La perla del agua CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

E L MÁGICO PODER DE LA LUNA

—¿Algo para perder el conocimiento? —repitió Yamila, mirándome reflexiva—. No tengo ni la menor idea.

—Sí, algo: un tónico, una hierba, algo que deje a un hombre inconsciente —insistí.

—Ábrete el escote y seguro que pierde el sentido —masculló burlona Juana, que en ese momento entraba en uno de los pabellones gemelos, donde yo había localizado a Yamila. Iba seguida de Dolores y de Blanca, que portaban sendos baldes con agua y jabón.

—Eso es justo lo último que tengo pensado hacer —murmuré dirigiendo mi ceñuda mirada a Juana.

—¿Y quién es el pobre desgraciado a quien quieres tumbar? —preguntó depositando el balde en una esquina y limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Es mi protector, Ibrahim.

—Pues ha tardado mucho en reclamarte, ¿no? —comentó Dolores.

—Y me temo que va a lamentar haberlo hecho —opinó Juana con una sonrisa perversamente complaciente pendiendo en sus labios.

—Se me acabó la suerte y, aunque tengo ingenio, me temo que no será suficiente.

—¿Y por qué no lo complaces y luego te olvidas? —propuso Blanca—. Sería lo más fácil.

—Quizá —acepté—, pero una cosa es que me violen y otra dejar que lo hagan. Esto último lo llevaría mucho peor.

—No obstante, lo harías si no tuvieras otro remedio, como todas las mujeres que acabaron aquí condenadas al concubinato —recordó Yamila en tono de reproche—, pero tú buscas un recurso para evadirlo.

Una opción que ninguna tiene. Pues cuando se cierran todas las puertas y quedas sola en una habitación, no tienes más remedio que aceptar lo que te rodea, moldearte a tu nuevo entorno y sacar el mejor provecho posible.

Y no sólo eso, también saber ver que, después de todo, se ha tenido suerte, pues hay muchos destinos peores.

—Admiro a esas mujeres, Yamila, son mucho más fuertes y valerosas que yo. Pero en mi caso, quizá fruto de un espejismo, yo sí veo puertas entornadas y no puedo evitar acercarme a ellas e intentar escapar.

Se hizo un prologando silencio, cada cual mirando las puertas de su particular habitación. Una de ellas tuvo la compasión de abrir la mía.

—Polvo de raíz de mandrágora —dijo al cabo Blanca.

Todas la miramos sorprendidas.

—Unas gotas en su bebida y caerá desplomado. Pero habrás de ir con tiento, es muy venenosa. Si te excedes en la cantidad, puedes matarlo.

Aunque la primera pregunta que quiso salir de mi garganta fue cómo diantres conocía ella aquel veneno, fue otra la que surgió.

—¿Y de dónde saco yo una mandrágora? Ni siquiera sé qué aspecto tiene.

—Dicen que sólo la usan la brujas —adujo Dolores temerosa.

—Circulan muchas leyendas sobre ella —confirmó Juana—. En la villa hay una conocida hechicera que usa todo tipo de plantas extrañas para sus conjuros.

Yo también las había oído y conocía sobradamente los rumores ponzoñosos que se vertían sobre la anciana, pero ella los ignoraba continuando con su labor, que no era otra más que sanar cuerpo, mente y espíritu.

Ninguna bruja haría el bien por unas míseras monedas, y si eran nuestros actos los que hablaban de nosotros, aquella anciana había demostrado con creces que era un ser de luz, no de oscuridad.

Pero hacer el bien sin estar al servicio de Dios levantaba suspicacias y, además, resaltaba la falta de caridad y piedad a quien se le presuponía por estar bajo el mandato divino.

Por ese motivo, era más fácil condenar que seguir ejemplo.

—Mi madre solía acudir a la buena de Patou por alguno de sus remedios, por eso conozco las propiedades de algunas hierbas —se justificó Blanca.

—Dudo que pueda encontrar a alguien como ella por estos lares —alegué abatida.

—Ibrahim tiene ese veneno —anunció Blanca, atrayendo de nuevo las estupefactas miradas del resto.

Nos sonrió con timidez y se encogió de hombros con gesto ingenuo.

—Cuando me llevaste a la enfermería para que me examinara y mientras hablabas con él, pude curiosear las alacenas donde guarda los remedios en potes.

Los tiene etiquetados, creo que él mismo los prepara.

En uno de ellos vi el dibujo de la raíz de mandrágora.

El letrero no logré verlo, pero es sin duda esa planta: tiene un aspecto bastante característico.

—¿Cómo es? —profirió fascinada Dolores.

—La raíz tiene forma de pequeño demonio humano, con rasgos terroríficos.

Dicen que se convierten en siniestros hombrecillos maléficos que cumplen todos los deseos de su dueño, y que aúllan cuando se las arranca de la tierra, provocando la locura de las personas que las oyen, hasta incluso provocarles la muerte.

Por eso se utiliza un perro para extraerlas del suelo: se cava profundamente alrededor de la raíz hasta dejarla al descubierto, a continuación, se ata a ella un extremo de una cuerda y el otro se anuda al cuello de un perro.

Se llama al animal y éste, al acudir, la arranca y perece al instante tras oír el escalofriante alarido de la mandrágora.

