CAPÍTULO 36
M ÁS RESPUESTAS
La consulta del doctor Ramos en Castellón era luminosa y moderna.
Un diván de diseño en un elegante tono gris junto a un amplio ventanal invitaba a tumbarse y a dejar perder la vista en el límpido cielo de un día frío.
Frente a él, un mullido sillón, una pequeña mesa de acero y cristal y, más allá, una imponente mesa de despacho con un ordenador y unos expedientes abiertos.
Tras ella, una larga estantería repleta de gruesos tomos de psiquiatría.
En las paredes, títulos, diplomas varios, cursos y galardones enmarcados, hablaban de la incuestionable profesionalidad del terapeuta, que ahora tendía con calidez su mano hacia mí.
La visión de aquel diván, quizá por la asociación con el inconsciente, me recordó el inquietante sueño de la noche anterior.
Más bien una terrible pesadilla, dada la angustiosa sensación con la que me había despertado, sudorosa y jadeante, con el corazón en un puño.
No recordaba los detalles, pero era una batalla feroz, sangrienta y caótica.
Recordaba incluso los agónicos relinchos de caballos, los desgarrados gritos de los combatientes entremezclados en una masa informe y difusa de colores, el agudo chirrido de espadas cruzándose y estandartes ondeando. No lograba recordar nada más preciso.
Me estremecí y sacudí ligeramente la cabeza para apartar ese recuerdo, que era más bien una sensación física, de mi mente.
—Querida Elisa, qué gran placer volver a verte. Tienes un aspecto fabuloso —saludó cordial, estrechando mi mano con gesto afectuoso.
—Que, temo, no se corresponde con mi ánimo —anticipé con apenado abatimiento, poniendo en marcha el plan trazado con Luis.
Yo llevaba un micro y un auricular ocultos, cortesía de su amigo el poli, y él también. Estaba en aquella misma calle, en el bar de enfrente, atento al ventanal del despacho y presto a intervenir si se diera el caso.
—Parece que tienes mucho que contarme —se lamentó, aunque en sus ojos castaños refulgió un brillo excitado que no logró disimular.
Me condujo hacia el diván, y yo me tumbé en él. Ver aparcada en la acera la Harley de Luis me confirió la tranquilidad que necesitaba. Sólo había estado una vez en aquella consulta, pocos días después de que me dieran el alta, para ratificarla y cerrar mi expediente.
Félix Ramos sobrepasaba con creces la cincuentena.
Su cabello canoso, abundante y cuidado, brillaba bajo el sol que entraba por el ventanal.
Sus pequeños y vivaces ojos se entornaron a causa de la luz, compuso una mueca molesta y se ajustó sobre el puente de la nariz sus gafas rectangulares de pasta.
Su aspecto bonachón y su actitud serena, acompañados de una voz suave, con una cadencia baja y pausada, invitaban a relajarse al instante.
Era de esa clase de personas que inspiraban confianza, que transmitían comprensión con una sola mirada y que te hacían sentir en las mejores manos. Cualidades perfectas para su profesión.
—Dado el cariz urgente de tu e-mail pidiendo cita, pensé que acudirías mucho antes.
Cruzó las piernas y se recostó. Sacó una grabadora del bolsillo de su camisa y la manipuló frunciendo el ceño.
—Ya sabes que siempre grabo las sesiones, para luego estudiarlas con más detalle —explicó, a pesar de conocer sobradamente el procedimiento—. Bien, Elisa, ¿qué te ha estado ocurriendo exactamente?
—De todo. Mi vida ahora es un completo caos —comencé suspirando teatralmente.
—Vayamos al principio —aconsejó tras una sonrisa paternal.
—Sufrí un atropello casi mortal, y a partir de ahí no han dejado de sucederme cosas extrañas.
Asintió con la misma impavidez que si le hubiera dicho que se me habían acabado los pepinillos en vinagre.
Respiré hondo y comencé a relatarle de manera intencionalmente versionada mi interpretación ingenua de los hechos. Introduje las visiones sin entrar en detalles, los números maestros reiterados en señales claras y todo aquello que sabía que podía suponerle el caramelo que buscaba.
El doctor me escuchaba atento y de vez en cuando apuntaba notas en un cuaderno.
Apoyó su dedo índice sobre el puente de las gafas y lo presionó ligeramente. Compuso un gesto preocupado y frunció los labios en una mueca concentrada.
—Te persiguen las tragedias, Elisa, eso sin duda.
Pero debes focalizarte en lo positivo de cuanto me has contado.
Has sobrevivido al accidente sin secuela alguna.
Entraron a robar en tu casa, pero, por fortuna, no estabas dentro ni corriste peligro.
Y, en cuanto a las visiones, creo que son síntomas claros de que tanto desafortunado incidente, y tan seguido además, ha abierto brechas en tu subconsciente liberando los traumas que tanto nos costó borrar de tu memoria.
Creo que necesitas reforzar la terapia de hipnosis para conseguir anular esas visiones tan extrañas.
Lo del número es una clara muestra de sugestión.
Seguramente lo viste en alguna parte y tu mente, que ya está en modo alerta, te advierte contra todo lo que no puede racionalizar, como un mecanismo de defensa.
—Tengo miedo de volver a recaer —musité compungida.
