La perla del agua CAPÍTULO 35 #2
64%

CAPÍTULO 35 #2

Juana compuso un semblante concentrado mientras reflexionaba sobre aquello. Yo seguía observando a mi alrededor con la aguda sensación de ser vigilada. Esta vez no descubrí al eunuco que me seguía; sin embargo, sabía que estaba oculto en algún lugar de aquel frondoso y cuidado vergel.

—Tengo la sospecha de que en esa entrega de mercancías nos incluye a mi hermana y a mí —conjeturó Juana.

—Es lo que temo.

—Quieren separarnos —farfulló con enojado agravio. Su rictus se tensó furioso.

—No lo conseguirán. Me prometí devolveros a Oropesa, y juro por mis ancestros que lo haré.

Juana entornó entonces su sagaz mirada y me escudriñó como si rascara con su uña una superficie mugrienta. Esa mugre era el paño con que ocultaba mi conciencia, donde la culpa seguía brillando con fuerza.

Pareció abrir la boca para decir algo, pero titubeó y finalmente optó por asentir. No me pasó inadvertida su mirada ni su gesto contenido.

—Permaneceré atenta. Ningún hombre puede entrar en el harén, así que sólo les queda sacarnos de aquí.

—Yo intentaré localizar ese punto en el mapa, quizá encuentre algo en la biblioteca. Y, estando junto a Ibrahim, me será más fácil averiguar qué se trae entre manos.

—¿Y qué te ha pedido Roxelana?

—Que envenene a Mustafá, el heredero.

—Está claro que sería tu sentencia de muerte —murmuró Juana.

—Lo sé.

Nuestras miradas se entrelazaron cómplices y determinadas. Ya me marchaba cuando, de repente, ella me atrapó en un abrazo intenso. Un abrazo que ocultaba un desasosegador consejo.

—Cuidado con Blanca —susurró en mi oído.

Cuando me separé de ella, su gesto grave y admonitorio subrayó su aviso.

Compuse un discreto asentimiento y miré subrepticiamente a Blanca, que conversaba animada con Dolores.

—Cuando haya dispuesto la huida, yo misma vendré por vosotras. No mandaré mensaje alguno.

De ese modo impedía que salieran engañadas con un recado falso a mi nombre.

—¿Usarás ese polvo de mandrágora esta noche?

—Es mi intención —respondí decidida.

Y no sólo para evitar yacer con el médico, sino para tener la libertad de infiltrarme en los jardines del sultán.

Juana dirigió sus recelosos ojos hacia Blanca y su mirada entornada la estudió un instante.

—Yo también he acudido a la vieja Patou por algún filtro curativo o mágico; en verdad, creo que casi todos en la villa lo hacíamos a escondidas —reconoció en voz baja—.

Sin embargo, nunca supe qué contenía ni cómo se conseguían los ingredientes o los efectos concretos de éstos.

Eso sólo lo sabía Patou, y creo que eso únicamente puede saberlo una bruja, o una sanadora. Y está claro que Blanca no sabe curar.

Sentí un incipiente brote aprensivo que comenzó a madurar en la boca de mi estómago y que me hizo preguntarme quién era realmente Blanca. No obstante, tenía mayores preocupaciones y acuciantes prioridades de las que encargarme.

Salí del pabellón ordenando mis pensamientos y planificando cuidadosamente mis siguientes pasos, consciente de que otros seguían los míos.

* * *

Fulminante.

El efecto del polvo de raíz de mandrágora en su copa de vino fue fulminante.

Se desplomó tras los primeros tragos. Contuve el aliento hasta comprobar que seguía vivo y, acto seguido, sudé copiosamente arrastrándolo a la cama y desnudándolo para que amaneciera creyendo que había consumado.

Tras recuperar el resuello, salí de la alcoba sigilosa y me escabullí entre los pasillos hasta llegar a la parte más profunda de aquel inmenso palacio, donde se hallaba el tercer y último gran patio con los edificios principales.

