La perla del agua CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

Me dirigí con paso largo y gesto preocupado a nuestros aposentos y sonreí aliviada al descubrir a Juana en la galería adyacente, apoyada indolente en una columna, sumida en sus propios pensamientos.

Alertada por mis pasos, se volvió hacia mí y sus ojos se agrandaron admirados. Conforme avanzaba y reparaba con más detenimiento en su arrobada expresión, mi sonrisa moría a favor de un rictus incómodo.

Cuando llegué a su altura, me detuve. Juana paseó su mirada por cada curva de mi cuerpo, sin un ápice de recato en ella.

—Estás... —comenzó embelesada.

—En un condenado aprieto —terminé con dureza.

Sus oscuros ojos se entornaron inquisitivos.

—¿Qué ocurre?

—Dentro de un rato vendrán a sacarnos de aquí. Nos fugamos esta noche.

—Pero eso es una muy buena noticia —alegó sonriente. Observó mi rostro contrariado y el suyo se ensombreció—. Ya veo que no es así. ¿A qué se debe tanta urgencia?

—Mañana regresa Mustafá, y me han asignado como su sirvienta personal.

La aviesa mirada de Juana comprendió de inmediato la situación.

—Pero ése no es ya el mayor de mis problemas.

—Tus problemas nunca han sido pequeños —murmuró mirándome con ternura.

—Ya sé qué tramaban Ibrahim y Nasir —anuncié.

Respiré hondo y miré hacia atrás esperando ver una sombra negra acechante, pero no vi nada—.

Nos van a llevar a la cala que vi marcada en aquel mapa.

Allí nos espera un esquife para llevarnos a la nao que fondeará en la bahía.

Pero estoy segura de que, junto a esa nao, habrá una galera donde Nasir aguardará a que se le devuelvan sus esclavas.

Piensan separarnos en esa cala. Imagino que Nasir, temiendo mi plan, ha sobornado a Ibrahim.

Prefiere pagar unos dírhams más a perder los que ya invirtió.

—¡Malditos! —farfulló ofuscada Juana, apretando los puños.

—Y no sé cómo impedirlo.

Juana pareció concentrar toda su atención en la búsqueda de una solución componiendo un semblante ceñudo y decidido.

—Bueno, si Ibrahim se ha vendido por unos dírhams, quizá vuelva a hacerlo si se los duplicas, dejando a Nasir en la estacada —aventuró.

—¿Y de dónde demonios saco yo esos dírhams?

—De Roxelana —contestó.

Barajé aquella sugerencia y supe al punto que era nuestra única oportunidad.

—Pero Roxelana hoy yacerá con su esposo, no acudirá a sus aposentos en el harén.

—Apuesto lo que sea a que te recibirá esta misma noche si vas en su busca.

Sostuve la sagaz mirada de Juana agradeciendo tenerla a mi lado.

—Es momento de exigir parte del pago antes de ejecutar mi misión —comprendí, consciente del riesgo de aquel atrevimiento. Aun así, no tenía otra elección.

—Despierta a Dolores y a Blanca y preparaos para partir. Yo regresaré a la recepción para provocar un encuentro privado con la sultana. He de apresurarme, no puedo arriesgarme a que vengan a buscarnos y yo no esté.

—¿Y si Blanca no quiere venir con nosotras? —barajó Juana.

Aquella posibilidad había estado muy presente en mis pensamientos desde el día en que se le planteó.

—Es hora de que ella elija su destino —aseveré apesadumbrada.

Bajé la vista afligida, apagando las ascuas de una culpa que se negaba a desaparecer y que una y otra vez prendía ante los recuerdos de aquel funesto día.

Juana pareció leer en mí de nuevo. Posó una mano en mi hombro y la otra la llevó a mi mejilla para acariciarla con extrema ternura.

—A veces, Isabet, no se trata de enmendar errores, sino de no volver a cometerlos.

Aquel consejo me llevó a otro parecido pronunciado por un hombre que había desaparecido, pero que, sin embargo, tenía muy presente en mi corazón.

Nos sostuvimos la mirada un largo instante, y algo en mi interior vio una piadosa comprensión en sus ojos.

