La perla del agua CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

—Presupones entonces sus sentimientos por ti, y además los alimentas.

Y, no, no soy nadie para cuestionar nada, y menos lo que hay entre vosotros —repuse cortante—.

Así que, si es tu deseo esperar a que aparezca para comprobarlo, hazlo.

Pero te diré algo: si te ama, te seguirá allá adonde vayas, porque yo no pienso permanecer aquí más tiempo.

Tengo en mi mano nuestra libertad y pienso abrir nuestra celda con ella.

Tú decides si te quedas o marchas con nosotras.

Blanca oprimió los labios y asintió mostrando sentimientos encontrados al respecto.

—Piénsalo bien, yo no me entrometeré en tu decisión —recalqué.

Me volví y salí del harén. Una sombra oscura me siguió.

Atravesé el patio principal para descubrir que la vida en el palacio se había reanudado con normalidad.

Ya no había camastros diseminados por todas partes, ni gemidos quejumbrosos, ni siervos corriendo de un lado a otro con baldes de agua y lienzos limpios.

Me pregunté hasta qué punto la flota cristiana de Andrea Doria había logrado mermar la otomana con aquel ataque sorpresa.

Cuando llegué a la enfermería, oí una voz masculina que hizo que me detuviera en el umbral.

En lugar de entrar, me adherí a la pared exterior junto a la puerta abierta, intentando agudizar el oído.

Pero sólo oí murmullos soterrados.

Maldije para mis adentros.

Al percibir pasos dirigiéndose hacia la salida, me apresuré a alejarme de la puerta y hacerme la encontradiza con ellos. Pero sólo Nasir apareció frente a mí.

Fingí sorpresa y forcé una sonrisa cortés.

—No sabía que estabas en el palacio —comenté indagando en su gesto.

—Y no lo estoy. Me alojo en una hospedería junto al puerto, pero suelo pasarme para preguntar por el regreso de Solimán. He logrado establecer varios acuerdos comerciales con un tratante de seda bastante satisfactorios, pero me urge regresar a Cabilia.

—Solimán está en Persia.

—Ya no, está de regreso —anunció.

Mi rostro debió de palidecer, porque en los luminosos ojos de Nasir reverberó un halo preocupado.

El hombre aferró mi brazo y me llevó hacia un rincón del jardín.

—Vas a intentar escapar, ¿no es así? —susurró inquieto.

—Creo que no te incumben ni mi destino ni mis decisiones.

—No, siempre y cuando no olvides que las hermanas me pertenecen. Acabo de enterarme de lo que sucedió en el harén.

—¿Y? —repuse cubriendo mi semblante con un escudo impenetrable.

—Que me preocupa mucho vuestra unión. Lo que me lleva a pensar si, en verdad, podréis separaros.

Yo ya intenté manteneros unidas, pero Dragut me lo impidió.

Tu destino sí escapa de mi mano, y nada puedo hacer para ayudarte.

Entiendo que no te rindas, pero no inmiscuyas a nadie más en tus temerarios planes.

Y, si realmente sientes algún afecto por ellas, aléjalas de tu lado.

Sostuve su amenazante mirada sin amilanarme.

—Hay quien prefiere morir libre a vivir presa —repliqué desafiante—, y eso no depende de mí. Que no las lleve conmigo no implica que decidan vivir contigo.

Mencionarle la amenaza de Juana lo soliviantó. Sus ojos color miel chisporrotearon agraviados.

—¡Condenadas castellanas insurrectas! —escupió ofendido clamando al cielo—. He pagado unos buenos dírhams por ellas, les ofrezco una casa de bien, comodidades y alimento a cambio de complacencia, y prefieren morir como perras ingratas.

Bufó exasperado y respiró hondo mostrando su incomprensión en su alterada faz.

—Pues bien, si he de exponerme a eso, que así sea, maldición. Son de mi propiedad y a mi casa las llevaré. Y, por tu propio bien, espero que tu compasión no tropiece con tu astucia. Huye sola, o no únicamente Solimán irá tras de ti.

—Gracias por tus consejos, Nasir, que Alá acompañe tus pasos y destrabe los míos.

