CAPÍTULO 30 #2
—Ya partió para ocupar el Piamonte, región que pertenece al duque de Saboya, gran aliado del emperador Carlos V.
La traición del rey de Francia a la Liga Santa por su encono y su rivalidad hacia Carlos nos beneficiará en futuras empresas.
Pero tengo entendido que Carlos ha enviado un ejército imperial para invadir la Provenza con la intención de conquistar París y eso ha desatado el pánico entre los galos.
Solimán le aconsejó a Francisco un modo de frenar a Carlos.
Hubo un silencio y recé en silencio para que desvelaran aquel plan.
—Creo que el mariscal de Francia, el actual duque de Montmorency, ya lo está ejecutando. Pero es una argucia que le costará cara al reino, demasiado cruel y arriesgada —opinó una voz a la que por su posición no pude ponerle cara.
—Solimán es astuto, dijo que es bueno tener un aliado en contra de tus enemigos, pero no lo suficientemente poderoso para creer que pueda crecerse y volverse en nuestra contra.
Y, si él mismo arrasa su reino, se condena a ser un secuaz útil, pero no un aliado como tal.
Además, es una medida desesperada necesaria.
—En efecto, de ese modo es posible que frene el avance del ejército imperial, pero condena a sus súbditos a la hambruna y a la desolación.
—No tiene elección —murmuró el líder—. Sus huestes no están lo suficientemente entrenadas ni son lo necesariamente numerosas para combatir a los tercios imperiales de Carlos.
Su única alternativa es quemar todos los pueblos, talar todas las mieses y convertir el reino en un desierto para que los tercios no tengan con qué mantenerse y, de ese modo, se retiren antes de llegar a París.
Es un sacrificio necesario, pero que además favorece el objetivo del sultán, empobreciendo a un aliado para someterlo a su poder.
Así, Francisco sabrá que sólo con la ayuda de los ejércitos de Solimán podrá vencer a su gran enemigo Carlos V, que también es el nuestro, pues es el bastión de la Liga Santa. Y si algo nos urge es descabezarla.
Sonreí para mí. Aquella información era oro.
Un tesoro que habría de saber dosificar para poder conseguir la libertad que me había prometido Hernán de Parma, el caballero hospitalario.
En efecto, si algo intuía era que, una vez entregada la información, me arriesgaba a dos cosas: una, a que me mataran, y otra, a que me obligaran a seguir recabando confidencias para ellos, alargando mi cautiverio con una engañosa libertad.
No me valía ni la palabra de un hombre de fe, ni la de una madre protectora, pues sabía que Roxelana no me dejaría con vida si cumplía el cometido que me había impuesto.
Debía jugar sabiamente mis cartas, pues ahora más que nunca me urgía escapar y cumplir mi promesa de enmendar en lo posible la tragedia que había provocado mi infame despecho, pues cada día que pasaba todo se complicaba endemoniadamente.
Abandoné con sigilo aquel cuarto privado y salí del edificio por el lado opuesto. Atravesé el tercer patio, asombrada al no ver guardia alguna protegiendo las estancias privadas del sultán, a pesar de no estar él en la ciudad.
Y, de pronto, caí en la cuenta de un detalle que daba urgencia a mi plan. Si en breve el joven Mustafá acudiría a la corte de Constantinopla para reunirse con su padre..., eso significaba que Solimán estaría a punto de regresar de Persia... y entonces... todo se iría al diablo.
Me detuve angustiada. Tenía que reflexionar pausadamente sobre cada paso que debía seguir elaborando mi propia estrategia para precipitar mi huida de palacio, pues cualquier nimio error podía condenarme.
Sumida en mis cavilaciones, mis pasos me llevaron a una fuente ornamental dentro de un jardín pequeño y escondido tras el palacete de Solimán.
Un laberinto vegetal la protegía del exterior.
Curiosa, recorrí los frondosos corredores, que me llegaban a la cintura, y, como en un juego, fui doblando recodos hasta encontrar el camino que llevaba a ella, atraída por su belleza y por ese murmullo acariciador.
Allí, los cañonazos se oían en la lejanía, y aquella paz que transmitía el lugar fue un bálsamo para mi atribulada alma.
Me concedí una tregua y, repasando las recortadas puntas de los setos con la yema de los dedos, fui aproximándome indolente a aquella hermosa fuente.
El regular gorgoteo pareció acompasarse con mi corazón y, cuando admiraba la exquisita escultura central, que representaba una gran concha abierta por la que fluía el agua, un detalle captó mi atención: una perla de cristal transparente engarzada en la boquilla de la fuente surtía de agua el fondo de la valva inferior.
En aquel momento, un rayo de sol incidió en ella refractándose en el agua que la cubría, de tal modo que ante mis ojos se abrió un luminiscente abanico de colores.
Completamente cautivada por aquel mágico efecto, alargué la mano y toqué la perla de agua.
