CAPÍTULO 32
G RABANDO UNA MELODÍA
Las abrasadoras punzadas de dolor que atravesaron mi espalda me doblaron hacia atrás en un gesto abrupto y gemí sobrecogida. Luis se detuvo a mi lado alarmado y me miró confuso.
—¿Qué te ocurre?
Deposité en él una mirada crispada, tan aturdida como la suya. Jadeante, posé las palmas de las manos en la parte baja de mi espalda y, cuando fui a abrir la boca, otro aguijonazo agudo me dobló en dos.
Luis me tomó en brazos sin dilación y enfiló de vuelta por el camino tableado hacia el paseo marítimo, rumbo a la moto que había estacionado en una calle transversal, pero yo le pedí que se detuviera.
Se sentó conmigo en su regazo en el murete cercano a la torre de San Vicente, dentro de los jardines. Y me abrazó con fuerza, acunándome.
—Es la espalda —mascullé entre dientes.
—Deja que la mire, quizá sean contracturas.
—No —proferí—. Ese dolor no es mío.
El sufrimiento regresó, tan intenso que estuve a punto de perder la conciencia.
—¡Elisa! —su tono asustado reverberó entre los pinos, aleteando entre sus hojas y llevándome a un lugar extraño.
Parpadeé confusa y aquel jardín se convirtió en una gran sala revestida en mármol, con grandes columnas, arcadas y arbotantes.
Un gruñido sufrido me sobresaltó. A mi lado, una mujer atada a una columna era azotada con un látigo; tenía la espalda ensangrentada y me miraba con tal intensidad que me secó la garganta.
Su dolor era el mío, y entonces grité aterrada. ..
Luis me abrazó sofocando mis espasmos. Sus latidos eran rápidos y su respiración agitada.
El dolor dio paso a un escozor soportable, pero la sensibilidad en la piel de mi espalda hacía que hasta el suave algodón de mi camiseta me molestara.
—Creo que ya ha pasado —murmuré contra su cuello.
Él me separó de su pecho para inspeccionar preocupado mi rostro.
—¡Santo Dios, me has dado un susto de muerte! —exclamó todavía angustiado.
—Ha sido azotada —argüí recuperando aún el resuello.
—Déjame ver tu espalda.
Me puse en pie mareada y Luis me subió la camiseta. Sentí las yemas de sus dedos paseando por mi piel con extremada delicadeza. Lo oí exhalar un gemido asombrado y, acto seguido, su boca punteó de besos mi piel.
Cuando me volví, encontré una expresión conmovida en su faz. Una mirada húmeda y un gesto que danzaba entre la culpabilidad y la excitación.
—Es... Dios, es... Joder, es asombroso... —musitó conmocionado—. He podido ver cómo se desdibujaban en tu piel unas brechas sanguinolentas hasta desaparecer por completo.
Se pasó las manos por el rostro siguiendo el movimiento hasta abarcar toda su cabeza, echándose el pelo hacia atrás. Su verde mirada se oscureció preocupada, su ceño se frunció y en la marcada línea de su mentón titiló nervioso un músculo.
—La brecha se está abriendo, Elisa, y temo... temo que ambas realidades converjan, y entonces... entonces no sé qué ocurrirá.
Sus manos, nerviosas, juguetearon con un colgante. La perla de cuarzo que le había visto aquella noche en el rompeolas pendía ahora de una cadena de plata. Sentí la necesidad de tocarla, y lo hice.
—Tengo miedo —confesé, todavía trémula e impactada por las dimensiones ciclópeas que estaba adquiriendo aquel asunto.
—Yo también —profirió afectado—, pero por ti.
Le acaricié la mejilla lentamente para destensar su rictus contraído. Casi pude ver cómo sus pensamientos se atropellaban en un carrusel de teorías y soluciones que imaginaba manejaba en su mente, buscando encontrar la mejor manera de enfrentar aquella descabellada situación.
Me senté abatida a su lado. Y entonces recordé el motivo para acudir al rompeolas.
—Dijiste que ya sabías por qué me estaban siguiendo.
Luis dejó escapar un largo resoplido para tomar luego una profunda bocanada de aire antes de contestar.
—Vamos al rompeolas, hay mucha gente en el paseo. ¿Puedes caminar?
—Sí, estoy ya perfectamente, pero ni me atrevo a imaginar cómo estará Isabet.
—Hice una pausa y esbocé una sonrisa tirante en una mueca burlesca.
Era mi modo de liberar la tensión de una vivencia difícil de gestionar—.
¡Dios, es tan surrealista! Me resulta todo tan irracional, tan inconcebible, que temo haber perdido el juicio.
Tengo otra vida, en otro plano existencial, en una realidad paralela separada por varios siglos de distancia.
Vamos, que esto empieza a parecerse peligrosamente a los mundos de Lovecraft.
—En tal caso, esperemos no ver salir del mar a ninguna criatura lovecraftiana; ahora mismo no recuerdo ningún pasaje del Necronomicón para devolverla al fondo —repuso con sorna.
—Francamente, a estas alturas, hasta empiezo a creer en las leyendas que circulaban sobre ese libro —musité caminando a su lado.
—El Necronomicón lo escribió H. P. Lovecraft —expuso tomando mi mano y mirando receloso hacia atrás—.
Aunque muchos piensan que en realidad fue escrito en torno al siglo VIII por un árabe loco llamado Abdul Alhazred, con lo que el autor logró de ese modo que la ficción transgrediera la realidad, desatando toda una persecución obsesiva por encontrar el original.
