La perla del agua CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Q UIEN A HIERRO HIERE A FUEGO MUERE

Juana y yo nos detuvimos frente a los alineados lechos con dosel de las concubinas. El de Aysha estaba al fondo, bajo la ventana enrejada.

Nos miramos cómplices con gesto decidido y asentimos casi al unísono, formulando un plan que no necesitó palabras, pues nuestras mentes parecían converger en el mismo propósito.

Ya frente al lecho de Aysha, Juana se subió a él para inmovilizar a la favorita, y yo me senté a su lado y acerqué la llama a su durmiente rostro. El calor la hizo parpadear molesta.

—Aysha, despierta, ya salió el sol para ti —murmuré.

Juana fue más rotunda. Estampó en su mejilla una sonora bofetada y, acto seguido, la aferró contra el colchón.

Tras un sorpresivo gemido, Aysha abrió desmesuradamente los ojos.

Su confusión se evaporó en cuanto vio la llama tan cerca de ella y a mí empuñando la antorcha.

El pánico pintó sus facciones, desdibujándolas en una mueca que transfiguró completamente su hermoso rostro.

Yo sonreí lentamente, saboreando su terror y dosificando mi rabia.

—Dicen que quien a hierro mata a hierro muere —susurré con pérfido regocijo.

Aysha ya abría la boca para gritar pidiendo auxilio cuando Juana se apresuró a cubrírsela con su mano.

La favorita se revolvió en el lecho y Juana forcejeó con ella, hasta que yo acerqué más la llama a su rostro y ella quedó quieta, cautivada por el fuego, como una polilla por la luz.

Sus grandes ojos verdosos se abrieron aterrados.

Sus pupilas se achicaron y su tez palideció.

Un sudor frío perló su frente y su gesto se crispó.

—Pero yo he decidido cambiar el hierro por el fuego, dicen que es más purificador, y si algo necesita un demonio como tú, es eso. Quizá logre de ese modo erradicar tu veneno o quizá suavizar tu carácter. Pero de lo que estoy segura es de que quemará tu orgullo y te enseñará humildad.

Juana asintió con gesto duro y redobló sus esfuerzos por mantenerla pegada al colchón.

Yo no lo dudé. Acerqué la llama a su cabello oscuro y éste prendió retrocediendo, convirtiéndose en puntas que se rizaban incandescentes mientras se carbonizaban.

Comenzó a agitarse desesperada, mientras su larga melena bruna desaparecía devorada por las llamas.

Dejé que algunas lamieran parte de su sien antes de retirar la antorcha, consciente de que en ese lugar ya no le crecería cabello.

El olor penetrante de la carne quemada flotó por la habitación.

Su pelo seguía en llamas, así que me apresuré a coger el bacín con su propia orina nocturna y se lo vacié en la cabeza para apagarlas antes de que llegaran a su cráneo.

El dolor hizo que se desvaneciera. Las mujeres de los lechos contiguos se habían despertado y salían de su sopor para descubrir que estaban siendo atacadas y avisaban a gritos a los eunucos.

—¡Silencio! —bramé iracunda—. Prenderé fuego a la primera que abra la boca.

Azucé mi antorcha ante ellas y se encogieron temerosas. Compuse mi mueca más feroz y hasta gruñí como un animal salvaje. Juana se puso a mi lado, su gesto fue tan atemorizante como el mío.

—Esto es lo que ocurre cuando atacan a nuestras hermanas. Y si osáis acercaros a alguna de nosotras lo pagaréis con vuestra vida —siseé rezumando odio por cada poro de mi piel.

—Estáis muertas —se atrevió a mascullar una silueta en la penumbra.

—Eso lo decidirá Solimán, pero, mientras regresa, juro por Dios que acabaré una a una con todas vosotras.

Salimos de la gran alcoba comunal y lancé la antorcha al interior de una de las fuentes del patio, donde pereció en una voluta de humo que crepitó agónica.

—Los eunucos nos apresarán mañana y nos ajusticiarán si así lo consideran necesario. Sólo somos siervas, ni siquiera concubinas..., tienen la potestad de decidir nuestro destino. Deberíamos intentar escapar esta noche —propuso Juana.

Negué con la cabeza y la miré confiada.

—No podrán tocarnos. La sultana lo impedirá.

Ella me miró algo anonadada.

—Creo que debería saber algo más si quieres que esta noche pueda conciliar tranquila el sueño.

—No sólo le soy útil a Ibrahim, también a Roxelana.

Su oscura mirada recorrió mis facciones para posarse en mis labios. Se aprestó a apartarla para contemplarme con gesto admirado.

—Me rindo ante ti, Isabet —confesó. En su tono se traslució de manera patente que se rendía ante mí en más aspectos.

Caminamos juntas y dejé que tomara mi mano. Su sonrisa orgullosa terminó de revelarme lo que a duras penas lograba estrangular. Cuando llegamos a nuestro cuarto y por fin me metí en el camastro junto al de Blanca, y Juana hizo lo propio junto al de Dolores, sentí su fija mirada en mí.

Cerré los ojos y pensé en la extraña unión que las cuatro habíamos forjado.

Juana mataría por su hermana, también por mí.

