CAPÍTULO 32 #2
—Ni en mil vidas podría hacerme sentir lo que sólo tú consigues con una sola mirada —reconocí enardecida.
Cerró los ojos con semblante sufrido. Sus labios se oprimieron y su gesto se contrajo mientras combatía con sus propias emociones.
—Luis...
—No, no digas nada más, por favor —me interrumpió cortante.
—Te quiero —confesé vehemente.
—Nena..., no...
Su expresión mortificada se me clavó en el alma. Intentaba protegerme, pero ya era demasiado tarde. Y lo que debía hacerle entender es que cada segundo a su lado era una rosa floreciendo en un pecho que creí marchito e inerte.
—¿Sabes? Quizá no sea la mujer más lista del mundo, pero sí la más afortunada. Sentir esto es un regalo. Me has devuelto a la vida, y yo... nunca podré agradecértelo suficiente.
—Joder... —se lamentó con voz quebrada.
Cerró los ojos, pero no pudo encerrar en ellos las lágrimas que ya brotaban liberadas recorriendo sus mejillas. Se cubrió el rostro con las manos.
Lo abracé liberando mi propio llanto. Y aunque él al principio mantuvo su distante pose, todavía batallando con la decisión de alejarme, finalmente claudicó. Abrió los brazos, me cobijó en ellos y apresó mi boca con una urgencia que incendió mis sentidos.
Fue un beso con sabor a lágrimas, aderezado con rabia, con dicha, con fuego, al servicio de dos corazones rebosantes de un amor condenado por el tiempo.
Su «Te quiero» afloró sin voz, pero tan ensordecedor que se grabó en cada fibra de mi ser, perforándolo, como las tiras de papel en el cilindro de una caja de música, haciendo sonar una melodía que oiría por siempre en mi interior mientras yo viviera.
Cuando logramos apartarnos, nuestros ojos se engarzaron ratificando lo que nuestros corazones gritaban alborozados.
—No importa cuánto te alejes —susurré contra su boca—, estás ya muy dentro de mí.
—Ya no distingo si este vínculo lo forjaron ellos o nosotros, o el destino —murmuró trémulo—.
Sólo sé que ahora mismo el corazón me estalla en el pecho, que no importa el tiempo que lata en él, sino la intensidad con que lo hace.
—Tomó mi rostro entre las manos. Sus húmedos ojos verdes centellearon apasionados—.
No sé qué pasará con nosotros, Elisa, no sé adónde nos llevará esta locura, pero sí sé algo, y es que, vaya a donde vaya, mi alma está enlazada a la tuya en otras mil realidades.
Quizá porque una sola vida no es suficiente para quererte como mereces.
Cerré los ojos, completamente embargada por una emoción intensa que constreñía mi garganta y encogía mi corazón. Sentí su boca secando a besos los regueros de lágrimas que surcaban mis mejillas.
—Debería haber sido más fuerte —se lamentó—, pero no pude contener la pujante atracción que sentía por ti.
—Yo, en cambio, me arrepiento justo de haberlo sido —musité abriendo los ojos para embeberme de su expresión—. El miedo a sufrir me impedía abrirme.
—¿Y ya no tienes miedo? —preguntó.
—Claro que lo tengo, pero no a sentir, no a amar como lo hago. El sufrimiento es parte de la vida, darle la espalda es negarte a vivir. Y se acabó la cobardía. Sin riesgo, no hay victoria, y yo ya gané.
Guardó silencio un instante, perdiendo de nuevo la mirada en la ondulante superficie del mar. Admiré su perfil, deseando eliminar a besos ese ceño que se negaba a desaparecer.
—Necesito que me prometas algo.
Volvió su rostro hacia mí. Su expresión grave se tiñó con un deje ansioso que me inquietó.
—Dime.
—Quiero que me prometas que cuando... yo me vaya seguirás tu vida con la misma fuerza y entereza que ahora veo en ti.
No quiero que te ancles a los recuerdos ni que te escondas de nuevo del mundo, sino que sigas abriéndote a él.
Que no te cierres al amor ni a otros hombres y que vivas una vida plena. .. por mí.
Asentí forjando una expresión firme y resoluta, a pesar de saber que tardaría mucho en salir de aquel pozo, si acaso lo lograba.
—Bien, y si no cumples tu promesa, volveré del más allá para atormentarte.
Enarcó una ceja suspicaz, componiendo un mohín amenazador acompañado de una sonrisa burlona. Gracias a eso, pude esconder un conato de llanto tras una risa extraña, pero que logró tranquilizarlo y arrancarle una sonrisa más ligera.
—No sé si sabes que esa bravuconada fantasmagórica me resulta tentadora.
