CAPÍTULO 33 #2
—Lo que buscaban era provocarte un nuevo trauma.
Los pacientes que han tenido experiencias cercanas a la muerte relatan que vieron toda su vida pasar ante sus ojos.
Y eso era lo que buscaban: llevarte a ese estadio, y que esa otra vida floreciera como un geranio en primavera.
Que tú buscaras de nuevo la ayuda de tu psiquiatra, y él, así, pudiera acceder de nuevo a tu mente, para ver. .., para extraer.
Entonces recordé aquella mañana en mi casa tras el alta hospitalaria, con la firme intención de mandarle un e-mail al doctor Ramos, mi psiquiatra. Un momento... ¡Se lo había mandado!
—¡Dios santo! —exclamé sobresaltada—. Le mandé un correo, y con todo este lío lo había olvidado.
—Comprueba tu e-mail.
Extraje mi móvil de la chaqueta y abrí la aplicación de Gmail.
En efecto, tenía un correo de respuesta, el mismo día, además.
—Me pide que elija cita, que está a mi completa disposición.
Luis apretó los dientes, su mandíbula se tensó.
—Respóndele y dile que necesitas urgentemente una sesión de hipnosis.
Tragué saliva y asentí. Cuando le di a «Enviar», sentí una aguda aprensión.
—Tranquila, no voy a dejarte sola —aseguró protector.
Asentí con semblante inquieto y Luis me abrazó de nuevo.
Al ceñirme a su pecho, su colgante presionó el mío.
La perla de cristal de cuarzo parecía emitir calor, algo que me sorprendió.
Me retiré y la atrapé entre los dedos, maravillándome de su tersa calidez.
Sentí una pequeña descarga eléctrica, apenas un cosquilleo, y me pareció ver un pequeño destello azulado en su interior. Gemí hechizada y miré asombrada a Luis.
—Termoluminiscencia —recordó—, pero nunca había brillado conmigo. Creí que necesitaría más temperatura para que ese efecto emergiera. O tu temperatura corporal es muy alta, o te está eligiendo a ti.
Fruncí el ceño ante aquella insólita reflexión.
—¿Las piedras eligen a la gente? Creí que era al revés.
—Eso nos hacen creer —respondió con una sonrisa—.
Pero, aunque lleves idea de comprar una piedra en particular en un mercadillo, normalmente medieval, o en una feria de artesanía, tú miras entre ellas y al final tu vista se detiene en una, quizá no es la más bonita, y puede que ni la que estabas buscando, pero te atrapa y la compras.
La piedra llamó tu atención, te eligió. Es así.
Se quitó el colgante y me lo pasó por la cabeza.
—Pero es tuyo..., lo necesitas.
Y entonces rememoré las características del cuarzo que él mismo me había explicado. Una de ellas era la de sanación. Hice ademán de devolvérselo, pero me lo impidió.
—Nada ya puede hacer por mí. Mi insensata esperanza está en otra parte, ya lo sabes —afirmó.
De pronto pareció acordarse de algo.
—Espera —musitó.
Tomó de nuevo el colgante y descendió cauteloso por los bloques de piedra hasta el nivel del mar. Se inclinó cuidadoso y hundió la perla en el agua, manteniéndola sumergida un largo instante. Luego se incorporó y la sacó, regresando a mi lado.
—Ahora ya está purificada y lista para ti.
La pasó reverencial por mi cabeza y dejó caer en mi pecho la cadena de plata que la sujetaba.
En aquel preciso instante, y como si todo estuviera orquestado por un tramoyista invisible en una escena mágicamente teatral, un rayo de luz solar escapó impetuoso de su cárcel de algodón gris para incidir justo en mi pecho.
La desvaída luz que refulgía en el interior de la esfera de cristal de roca se intensificó sobrecogedoramente.
Dejé escapar una abrupta exhalación alarmada y Luis agrandó demudado los ojos. Ambos manteníamos la vista fija en la perla, y entonces mi mente se abrió ante aquel brillo cegador...
Unos golpes me despertaron.
Me levanté sobresaltada y salí de mi cuarto al pasillo. Un chillido sofocado, nuevos golpes y aquella voz que yo tanto detestaba. Estaba ocurriendo de nuevo.
Cerré los ojos contrita y apreté con fuerza los dientes.
Paralizada por el terror y por una firme advertencia de mi madre: «Oigas lo que oigas, Elisa, no salgas de tu cuarto.
Fernando y yo sólo jugamos a cosas de mayores».
Pero esos juegos de mayores los había conocido yo de sobra a los once años. Sólo que a mí no me pegaba.
Titubeé en el umbral de su alcoba. Ya no era una niña, ya estaba harta, y ya sabía lo que ese animal hacía con mi madre cuando se emborrachaba.
Y, aunque ella, con el rostro amoratado, siempre lo negaba al día siguiente, todavía lo defendía cuando yo le suplicaba que nos marcháramos lejos.
Inexplicablemente, lo quería, e inexplicablemente yo la quería a ella y hacía lo mismo que ella hacía con él: la justificaba.
Quizá si ella se enterara de lo que esa bestia repulsiva me hacía.
.., pero no. La mataría y luego me mataría a mí.
La única manera de escapar era huir de él, y, por desgracia, también de ella.
