La perla del agua CAPÍTULO 31 #2
56%

CAPÍTULO 31 #2

—De todas formas, aquí, en el harén, se respetan normas diferentes que han de ser cumplidas. Independientemente de los motivos, la infracción es la misma, y el castigo debe equipararse al acto cometido —comenzó Ahmed cruzando sus imponentes brazos sobre su pecho de ébano.

Roxelana respiró hondo y se puso en pie. Paseó con porte majestuoso por delante de todas como meditando su veredicto y finalmente se plantó frente a nosotras, pero fue a mí a quien miró.

—Nadie en el harén puede tomarse la justicia por su mano, pues eso implica un gran oprobio a mi posición y mi deber en este lugar.

Por ello, el castigo ha de ser sobre todo ejemplarizante.

—Se volvió hacia el resto de las concubinas asistentes y demás eunucos y añadió—: No obstante, si vuelvo a toparme con un acto de rebeldía así, será sofocado con la muerte instantánea del culpable.

Nadie está por encima de mí. —Posó de nuevo sus vivos ojos en mí y su rictus se tensó, aunque en su mirada vi un atisbo de desagrado con lo que estaba obligada a hacer.

Naturalmente, sólo yo sabía el motivo—. Si vosotras hubierais acudido a mí para denunciar la agresión sufrida a las castellanas, sería Aysha la que ahora lo recibiría.

No ha sido así, y para que nunca olvidéis que tomar represalias es un acto de doble filo y una ofensa a mí, habremos de grabarlo debidamente.

Por la mirada desairada y confusa que le dirigió Ahmed, supe que el castigo debía ser la muerte. Sin embargo, no podía ajusticiar a Juana sin hacerme lo mismo a mí, y yo ahora era su peón más útil.

—El castigo será saldado a base de latigazos hasta que perdáis el sentido.

Juana me miró crispada, pero al cabo en sus ojos afloró la resignación. Le dediqué un gesto confiado y una sombra de sonrisa de ánimo. Sus dedos se cerraron en los míos y yo simplemente asentí con fingido aplomo.

Al cabo, dos eunucos nos rasgaron violentamente la parte de arriba de la túnica, desnudando nuestro torso, y nos condujeron a los pilares centrales de la amplia sala.

Con la prenda apenas suspendida en las caderas, fui atada abrazando la columna.

Sentí el frío del mármol en la suave piel de mis pechos y apoyé el lateral de mi rostro en la piedra, observando cómo hacían lo mismo con Juana, que no dejaba de mirarme.

Su expresión era dura, pero sus ojos estaban tan fijos en mí que parecían taladrarme, presos de una ensoñación.

Tras de mí, el verdugo hacía ondear el látigo chasqueándolo contra el suelo. Su silbante sonido rasgaba el aire con la misma facilidad con que lo haría en mi piel. Sentí un abrupto escalofrío y apreté instintivamente los dientes.

Antes de recibir el primer latigazo, un pensamiento irónico curvó apenas la comisura de mis labios en un gesto mordaz dirigido a mí misma. Estaba claro que no tenía mano con las venganzas...

El siguiente chasquido no concluyó en un seco impacto contra el suelo, sino en un rasposo y escalofriante siseo que se incrustó en mi piel, abriéndola. El dolor fue tan agudo y vibrante que hizo flojear mis rodillas y nubló mi vista un instante.

Oí un gruñido rabioso que no supe a ciencia cierta si provenía de Juana o de mí.

Pero el segundo latigazo extendió por toda mi espalda tal fuego que en verdad empecé a visualizar un látigo incendiario.

El escozor era insoportable, y me asolaba en oleadas flamígeras que terminaban en violentos escalofríos.

Sentí una humedad cálida y pegajosa deslizándose en hilillos por mi piel. Comencé a temblar sin control.

Fijé la vista en Juana. Su sangrante espalda debía de ser un espejo de la mía.

Su rictus contraído mostraba el sufrimiento que la acometía.

Pero sus ojos, sus grandes ojos oscuros, irradiaban resistencia y una fortaleza que ya quise para mí.

Pues a cada nuevo azote, las fuerzas me abandonaban, y aunque la liberación era perder el sentido, algo dentro de mí pugnaba por acompañar a Juana en aquel infierno de dolor en el que nos sumíamos.

Aguantaría con ella hasta su último aliento de conciencia.

Gruñimos juntas, las lágrimas surcaban nuestros rostros, pero ninguna se abandonó a los sollozos, ni gimoteamos, ni suplicamos.

Mantuvimos una compostura absurda, aferrándonos al orgullo.

Perdí la cuenta de los azotes, el dolor ya era demencial.

La expresión «arrancar la piel a tiras» estaba siendo literal.

Nuestras miradas engarzadas insuflándonos fuerza comenzaron a enturbiarse, nuestros gruñidos se convirtieron en gritos rabiosos, y finalmente.

.. Juana cerró los ojos y comenzó a deslizarse por la columna sumiéndose en la inconsciencia.

Lo último que yo vi fue un nauseabundo charco de sangre tras ella. ..

Sentí arcadas y, tras el último azote..., me rendí.

* * *

Despertaba para sentir cómo alguien embadurnaba con algún ungüento mi ardiente espalda abierta para volver a caer en un sueño oscuro, espeso y profundo.

Aquella negrura era diferente, menos densa.

Parecía abrirse en cercos lechosos, aclarándose.

Y, de repente, alguien me cogió en brazos con semblante preocupado.

Oí el rumor de las olas y el viento bramando contra las rocas.

Cuando distinguí a quién me abrazaba, sonreí.

Era él, era Dragut, pero vestía de forma extraña.

Lucía una chaqueta de piel curtida negra, y su cabello era más corto.

Tenía un ojo amoratado y una mirada diferente.

.. Sí, sus ojos no eran grises, sino verdes.

Pero aquello no podía ser... No..., yo divagaba. ..

—Luis... —gemí ronca.

Pero esa voz... no era la mía... Y ese nombre me era desconocido...

Me asusté y miré en derredor.

Sofoqué una exhalación sorpresiva y asustada. ¿Dónde diantres estaba?

A mi alrededor se alzaban extrañas edificaciones tachonadas de ventanucos, un camino entarimado, una playa pulcra, un mar sucio..., un muro de piedras que se asemejaba a un muelle pero sin embarcación alguna... Y aquel ruido demoníaco e indescriptible que taladraba mis oídos...

Aquel mundo... no era mi mundo... Aquel Dragut... no era el que yo conocía..., no obstante..., lo sentí como tal...

Y entonces vi algo que me resultó familiar.

Una perla que el falso Dragut llevaba prendida en un colgante en su pecho. Alargué el brazo hacia ella y la tomé entre los dedos... Era exacta a la de la fuente de la concha resguardada en el laberinto de setos... En ella había depositado mi deseo... Ella lo custodiaba.

Reparé en la intrigada mirada del Dragut de ojos verdes y me sobresalté. Entonces miré mi mano... y me espantó ver un anillo que jamás había tenido, unas uñas cuidadas y una piel fina y blanca... Retiré la mano con un grito y la negrura... regresó para llevarme de nuevo...