Lo dejé solo para encaminarme a la enfermería. Algo tramaban, de eso podía estar segura.

Encontré a Ibrahim enrollando un pergamino. Se volvió hacia mí parsimoniosamente, en su faz lucía una expresión taimada.

—No se te da muy bien espiar —observó mordaz—, espero que se te haya dado mejor respecto al tema que nos ocupa.

—Recibiste mi nota, pero ni te molestaste en aparecer. Podrían haberme condenado a muerte y tú te habrías quedado sin tu valiosa información —increpé mientras él colocaba el pergamino enrollado dentro de un cilindro.

—No tengo acceso al harén —recordó—, y mucho menos autoridad para intervenir en los asuntos de la sultana. Tan sólo me quedó confiar en la compasiva decisión de Roxelana.

—Muy compasiva no fue, pero al menos me dejó con vida.

—Un acto piadoso, teniendo en cuenta que te tomaste la justicia por tu mano. Debes de haberte ganado el aprecio de la sultana, y te aseguro que no es una mujer fácil de impresionar —resaltó suspicaz.

—Su talante piadoso ha beneficiado que hoy pueda estar aquí para que el médico de su esposo pueda traicionarlo.

Me fulminó con la mirada. El gesto de cerrar sus puños manifestó el deseo de descargarlos contra mí, pero yo me mantuve altiva y retadora.

—Veamos cuán valiosa es la información que tienes para mí.

—¿Qué hacía aquí Nasir?

—Suele venir a preguntar por sus esclavas. Yo le confirmo que sólo sirven como doncellas, que están seguras y que le serán devueltas, pues tiene la palabra de Dragut.

Oír su nombre sembró en mí una inquietud desazonadora.

—¿Se sabe algo de Dragut?

—No, a estas alturas debe de ser ya comida para peces.

—Sesgó su mirada para escudriñar ladino en la mía—.

La flota de Andrea Doria ha aniquilado a gran parte de la flota corsaria.

Será un duro golpe para Solimán. No hay tiempo de construir galeras nuevas, tendrá que hacerse con navíos como sea.

Barbarroja planea atacar y apresar galeras enemigas, si no ha partido ya es porque siguen buscando por el litoral la nave que gobernaba Dragut.

Dentro de unos días, si no la han encontrado, saldrán dispuestos a emboscar y a capturar todo lo que flote.

Asentí ocultando mis emociones.

—Debo salir de palacio sin pérdida de tiempo, Solimán viene en camino.

Ibrahim se encogió de hombros, mirándome despreocupado.

—Sin Dragut, estás a salvo. Era él quien iba a enfrentarte al sultán, nadie más conoce tu mentira. Así pues, mientras el capitán no aparezca, nada debes temer. Y ahora cuéntame lo que has descubierto.

—Se trata del nuevo aliado de Solimán, el rey francés.

Él alzó las cejas mostrando un genuino interés.

—¿De quién has oído la información?

—De los ministros del sultán, durante el ataque. Logré infiltrarme en la cámara del Consejo Real y acceder a la habitación donde Solimán escucha las sesiones.

—¿El ojo del sultán? —preguntó impresionado.

—Sí.

Me contempló con asombrada admiración y asintió, alentándome a continuar.

—Carlos ha enviado un ejército imperial para conquistar la Provenza con la intención de partir rumbo a París. Y sé qué le ha sugerido Solimán a Francisco para impedir que Carlos tome la capital.

Ibrahim entornó su artera mirada y frunció el ceño pensativo.

—Si Carlos descubre esa treta y se anticipa o modifica su ruta, se hará con toda Francia, derrocando al traidor —masculló entusiasta.

—Y recompensará sobradamente al informante —añadí intencionada.

—Y el informante a nosotros: yo recibiré tierras, ducados y vasallajes, y tú, la libertad que tanto ansías.

—¿Será el mismo Hernán quien transmitirá el mensaje al emperador?

—Supongo. Pero eso es algo que no te interesa.

—Deseo hacerlo yo.

Ibrahim abrió desorbitadamente los ojos, formando una graciosa «O» con los labios fruncidos. Su asombro fue tan gestual que hasta palideció, para luego enrojecer ofuscado.