—Me viste aquel día, ¿no es así? Me viste con ellos. —Mi tono se estranguló en una pena que había conseguido apartar en pos de una dura supervivencia, pero que ahora asomaba inmisericorde.

—Te vi, sí, como te vieron muchos de los convecinos de Oropesa, pero como una presa de esos desalmados.

Sin embargo, yo ya te había visto mucho antes agitando una antorcha encarada a las islas Columbretes.

Luego dormitaste al borde de los riscos bajo la torre del Rey.

—Hizo una pausa para comprobar mi reacción, y al cabo prosiguió—: Presencié tu repudia en el castillo de los Cervelló, y cómo huiste dolida rumbo a los acantilados.

Te seguí —confesó, sus ojos adquirieron un brillo revelador— y me escondí para observarte.

Desde mi escondrijo no pude ver las galeras que se acercaban a la costa ni adivinar tu intención.

Cuando lo descubrí, ya estaban casi desembarcando.

Corrí a la aldea para avisar del ataque, pero era demasiado tarde.

Cerré los ojos mortificada, exhalando un gemido estrangulado.

—No obstante, también vi cómo luchabas por cada una de nosotras y, aunque sabía que la culpa y el arrepentimiento guiaban tus actos, habrías dado tu vida por nosotras sin dudarlo.

Y ese sacrificio no nace de la necesidad de redención o perdón, sino de un corazón valeroso que despertó ante la adversidad.

De un espíritu inquebrantable que, con su luz, aleja las sombras que siguen acechándolo.

Y eso, Isabet, debe liberarte de la culpa.

Sentí un nudo en el estómago y ardientes lágrimas asomaron amargas a mis ojos.

—Deberías odiarme de todos modos. Soy culpable de muchas muertes, incluida la de tu padre.

—Sé que en ningún momento llegaste a imaginar el alcance real de tu despecho.

En tu ofuscación, no pensaste, no creíste que todo se desbordaría.

Y eso es lo que ocurre cuando actuamos presos de un arrebato y, además, la maldita Providencia nos da las armas que le pedimos.

Vi tu sufrimiento, el horror pintado en tu faz, el terror ante la barbarie que se cometía ante tus ojos y la angustia de saberte la autora.

Pero tú no empuñaste ninguno de esos alfanjes, Isabet; tú sólo esgrimiste una burda venganza contra la mujer que te había arrebatado a ese petimetre con ínfulas.

Aquella maldita noche, todo se alineó para que la tragedia asolara la villa y nuestros destinos.

Juana me estrechó entre sus brazos y yo descargué mi llanto preñado de todo cuanto había vivido hasta aquel momento. Miedo, angustia, dudas, intrigas, luchas, huidas, dolor, visiones sobrenaturales, y el amor más infame del mundo.

—Yo, Isabet..., no podría odiarte, aunque quisiera —susurró en mi oído.

Quizá aquello podría considerarse la más completa declaración de amor, y más sabiendo que nunca sería correspondida.

No juzgué sus inclinaciones, pues en un mundo tan duro y cruel, cualquier tipo de amor debía tenerse en alta estima.

También la confianza, y en ella había depositado la mía, junto a mi eterno cariño y mi más profunda gratitud.

Cuando nos apartamos, sus ojos estaban tan húmedos como los míos.

—Volveremos a casa —aseguró con determinación.

—Lo haremos —ratifiqué.

Y desanduve mis pasos en busca de la sultana. Pero, conforme me alejaba del harén, un reflejo insidioso despertó una desazonadora inquietud. ¿Y si esa noche la tragedia volvía a desencadenarse?

Alargué las zancadas apresurando mi avance. Mi instinto me alertaba de algo, pero con tantos frentes abiertos, era imposible saber de dónde provendría el peligro.

Atravesé los grandes portalones y me adentré de nuevo en el fastuoso salón imperial. Recé por no toparme con Ibrahim, pero reparé en que mi centinela ya no andaba tras de mí.

Roxelana se había sentado en su trono y observaba distendida a su esposo conversando con el visir.

Me acerqué disimuladamente y busqué su mirada.

Cuando la encontré, compuse un mohín preocupado y retiré la vista.

Ella asintió apenas y se puso en pie. Con un gesto de su barbilla, me señaló un rincón apartado, y me encaminé hacia él.

