La perla del agua CAPÍTULO 37 #2
67%

CAPÍTULO 37 #2

—Y entonces Félix Ramos dio contigo —prosiguió—, y posteriormente conmigo.

Y nos estudió a ambos, escarbando como una vil comadreja en nuestras mentes.

Sin embargo, optó por mí en un principio, puesto que yo ya era consciente de mis visiones y, además, era también físico.

Pero algo fallaba conmigo, y ahora, gracias a ti, sé lo que es: no lograba conectar con mi otro yo porque estaba equivocado acerca de su identidad.

Pero, igual que yo te vi en mis visiones, también lo hicieron ellos, y, dando por hecho que yo te buscaría, sólo tuvieron que esperar.

—¿Ellos conocen tu enfermedad?

—Sí —contestó agravando su ceño—. Fue Martín quien me dijo que, si mi destino estaba entrelazado con mi otro yo, quizá fuera él la solución.

Tal vez mi enfermedad era consecuencia de sus actos, y más pensando que era Barbarroja, un corsario con una gran deuda de sangre adquirida, sangre que envenenaba la mía.

La teoría era de locos, pero cuando a un cuerdo se le acaban las ideas, sólo le queda la locura por estudiar.

Además, necesitaba descubrir quién soy antes de no ser nada.

Sentí un aguijonazo y me esforcé por que mi rostro no lo mostrara. Bajé la vista, temiendo que él leyera en ella mi angustia. Me había negado a pensar en su enfermedad y en el destino que le deparaba. No lo soportaba.

—Eres Dragut —recordé todavía con un nudo en la garganta.

—Lo soy, y ahora ya tengo una excusa real para molestarte en la biblioteca.

Sonrió travieso y yo acaricié con ternura su mejilla.

—Hay algo que no entiendo. Si ya cambiaron el procedimiento, ¿qué tiene que ver el cuarzo en esto? —planteé intrigada.

—Una teoría científica se apoya en datos empíricos y en toda una larga serie de hipótesis basadas en leyes de la física.

Pero teorías hay muchas, y sin pruebas concluyentes que las validen, quedan en simples conjeturas.

No obstante, con una prueba constatable, se convierte en una ley científica, y eso.

.. eso sí vale un Nobel, por no decir que revolucionaría no sólo el campo de la investigación en cuanto a materia cuántica, sino al mundo, tal como lo conocemos.

El cuarzo es la prueba que él necesita. Dos personas, como nosotros, no sustentarían su experimento, pues puede argumentarse que estamos sujetos a sugestión.

En cambio, una bola de cuarzo que refleje otro mundo, un mundo que su otra mitad refracta en sí misma, sería la prueba irrefutable de que están conectadas a través del espacio-tiempo de manera simultánea.

Alargué la mano hacia el colgante y entorné los ojos para escudriñar el interior de aquel cristal de roca pulido.

—Pero aquí no se refleja nada.

—Porque necesita un catalizador: tú..., ella —respondió—.

Ramos cree que, cuando Isabet tenga la perla al tiempo que tú, será vuestro medio de comunicación.

Los cuarzos se convertirán en una especie de transmisor, ya que son amplificadores y potenciadores de conciencia.

Lo que es imposible saber es cómo será la comunicación, en el caso de que la haya. No olvidemos que todo es experimental.

Permanecí un instante en silencio sumida en mis propias reflexiones.

Todo aquel batiburrillo de información, a pesar de sonar rebuscado y descabellado, tenía su sentido.

Y más cuando yo misma había tenido la certeza irracional de que existía otra perla en el otro lado.

Yo misma, mi experiencia, ratificaba la investigación, al menos en lo que se refería a las realidades paralelas.

Descubrir que existía en otro plano temporal resultaba, como poco, sobrecogedor y provocaba vértigo.

Y no pude evitar preguntarme si mis trágicas vivencias también las había experimentado allí, o si, por el contrario, las había generado ella y yo las sufría.

Aunque, al recordar los latigazos y el dolor en el pie, tuve claro que una vida fácil no llevaba.

Mi curiosidad despertó con la impetuosidad de una flor que se abre con la caricia del sol. Encerré la perla entre las manos y la sentí cálida.

—Este cuarzo ya nos demostró su poder —musité mirándolo con gravedad—.

Esa luz, esa termoluminiscencia, penetró en los recuerdos que la hipnosis había sepultado y me llevó de nuevo a aquel.

.. día. Sin el cuarzo ya tenía las visiones; si dices que las potencia.

.., es muy probable que Martín Ramos lleve razón en sus planteamientos.

Pero, si todos estamos en el mismo barco, quizá podamos colaborar juntos, sin enfrentarnos.

Luis emitió un leve gruñido disconforme y negó con la cabeza.

—No soy capaz de conjeturar qué consecuencias tendrá todo esto, pero mis temores son justificados.

Cuanto más se abra la brecha entre vosotras, más peligroso será.

Conozco a Ramos y no se detendrá, aunque las conexiones representen un riesgo para ti.

Además, ahora que ya sé en quién focalizar mis pensamientos, quizá pueda conectar yo, y evitar que tú sigas exponiéndote.

