La perla del agua CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

U N FALSO ÁNGEL

Me asomé subrepticiamente.

Para mi completa desgracia, fui incapaz de localizar a Dragut dentro de mi campo de visión. No podía arriesgarme a salir y toparme con él.

Maldije mi suerte una y mil veces y caminé como un animal enjaulado hasta que me detuve de nuevo frente a las ventanas.

Filtré los dedos entre los huecos de la celosía y empujé con fuerza, pero ésta no se movió.

Miré a mi alrededor y fijé mi atención en una mesa.

La arrastré hasta la ventana, me senté en el tablero frente a ella, aferré los bordes con las manos e impulsé con fuerza las piernas contra ella.

Una y otra vez, hasta que oí crujir la madera.

Animada, continué imprimiendo más fuerza a las patadas.

Por fin logré quebrar una de las uniones, y, tras unos cuantos impactos más, conseguí desencajarla.

Me precipité por el hueco abierto y salí al fresco aire de la noche, jadeante pero triunfal. No tenía tiempo que perder.

Corrí entre los setos, ocultándome a la vista, hasta que alcancé la entrada al harén.

Atravesé las largas galerías a la carrera, y entonces divisé en un recodo dos figuras cubiertas con capas de abrigo y un hatillo pendiendo de sus hombros: Juana y Dolores me aguardaban inquietas.

Bastó un cruce de miradas con Juana para confirmarle que lo había conseguido.

—¿Dónde está Blanca?

—Le dijeron que Dragut había regresado y salió en su busca.

—¡Maldición! —exclamé furiosa—. ¿No quiso venir con nosotras?

—En principio, sí, pero cuando le dijeron que Dragut había aparecido, no pudimos retenerla.

«¡Condenado e inoportuno pirata!», me lamenté barajando mis opciones.

—Ella acaba de elegir su destino, Isabet.

—No piensa con claridad, está enamorada —la justifiqué, incluso sabiendo que Juana llevaba razón.

—Sea como fuere, tú no puedes despejar esa nube, ni de su cabeza ni de su corazón.

No, no podía. Finalmente asentí y entré en nuestra alcoba para coger mi modesta capa de sarga.

Me cubrí con la capucha y salí a la galería, arrebujándome en ella.

Sentí el aguijonazo de las heridas que me había infligido en el antebrazo y, a pesar de llevarlo vendado, cada letra parecía relucir atravesando el lienzo y la manga de mi caftán, recordándome aquella desgarradora visión de la muerte de Dragut en el campo de batalla.

Cada letra escocía ardiente, pero no por su invasión en mi piel, sino por horadar mi corazón.

Ese día, con suerte, partiría muy lejos de allí, para no volver a verlo jamás.

El destino de Dragut también lo decidía él, fiel a su obediencia o quizá a su naturaleza, pues un guerrero se enfrentaba habitualmente a la guerra, y ésta sólo podía ofrecer dos cosas: victoria o muerte. La segunda estaba a punto de atraparlo.

Escondida en mi pecho llevaba la perla robada, dentro de un saquito que colgaba de mi cuello; un rudimentario colgante que me permitía tenerla cerca de mí y oculta a la vista.

Sentí el impulso de tomarla en mi mano. Su tacto y su tibieza me reconfortaban, a pesar de recordarme que era presa de un hechizo.

—Deberíamos esperar en la habitación —sugerí—, aquí llamamos demasiado la atención.

Justo en aquel instante apareció por el largo corredor punteado de arcadas y columnas una figura alta que avanzaba con determinación hacia nosotras.

Juana tomó a Dolores de la muñeca para entrar en nuestro cuarto, pero yo la detuve al reconocer el rostro del eunuco blanco a las órdenes de Ibrahim. El hombre, de rostro enjuto y mirada ladina, nos hizo un leve gesto con la cabeza y nos apresuramos a seguirlo.

Acompañadas del eco de nuestros pasos, pensé en Blanca, y aquella alarma resonó con fuerza en mi cabeza. Todas mis inquietudes respecto a ella refulgieron desazonadoras. Respiré hondo intentando alejarlas, pues nada podía hacer ya, excepto permanecer alerta y recelosa.

Las tres nos cubrimos con las capuchas al salir del harén, siguiendo los raudos pasos del eunuco. No nos dirigíamos hacia la Puerta Imperial, sino hacia la parte este, más concretamente, hacia el muro exterior.

Arropados por la noche, llegamos a una pequeña puerta abierta en el muro.

Me detuve y miré hacia atrás con la absurda esperanza de ver aparecer a Blanca.

A pesar de mis reservas con ella, el deseo de llevarla conmigo, de devolverla a su hogar, continuaba punzante.

Ya no por esa culpa que carcomía mi alma, sino porque le guardaba un gran afecto.

Mi sentido de protección hacia ella había forjado finalmente ese vínculo.

Respiré hondo y hundí los hombros abatida.

—Fue su decisión —repitió Juana.

—Tiene el rostro marcado y está embarazada. Está condenada aquí.

—Quién sabe, quizá Dragut se ocupe de ella.

—En caso de que lo haga, no será por mucho tiempo.

Juana intentó leer en mi expresión. Yo bajé la vista para ajustar el cordel de mi capa.

La puerta se abrió y salimos al exterior.