Al amparo de la noche, me escondía en algún recodo o rincón penumbroso para sortear la guardia. Huyendo de las lucernas y las antorchas que parpadeaban en luminosos cercos ahuyentando las sombras, rodeé la cámara del Consejo y enfilé hacia el laberinto de setos que protegían aquella exótica fuente.

La caricia nacarada de la luna se posaba con mimo sobre aquel privado jardín, cubriéndolo de tímidos besos plateados.

La superficie de aquel pequeño laberinto parecía refulgir ante mis ojos.

El murmullo del agua mansa deslizándose perezosa componía la melodía perfecta para aquel idílico entorno.

El misticismo de aquel lugar fluía como el agua que brotaba cristalina, derramando su esencia por cada rincón, confiriéndole una apariencia casi onírica.

Recorrí los pasajes como la primera vez, acariciando con la yema de los dedos la recortada punta de los setos, inmersa en aquel recinto geométrico, recorriendo el sendero de grava, sintiendo hasta en la más recóndita fibra de mi ser la vibrante atracción que aquella fuente ejercía sobre mí.

Me acerqué a ella en actitud reverencial, como lo haría un creyente en el santuario de su dios, y miré con embelesada solemnidad aquella perla, que parecía brillar incandescente.

El sol le había arrancado destellos de colores.

Pero ahora, bajo el mágico poder de la luna, irradiaba un brillo diferente: perlado, hipnótico.

Me detuve en el borde y alargué el brazo hacia la perla. Sentí la amable caricia del agua en mi piel, y luego..., luego algo extraño, un hormigueo que fue aumentando en intensidad. Gemí sobresaltada y retiré la mano asustada.

El hechizo de aquella perla, que parecía una gota de agua solidificada, seguía apresándome con fuerza. Respiré hondo y de nuevo alargué el brazo para tocarla.

El cosquilleo reapareció, y la luz que nacía de su interior se intensificó hasta deslumbrarme. Cerré los ojos y entonces mi mente se abrió en un estallido de imágenes confusas que pasaron raudas en una secuencia vertiginosa...

... Vi a Dragut. Combatía en un campo de batalla lleno de cadáveres y sangre. Alzaba su alfanje para descargarlo con violento frenesí sobre sus enemigos. Pude apreciar que luchaba contra un regimiento de tercios cristianos con largas picas y rodelas, tocados con los característicos morriones.

Lo estaban rodeando.

Todavía resistían varios reductos aislados de combatientes otomanos que batallaban enardecidos.

Dragut intentaba llegar hasta ellos, pero se lo impedían.

Y, por muchos soldados que derribara, siempre aparecían más.

Mi angustia se redobló cuando en aquella escena infernal observé impotente cómo un nuevo frente cristiano asomaba justo tras él.

Vi una capa blanca que reconocí al instante por su singular emblema: la cruz de Malta.

.. Dragut se volvió hacia ellos y, armado con una pica enemiga, logró contener el asedio al que era sometido.

La hacía girar con habilidad, trazando un letal círculo para alejar a sus enemigos, que ya aparecían por todas partes, acorralándolo.

De repente, una lanza se hundió en su pecho, pero él se la arrancó sin dilación, como si fuera el insignificante aguijón de una avispa.

Un aguerrido caballero hospitalario dio un paso al frente, y Dragut frenó los envites de su espada con el palo de la pica.

Necesitaba las dos manos para utilizarla, lo que le impedía usar su alfanje.

El borde de la espada rasgó su costado, y esa herida se sumó a las que ya llevaba.

Tantas, que parecía que la sangre de todo su cuerpo lo vestía, convirtiéndolo en un demonio rojo y enfebrecido que rugía desesperado y furioso.

La imagen era tan desgarradora que gemí contrita.

Con él inmerso en su lucha, los enemigos a su retaguardia acortaron terreno y comenzaron a hostigarlo. Estaba condenado.

