CAPÍTULO 34
E L LABERÍNTICO SENDERO DE LA LIBERTAD
No sé el tiempo que pasé recuperándome de las heridas.
Despertaba y dormía a intervalos irregulares. A veces era de día, otras, noche cerrada, pero siempre veía a Juana tumbada en un jergón junto al mío, en el mismo lamentable estado que yo. No obstante, cuando nuestras miradas coincidían me regalaba una sonrisa acariciadora que reconfortaba.
Cuando el flamígero escozor de espalda se fue aplacando y la fiebre comenzó a remitir, fui recuperando las fuerzas y el apetito. Blanca y Dolores nos cuidaban con mimo. Y Yamila, que se había compadecido de nosotras, nos prodigaba atenciones y buenas viandas.
Según contaban, nos habíamos ganado el respeto de casi todo el harén al enfrentarnos al despotismo cruel de Aysha.
También comentaban que pronto sería desterrada para que mendigara en las calles de Constantinopla.
Sin belleza, lo había perdido todo, algo que me resultaba incomprensible, pues su rostro seguía siendo hermoso, y aunque en una pequeña zona sobre su oreja derecha no volvería a crecerle el cabello, había mil modos de cubrir esa calvicie, con peinados o con tocados.
Sin embargo, tuve la sospecha de que, por mucho que ocultara su defecto, su fealdad la había mostrado ella a ojos de todos, pues no había súbdito en palacio que no conociera la reyerta en el harén.
Con el paso de los días logramos levantarnos y vestirnos, y, aunque las heridas seguían tiernas, ya estaban protegidas con costrones resecos. No podíamos ejercer trabajo alguno, pues los movimientos bruscos podían reabrirlas.
Aquella mañana, caminando por las galerías del harén hasta el jardín de uno de los patios, mientras pensaba cómo plantear mi huida de palacio, un nuevo dolor comenzó a aflorar de mi otro antebrazo, un dolor familiar, espectral, pues no dejaba marca alguna.
Como la otra vez, subí la manga de mi túnica alarmada para encontrarme un nuevo rastro rojizo que se diluía ante mis ojos formando una nueva palabra. ..
Perla .
¿Perla?
Un nuevo mensaje. Y era de esa mujer que se parecía tanto a mí, y que era de un extraño mundo futuro.
Una mujer que quería comunicarse conmigo por alguna razón.
Quizá una hechicera que pretendía avisarme de algo o guiar mis pasos con algún misterioso fin.
Pero ¿por qué se parecía tanto a mí? ¿Por qué en mi última visión había sentido a través de ella, como si lo fuera?
Era como si procediera de un tiempo muy adelantado, en el que también estaba él, el falso Dragut.
¿Estarían juntos? ¿Y qué maldito sortilegio había desatado para retroceder hasta mí?
¿Sería una bruja que pretendía embaucarme?
¿O simplemente pesadillas que se materializaban estando despierta? ¿Estaría perdiendo el juicio?
Tantas preguntas y ninguna respuesta.
Acaricié meditabunda mi antebrazo y repetí en voz alta aquella palabra: perla .
.. Y entonces a mi mente acudió una de cristal engarzada en una fuente.
¿Sería ésa? Había muchas perlas en las alhajas de las concubinas, en el tocado de Roxelana y en otros sitios, pero ninguna tan particular y fascinante como la de la fuente, que además era muy diferente: era de cristal.
Y, curiosamente, fue esa perla la que me había cautivado con tanta fuerza.
Y, además..., Dios santo..., ¡la había visto en el pecho del falso Dragut!
¡Era ésa!
Excitada y ansiosa, desanduve mis pasos con gesto decidido. No me sería tan fácil acceder esta vez a las dependencias del sultán, pero sabía quién podría ayudarme a infiltrarme en ellas.
Ya enfilaba hacia la salida del harén cuando Blanca me detuvo.
—¿Adónde vas? Todavía estás muy débil.
La miré y fue entonces cuando me apercibí de que su tripa ya se curvaba reveladora.
A mi mente acudió la valoración de Ibrahim respecto al tiempo de gestación.
Y en mi cabeza comenzaron a revolotear dudas como pequeñas luciérnagas iluminando la noche.
En su rostro lucía la fea muestra de la envidia, y, a pesar de haber sido otra mano la que había marcado su mejilla, yo me sentía la verdadera autora.
—A la enfermería, por un remedio que necesito.
»Me apetece caminar y salir de aquí.
Blanca me miró con ternura y asintió.
—¿Te importa que te acompañe?
Su mirada suplicante podría haberme convencido de haber sido cierta mi excusa.
—Discúlpame, Blanca, pero me apetece estar sola. Además, tú no tienes permiso para abandonar el harén.
—A Yamila ya le da igual lo que haga —musitó apenada—. No le valgo ni para sirvienta.
Bajó la mirada abatida y yo me acerqué a ella para tomarla entre mis brazos. Y aunque el solo gesto de abrirlos descargó leves punzadas de dolor en mi espalda, la ceñí contra mí acariciando su suave melena dorada.
—No importa, Blanca, pronto te sacaré de aquí. Tu rostro se curará y podremos rehacer nuestras vidas —susurré en su oído.
