso Dragut.

Clavé una feroz mirada en Blanca, que me observaba con malicioso goce.

—¿De veras llegaste a creer que podía enamorarme de él? —musitó desdeñosa—. Tampoco lo estaba de Pere.

—Entonces ¿de quién es el hijo que llevas en tu vientre?

—De su padre, del conde de Cervelló.

Cada una de sus respuestas fue como un puñetazo en el estómago que me cortaba el aliento y aflojaba mis rodillas.

—¿Por... por qué dijiste que era de Dragut?

Se acercó a mí, y sentí tal repulsa hacia ella que se me erizó la piel.

—Necesitaba engatusarlo, seducirlo para que confiara en mí.

Que además sea un hombre tan apuesto y gallardo hizo más fácil mi tarea.

Pero el maldito me ignoraba, sólo estaba interesado en ti.

Fue tan humillante... Así que no me dejó otra opción más que usar la mandrágora para, de esa forma, atraparlo con la responsabilidad de mi embarazo y aprovechar de algún beneficioso modo mi estado, aunque al final no fue necesario.

Despertó en su camareta una mañana, conmigo desnuda entre sus brazos.

Naturalmente no recordaba nada, aunque la situación requería poca explicación.

Conseguí que sintiera ternura y compasión por mí, pero ninguna otra cosa más. No obstante, fue suficiente.

Paseó a nuestro alrededor, como lo haría un gato acechando a un ratón, no con hambre, sino con pérfida diversión.

—Hernán me prometió una nada desdeñable bolsa de ducados de oro si lograba traerle a Dragut. Curiosamente, has sido tú quien al fin lo ha llevado a esa celda en la bodega.

—¡Yo no he hecho tal cosa! —exclamé soliviantada.

—Conseguí que él me trajera hasta aquí en su falúa, diciéndole que Nasir te había raptado. Deberías haber visto su expresión angustiada...

—Será ajusticiado en Malta —prorrumpió Hernán con orgullosa complacencia—.

Y su cabeza será enviada a Barbarroja, que ahora combate en las costas de Francia, apoyando a las tropas del rey traidor.

Los tercios del emperador van camino de París.

Francisco I ha solicitado refuerzos a Solimán, se librará una gran batalla en la que nosotros, los caballeros hospitalarios, participaremos en nombre de Dios y de la verdadera y única fe.