Y ésa era mi meta, ahorrando cuanto podía trabajando de camarera, repartidora y cosas por el estilo.
A veces, el malnacido descubría dónde guardaba mis ahorros y me los quitaba para gastarlos en alcohol.
Pero yo había logrado encontrar el lugar perfecto, en el cajón de la persiana de mi cuarto.
Y ya casi estaba lista para desaparecer.
Me di la vuelta rumbo a mi habitación cubriéndome las orejas con las manos.
Pero a cada paso que daba los gemidos de dolor, los golpes y los insultos misóginos incendiaron en mi interior una llama de odio tan virulenta que detuvo mis pasos.
La rabia, el dolor, la humillación y el amor que aún conservaba por mi madre fueron los que me impulsaron a ir a la cocina en busca de un cuchillo.
Lo empuñé con fuerza y, con determinación, caminé hacia la alcoba de mi madre.
Cuando abrí la puerta, la escena fue tan aberrante que me inmovilizó en el umbral.
El cuerpo de Fernando sepultaba a mi madre en el suelo.
La estaba golpeando con tal saña que su rostro estaba ya cubierto de sangre y ella apenas si tenía fuerzas para detener los puñetazos que recibía.
Su ropa estaba rasgada, y el animal que tenía encima la violaba con empellones furiosos.
Sus silbantes gruñidos lujuriosos se intercalaban con burdas imprecaciones denigrantes.
Temblé sometida por un odio tan atroz que ni siquiera titubeé.
Me abalancé sobre su espalda y le clavé el cuchillo iracunda.
No obstante, debió de dar en hueso, porque no profundizó y cayó al suelo.
Fernando gritó y se volvió hacia mí con una mueca demoníaca en su faz.
Entonces se abalanzó hacia el cuchillo, lo cogió y fue tras de mí.
Me acorraló en una esquina y yo cogí una silla para defenderme.
No la vi venir. Pero mi madre había logrado ponerse en pie y acudía en mi ayuda.
Se lanzó hacia la espalda de Fernando y comenzó a golpearlo entre rotos sollozos.
Cuando él se volvió cuchillo en mano, lo hundió en su abdomen.
Mi grito histérico rasgó no sólo mi garganta, sino que partió mi alma en dos.
Él la miraba completamente aterrado cuando ella se desplomó.
La abrazó en el suelo y la acunó en su regazo sumido en un llanto desesperante.
Yo me sacudía entre sollozos y temblores, poseída por una furia tan demoledora que no dudé en descargar la silla en su cabeza con toda la fuerza que logré reunir.
No me detuve.
Cuando él cayó hacia atrás soltando el cuerpo de mi madre, cogí una figura de bronce de la cómoda y comencé a descargarla repetitiva y salvajemente contra su cabeza, hasta que un espeluznante crujido me detuvo. La sangre inundaba la alfombra, y él dejó de sacudirse como una culebra sin cabeza.
Entre hipidos y gemidos rotos, me acerqué al cuerpo inerte de mi madre, me tendí junto a ella y la abracé. Cerré los ojos y deseé que la muerte me llevara también a mí. Aunque supe que gran parte de mí había muerto aquella noche.
Las sirenas de la policía rompieron el sepulcral silencio...
«Otra cosa rota», me dije.
Parpadeé confusa y aturdida entre los brazos de Luis por segunda vez aquella mañana. Lo miré como en estado catatónico. El doctor Ramos lo habría llamado shock postraumático . Y lo era.
Mi falta de reacción fue lo que más lo asustó. Comenzó a sacudirme suavemente y a susurrar mi nombre. Pero yo aún estaba lejos, en aquella extraña antesala a la realidad en la que intentaba asimilar que los demonios no sólo saltaban muros, sino que también mordían con saña.
Aquel brusco salto a mi pasado había desintegrado completamente el muro de contención, el olvido que la hipnosis había creado, pero, en lugar de aniquilarme, había conseguido algo que Luis había dicho.
Me había liberado, pues, reviviendo aquella dura noche, a pesar del vívido dolor que todavía arrastraba, supe que en la vida sucedían cosas que no podíamos controlar, que aquel miserable cabrón merecía el destino que había tenido, que la ceguera y la permisividad de mi madre también habían firmado el suyo, y que yo. .. yo era la víctima de ambos.
Pero no sólo era víctima, era una superviviente, una mujer fuerte que, en lugar de rendirse, había intentado encontrar soluciones.
Erradas o no, había tenido el coraje de seguir enfrentando el mundo, eligiendo vivir con dolor, con miedo, con desconfianza, pero había elegido vivir, y eso ya era un acto heroico del que sentirme orgullosa.
Y ahora me enfrentaba a otro reto, uno más peliagudo y quizá más peligroso que aquél, pero, como entonces, elegía luchar, pues ya no temía al dolor.
Este último era tan compañero de vida como la dicha, así como el miedo era compañero del valor, todo tenía su contrario.
Había dualidad en todo. Sólo había que saber encontrar el equilibrio entre ambos.
Tomé la perla en mi mano y tuve la certeza de que también existía en el otro plano. No supe dar sentido ni fundamento a aquel razonamiento, pero la sensación de que aquella esfera de cristal era importante refulgió con fuerza en mi cabeza.
Tenía que darla a conocer a Isabet, y sólo sabía de un modo.