Yo mataría por Blanca, la hermana que el destino me había adjudicado, y por ellas dos, pues si algo vinculaba con más arraigo que la sangre y el amor era el dolor compartido.

Y, en mi caso particular, esa unión la sellaba la culpa, como el buen mortero entre grandes bloques de piedra caliza.

* * *

La fea herida de la mejilla de Blanca era profunda e irregular, y desfiguraba su rostro.

Había sido trazada con particular precisión, intentando causar el mayor daño posible.

Le habían arrebatado su belleza para siempre, y esa certeza había convertido a Blanca en una sombra muda que me desgarraba el alma.

Nos habían confinado en una celda a la espera de un juicio, que presidiría la kadin , que era Roxelana, en la cual confiaba mi absolución, ya que la valide , madre de Solimán, había muerto hacía dos años.

No obstante, hice enviar una nota a Ibrahim, advirtiéndole de que ya tenía en mi poder la valiosa información que requería Hernán.

Toda precaución era poca, me dije, y en una situación tan delicada, cuantos más escudos mejor.

No sólo nos condujeron a Juana y a mí en presencia de la sultana, sino también a la maltrecha Blanca y a Dolores, que tenía el rostro amoratado y apenas podía erguirse, pues se nos acusaba a las cuatro de desobediencia, y a mí y a Juana de agresión con conato de incendio.

El castigo sería proverbial, de eso estaba segura, pues no se podía permitir que la rivalidad adquiriera semejantes proporciones.

Una frase dicha por mí se me cruzó en mitad de aquella sala, frente al trono ocupado por aquella regia y poderosa mujer.

Si hice pagar con fuego a quien hirió con hierro. .., ¿cómo pagaría yo?

—Lo acontecido anoche fue tan despiadado —comenzó el jefe de los eunucos negros, Ahmed— que dudo tengas la desfachatez de exponer ante nosotros una justificación a la altura.

—Tan despiadado como aprovechar un infame ataque a nuestra ciudad para saldar rencillas, o, mejor dicho, para dar goce a envidias y eliminar competidoras —repuse alzando la barbilla sosteniendo retadora su mirada.

Ahmed me miró severo y compuso un mohín admonitorio.

—El ataque cristiano nos crispó a todos en palacio —apuntó la sultana en tono gélido—, los ánimos se alteraron y todo se desbordó.

Pero vosotras actuasteis con premeditada frialdad, entrando en las dependencias de las concubinas para cobraros una venganza desmedida. Aysha jamás volverá a ser la misma.

—Tampoco Blanca —argüí sin amilanarme—. Y pasáis por alto un detalle, mi señora, y es que fue ella la que calculó con deliberada perfidia su ataque a una rival que ni se había perfilado todavía como tal. Una rival que no podría serlo, por su condición.

Ambos me miraron intrigados. Ahmed frunció los labios y el ceño con enojo y Roxelana se limitó a aseverar su expresión en espera de mis siguientes palabras.

—Blanca espera un hijo de Dragut —revelé arrancando el golpe de efecto que deseaba: exhalaciones de desconcierto.

—¿Ellos... están enamorados? —preguntó atónita Roxelana.

Ante mi completo asombro, Blanca, que había permanecido cabizbaja y trémula, alzó la barbilla, afirmó su mentón en un gesto categórico inaudito en ella y avanzó unos pasos con los puños apretados.

—Nos queremos, sí —declaró clavando en mi pecho la misma daga que habían hundido en su mejilla, y quizá por el mismo motivo.

Juana me miró de soslayo, pero yo mantuve mi pétrea expresión, aunque en mi interior se había desatado una vorágine de emociones encontradas.

Roxelana entornó la mirada en un gesto suspicaz y frunció el ceño mientras observaba a Blanca.

—Si es como dices, ¿por qué permite él que se te adiestre para ser concubina? Si te hubiera sacado de aquí, nada de todo esto habría ocurrido —interpeló recelosa.

Esa vez, no intercedí. Mantuve mi pose indiferente aguardando a que ella saliera del jardín en el que había decidido meterse.

—Pensó que aquí estaría más segura hasta que pudiera reclamarme al sultán.

Supe que aquello eran una sarta de embustes en cuanto salieron de su boca, pero me mantuve en silencio, luchando contra mis propias emociones.

Bien sabía que Dragut era desalmado y pendenciero, pero en sus gestos hacia Blanca jamás vi en él nada que indicara más que compasión, afecto o protección.

Aunque bien podía equivocarme, no sería la primera vez, me conminé oprimiendo disgustada los labios.

Necesitaba apartar mi desconfianza hacia Blanca o al menos no juzgarla, pues lo que resultaba patente era que ella sí estaba enamorada del pirata.

—¿Y dónde está ahora? —intervino de nuevo Ahmed, con su vocecita aguda y chillona contrastando con las apabullantes proporciones de su cuerpo.

—Ha desaparecido —me oí decir.

Un sofocado sollozo escapó de la garganta de Blanca. Sus ojos se arrasaron en lágrimas y su rostro se marchitó contrito, embargado en una pena tan honda que mi compasión por ella ganó aquella feroz batalla interna que libraba.

Una mano se enredó en la mía en señal de apoyo y tragué saliva conteniendo mi propio llanto. Juana parecía ver dentro de mí. Su gesto me reconfortó.