Cerré los ojos y pedí un deseo..., uno que no salió de mi cabeza, sino de mi corazón. ..
... Que Dragut sobreviviera.
* * *
La enfermería estaba atestada, y no dejaban de llegar heridos que colocábamos en camillas repartidas por el patio principal.
Todos los siervos estaban concentrados allí, curando heridas, entablillando miembros que luego Ibrahim decidía si amputar.
El suelo de la enfermería había sido cubierto de arena, como solían hacer en las cubiertas de las galeras para evitar caídas y resbalones.
Y los heridos, la mayoría jenízaros que habían estado en primera línea en el muelle, o tripulantes de los barcos que había destrozado la artillería cristiana, gemían clamando un alivio a sus dolores.
De Dragut nada se sabía, ni de los hombres que lo habían acompañado en tan temeraria misión.
Pero, a pesar de que el puerto estaba devastado y se habían perdido más de una veintena de galeras, decían que el capitán había conseguido abordar una nao cristiana y disparar sus cañones contra las circundantes.
El punto mas vulnerable de una galera era la popa, y él había aprovechado ese punto maniobrando hábilmente el buque para hundir cuatro galeras cristianas, consiguiendo romper así la línea enemiga y logrando que se dispersaran.
Pero, según comentaban algunos corsarios, una de ellas se había apostado junto a la nao que tripulaba Dragut y se habían batido a cañonazos.
Tuvo que huir maltrecho con el casco perforado y dos mástiles quebrados.
Quizá se habían hundido en alta mar o quizá habrían logrado encallar en algún pedazo de costa.
Y aquella incertidumbre me estaba consumiendo.
Al acabar el día, completamente exhausta, regresé al harén, arrastrando los pies casi desfallecida.
Cuando entré en las dependencias de la servidumbre deseando derrumbarme en el camastro de mi cuarto, me encontré con Juana, que parecía esperarme junto a la lucerna que colgaba bajo el arco de entrada.
—Estás hecha un desastre —masculló compasiva.
—Dime algo que no sepa —rezongué.
—Podría, pero ya habrá tiempo. Ve a descansar, aunque deberías asearte: estás recubierta de sangre seca.
—No. ¿Qué pasa?
La curiosidad superó mi extenuación.
Juana entornó los ojos y me escudriñó evaluando si debía decírmelo o no.
—Aquí también se desató el pánico y la locura —rebeló acentuando mi intriga.
Aguardé a que ampliara su información, pero la impaciencia me pudo.
—¡Maldita sea, suéltalo ya!
—Supimos por Ahmed que nos atacaba la Liga Santa por orden de Carlos, el monarca castellano. Eso desató la ira y el miedo, y..., bueno, los volcaron con las que encontraron más afines al emperador: sus antiguas súbditas.
—Vosotras.
—No hay más castellanas aquí.
Miré alarmada a mi alrededor. De espaldas a mí, Blanca dormitaba en su jergón y Dolores imitaba su posición en el suyo.
Luego posé mi inquisitiva mirada en ella de nuevo.
—Primero atacaron a Blanca y yo la defendí, pero cuando fueron a por mi hermana tuve que dejarla a su suerte, como comprenderás, para proteger a Dolores.
Las golpearon con cruel saña antes de que yo llegara.
Luego, daga en mano, logré sacarlas de allí con ayuda de Yamila y algunas más.
Los eunucos pudieron contenerlas evitando que nos siguieran.
Apreté los dientes, reprimiendo la veta de furia que comenzaba a arder dentro de mí.
—Se recuperarán —prosiguió Juana—, pero Blanca ya no será tan hermosa.
Agrandé preocupada los ojos y tragué saliva.
De dos zancadas, alcancé el jergón de Blanca y la volví suavemente hacia mí.
Un lienzo manchado de sangre oscura y seca cubría la totalidad de su mejilla derecha.
Cerré los ojos desolada y la tapé con la manta.
Ella continuaba dormida, aunque al removerse exhaló un tenue gemido dolorido.
—¿Quién...? —inquirí entre dientes.
—Las concubinas del grupo de Aysha.
Gruñí de rabia y apreté los puños clavando las uñas en mis palmas.
—Todo esto ha sido una maldita treta de esa arpía —adiviné iracunda.
—Lo sé, esa serpiente ha aprovechado la contienda en el exterior en su beneficio. Teme que Blanca le haga sombra en su papel de favorita real y ha conseguido con su veneno encabezar una revuelta para quitarse de encima a una rival. Por eso te estaba esperando.
La miré fijamente a los ojos y vi lo que imaginé refulgía en los míos, un relamido brillo vengativo.
No tuvimos que decir nada más. Ambas salimos de las dependencias de servicio y enfilamos hacia los corredores que llevaban al patio de las Favoritas. Al pasar por una de las arcadas, cogí la antorcha que iluminaba el umbral y me adentré en la sala de los dormitorios comunales.