La perla del agua CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

D EMONIOS SALTANDO MUROS

Finalmente, las combativas nubes formaron un escudo infranqueable haciendo capitular al sol, que retrocedió ante aquel hostil empuje.

Las sombras se cernieron sobre el mar apagando sus destellos, extendiéndose hasta la costa acompañadas de un viento frío y huraño.

Un escenario perfecto para que los demonios escaparan de sus escondrijos, dispuestos a hostigarme.

Recordar mi estancia en aquel centro psiquiátrico me provocó escalofríos.

Me abracé a mí misma y, en el acto, unos brazos me rodearon acercándome a un pecho cálido y fuerte.

Y era aquello lo único que yo habría necesitado entonces, un simple abrazo, y no medicación, ni terapia, ni reclusión, ni aislamiento, ni largas y tediosas peroratas sobre mi estado, ni consejos terapéuticos ni escarbar en mi mente con la intención de curar lo que un largo abrazo sentido habría sanado.

Estar rodeada de pacientes con severas enfermedades mentales te obligaba a retrotraerte en tu propio mundo interior para evitar dejarte arrastrar por la locura ajena.

Yo, como él, me sumergí en la lectura, en los mundos que otros creaban para poder esconderme del mío, para poder vivirlos sin riesgo alguno.

Y así fue como logré esquivar la demencia y los recuerdos.

De los que pasé interna, el peor de todos fue el día que murió mi compañera de cuarto.

Jamás podría olvidar aquella noche en que me despertaron unos extraños gemidos rasgados, que eran en realidad lúgubres estertores que creí producto de mi imaginación.

Las pastillas que me daban para dormir me anclaban a un sueño profundo plagado de pesadillas dantescas.

A la mañana siguiente, la encontré muerta en su cama.

Se había metido trapos en la boca y amordazado con varias vendas que había atado precipitada pero concienzudamente.

Ella había elegido una evasión más definitiva.

A partir de ese día, fingí tomarme la medicación para escupirla en el lavabo cuando la enfermera se marchaba. Sin ella, podría haberla salvado; sin ella, las noches eran más largas, pero al menos reconocía a mis demonios.

A veces me levantaba con un regusto ferroso en la garganta y veía mis manos manchadas de sangre.

Y, por mucho que me las lavara, la sensación pegajosa permanecía en mis palmas, motivo por el cual desarrollé la obsesiva manía de frotarlas sin parar, entre sí, en mi ropa, en cualquier parte.

Había días en que ni siquiera recordaba el rostro de mi madre.

Mi mente había decidido olvidarlo como un mecanismo de defensa, pues, al evocarla, sólo veía una mirada inerte y sin vida, y la palidez mortal de su rostro.

Su cara era la entrada directa a mi infierno particular.

Y lo que aquella horrible noche ocurrió no podía definirse de ninguna otra manera.

—¿Cómo conociste a Julia? —preguntó Luis de pronto.

—Por Dios, no me digas que sospechas de ella... Creí que te gustaba.

—Y me gusta, lo que no me gusta es dejar cabos sueltos —arguyó pragmático.

—Fue la asistenta social que me ayudó a integrarme. Me buscó un lugar donde vivir y me facilitó un trabajo. Desde entonces, ha sido una madre para mí.

—O sea, que conoce tu pasado.

—Ella también tuvo acceso a mis expedientes —revelé sin ocultar un deje disgustado en mi tono.

—¿Quiere eso decir que no le has contado de primera mano todo por lo que has pasado?

Inhalé una gran bocanada de aire y negué con la cabeza ante el mudo asombro de Luis.

—No me hace bien hablar de ello —justifiqué—. Ella siempre me respetó. E incluso dándome consejos, pasaba de puntillas por el tema, temiendo herirme.

Se limitó a asentir, pero frunció los labios pensativo.

—Con lo cual, sólo te has abierto en las sesiones con el doctor Ramos.

—Tampoco —musité tímida.

Esta vez, su asombro se convirtió en incredulidad.

—¿Qué clase de terapia usó contigo? Por lo general, intentan sacar a la luz los traumas para liberarlos.

—Justo eso, lo intentó, pero yo no cooperé.

Me negaba a hablar. En una de las sesiones en que insistió demasiado, sufrí una crisis nerviosa y tuvieron que sedarme.

Desde entonces dejó de insistir y me permitió enterrar los recuerdos.

Sí que trabajó mi confianza y mi positividad, para ayudarme a integrarme en un mundo que me aterraba.

Luis me miró rezumando una compasiva ternura que hizo que el muro de contención se sacudiera. Al otro lado, intentaban saltarlo.

—Pero el doctor Ramos encontró una manera de hacerme hablar, ¿no es así? —murmuré comenzando a entender muchas cosas—. Mediante la hipnosis. Resulta paradójico que luego yo misma le pidiera que la utilizara para hacerme olvidar.

