CAPÍTULO 36 #2
—Vamos, Elisa, sólo tú puedes abrir esa puerta. Un paso, otro más..., cuanto más te acercas, más feliz te sientes. Sigue, Elisa, escucha el sonido de tus pasos.
El metrónomo pareció marcar el ritmo, simulando el regular eco de unas pisadas. Mi mente viajó a aquel recuerdo, a aquel rítmico sonido. Estaba claro que había utilizado aquel instrumento en mis hipnosis.
—¡Ábrela, veamos qué hay ahora tras ella!
La ansiosa excitación de su voz resaltó lo trascendental que era para él aquel instante.
A mi mente acudió la última e impresionante visión que había tenido en el rompeolas. Quizá aquello lo animaría a seguir guiándome. Aunque yo ya sabía lo que ellos buscaban en realidad. Saber que Luis lo estaba escuchando todo me reconfortó lo suficiente para seguirle el juego.
—Veo una sala inmensa —proferí en apenas un adormilado susurro.
—Mira a tu alrededor y detállame qué ves —pidió ávido el doctor Ramos.
—Hay muchas columnas de mármol y arcadas ornamentadas con motivos vegetales. Veo a una mujer atada a una de esas pilastras: está siendo brutalmente azotada. Su espalda está empapada en sangre.
—¿Esa mujer es Isabet? ¿Te ves en algún espejo?
Que conociera ese nombre me puso el vello de punta. Quedé paralizada por un momento, nerviosa y confusa, también furiosa.
Sacudí la cabeza mostrando aturdimiento.
—No, no es ella, no..., no soy yo.
—Intenta mirarte tú, mira hacia abajo, tu ropa, tu cuerpo..., ¿qué ves?
—Es... estoy atada a otra columna. Me... me arde la espalda, sufro...
Gemí y apreté los dientes, arqueándome, mientras emulaba el dolor sentido en el rompeolas.
—Chis..., tranquila, Elisa, tú estás a salvo.
Ya conoces nuestra premisa, nuestro código de seguridad, cuando algo te asuste o te hiera, regresarás a tu cuerpo olvidando el recuerdo con sólo pronunciarla.
Pero ahora debes aguantar un poco más. Ese dolor no es tuyo, tú estás a salvo.
Yo te llevo de la mano —murmuró tranquilizador.
—Me duele —gemí alterada, imprimiendo más realismo a mi interpretación.
—¿Qué llevas puesto? Mira tu escote.
Esa pregunta me sobrecogió.
—No..., no veo nada..., estoy pegada a una columna, abrazada a ella.
¿Cómo haría para hacer que me repitiera la palabra de seguridad?, pensé mientras ideaba qué más podía decirle.
—Bien, viajemos a otro momento —sugirió ahora más sereno—. ¿Recuerdas lo que antes buscábamos? Sé que lo has encontrado, ahora lo llevas puesto, pero necesito saber si Isabet también lo lleva encima.
Estrangular mi estupor no fue fácil. Me esforcé tanto por controlar mis impulsos faciales que no fui consciente de cómo mi respiración comenzaba a agitarse convirtiéndose en regulares jadeos.
Estaba hiperventilando, y pronto me marearía si no gestionaba con rapidez mis emociones.
Apelé a mi más aplomado autocontrol y, lentamente, logré bajar mi ritmo cardíaco.
—Relájate, Elisa —me pidió con acusada preocupación—. Estás a salvo, estás cogida de mi mano. Yo te traeré de vuelta, como siempre, nada has de temer. Sólo necesito saber si ella también lo tiene.
Sentí cómo sus dedos rozaban el hueco entre mis senos para coger en su mano la bola de cuarzo. Contuve el aliento.
Nunca había necesitado tanto una puta palabra. Tenía que salir de aquel fingido trance como fuera. De repente, una susurrada y familiar voz acudió en mi auxilio:
— Aguanta, cariño, te sacaré de ahí .
Saber a Luis tan cerca logró tranquilizarme.
En aquel momento, un molesto y sonoro zumbido se inmiscuyó en el tenso ambiente de la consulta, tan persistente que oí imprecar entre dientes al psiquiatra. Provenía del portero automático del recibidor.
— Finge convulsionar —pidió Luis.
Comencé a arquearme abruptamente simulando violentos espasmos.
—¡Maldita sea! —exclamó Félix Ramos.
Me sujetó de los hombros intentando tranquilizarme, mientras Luis continuaba con el dedo pegado al timbre.
— Voy a subir —anunció con urgencia.
—¡Cuarzo! —profirió el médico en voz alta, acompañado de una rotunda palmada.
Supuse, estupefacta, que aquélla era la palabra clave para hacerme regresar.
Abrí los ojos de manera desorbitada e inhalé una profunda bocanada de aire mirándolo con gesto aturdido.
—¿Qué... qué ha pasado?...
—Nada, tranquilízate, pero no he podido terminar la terapia. Debemos repetirla.
Me incorporé mirando mi reloj de pulsera y me mordí el labio con fingida contrariedad.
—Será en la próxima cita, ahora mismo tengo una revisión en el hospital.
—Yo paso consulta allí —informó—. ¿Quién es tu médico?
—Simón Muñoz —respondí con una sonrisa indefinida.
—Un gran profesional, sin duda. Salúdalo de mi parte.
Se puso en pie al tiempo que yo y cogió su agenda para darme cita.
—¿Qué tal mañana? —preguntó cordial.