Esconder el dolor en comentarios socarrones era un modo de normalizar una situación desgarradora que amenazaba con precipitarme a un abismo de congoja y desolación que debía evitar a toda costa, y más aún en su presencia.
—¿Has agotado todas las posibilidades, incluso algún tratamiento experimental?
Luis apretó con fuerza la mandíbula y compuso una mueca incómoda.
—Todas —respondió escueto.
Resultaba patente que no le agradaba hablar del tema. Pero mi curiosidad fue más poderosa e irreverente que mi sentido común.
—¿Y has contrastado opiniones...? —Me detuve. Su rostro se tornó admonitoriamente sombrío—. Quiero decir si...
—Sé lo que quieres decir —interrumpió hosco.
Respiró hondo y sacudió la cabeza antes de volverse hacia mí y tomarme por los hombros.
—Escúchame bien, Elisa, mi caso no tiene solución médica.
Si la tuviera, quizá yo no habría llegado tan lejos con esto.
Pero incluso siendo esto mi última y excéntrica oportunidad, no hay ninguna garantía de éxito.
En realidad, en mi desesperación, no se esconde una esperanza real, pues la parte racional de mi cerebro sigue pensando que esto es simplemente el puto desvarío de un hombre desahuciado que se agarra patéticamente al último y desquiciante resquicio de vida que cree tener.
Hizo una pausa, exhaló un frustrante y derrotado resoplido, y apretó los labios en un mohín obstinado.
—Elisa, no quiero que albergues ninguna esperanza sobre mi curación.
—Pero tú tienes una teoría y un plan —repliqué testaruda—.
Me convenciste para ayudarte a contactar con tu otro yo para que dejara de sembrar mierda en tu karma.
Para que intentara cambiar vuestros destinos desde su plano existencial, imagino que porque crees que todo esto no es sólo culpa tuya, sino de él.
Pues, por mucho que tú trates de saldar tus deudas con el destino, él no lo hace, y te aferras a hacerle saber que debe cambiar de algún modo. Es así, ¿no?
—Como bien dices, son teorías, posiblemente absurdas, pero muchas lo fueron hasta que se comprobaron.
Y, la verdad, no tenía nada mejor que hacer.
—Se encogió de hombros y añadió—: No soy hombre de quedarse de brazos cruzados esperando a la parca.
Prefiero remangarme y darle un buen derechazo cuando aparezca, aunque lo esquive y me tumbe.
Reprimí un escalofrío, pero no mis ganas de abrazarlo.
—Cierto, eres muy peleón —musité, acariciando su mejilla con el corazón todavía trémulo y los sentimientos a flor de piel—. Aún no me has dicho con qué puño se estrelló tu cara.
—Con uno que ahora tendrá vendado con algún hueso roto. No sé lo que le pagarán, pero te aseguro que se va a dejar el sueldo en la farmacia.
Sonreí maravillada. Su ingenio chispeante lograba colorear hasta el ánimo más gris. Adoraba su sentido del humor y, además de resultarme admirable, acentuaba su rotundo magnetismo natural.
—No lo dudo, eres un gran púgil —reconocí besando la brecha de su sien—. ¿Cómo fue?
—Pensaba que sólo te seguían a ti, pero no. También destrozaron el estudio donde me alojo. Perseguí al tipo que pillé saltando de mi ventana, corrí un buen trecho tras él y logré alcanzarlo.
—¿Le viste la cara?
—Llevaba pasamontañas, pero se lo arranqué para firmarle la mejilla.
—¿No lo llevaste a la policía?
—Se escapó cuando me golpeó y caí. Pero, sí, le vi la cara.
—¿Y no piensas denunciarlo?
—No. La policía no podrá ayudarnos.
—Has dicho que ya sabes por qué van tras nosotros —le recordé.
Asintió. Su expresión se agravó y su mirada se oscureció, perdiéndose entre las suaves olas que lamían perezosas los oscuros bloques de piedra del rompeolas.
En el cielo, gruesas y oscuras nubes se apretaban algodonosas parapetando un sol oculto que pugnaba pertinaz por asomar el rostro, reclamando su protagonismo.
En aquel instante, brilló con fuerza, y unos definidos haces dorados se abrieron en abanico en lo que en arte llamaban rompimiento de gloria .
No sé por qué recordé la obra de El Greco, en especial, La anunciación .
La estampa adquirió un notable matiz místico que nos cautivó por un largo instante.
Los rayos solares reverberaron en la superficie del mar, arrancando destellos de oro.
—En prisión, me trató el psiquiatra del centro —comenzó—.
No fui un paciente muy fácil, la verdad.
Estaba tan abrazado al dolor y a la culpa que no quería que nadie me los arrebatara.
Éstos se convirtieron en una especie de boya dañina, llena de espinas que se me clavaban y me hacían sangrar, pero que al mismo tiempo impedía que me hundiera en el vacío más aterrador.