Un libro peligroso, decían, repleto de fórmulas mágicas para invocar lo sobrenatural, además de insinuar un particular conocimiento de la relación espacio-tiempo. Eso fue lo que llamó mi atención.
—Por eso me ha venido a la cabeza —mascullé—. En algunos de sus relatos, los personajes daban saltos dimensionales, e incluso había guardianes que controlaban «los viajes».
—Siempre me pregunté qué mierda fumaría Lovecraft —comentó Luis burlón.
Sonreí y agité la cabeza.
—Un alucinógeno, fijo.
Bajé la vista, todavía abrumada por la experiencia sufrida, intentando apartar aquellas vívidas sensaciones de mi mente.
No podía dejarme sumir por el pánico, debía tener la cabeza fría para intentar racionalizar de algún modo aquella sinrazón.
Debía anclarme bien a la realidad, porque en mi fuero interno me aterraba perder mi identidad, mi vida, cuanto conocía, para abocarme a un mundo desconocido y hostil.
Mi yo del pasado era sin duda una mujer curtida a fuego y dolor, forjada en una vida dura.
En comparación, yo me sentía afortunada.
Miré a mi derecha y lo encontré mirándome.
—Eh, nena...
Apresó mi barbilla y acercó su rostro al mío. De inmediato, como si los polos opuestos de un fuerte imán gobernaran nuestras bocas, sentí aquel influjo poderoso que me impelía hacia él. Me mordí el labio en un vacuo intento por resistirme.
—Todo irá bien, no dejaré que nada malo te pase.
Su voz, grave, rasgada y susurrada, fue una caricia para mis sentidos.
Asentí.
Sus penetrantes ojos verdes aceleraron mis latidos.
—Estoy aquí, y pasaremos por esto juntos. Toda mi vida se concentra en este punto, aquí y ahora, a tu lado. No me iré sin saberte a salvo.
Mi garganta se cerró ante aquella posibilidad.
Luis vio la incipiente humedad en mis ojos y apretó los dientes, reprendiéndose en un gesto su última acotación.
—¿Cuánto... tiempo te queda? —pregunté imprudente, luchando contra el llanto que me escocía en la garganta y me abrasaba los ojos.
—El suficiente —respondió seco.
Se apartó molesto y aceleró sus pasos, tirando de mí. Su actitud hosca hizo que me sintiera mucho peor.
—Lo siento, no debería... Soy imbécil, perdona.
—Tranquila —profirió torvo—. Y, cuando yo no esté, seguro que el buen doctor te cuidará gustosamente.
Me detuve y me desasí brusca de su mano.
—No necesito que nadie me cuide —repliqué subiendo el tono. Sentí que esa llama que giraba en mi interior, producto de emociones que no lograba aplacar, comenzaba a centrifugar peligrosamente.
—Mejor para ti, pero ahora nos necesitamos.
Entonces comprendí que él pensaba que yo sólo me preocupaba de mi bienestar y que temía quedarme sin su ayuda. Pero ¿cómo decirle que se equivocaba sin confesarle que..., Dios..., lo amaba?
Aquella certeza terminó de estrujarme el corazón. Ya no podía engañarme más, ya no podía eludir aquel sentimiento, que, cobijado en el rechazo, había ido creciendo hasta desbordarme por completo.
—Luis, joder, me importas.
Aquella frase fue todo el valor que encontré para mostrarle mis sentimientos.
Me observó detenidamente. Su rictus imperturbable me inquietó. Pareció debatirse tras aquel escudo impenetrable, que titubeó un instante con lo que parecía una chispa emotiva, pero pereció finalmente a favor de un gesto duro e indiferente.
—Si eres lista, y sé que sí, no dejes que vaya a más —recomendó en tono grave.
Estaba claro que era la mujer más estúpida del universo.
—Espera, que le doy al off a mi corazón —palmeé furiosa mi pecho—. ¡Ya está! ¡Soy jodidamente lista y práctica, tranquilo, capullo!
Su gesto se endureció. En sus ojos bailaron lenguas de fuego. Se plantó frente a mí con porte rígido y apretó los puños furioso.
—¿Crees que es fácil para mí? —vociferó alterado—. ¿Crees que no lucho, joder?
—¿Por eso te alejaste de mí?
—¡Sí, maldita sea! —bramó fuera de sí—. Por eso tengo que aguantar que el puto médico te bese, te abrace, te proteja. ¡Por eso tengo que convencerme de que es lo mejor, de que haces bien dejando que te seduzca, aunque sólo tenga ganas de reprochártelo y de partirle a él la cara!
Bufó iracundo y se volvió dándome la espalda. Se pasó las manos por el pelo y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia el rompeolas.
Boquiabierta, permanecí inmóvil, asimilando lo que escondía realmente su apasionado exabrupto.
Al cabo de unos segundos, caminé tras él con el corazón latiendo desbocado en mi pecho y una firme determinación.
Luis se sentaba ya sobre las rocas más planas, abrazándose las rodillas mientras miraba absorto el horizonte líquido que se extendía ante nosotros. Tomé asiento a su lado y respiré hondo.
—Yo no puedo ordenarle a mi corazón sentir o no sentir, como tampoco puedo decirle por quién hacerlo —comencé pausada.
—El doctor no te es indiferente, sólo dale tiempo. Es un cabrón con suerte.