Sofoqué un grito cuando los alabarderos avanzaron hacia él.

Uno de ellos lanzó una estocada y atravesó la parte baja de la espalda de Dragut, que gimió dolorido cayendo de rodillas.

La inclemente arma salió de su carne para volver a atravesarla desde otro ángulo.

El caballero hospitalario que lo tenía a su merced descargó su espada ropera en un movimiento lateral para sesgar su pecho.

No buscaba que tuviera una muerte rápida, sino que agonizara mientras se desangraba.

Al fondo, los piafares asustados de las monturas, choques de metal, gritos desesperados, lamentos sufridos y disparos de arcabuces y mosquetes. Nubes de pólvora y lluvia de sangre en un ocaso que enmarcaba el más infame de los infiernos.

Dragut se desplomó entre bruscos estertores agónicos en un inmundo charco ensangrentado. Y una frase pronunciada en la lengua franca reverberó en aquel pandemónium de muerte y destrucción...

... Trastabillé hacia atrás con el corazón en un puño y la garganta cerrada, por la que apenas lograba emitir un sibilante jadeo. ¡Dios santo, acababa de presenciar la muerte de Dragut!

Posé una mano en mi pecho completamente consternada.

Aquella sobrecogedora experiencia había liberado un torrente amargo y ácido que ascendía desde mi estómago hasta mi garganta, depositando un desagradable regusto a hiel en mi boca.

Mis latidos desbocados eran punzantes, dolorosos.

Tardé un buen rato en acompasar mi respiración.

Mi mente negaba aquella visión, tenía que ser un maldito delirio.

Fijé la vista en la perla, que ya no desprendía aquel brillo cegador, y de nuevo la toqué.

El agua besó mis dedos, pero nada más los cosquilleó.

No obstante, aquella perla era especial, era una piedra de videncia.

Y, por algún motivo, se había abierto a mí.

Y entonces sentí un brusco escalofrío al recordar el rostro de aquella mujer tan parecida a mí, aquel lugar tan extraño perteneciente a un mundo distinto, y a aquel hombre que era una copia de Dragut, a excepción del color de sus ojos.

Me remangué ambos brazos y observé la intacta piel de mis antebrazos.

En uno había visto la palabra agua y en el otro la palabra perla , dos mensajes claros con un nexo común: sentir que aquellas letras habían sido grabadas a punta de cuchillo.

Ella, aquella extraña yo del otro mundo, se comunicaba conmigo.

Sin duda, aquella perla mágica tenía un efecto clarividente.

Y quizá ella lo sabía y por eso me había llevado hasta allí.

Sea como fuere, estábamos conectadas, su mundo y el mío se habían cruzado, y tal vez debía impedir que se fusionaran.

Era muy posible que estuviera enloqueciendo, pero de todos los males que me amenazaban, aquél era el más piadoso.

Miré a mi alrededor para comprobar que seguía sola.

Y entonces no lo pensé. Aferré la perla que estaba adherida al centro de la cánula por donde salía el agua, de modo que ésta fluía en cascada alrededor, y tiré con fuerza con intención de desprenderla.

Apreté los dientes ejerciendo más presión y por fin se soltó.

El agua brotó liberada en un chorro más alto y más impetuoso. El sonido cambió. Ya no era un relajante murmullo, sino un enérgico gorgoteo.

La escondí entre los pliegues de mi fajín y salí de aquel laberinto zigzagueante con paso raudo.

Y entonces pensé en la anciana Patou, y en un elemento que solía cubrir con un retal de terciopelo verde oscuro, una bola de cristal donde solía ejercer la adivinación.

¿Estaría hecha del mismo cristal mágico que mi perla?

«Mi perla...» Ese pensamiento me desazonó. No necesitaba más complicaciones. Sin embargo, quise convencerme de que eso en particular era más una solución que una dificultad. Y entonces otro pensamiento se entrecruzó arrogante y temerario.

Si ella podía escribirme mensajes..., yo también...