La perla del agua CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

E L REGRESO DE S OLIMÁN

El regreso del gran sultán movilizó todas las áreas de palacio.

Se organizó una gran recepción, a pesar de que su imprevista vuelta se debía al ataque por sorpresa de la flota cristiana, y su ánimo soliviantado no comulgaba con aquel recibimiento festivo.

No obstante, para su amante esposa, la bella Roxelana, la llegada de su marido era sin duda motivo de celebración.

También supuse que deseaba agasajarlo y hacerle olvidar momentáneamente la cruenta guerra que libraba con sus enemigos, en especial, con el emperador Carlos V.

La recepción se celebraba en el salón imperial, un recinto amplio y opulento donde se erigía su suntuoso trono bajo una ornamentada techumbre decorada en azulejos geométricos ribeteados con filos de oro. Numerosos jarrones con vistosas flores adornaban cada rincón.

Junto a mi protector, Ibrahim, que lucía sus mejores galas, aguardaba expectante la entrada de Solimán en la sala.

Yo vestía un caftán de seda atlas en tonos azules, y mi pelo oscuro se recogía bajo un tocado adornado con profusa pedrería.

La mirada admirativa de mi protector me recorrió de pies a cabeza con un marcado tinte lujurioso.

Cuando los timbales sonaron, las recias puertas doradas de la sala se abrieron para recibir al gran sultán.

Se despejó un pasillo entre los engalanados asistentes y una altiva figura avanzó con las manos a la espalda y gesto sereno.

Solimán poseía una aguda inteligencia que brotaba afilada de su atenta mirada.

Su gesto era regio, y su porte emanaba todo el poder que encerraba su posición.

Su indumentaria era llamativa y fastuosa, con tres bellísimos caftanes tan diferentes entre sí que contrastaban vivamente.

Encima del primero, de seda atlas verde, lucía un vistoso entari , una túnica con mangas tres cuartos confeccionada en seda kemha, en un violeta oscuro ribeteado de hilos de plata anudada con diversos cintamari (lazos dobles cruzados).

El tercero era una prenda abultada en seda kemha rematada de armiño, con mangas hasta el suelo y abertura en los hombros.

En la cabeza llevaba un magnífico turbante compuesto por varias capas de muselina blanca, y, en el centro, una tallada esmeralda de la que brotaba altiva una solitaria pluma roja.

Un largo y profuso mostacho descendía enmarcando su barbilla.

Avanzó hacia el trono, y Roxelana bajó la escalera del estrado para recibirlo.

El brillo de sus ojos mostraba un amor profundo, que a su vez recibió de parte de su esposo en igual medida.

Fue en aquel único momento cuando los labios del sultán se curvaron prendados en el rostro de su bella esposa.

Alzó la mano y la música de varios laúdes comenzó a fluir y las conversaciones a flotar entre los congregados en tono jovial. Grandes bandejas repletas de ricas y variadas viandas eran servidas en una larga mesa, donde los invitados daban buena cuenta del ágape.

Uno de los consejeros, Rustem, conversaba animoso con su sultán. Ibrahim, ávido de información, se acercó al estrado, prestando disimulada atención a la conversación. No obstante, se estaba desarrollando en un tono lo suficientemente alto como para no considerarse privada.

—En la tierra regida por mí, el pueblo judío será libre de practicar su propia religión y hablar su propio idioma —proclamó Solimán con determinación.

—Pero, mi señor —replicó Rustem—, una actitud tan noble y leal hacia los judíos puede conllevar consecuencias desastrosas: los que han sido desplazados y desterrados pondrían inevitablemente en peligro la paz y la estabilidad del Imperio.

Solimán sostuvo la mirada de su consejero un instante y, al cabo, la posó sobre el colorido ramo de flores que había en una mesa, señalándolo.

—¿Qué opinas de esas flores, mi buen Rustem?

El hombre pareció desconcertado ante el nuevo rumbo de la conversación, parpadeó confuso y acto seguido musitó:

—La explosión de colores de estas flores es impresionante, mi soberano.

El sultán dio una palmada y varios sirvientes se acercaron prestos.

—Quitad todas las flores que no sean amarillas.

Todos en la sala se miraron intrigados. Los siervos acataron la orden sin dilación y en el jarrón sólo quedaron las flores de ese color.

—¿Y ahora, Rustem? —preguntó Solimán.

—Está peor, mi señor —murmuró confuso.

El gran sultán esbozó una sonrisa beatífica y asintió.

—El Todopoderoso ama la diversidad, Rustem —comenzó paciente—.

De lo contrario, se habría creado un solo tipo de flor, una especie de ave, una sola raza de personas.

Sin embargo, observa —abarcó con su brazo a los presentes—, todos somos muy diferentes.

Esta mesa era hermosa porque albergaba una gran variedad de flores.

»Sobre la tierra que yo gobierno, todos, sin importar el idioma y la religión, cristianos, musulmanes y judíos, todos deben vivir juntos, felices y en paz, como estas flores. La diversidad del mundo es un gran regalo del cielo.