Otra boya a la que me aferré fue la investigación y la física cuántica.
Pasé la mayor parte de mi tiempo en prisión con la nariz enterrada en los libros.
—Sé de lo que hablas —musité tras un suspiro.
Me miró ahondando en mis ojos y dibujó en sus labios una sonrisa cómplice.
—Es curioso, jamás pensé encontrar a alguien que entendiera cómo me siento. Sólo una persona que haya vivido un trauma similar puede entenderme, y aunque agradezco sentirme comprendido por primera vez en la vida, lamento justamente eso mismo, por la parte que te toca.
Esta vez fui yo la que se encogió de hombros.
—El caso es que, como no respondía a terapia, decidió hacerme una hipnosis para destrabar el trauma y liberar mis demonios.
Fui a replicar cuando él alzó la mano deteniendo mi interrupción.
—Sé lo que vas a decirme. Ya llegaré a eso —apuntó ante mi asombro—.
Me sometió a varias sesiones, pero, según él, ninguna dio frutos.
Así que digamos que tiró la toalla conmigo, aunque insistió en que acudiera una vez por semana a su consulta.
Y, bueno, me alentaba a hablar sobre lo que más me apasionaba, la física.
Recuerdo que mencionó que su hermano también era físico.
Trabamos cierta amistad, y cuando salí de la cárcel solía llamarme para saber de mí.
—No entiendo qué tiene que ver...
—Luego comencé a tener las visiones y a verte en ellas —prosiguió—, y entonces empecé a buscarte.
Como te dije, tengo un amigo en la policía que hace retratos robot, con mis indicaciones te calcó y, por descarte, te metió en la base de datos y, bueno, ante nuestro asombro, apareciste con el cargo de homicidio voluntario con el atenuante de enajenación mental transitoria a la edad de quince años.
No fuiste a un correccional de menores, pero sí a un centro psiquiátrico del Estado, donde se te trató durante tres años.
Logré incluso acceder a los expedientes de ese centro. Y leí tu caso.
—Eso es... información confidencial —balbuceé frotando nerviosa las palmas de mis manos, un gesto que antes practicaba de manera convulsa y que había logrado erradicar, dejándolo atrás, junto a aquella joven que tanto se odiaba a sí misma cuando por fin me dieron el alta.
—Siento la intromisión a tu privacidad, pero era necesario.
Tenía que saber quién eras, y qué nos unía.
Y, desde luego, si mi vida fue dura, la tuya no le fue a la zaga.
Pero cuando te encontré y te conocí, vi una mujer con un armazón de hierro escudada del mundo.
No habías conseguido superar tus traumas, te habías limitado a esconderlos tras un muro alto y grueso.
Y, como te dije, por muy alto que sea el muro, los demonios terminan saltándolo.
—Tú sigues abrazado a tus boyas.
—No, logré soltar la de la culpa, y ahora cada vez abrazo menos la del dolor por lo ocurrido —aclaró alzando la vista al espectacular rompimiento de gloria, que, en verdad, parecía una batalla entre la luz y las sombras, derramando sobre el mar cierto toque divino que invitaba a la solemnidad y a la introspección—.
El pasado duele —continuó—, incluso si no es oscuro, pues nos apresa en la nostalgia y nos roba atención en el presente.
Pero si además es oscuro, es como un veneno ponzoñoso que termina devorándonos si no lo soltamos a tiempo.
Se trata de no mirar atrás, de sentirnos orgullosos por haber superado los duros trances vividos, de matizarlos con aspectos positivos para poder soportarlos.
El orgullo, la fortaleza, el perdón..., emociones positivas que al final terminan llevándose las negativas, liberándonos así de los demonios.
Alguno suele regresar de visita alguna descuidada noche, pero termina yéndose si no le prestamos mucha atención.
Porque eso es lo que buscan, para volver a atraparnos.
—Entonces tuviste mejor psiquiatra que yo —dije afanada en sujetar la puerta de los recuerdos, que retemblaba peligrosamente.
—Tuvimos el mismo.
Lo contemplé anonadada.
—Ese dato me llamó poderosamente la atención, y más tras leer en tu expediente que también habías sido sometida a varias sesiones de hipnosis, que, curiosamente, tampoco dieron resultados.
—¿Conoces al doctor Ramos? —inquirí sorprendida.
—Félix Ramos, sí, hermano de Martín Ramos, un prestigioso investigador en el campo de la física cuántica.
—Demasiadas casualidades, ¿no? —murmuré suspicaz—. ¿Y a qué conclusión has llegado?
—A que nuestras hipnosis sí dieron sus frutos —respondió misterioso—. Frutos compartidos, además.