A mí lo único que me pareció escalofriante fue el extenso conocimiento de Blanca sobre aquella planta tan vinculada a la brujería.

—¿Y podré usarla todas las noches? —pregunté.

—Si quieres matarlo, sí.

No, me dije; ya cargaba con suficientes muertes en mi conciencia.

—Sigo pensando que deberías ahorrarte complicaciones cediendo a sus deseos. Quién sabe, quizá sea un buen amante —sugirió de nuevo Blanca.

Yamila se acercó a mí y apoyó una mano en mi hombro.

—Muchacha, después de todo lo que has vivido, acostarte con Ibrahim es un mal menor. Haz caso a Blanca y déjate de hierbas mágicas. Si no es él, será otro, pero aquí, o limpias suelos o complaces egos. En ambos casos te pondrán de rodillas.

Asentí a regañadientes, todavía aferrada a la idea de evitarlo, a pesar de que ellas llevaban razón.

—Y ahora, terminad vuestros quehaceres, pronto se servirá la cena.

Cuando Yamila abandonó el pabellón, Blanca me tomó del brazo y me llevó a un rincón.

—¿Has sabido algo de él? —susurró ansiosa.

—Siguen buscándolo, aún no ha aparecido.

Su cerúlea mirada se empañó apenada.

—Pero aparecerá. —Yo misma me sorprendí ante la determinación de mis palabras, a pesar de haberlas pronunciado con el único fin de animarla.

Blanca me sonrió y se acarició el redondeado vientre con ternura.

Observé su gesto, y sólo imaginar que en verdad albergaba al hijo de Dragut despertó en mí emociones encontradas.

Trataba de olvidar cómo me había entregado apasionadamente a aquel rufián, pero lo que más me costaba olvidar era la pasión con la que se había entregado él.

Aquellos turbadores recuerdos incendiaban mis noches y apresaban mis días, martirizándome con una gran verdad: lo que había sentido por Pere palidecía ante lo que me hacía sentir Dragut, para mi completa desgracia.

Pues esa pasión desbordante compartida había sido mágica y diferente, y nos había cautivado por igual.

Ver el enamoramiento arrobado de Blanca hacía que me cuestionara ese «diferente», pues sin duda había probado las mismas mieles que yo. Y aquel maldito hombre sin duda hechizaba a las mujeres con esa masculinidad y esa pasión tan arrolladoras.

—¿Cómo puedes estar tan segura de que sigue vivo? —inquirió ella.

—No lo sé, lo siento así.

Y era cierto. Todos mis sentidos me gritaban que lo estaba.

La mirada confusa pero recelosa de Blanca me siguió cuando fui en busca de Juana.

Ésta atisbaba en dirección al patio de las Favoritas con gesto desconfiado, alerta. Unas concubinas amigas de Aysha conversaban sentadas en un banco de piedra.

—No creo que se atrevan a vengarla. Nuestro castigo ha sido suficientemente aleccionador —murmuré.

—De todos modos, no me fío.

—Me he encontrado con Nasir —informé atrayendo su mirada sobre mí.

—No puede reclamarnos hasta que tu destino lo decida Solimán. Así quedó con Dragut.

—El sultán viene de camino.

Juana alzó las cejas con mudo asombro. Su expresión se contrajo preocupada.

—Entonces hemos de apresurar nuestra salida de palacio —determinó en tono urgente.

—Tengo la información que nos sacará de aquí. Además, mientras Dragut siga sin aparecer, no corro peligro, pero no puedo perder más tiempo. La sultana también me impuso un delicado encargo.

—El encargo que nos salvó la vida en el juicio —recordó Juana—. Y, naturalmente, debes cumplir.

—No tengo intención de hacerlo —confesé mirando mi entorno.

Ella arrugó el ceño y me miró contrariada.

—Más nos vale largarnos cuanto antes, sólo veo espadas a nuestro alrededor.

—El problema es Nasir: teme que huyáis conmigo y está alerta.

—Pero tú hiciste un trato con Hernán en el que nos incluías para escapar, y te dio su palabra —repuso Juana vehemente—, con lo cual, es Ibrahim quien debe esquivar a Nasir y enfrentarlo luego.

—No me fío de ninguno —revelé desazonada.

Juana alargó un brazo y apartó un mechón suelto de mi moño para acomodarlo tras mi oreja en un gesto más íntimo que fraternal.

—Todo saldrá bien. Simplemente tenemos que forjar un plan que les ate las manos —me animó con una dulce sonrisa.

—Ya le até las manos a Ibrahim diciéndole que sería yo quien le transmitiría el mensaje al emperador, convirtiéndome así en el mensaje en sí.

—Me fascina tu inteligencia, Isabet, pero no debes fiarte. Seguro que la idea de torturarte en un calabozo inmundo para sonsacarte le es más atractiva.

—Yo también lo creo. No obstante, al menos tenemos asegurada la salida de palacio —convine, reparando en la mirada de Juana sobre mis labios.

Me los relamí nerviosa y desvié la vista hacia los jardines.

—Creo que Nasir e Ibrahim traman algo. Los sorprendí conversando en la enfermería y luego descubrí un extraño mapa donde marcaban un lugar para hacer una entrega de mercancías. Tengo la sospecha de que ese lugar está cerca de aquí, pero necesito comprobarlo.