—Pero el cuarzo me eligió a mí —resalté—, y empiezo a pensar que tal vez haya una misión más elevada, algo que deba hacer para favorecer mi destino, bueno.

.., mis destinos, y posiblemente los tuyos, pues si Ramos hasta el momento está acertado en sus suposiciones, tal vez también lo esté respecto a tu cura. Ya todo es posible, ¿no lo ves?

Cogí su mano, abrí la mía donde el cuarzo parecía destellar y uní nuestras palmas, atrapando en ellas la perla.

—Todo esto tiene que tener un sentido, Luis, no hay azar alguno en lo que nos ocurre.

Esto es demasiado extraordinario como para ser tan sólo el fin de un experimento, por muy relevante que sea para la ciencia.

Sé que es crucial para nosotros, y si esta perla es la llave que nos conducirá a nuestras otras conciencias, aprovechémosla.

Sus rasgados ojos verdes relampaguearon presos de esa excitante inquietud que brilla en la mente de todo científico junto con un solemne misticismo fruto de la profundidad de un ser abierto a los misterios del universo.

—Juntos —pronunció con gravedad.

—Juntos —repetí apasionada.

Acerqué mi boca lentamente a la suya y lo besé con dulzura. Si algo tuve claro en ese preciso instante fue que haría lo impensable por salvar su vida.

En aquel momento, la melodía de mi móvil se derramó invasiva por la habitación. Chasqueé la lengua molesta por la inoportuna interrupción y salí de la cama para rebuscar el teléfono en mi bolso. Miré la pantalla y mis labios se curvaron en una sonrisa. Descolgué.

—Hola, Julia —saludé jovial.

—Por lo menos recuerdas mi nombre —rezongó molesta—, porque llevo días sin saber de ti. Ya temía que hubieras perdido la memoria. He tenido que enterarme de lo sucedido por tus vecinos. ¿Te parece bonito? ¿Es así como me quieres? Puedes imaginar el susto que me he llevado.

—Te he cogido la llamada a la primera, o sea, que tu susto habrá durado unos... ¿treinta segundos?

Sonreí imaginando su gesto enojado y reprendedor.

—Encima, búrlate —increpó indignada—. Eso pasó hace dos días, y sé que no has aparecido por aquí ni has tenido la decencia de acudir a mí. ¿Eso hacen las amigas? Han sido los treinta segundos más terribles de mi vida. Creí que te importaba.

—Y me importas, y te pido perdón, pero no he querido preocuparte, y además he estado liada con unos temas un tanto...

—No pienso perdonarte —interrumpió ofuscada. Luego guardó un breve silencio que terminó ocupando su curiosidad—. ¿Con qué temas...?

Luis se acercó a mí. La sábana cayó y su esplendorosa desnudez me hizo perder el hilo de la conversación. Aproximó su rostro al mío para escuchar mejor la conversación y sus labios se estiraron en una sonrisa divertida.

—Pues... temas... —mascullé sin saber cómo aliviar su curiosidad.

—Temas de capullos —intervino Luis sofocando la risa—. Verás, como durante el robo le rompieron todos los jarrones, me animé a conquistarla y..., por suerte, la cosa fue bien. En resumen, que la tengo secuestrada y atada a mi cama... por eso no ha podido llamarte antes.

Yo no logré contener la risa. El silencio se hizo al otro lado de la línea, aunque me pareció oírla regruñir.

—Eres todo un granuja —farfulló reprobadora, pero en su tono ligero se traslucía una sonrisa contenida—. Dile a tu secuestrada que hoy, sin falta, venga a mi casa o daré parte a la policía.

—¿Extorsionando a un secuestrador? —murmuró Luis simulando el tono de un gánster—. Vaya, Julia, tienes agallas.

—Lo que tengo son jarrones —repuso mordaz.

Esta vez, los tres estallamos en carcajadas.

—No puedes darle parte a nadie —prosiguió él—, todavía no la he troceado.

Julia seguía riendo, y yo empujé a Luis con el hombro para apartarlo de mi móvil, amonestándolo entre risas.

—Dentro de un rato estoy en tu casa —aseguré antes de colgar.

Impulsada por una acuciante necesidad, me abalancé sobre él y apresé su boca con avidez. Sentir su aterciopelada lengua, embeberme de su sabor y oírlo gruñir en mi boca aumentaron mi hambre. Tenerlo desnudo y a mi completa disposición facilitó que la colmara.

* * *

Luis me dejó en casa de Julia ya cerca del mediodía y se marchó a la biblioteca en busca de datos sobre Dragut.

Llamaba a la puerta cuando un agudo escozor en la cara interna del antebrazo me hizo apretar la mandíbula.

Alcé la manga de mi cazadora arrastrando también la de la camiseta para ver ante mis ojos unos finos trazos rojizos brillantes dibujando una palabra.

Contuve el aliento y exhalé un gemido estrangulado.

La puerta se abrió. El rostro risueño de Julia se trocó en una expresión alarmada al reparar en mi gesto consternado.

—¡Santo Dios, Elisa! ¿Qué te ocurre?

No fui capaz de responder. Abrí y cerré la boca reiteradamente sin atinar a explicar nada. Volví a fijar la vista en mi antebrazo para comprobar cómo aquella frase se desvanecía ante mis ojos.