Un sendero serpenteante descendía una colina pedregosa hasta lo que parecía un arrabal dormido.

Las angostas y oscuras callejuelas empedradas estaban desiertas a aquellas horas.

Las transitamos veloces, doblando varios recodos hasta salir del arrabal.

Desembocamos en una vereda, donde nos aguardaba un carromato.

Los caballos piafaron y se agitaron nerviosos ante nuestra llegada.

—Falta Blanca —señaló Ibrahim, que permanecía de pie junto a la carreta.

—Ha decidido quedarse —me limité a responder.

—Por desgracia, puedo imaginar el motivo. Ésa es la mayor estupidez que alguien puede cometer por amor.

Teniendo en cuenta que la mayor estupidez por desamor la había cometido yo, podríamos haber formado una buena pareja de necias insensatas.

—Aprisa, subid, debo estar de vuelta antes de que amanezca —apremió Ibrahim subiendo a la parte cubierta del carromato.

Lo imitamos, y pronto el carretero restalló su fusta contra el recio lomo de los caballos de tiro.

Avanzamos traqueteando camino abajo. En el abrupto bamboleo, Juana y yo nos desplazamos hacia atrás, chocando con los maderos del compartimento.

Proferimos un gemido doloroso al unísono.

Las todavía tiernas cicatrices de nuestra espalda punzaron quejicosas por el impacto.

—Nos llevamos un duro recuerdo de estas tierras —aseveró ella frunciendo el ceño.

—No sé si la experiencia habrá curtido nuestro carácter, pero nuestra espalda seguro —murmuré jocosa.

Juana asintió sonriendo y respiró hondo, enlazando cómplice su mano en la mía. Dolores nos contempló con una indescifrable expresión y se acercó más a su hermana, enredándose en su brazo con un gesto posesivo que no había observado hasta aquel momento.

Por el minúsculo ventanuco pude apreciar que nos alejábamos de la gran urbe y nos adentrábamos en un sendero que discurría entre cañaverales.

Campo a través, el carromato rodaba renqueante entre colinas y arboledas.

Un intenso aroma a mies recién cortada impregnaba el habitáculo.

El continuo vaivén habría resultado soporífero de no abocar con tanta frecuencia en baches profundos que nos levantaban literalmente del banco en el que íbamos sentadas.

Ibrahim iba delante, con el carretero. Una antorcha enclavada en un soporte lateral iluminaba apenas el camino y recortaba las dos cabezas que asomaban por la abertura frontal. Ibrahim se volvía a menudo para comprobar nuestro estado.

Poco después oí con claridad el rumor del mar y aspiré ensimismada su salobre fragancia, saboreando la primera bocanada de libertad que con tanto esfuerzo había logrado ganar.

Nos adentramos en un estrecho desfiladero entre dos grandes peñascos de piedra caliza. El carretero aminoró la marcha y guio la carreta con tiento evitando rozarla. En algunos tramos parecía que íbamos a quedar encajados.

Cuando por fin salimos del barranco, el batir de las olas resonó con fuerza, impactando contra la piedra de los altos acantilados que flanqueaban aquella pequeña y recóndita cala. La que estaba marcada en aquel mapa.

El vehículo se detuvo y, al poco, Ibrahim nos abrió la portezuela.

Salté sobre la fina arena seguida de las hermanas Monfort, para descubrir que la playa no estaba precisamente desierta.

Una cuadrilla de hombres de aspecto pendenciero rodeaba una hoguera frotándose las manos.

Imaginé que serían parte de la tripulación de confianza de Ibrahim.

La luna recortó las sombras de dos navíos, tal como yo había supuesto.

Otro grupo de hombres pareció surgir de la nada. Conforme se acercaban, reconocí el rostro de Nasir. Me tensé y tomé aliento. Aquel delicado momento era crucial para decidir nuestros destinos. Yo no partiría sin ellas, y eso era cuanto sabía.

—No pareces sorprendida —advirtió Ibrahim con extrañeza.

—¿Qué se puede esperar de un traidor, sino una traición?

Sus ojos despidieron una llama perversa. Sus labios se cerraron, pero al cabo logró estirarlos en una mueca de maligna satisfacción.

—Ellas me pertenecen —intervino Nasir con una sonrisa relamida.

En mi mente comenzó a madurar una idea que me protegía de la ambición de Ibrahim, pues nada le impediría arrebatarme las monedas que escondía bajo el escote del caftán. Avancé unos pasos y me dirigí resuelta hacia Nasir.

—Recuérdame cuánto pagaste por ellas, más la tasa por recuperarlas que tuviste que ofrecer a Ibrahim.

Nasir frunció el ceño desconcertado.

—Veinte dírhams de plata, y otros veinte más a Ibrahim.

—Te pagaré el doble por ellas.

Tanto Ibrahim como Nasir me contemplaron demudados.

—¿Llevas ese dinero encima, morisca? —preguntó sibilino el médico.

Me sentí acorralada por su mirada lobuna. Supe en aquel preciso instante de lo peligroso de mi situación, temiendo una reacción por su parte. Tragué saliva, mientras los latidos de mi corazón golpeteaban descompasados en mi pecho.

—Eso sólo debe concernirle a Nasir —espeté.

Apelé a la integridad del mercader berberisco, ocultando el miedo que sentía oprimiendo en mi pecho.