CAPÍTULO 37
L A PIEDRA DEL PODER
Abrazada a su pecho, en aquella amplia cama de su estudio en Benicàssim, sentí que él era mi hogar.
Había sido una noche larga, fogosa y conmovedora.
Nos habíamos amado hasta la extenuación, en una entrega tan profunda y vital que no sólo habíamos enlazado cada uno de nuestros sentidos, sino también lo intangible, nuestras almas, nuestro ser.
Todavía vibraba ante el recuerdo de lo vivido, de las palabras dichas y los gestos que las rubricaban.
Todavía mi corazón, henchido de dicha, suspiraba pleno.
Jamás imaginé poder llegar a sentir algo parecido, algo tan inmenso que eclipsaba cuanto me rodeaba, que vencía con su luz la oscuridad del pasado, que curaba mis heridas y que, además, me llenaba de vida con una fuerza tal que sentía que podía lograrlo todo. Incluso retenerlo junto a mí.
Luis tomó el colgante que yo había dejado sobre la mesilla y comenzó a balancear la bola de cuarzo transparente sobre sus ojos.
—¿Llegaste a encontrar algo en el cuaderno?
—Sí, aunque durante la falsa hipnosis dejó muy claro lo que había intentado buscar en mis anteriores sesiones.
—¿Qué tenía apuntado?
—Mi nombre, el del experimento, y una frase. —Hice una pausa y suspiré arrebujándome contra su costado—. En el encabezado ponía «Experimento agujero de gusano», y la frase era: «Lleva el cuarzo de Luis encima, todo va según lo planeado».
Alcé la vista y observé cómo su expresión se contraía furiosa.
—Seguimos siendo unas putas cobayas, joder.
—¿De dónde sacaste este cuarzo?
Oprimió los labios y su pecho se hinchó con una inspiración profunda.
Me incorporé sobre un codo y lo miré inquisitiva.
—Lo robé —confesó.
—¡Joder, eso buscaban, por eso destrozaron mi piso y el tuyo!
—Sí —murmuró apesadumbrado.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—¿Cuando me preguntaras? —respondió sardónico, alzando los hombros.
Lo fulminé con una mirada resentida y me aparté de él para salir de la cama.
—Elisa, joder, temía terminar de aturullarte y que me mandaras al carajo.
Me siento culpable por haberme inmiscuido así en tu vida, a pesar de saber que ya estábamos vinculados.
Durante este tiempo he estado solo en esto.
He intentado desentrañar el misterio de la mejor forma que he sabido o podido, y, cuanto más rascaba, más se complicaba todo.
—Se sentó en la cama. La sábana se enrolló en sus caderas y reparé en los pequeños cardenales que tenía en los hombros y diseminados por sus pectorales y que antes no estaban—.
Yo... trabajaba con Martín Ramos... Poco después supe por qué él me había contratado: no por mis excelencias en materia cuántica, sino porque yo era en sí el puto sujeto de estudio.
El experimento. Cuando yo creía que actuaba por mi cuenta, en realidad ellos movían mis jodidos hilos.
—Se pasó las manos por su alborotado pelo en un gesto frustrado—.
Fueron ellos los que dejaron todo el trabajo en mis manos, limitándose a seguirme y a esperar los frutos que yo les daría.
Bufó contrito y agitó la cabeza.
—Soy un redomado gilipollas, ahora lo veo. Los he llevado hasta a ti.
—Cuéntamelo todo.
Me puse la ropa interior y mi camiseta y me metí de nuevo en la cama. Me recliné contra el cabecero y crucé los brazos a la espera de su relato.
Sus ojos verdes se oscurecieron, me miró con semblante grave y aspiró una larga bocanada de aire antes de asentir.
—¿Y esos moretones? —pregunté señalándolos con un leve gesto de la barbilla.
—Me los has hecho tú en el fragor de la noche —respondió ante mi mudo asombro.
—Pues sí que soy bruta...
—No, tranquila, no es eso. Es sólo uno de mis síntomas: la falta de plaquetas produce sangrados y hematomas. También mi palidez, por algo parezco un vampiro.
—Tu pelo negro y tus ojos verdes no ayudan a humanizarte —mascullé con sorna—, pero a mí me recuerdas más a un puma.
—Sea lo que sea, aparento ser un depredador, cuando en realidad soy una presa.
«De esa maldita enfermedad», me dije. Pero él agregó algo que me estrujó el pecho.
—Presa de una preciosa bibliotecaria que me ha robado el corazón.
—Desde luego, sabes cómo conseguir que olvide, porque estaba molesta contigo.
Me miró travieso, alzando una ceja. Una pendenciera sonrisa trepó a sus labios, agudizando ese gesto pícaro que tanto incendiaba mis sentidos.
—Seré presa, pero avispado.
Sonreí divertida y no pude contener el impulso de alargar el brazo y revolver su pelo. No sé qué raro influjo ejercía su melena sobre mí, pero siempre sentía la necesidad de enredarme en ella.