Amparada por una recia columna, aguardé su llegada.

No obstante, pasó por mi lado sin detenerse y traspasó unas puertas ricamente labradas sin pararse a mirarme. Las dejó entreabiertas y yo la seguí.

Aquella pequeña sala estaba tan sólo iluminada por una lucerna de bronce que proyectaba estrellas doradas sobre el pavimento de mármol.

Entre las celosías de dos angostas ventanas se filtraba la luna, dibujando a su vez caprichosas figuras de plata.

Tuve la impresión de estar en un lugar irreal, en la antesala no supe si del cielo o del infierno.

—Espero que sea urgente, me estoy exponiendo demasiado —masculló disgustada.

—Necesito acumular valor para lo que me encomendasteis —comencé midiendo mis palabras—, pues el miedo ha empezado a hacer mella en mi ánimo.

Roxelana respiró hondo en busca de paciencia. Frunció levemente los labios con evidente desagrado y sacudió la cabeza contrariada.

—Bien, ¿y qué clase de aliento necesitas?

—Prometisteis pagar el encargo con mi libertad y una buena bolsa de dírhams de plata —recordé, intentando mostrar un prudente titubeo—, pero mi receloso carácter me hace ser desconfiada.

Y, bueno, yo... quizá si percibo la mitad de los caudales prometidos antes de realizar el encargo, logre apartar mis dudas.

—¿Dudas de la palabra de la sultana? —profirió agraviada.

—Dudo de mi coraje, mi señora —me apresuré a corregir—. Una buena bolsa de plata inflamaría mi valor y anularía cualquier flaqueza. Pues asesinar al heredero del gran Solimán pesará en mi conciencia hasta el final de mis días, eso si no salgo peor parada.

Me escudriñó un largo instante con una mirada afilada; su ceño se arrugó mientras cavilaba sobre mi propuesta. Caminó reflexiva, con las manos a la espalda y la vista perdida. Las luminosas figuras geométricas adornaron su larga trenza rojiza y su regio perfil.

Se me antojó en aquel momento como la bella e intrigante Scheherezade tramando un nuevo ardid.

—Te daré la mitad del pago. Cuando ejecutes lo acordado, procuraré tu libertad y percibirás la otra mitad —aceptó al fin.

Solté el aire contenido y sonreí para mis adentros.

—Aguarda aquí un momento.

Salió de aquel privado saloncito y yo caminé impaciente de un lado a otro como ella había hecho barruntando su decisión.

Me acerqué a la ventana y miré a través de la celosía la mordida luna, que estaba atravesada por hilachos desmadejados de nubes negras, como los oscuros auspicios de una hechicera lanzando una maldición.

Agité la cabeza para apartar funestos pensamientos y me tensé cuando, al cabo, oí pasos firmes acercándose.

La puerta se abrió y Roxelana entró cerrando tras ella.

Alargó su brazo hacia mí. Una abultada bolsa de piel pendía entre sus dedos. La tomé confiando en la generosidad de la sultana y la introduje en mi escote. Sonreí agradecida y asentí respetuosa.

—Mañana, Mustafá debe morir. Si no lo hace él, lo harás tú.

Nos miramos con gravedad. Y en sus vivaces ojos de gacela, vi la leona que escondía. No cabía duda alguna, muriera o no Mustafá, yo estaba condenada si me quedaba.

—Así será —confirmé resuelta.

La sultana sonrió complacida. Ya se volvía para salir cuando se detuvo y me miró de nuevo.

—Por cierto, a tu amiga Blanca le agradará saber que Dragut ha regresado. De hecho, acaba de llegar a la recepción y se ha prosternado frente a su soberano. Quizá sea yo la que le diga que va a ser padre de un bastardo castellano. ¿O prefieres tener tú el honor?

Negué con la cabeza, conteniendo todas las emociones que comenzaban a aflorar a borbotones, tirando de mí en todas direcciones. Aquella alarma interna sonó ensordecedora. Mi pulso se aceleró y mi respiración se agitó.

«¡Dios santo, no..., ahora no!»

Sentí la escrutadora mirada de la sultana en mí, parecía relamerse. Luego salió de nuevo, dejándome trémula y angustiada.