—¿Has... has perdido el juicio?

—No, nunca he estado más lúcida.

—¡El emperador jamás recibirá a una vulgar esclava en su corte! Y menos siendo morisca.

—¡Soy súbdita suya y, gracias a vosotros, espía del reino! No veo por qué no habría de escucharme.

—Eres una maldita arpía —escupió furioso.

—Puede, pero al menos no soy tan ingenua de creer que no me matarás en cuanto desvele lo que sé. La única manera de mantenerme con vida es llegar hasta el emperador y que él y sólo él decida mi destino.

Ibrahim gruñó exasperado. Golpeó la mesa con ambas manos y se volvió hacia la ventana, apoyándose en el alféizar. Bajó la cabeza y pareció rumiar su decisión de espaldas a mí.

Aguardé paciente. Y deposité la vista en el cilindro donde había introducido el pergamino.

Me acerqué sigilosa y lo cogí. Luego, sin dejar de vigilar la tensa espalda del médico otomano, escondí el tubo en el ancho fajín de mi túnica.

Sabía lo arriesgado e incauto de aquel arrebato, pero mi instinto no dejaba de gritarme que aquello era importante.

Llevármelo no sería buena idea, me dije, él sabría que lo había robado yo.

Mi mejor opción era leerlo antes de que lo echara en falta, y para eso debía lograr sacarlo de la enfermería con alguna argucia.

Se volvió hacia mí, todavía con el rostro crispado y la mirada colérica, pero con una resignación palpable en su expresión.

—Debo comunicarlo a Hernán. Te mandaré llamar cuando tenga su respuesta. Pero, a partir de ahora, no dormirás en el harén.

Lo miré alerta y con extrañeza. Tuve la sensación de estar delante de un escorpión que alzaba su cola para descargar su aguijón en mí.

—Es hora de ejercer mi potestad sobre ti.

Deambulas fuera del harén porque estás bajo mi protección.

Has conseguido la información que requeríamos sin haber cumplido parte de tu papel, ser mi protegida.

Y, como tal, habrás de yacer conmigo, como ya te anticipé.

No todo te va a resultar tan fácil de esquivar, perra morisca.

Lo fulminé con una mirada preñada de desprecio, pero asentí. No tenía otra opción, y él lo sabía. Quería cobrarse su pago, y lo haría de la forma más cobarde y mezquina.

—Una última cosa, Ibrahim. Nasir te aguarda en el jardín, me dijo que te esperaba junto a la fuente.

Me miró extrañado y frunció el ceño.

Ya me volvía cuando me detuvo.

—No tiene sentido que continúes en el harén. Trasládate a mi alcoba.

Asentí con gesto torvo y salí de la enfermería. Me escondí tras un rosal y aguardé a verlo salir.

Saqué el cilindro de mi fajín, lo abrí y extraje el pergamino con urgente torpeza.

Lo desenrollé apurada mientras oteaba entre las flores.

Era un mapa, y en él había trazada una cruz con las palabras «Entrega de mercancías» abajo, en rojo, sobre lo que parecía una pequeña ensenada oculta tras un pronunciado barranco.

Memoricé cuanto pude los puntos de referencia del relieve de aquel mapa y volví a enrollarlo precipitadamente para introducirlo en el cilindro.

Coloqué el tapón en su lugar y lo oculté de nuevo en mi fajín para asomarme cautelosa.

Ibrahim recorría el jardín en busca de Nasir, no tardaría en regresar.

Corrí hacia la enfermería, deposité el cilindro en su lugar y volví a salir con paso apresurado.

Supe que me sería imposible llegar a las estancias privadas del sultán hasta aquella fuente a plena luz del día sin que nada justificara mi presencia allí. No obstante, se me podría presentar la posibilidad de infiltrarme arropada por la noche, ahora que me alojaría con Ibrahim.

Sentí un agudo acceso de repulsa sólo imaginando sus sucias manos sobre mí. No, me dije, debía ingeniar algo, debía conseguir ser astuta para evitar yacer con él.

Quizá Yamila pudiera ayudarme.