Cuando alcé la vista, me crucé con la mirada recelosa de un eunuco, que se aprestó a disimular su interés en nosotras.
Me seguían, adiviné.
Y fue fácil pronosticar quién lo enviaba.
Cuando me separé de Blanca y alcé su rostro para que me mirara, descubrí en su expresión una mirada ansiosa.
—¿Podrás hacer algo por mí?
—Claro, lo que necesites —respondí, viendo en sus ojos lo que deseaba.
—Intenta averiguar si se sabe algo de Dragut.
Un ruego que coincidía con mi inquietud.
En los momentos de conciencia, librando mi particular batalla contra el dolor de las heridas, aquel granuja acudía a mis pensamientos con molesta asiduidad.
Pero, inmersa en mi convalecencia, había descubierto que rememorarme entre sus brazos, rendida al inmenso placer que me había procurado, actuaba de bálsamo curativo, pues, evocándolo, me evadía y mi mente se alejaba del dolor.
No obstante, aquel paliativo conllevaba un riesgo: pasar el control a mi corazón.
Algo peligroso en demasía, pues, de tanto recordar sus labios, sus caricias y sus miradas, todo mi ser acusaba su ausencia.
—Descuida, traeré noticias de él —afirmé—. Pero escúchame bien, Blanca, no albergues esperanza alguna, ya no sólo sobre su paradero, sino sobre lo que ansías de él.
La mirada celeste de la castellana se arrasó en lágrimas. Se cubrió el largo tajo tierno de su mejilla con la mano y asintió afligida.
—Entiendo —gimió pesarosa—, ya ningún hombre podrá quererme.
—¡No, maldición! —exclamé impaciente—. ¿Qué clase de amor es ese que sólo se detiene en la belleza exterior?
¿Ése es el amor que esperas obtener? En tal caso, ¿qué sucederá cuando la vejez te atrape?
No, Blanca, el amor de verdad es el que enlaza almas, el que perdura, el que muere amando y nace de nuevo para volver a amar.
Ése es el amor que debes ansiar. ¡Ningún otro!
—Es así como yo lo amo a él —confesó apesadumbrada.
—Debe ser mutuo —apunté con dulzura, aun sintiéndome nuevamente su verdugo. Sin embargo, yo era fiel en mis creencias a un sabio proverbio árabe: «La verdad que duele es mejor que la mentira que alegra».
La mirada de Blanca me traspasó el alma.
—Quizá yo pueda hacer que lo sea si me da la oportunidad —masculló esperanzada.
—El amor surge o no —repliqué suavemente, intentando encontrar palabras que le abrieran los ojos sin dañarle mucho el corazón—.
No podemos ni obligar ni convencer a quien nada siente por nosotras, sino aceptar que no somos correspondidas y pensar que, si él no es nuestro destino, es porque el verdadero sigue ahí, en algún lugar, esperándonos.
Y la única manera de encontrarlo es soltar lo que no es nuestro para buscar lo que sí lo es.
No te empecines en imposibles, o sufrirás lo indecible.
Y entonces, otro proverbio acudió alarmante a mi mente a tenor de la mirada resentida que surgió en ella: «Aconseja a un necio y lo convertirás en tu enemigo».
—Pero yo lo amo, ¿qué hago con esto que siento? —insistió pertinaz.
Yo mejor que nadie sabía lo peligrosos que eran el despecho, la rabia y la desilusión, sentimientos que podían abocar a la tragedia.
Me sentí hipócrita por aconsejar lo que yo misma no había sabido hacer.
¿Quién demonios era yo para atreverme a opinar siquiera?
¡Yo, que había arrasado a todo un pueblo condenándolo a la desgracia sólo porque no había sabido gestionar mis emociones!
—No lo sé, Blanca, sólo puedo decirte que, en mi caso, el amor por Pere se tornó en odio y desprecio porque me sentí utilizada por él.
Me cubrió de falsas promesas y fui tan estúpida que hasta le entregué mi pureza.
Sólo puedo decirte que esos hombres no merecen la pena, y que el tiempo lo sacará de tu corazón.
No sé qué te prometió Dragut, aunque él no es el tipo de hombre que necesita prometer nada para conseguir lo que quiere. Lo toma y ya.
—No me prometió nada, tampoco me confesó nada, pero yo sé que me quiere. Me cuidó con tanto mimo, Isabet...
—Quizá después de todo sea un hombre piadoso, tú estabas muy enferma y él...
—¡¿Tanto te cuesta entender que pueda sentir algo por mí?! —estalló de repente. Entornó sus llorosos ojos y me lanzó una feroz mirada esquinada.
—No es eso, Blanca, es que me cuesta creer que un hombre así tenga corazón.
—Pues lo tiene, me tomó y fue tan gentil...
Nos sostuvimos la mirada, y aquella rivalidad añeja resurgió de nuevo.
Sólo que yo ya no era la misma de entonces.
A pesar de reconocer mis sentimientos por Dragut, esta vez no iban acompañados de ningún sentido de propiedad, y mucho menos de futuro.
En realidad, sabía que, cuanto antes me alejara de él, mejor para mí.
Y de eso iba a encargarme sin pérdida de tiempo.