—Tendrá que ser la semana que viene —contesté—. Le mando e-mail para concretar el día.
Él me miró por encima de las gafas componiendo un mohín reprobador.
—No lo dejes, Elisa. Durante la sesión te he visto muy alterada y eso me preocupa. La semana que viene a más tardar, ¿prometido?
Asentí con una sonrisa dócil.
Comencé a juguetear con la bola de cuarzo que pendía del colgante. Su gesto se tensó visiblemente.
—Es muy bonita, ¿dónde la has comprado?
—Me la regaló un amigo.
—¿Conoces el poder del cuarzo?
—La verdad es que no.
—La mayoría de los cuarzos transparentes son unos potentes proyectores de conciencia e incrementan de manera apabullante las percepciones extrasensoriales de un individuo susceptible de estas energías y pueden incluso abrir portales dimensionales.
Pero si se trata de un cuarzo maestro, de una pureza completa, refuerza, además, el campo áurico, transmutando algunos estados mentales.
Cuando dos cuarzos maestros se conectan, emerge de ellos una luz tan intensa que despeja la oscuridad y abre la puerta a un mundo desconocido, ofreciéndonos la posibilidad de descubrir nuestra esencia divina con el fin de completarnos.
Por eso la llaman «la piedra del poder».
—Interesante —musité manteniendo una sonrisa forzada y comprendiendo en aquel instante lo trascendental de aquella información.
Me acompañó a la puerta y me estrechó la mano con calidez.
—Y, recuerda, estoy a tu completa disposición. Sea la hora que sea.
—Gracias, doctor Ramos.
—Déjate de formalismos. Llámame Félix, nos conocemos de sobra.
«¡Sobre todo, tú a mí, capullo!», pensé disgustada. Oculté mi desazón en una sonrisa agradecida y salí de la consulta.
Ya bajaba por la escalera cuando una mano apresó mi brazo, haciéndome retroceder. Luis salió del recodo donde había estado escondido, me atrajo hacia sí y me abrazó.
—¡Joder, qué puto mal rato he pasado! —se quejó. Su aliento vibró en mi cuello, donde había enterrado el rostro, y yo me estremecí.
—Yo tampoco es que haya ido de acampada.
Sofocó una carcajada, se apartó apenas para mirarme y me acarició la mejilla con la mirada prendida en mi boca.
—Lo has hecho genial, nena.
—Como lo hago todo —me jacté burlona con una sonrisa ladeada.
—Ya salió mi cuadriculada y modesta Rottenmeier —susurró mordaz, aunque su tono fue meloso.
Le saqué la lengua, frunciendo divertida el ceño, y él sonrió travieso alzando pícaro una ceja.
—Será mejor que nos larguemos ya, provocadora. No creo que sea muy juicioso arriesgarnos a que nos pille nuestro loquero follando en su rellano.
Tuve que taparme la boca para ahogar la risotada.
Luis cogió mi mano y me arrastró tras él. Descendimos dos plantas hasta el portal, pero, en lugar de salir, me guio escaleras abajo hacia lo que parecía la entrada a los trasteros. Y, en aquel hueco penumbroso, tomó mi boca con urgente avidez.
Nuestras lenguas se enlazaron en un baile tribal, primitivo, desesperado. Aquel fuego que nunca se apagaba creció en una llamarada salvaje, crepitando bajo nuestra piel y burbujeando en nuestras venas.
—Dios, nena..., ¿qué me haces? —gimió contra mi boca.
Respondí devorándolo con enloquecedora ansiedad. Sus manos se cerraron en mis nalgas y me alzó contra la pared. Envolví sus caderas con las piernas y dejé que me frotara contra su prominente dureza. ¡Dios santo, lo deseaba tanto que hasta sentía ganas de gritar!
—¡Joder..., voy a estallar! —exclamó sufrido.
Mordió mi labio inferior, y yo el suyo. Gemí. Gruñó. Y de nuevo sucumbimos al influjo de nuestras bocas.
Llevó una mano a la bragueta de sus vaqueros intentando liberarse, pero el sonido de unas llaves lo detuvo en seco. Me bajó apresurado y se curvó sobre mí para cubrirme contra la pared, ocultándome.
Un hombre emergió de la puerta de uno de los trasteros.
—Llévala a un hotel, campeón, ten algo más de clase —reprendió disgustado.
Pasó por nuestro lado mascullando y subió la escalera rumbo a su piso.
—¿Has oído, campeón ? —aguijoneé entre risas.
—Ese tío ha olvidado lo que es un buen calentón, y, si no llega a ser tan inoportuno, ahora mismo te estaría demostrando lo campeón que soy, nena.
Reí y lo atraje hacia mí, agarrando las solapas de su cazadora de cuero con la intención de atrapar nuevamente su hinchada boca. Pero él me detuvo.
—Si me besas de nuevo, te aseguro que te oirán gemir hasta en el ático —ronroneó contra mi boca—. Será mejor que honre mi título en un lugar más privado.
Enterré los dedos en su nuca, entrelazándolos en su espeso y sedoso cabello negro. Él gruñó lascivo y echó la cabeza atrás. Sentí el impulso de besar su cuello, pero supe que, si lo hacía, volveríamos a perder el control.
Salimos de aquel portal de la mano, portando en nuestro ánimo una buena carga de frustración sexual, que no dudaba aliviaríamos muy pronto, y la satisfacción de haber conseguido lo que buscábamos: más respuestas.