—Martín trabajaba en un proyecto novedoso en materia cuántica —comenzó recostándose de nuevo, esta vez con la mirada perdida—: el entrelazamiento cuántico, según el cual, dos partículas separadas entre sí por una distancia monstruosa son capaces de comunicarse sin que exista nada, ningún canal de transmisión, entre las dos.
Y ya sabemos que un cuerpo o materia es el conjunto de muchas partículas, de modo que cualquier modificación en una de ellas transforma automáticamente a la otra, esté a la distancia que esté o con independencia del plano donde se encuentre.
»Hasta el momento ya existían experimentos exitosos al respecto.
Investigadores chinos habían conseguido un entrelazamiento de fotones entre dos estaciones terrestres separadas por nada menos que mil doscientos kilómetros, vía satélite.
Pero Ramos quería ir más allá, su ambición era conseguirlo, no con partículas, sino con objetos, con materia.
Y demostrar que podía conectar dos objetos idénticos no a través de la distancia y no a través de un satélite, sino a través del tiempo y utilizando un agujero de gusano.
—¿Qué es un agujero de gusano? —interrumpí.
—Un agujero de gusano es un túnel que conecta dos puntos del espacio-tiempo, o dos universos paralelos. Todo es teoría, naturalmente, nadie ha logrado utilizarlos, aunque es matemáticamente posible.
—¿Quiere decir que, a través de ese túnel, alguien puede viajar en el tiempo?
—Sería un viaje arriesgado —respondió—, pues un agujero de gusano tiene una vida muy corta.
Se abre y vuelve a cerrarse rápidamente.
La materia quedaría atrapada en él y, aunque consiguiera salir por el otro extremo, no podría regresar.
Evidentemente, tampoco podríamos elegir adónde nos llevaría.
Pero Ramos no pretendía cometer semejante locura; en el supuesto caso de que lograra abrir uno, su intención siempre había sido hacer viajar un objeto.
Y no un objeto cualquiera, sino uno que tuviera un poder clarividente.
—El cuarzo —adiviné.
—En efecto. Para tal empresa, encontró una pieza única, perteneciente a los cuarzos maestros, con una composición de pureza máxima.
La pulió para que reflejara la luz y la moldeó con una forma cilíndrica para que atrapara imágenes dentro.
La idea era mandar una a través del agujero de gusano a otra realidad o tiempo, y quedarse otra para observar los resultados de la viajera.
Pues, como acabo de explicar, según el entrelazamiento cuántico, ambas piezas estarían conectadas, pues son la misma materia.
Y lo que le ocurriera a una le sucedería a la otra al mismo tiempo.
—¿Y qué pintamos nosotros en su plan?
—Abrir un agujero de gusano hoy en día es algo prácticamente improbable: no tenemos los avances necesarios.
Ramos es todo un físico excéntrico, aunque brillante.
Pero fue su hermano y la teoría de Malet sobre el desdoblamiento del tiempo los que le brindaron un plan B.
Y una nueva alternativa suplantó la original.
La idea de que, según el físico francés, todos tenemos un yo cuántico viviendo en otro plano existencial, naturalmente, sin ser conscientes de ello, hizo que Ramos se replanteara todo el procedimiento haciéndose una simple pregunta: «¿Y si consigo que alguien sea consciente de su otra realidad?
». Y ahí entraba en juego su hermano Félix.
—De ese modo —intervine comprendiendo el razonamiento que había surgido en la mente del científico—, es todo mucho más fácil y seguro.
Ahora se trata de despertar la conciencia de una persona, rebuscando en su más profundo subconsciente.
Y que esa persona le cuente de primera mano su otra realidad.
Y, para eso, nada mejor que un psiquiatra de confianza.
No obstante, no fuimos elegidos al azar.
—El azar tuvo mucho que ver, o quizá la Providencia —replicó Luis—, pues empiezo a pensar que el destino nos hace seguir los pasos que nos marca.
Félix Ramos se dedicó a curiosear en el subconsciente de sus pacientes.
Algo difícil, pues necesitaba a alguien con una percepción mucho más abierta; con una brecha en ese inconsciente, y no sólo por traumas personales, sino por haber nacido con una capacidad extrasensorial.
Yo no sé tú, pero yo de niño soñaba cosas raras, y a veces hasta las sentía al despertar.
Eran extraños déjà vu que ni me atrevía a contar y que terminaba olvidando sin entenderlos.
Sí, recordé, yo también veía de niña una gran hacienda con varios chiquillos correteando a mi alrededor burlándose de mí, o campos de arroz, donde los jornaleros trabajaban mientras yo los observaba huyendo de las chanzas.
Otras veces soñaba que peleaba con ellos y una mujer adulta nos separaba y nos castigaba.
Y, curiosamente, era justo ahora, cuando rememoraba aquellos vívidos sueños, cuando advertía lo extraño de aquella estampa que se repetía en mis sueños con un claro tinte añejo.