Tras ese discurso se hizo un silencio proverbial. La inconmensurable sabiduría y tolerancia del sultán avivó más la respetuosa y profunda admiración de sus súbditos por él. Y ganó la mía.

Me volví hacia Ibrahim, que lucía un gesto duro en su rostro.

—¿Por qué? —inquirí curiosa.

No fue necesario que aclarara aquella pregunta.

—No es lugar ni momento, ni es de tu incumbencia —barbotó huraño, llevándome a un rincón más discreto.

No obstante, por la inquina que traslucía su mirada cuando la posaba en su sultán, adiviné que alguna de sus decisiones habría perturbado o desfavorecido los intereses del médico. No era simple ambición el motivo de su traición, sino venganza.

—Mañana regresa también Mustafá —informó bebiendo de su copa.

Clavó sus sagaces ojos oscuros en mí, con tal intensidad que me provocó un escalofrío—, necesita consejo de su padre.

—Bebió otro largo trago y depositó la copa en la mesa antes de continuar—.

Te han designado sierva particular del heredero.

Abrí los ojos con angustioso estupor.

—¿Có... cómo?

—Lo que oyes, he sido informado al respecto esta misma mañana.

—Yo... yo no puedo... —tartamudeé nerviosa—, no estoy preparada para tan gran responsabilidad, es el hijo mayor del sultán y yo...

—Y tú no quieres matarlo —sentenció esgrimiendo una sonrisa artera.

Abrí la boca dejando escapar un resuello sorprendido.

—Tengo informantes —prosiguió en apenas un susurro sin dejar de mirar a su alrededor con una sonrisa indefinida en sus labios—, y, además, el encandilamiento repentino e inaudito de la sultana por ti ya me resultaba sospechoso.

Roxelana no es mujer de desplegar sus encantos sin un interés oculto.

Tampoco siente inclinación alguna por las sirvientas ni les procura sus simpatías.

Pero a ti, sí. De hecho, me consta que te quedaste a solas con ella en su cámara, con lo que es fácil presuponer que trama algo.

El que te haya designado para servir a Mustafá me deja muy claro la misión que te fue encomendada ese día.

Exhalé el aire contenido y acepté con mi silencio su conjetura.

—Pues, en tal caso, comprenderás ahora mi urgencia por escapar.

—Habría de ser antes de que rompa el alba, pues o cumples tu cometido y mueres, o te rebelas y mueres.

Apreté los labios en un gesto tenso y desazonado.

—Puesto que ya adivinabas mi delicada situación y sabías, además, que Mustafá vendría mañana, espero que tengas preparada mi huida. O el mensaje que guardo en mi cabeza morirá conmigo aquí.

Ibrahim respiró hondo y asintió satisfecho de sí mismo.

—Nos aguarda un esquife en una cala oculta, para llevarte a bordo de una de las naos de la flota maltesa.

El emperador está a punto de salir de Génova tras reorganizar sus fuerzas allí y protegerse del infame Francisco para regresar a Tordesillas, donde lo espera su familia reunida.

Tiene pensado pasar las Navidades allí antes de trasladarse a la corte de Valladolid.

Tú partirás rumbo a las costas que te vieron nacer, en el reino de Valencia, para ser escoltada hasta Tordesillas, donde serás recibida por el emperador en persona.

Más te vale que la información sea valiosa, o tu cabeza rodará a los pies de tu monarca.

Todas mis alarmas saltaron en aquel preciso instante, no obstante, me aseguré de ofrecerle una sonrisa complacida y confiada.

Bebí de mi copa y, al alzar la vista, me tropecé con la mirada calculadora de Roxelana, que alzó la suya en un brindis mudo y luego la dirigió hacia un hombre en particular. Era uno de los eunucos, el que llevaba días siguiéndome.

—Me temo que no te va a resultar tan fácil sacarme de palacio —susurré disimulada tras un trago, mirando de soslayo a mi vigilante.

Ibrahim no pareció preocupado.

—Contaba con ese imprevisto, y con otros que seguro ni siquiera conoces, por muy cerca que los tengas.

Lo contemplé suspicaz y arrugué el ceño analizando aquella observación.

—Debería regresar al harén y avisar a mis amigas de que partimos de inmediato —sugerí ansiosa.

—Será lo mejor —coincidió—, no hay tiempo que perder. Mandaré un eunuco a por vosotras, ese que ahora nos observa.

Seguí su mirada para descubrir a un eunuco blanco, alto y espigado.

Asentí discreta y salí del salón imperial asediada por una creciente sensación ominosa que agriaba la boca de mi estómago.

No tenía ni idea de cómo pensaban librarse del eunuco que seguía mis pasos, tampoco yo sabía cómo sortear el plan de Ibrahim, que ahora ya se revelaba muy claro. Caminé a buen paso entre los patios atravesando los jardines iluminados por fanales y una luna menguante ya, enfilando hacia el harén.

Mientras caminaba, mi mente no dejaba de elucubrar alternativas que finalmente descartaba por un motivo u otro. El eunuco guardián de las puertas del recinto más privado de palacio las abrió en cuanto me vio.