El psiquiatra compuso su gesto más dulce y una sonrisa beatífica trepó a sus labios, fijándose un buen rato allí.
Me pregunté a quién de los dos podrían nominar a un Goya. Nuestros papeles, aunque sobreactuados, eran dignos del galardón.
—Confía en mí, Elisa, todo va a salir bien. Ahora quiero que te relajes un momento, voy a por mi péndulo. Vuelvo enseguida.
Dejó su cuaderno de notas en la mesa y salió de la habitación ante mi desconcierto, pues no concebía que tuviera sus herramientas de trabajo en otro lugar que no fuera su consulta.
Así pues, deduje que tenía que hacer algo de lo que yo no podía enterarme, como, por ejemplo, informar de lo que acababa de contarle y recibir órdenes concretas.
Dirigí la vista de inmediato a la mesa y, movida por un impulso curioso, me levanté presta y me precipité hacia donde reposaba el cuaderno.
Incliné la boca lateralmente para hablarle al micro que llevaba prendido en la solapa de mi chaqueta.
—Se ha dejado el cuaderno en la mesa, ha estado apuntando cosas en él —susurré sin dejar de mirar la puerta—. Voy a echar un vistazo.
Un débil murmullo surgió del minúsculo auricular que yo llevaba en el oído, acompañado de disonantes interferencias.
— Puede entrar en cualquier momento, regresa de inmediato al diván —ordenó Luis impaciente.
Abrí el cuaderno y comencé a pasar páginas hasta llegar a la última escrita.
— No me estás haciendo ni puñetero caso, ¿no? —se quejó.
Casi pude ver cómo Luis ponía en aquel momento los ojos en blanco. No tardaría en resoplar exasperado... Lo hizo, y yo sonreí divertida, aunque mis dedos nerviosos parecían no encontrar lo que buscaba.
La última anotación era de una tal Almudena. Gruñí frustrada. ¿Qué narices había estado garabateando ahora, y dónde?
— ¡Joder, maldita sea! ¿Quieres dejarlo? Está a punto de entrar . —Su tono fue imperante y nervioso.
Volví a ignorarlo y, sin dejar de atisbar ansiosa la puerta, repasé de nuevo el cuaderno. Por fin encontré algo en la última página en blanco. Había escrito mi nombre y una frase que me cortó el aliento.
Cerré apresurada el cuaderno, procurando dejarlo en el mismo lugar y ángulo, y corrí hacia el diván con el corazón en un puño.
No había terminado de tumbarme cuando la puerta se abrió.
Fingí cambiar de posición y me acomodé del otro lado con indolente parsimonia.
—¡Qué cabeza, la mía! —se disculpó el psiquiatra con una sonrisa dúctil mientras se encogía de hombros—. Creí que lo tenía en mi despacho, pero, no, está aquí.
Chasqueó los dientes recriminándose su falso despiste y se dirigió hacia la mesa. Abrió uno de los cajones y extrajo el péndulo que buscaba.
Regresó a su butaca y la acercó más al diván para poder inclinarse sobre mí.
—Bien, Elisa, creo que todavía recuerdas el procedimiento.
Estiró ante mis ojos el colgante con el disco hipnoidal y comenzó a hacerlo girar en su eje antes de hacer oscilar el péndulo.
—Fija unos segundos la vista en el disco y deja que te lleve a su interior.
El dibujo concéntrico de líneas blancas y negras empezó a atraparme en aquel movimiento circular que convergía hacia el centro como si de un remolino se tratara.
No supe si porque yo ya era susceptible a la terapia de hipnosis, o porque mi mente estaba tan abierta que era receptiva a todo, pero mi intención de resistirme, mirando un punto por debajo o por arriba de aquel maldito disco, comenzó a flaquear.
Parpadeé para evitar ser arrastrada por aquel influjo hipnótico, repitiéndome que no le permitía entrar en mi mente.
— Ahora, Elisa .
Oír la voz de Luis fue el asidero que necesitaba. Debía fingir el trance perfectamente orquestado con él antes de caer en el del doctor Ramos.
Cerré los ojos y comencé a ladear la cabeza a un lado y a otro con agitación para desplomarme inerte en el diván.
—Elisa, ¿estás ahí?
—Sí —pronuncié atonal.
—Bien, ahora deja que mi voz te lleve lejos. Estás muy muy muy a gusto. Somnolienta, pero despierta. Siente la ligereza de tu cuerpo, ya no es consistente..., ahora flotas, Elisa.
Esbocé una sonrisa placentera.
—Estás dentro de ese remolino y giras con él, déjate llevar.
Su cadencia melódica me envolvió, tuve que recurrir a recuerdos más cercanos para evadir el influjo de su voz.
—Todo a tu alrededor es blanco y deslumbrante, pero al final..., al final hay una puerta. Ve hacia ella, yo estoy junto a ti.
Oí de fondo el característico sonido de un metrónomo de cuerda. Sabía que se usaba en determinadas hipnosis porque bajaba las vibraciones del cerebro y las acomodaba a los intervalos regulares de ese sonido.
—Quiero que tomes mi mano y que me lleves a ese otro lugar. Al lugar donde está ella..., ¿la recuerdas?
Noté un escalofrío.
Asentí.
¿Hasta adónde lo habría llevado, joder?...