Asintió y acarició suavemente mi mejilla. A punto estuve de acompañar aquel gesto con un movimiento de adhesión a su mano, como lo haría un gato mimoso.

—La hipnosis es la puerta de atrás de nuestra mente. No debemos permitir que cualquiera tenga acceso a ella —opinó retirándome un mechón tras la oreja.

Seguramente no tenía ni idea de cómo aquellos cariñosos gestos se estaban grabando en mí ni de cómo devastaban mis escasas defensas. Como bien había dicho él, no se sabía cuánto frío se había sentido hasta que se probaba el calor.

—Abrir nuestra mente a un desconocido es toda una temeridad —prosiguió—, por muy profesional que sea, pues ni siquiera nosotros mismos somos conscientes de lo que realmente escondemos en ella.

Por no mencionar que puede acceder a recuerdos e incluso manipularlos con la debida sugestión.

Es todo un riesgo, pero si, además, es alguien que busca algo en particular y que formula las preguntas adecuadas, está robando algo que nos pertenece para su beneficio, convirtiéndonos en sus cobayas particulares.

—¿Eso fuimos? —pregunté preocupada.

—Eso somos —corrigió para mi completa consternación—. Seguimos recorriendo el laberinto que construyeron para nosotros. Pero, aquí, la presa principal eres tú. Tu capacidad para conectar con tu otro plano existencial es mayor. Justamente por tu sufrimiento.

—No entiendo qué tiene que ver lo que viví con esto. Ni por qué les interesa que yo conecte. Creí que sólo te concernía a ti, y esto ya está adquiriendo dimensiones conspirativas que ponen la guinda surrealista a toda esta historia.

—Vayamos por partes —propuso—. Está científicamente demostrado que el trastorno postraumático genera un conflicto en la psique, abre una herida y entonces la mente activa todos los mecanismos de defensa para protegerse.

La memoria no puede borrarse, así que opta por empujar los recuerdos hacia el inconsciente y, una vez arrinconados, construye un muro y pone guardianes.

Los guardianes dan la voz de alarma cuando un recuerdo asociado al trauma hace peligrar el muro, y entonces libera de inmediato una sensación angustiosa para obligar a que ese recuerdo asociativo sea también apartado al inconsciente, dejando una laguna en su lugar.

Si algo duele, lo apartamos. Acción-reacción. Es infalible.

Ahora ya sabía por qué había olvidado el rostro de mi madre.

—Pero has dicho que al final todo eso se acaba derrumbando, que es mejor liberarlos y lidiar con ellos —recordé confusa.

—A eso voy —prosiguió paciente—. Todo ese entramado concienzudo de nuestra psique se cobra un precio.

Nos desgasta. La mente se agota y entonces se corre el peligro de que todo lo que tanto se esforzó en encerrar salga de golpe, aniquilándonos.

Lo ideal sería ir liberando demonios de uno en uno para poder combatirlos sin riesgos.

—Tomó aire y acarició mi mentón—. Bien, eso por un lado.

Ahora vamos a lo que nos ocupa. Tras entender con esto cómo funciona nuestra mente, ya habrás adivinado que los traumas la transforman.

Y es esa transformación lo que facilita que se abra una brecha en nuestro inconsciente.

Al abrirse para guardar recuerdos dolorosos, también existe la posibilidad de que escapen otras cosas.

—¿Otras cosas? —repetí intrigada.

—Sí, recuerdos de otra vida, pero no de una vida pasada, sino de una simultánea a ésta.

Y eso es justo lo que buscaba el doctor Ramos.

Se asomó a esa brecha abierta y encontró lo que buscaba tan ansiosamente: tu otra realidad.

Por eso trabajaba en un centro psiquiátrico, nada mejor que pacientes con trastornos de todo tipo, y, sobre todo, postraumáticos para poder tener acceso a sus mentes.

También colaboraba en centros penitenciarios cuando los casos que le llegaban llamaban su atención, como fue el mío.

Y tuvo la gran fortuna de encontrar recuerdos comunes en dos individuos muy distintos que ni siquiera se conocían.

Aunque no fue capaz de relacionarlo hasta que me vio contigo.

Tengo la sospecha de que llevan vigilándote desde que saliste del centro.

Y eso es porque tiene grandes esperanzas depositadas en ti, en poder demostrar contigo como prueba la teoría de su hermano.

Una teoría científica que hasta podría valerle el Nobel y el reconocimiento mundial, algo que revolucionaría el mundo y que tendría un alcance inimaginable.

Mientras intentaba asimilar toda aquella información, que, a pesar de sonar convincente, seguía pareciéndome delirante, una cuestión la desmontaba en su totalidad.

—Pero si, para ellos, yo soy la base de su teoría científica, su cobaya o su maldita prueba viviente, ¿por qué demonios intentaron matarme?

—No querían matarte.

Lo miré boquiabierta.

—Tú mismo lo presenciaste —repliqué aturdida.