La perla del agua CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

E L OJO DEL SULTÁN

Una flota compuesta de galeras y naos enarbolando la bandera de la Liga Santa asediaba a golpe de artillería las murallas de la ciudad.

El infame estruendo desataba el pánico y el caos en Constantinopla. Su objetivo no consistía en derribar las murallas, ni siquiera en tomar el sitio. Su principal finalidad era hundir las numerosas galeras otomanas ancladas en el puerto.

Entre el barullo que se había formado en el palacio, pude pasar desapercibida y, en lugar de regresar al harén como me había ordenado Dragut, logré ascender a las murallas, por las que veía el ataque de los cristianos agazapada en el adarve.

Los cañonazos ensordecedores, las mechas incandescentes, la humareda que flotaba entre las naves y el estallido de maderas quebradas conformaban una estampa escalofriante.

Algunos disparos se encajaban en los muros, haciéndolos retemblar, arrancando guijarros y polvo de ellos.

Varias naves amarradas al muelle se hundían progresivamente en el mar con los cascos perforados.

Otras carecían ya de arboladura y, mientras los cañones defensivos de las murallas intentaban apuntar a los bajeles imperiales sin mucho acierto, las andanadas cristianas se sucedían masacrando el puerto.

Allí, un nutrido grupo de jenízaros se apostaban parapetados y disparaban sus arcabuces sobre las naves más cercanas, mientras otro grupo de soldados otomanos intentaban llegar a las galeras, todavía ilesas, en botes de remos, en un temerario intento por gobernarlas y contraatacar.

Desde mi posición, era imposible ver a los ocupantes de aquellos bateles, pero mi corazón me decía que él iba en una.

Y era ese corazón el que se encogía cada vez que los disparos cortaban silbantes el aire y caían cerca de alguno de los botes, levantando violentas salpicaduras de agua que cabalgaban en olas abruptas, zarandeándolos peligrosamente.

Los artilleros de las murallas cargaban los cañones con rauda urgencia, disparando de forma continuada y metódica.

Un regimiento de arqueros se apostó entre las recias almenas, equipados con ballestas y unos baldes repletos de untuosa brea.

Su intención resultó evidente: lanzar flechas incendiarias sobre las velas de las galeras cristianas.

Escondida en una garita desierta, observaba a través de la saetera el feroz combate que ambos adversarios mantenían.

Me pregunté en aquel momento si ante mí no tenía ahora la mejor posibilidad de escapar de palacio, pues toda la guardia estaba ocupada en la defensa de la ciudad.

Quizá podría intentarlo al menos, me dije.

¡Tenía que sacar a las hermanas Monfort y a Blanca del harén!

Salí de mi escondrijo y me deslicé escaleras abajo cruzando el gran patio de armas hasta los jardines y las galerías que llevaban al harén.

El acre aroma de la pólvora pendía pesado en el aire, picándome la garganta.

La batahola de sonidos era atronadora, y allí abajo las órdenes gritadas se entremezclaban con el repiqueteo metálico de una pequeña campana que alguien tocaba con precipitada urgencia.

Más allá, extendiéndose alarmante, el estridente sonido de un cuerno movilizaba a cada hombre dispuesto a defender enseres y familia.

Cuando llegué al harén, los grandes portones estaban cerrados. Toqué la campanilla del umbral y aguardé, pero nadie acudió. ¡Maldita sea, se habían atrincherado dentro!, adiviné pesarosa.

Sin saber muy bien dónde resguardarme, caminé errante. Mis pasos me llevaron al lugar que creí más seguro, situado en el segundo patio, el diván, la cámara del Consejo Imperial, paso previo a las dependencias privadas de Solimán, situadas en el tercer patio.

En las grandes y ornamentadas puertas con filigranas caladas en oro a modo de enrejado ya no estaban los guardias con sus imponentes alabardas cruzadas, cerrando la entrada.

Miré recelosa a mi alrededor y, aunque todavía transitaban siervos y soldados a la carrera por los patios, nadie me prestaba atención.

Me adentré cautelosa por los pasillos hasta que desemboqué en la antesala previa al Consejo.

Allí me detuve indecisa, pues dentro oí con claridad un murmullo de voces.

Con toda seguridad, los consejeros, en ausencia de Solimán y su gran visir, estarían trazando sus estrategias ante el inesperado ataque.

Miré nerviosa a mi alrededor y enfilé hacia un corredor más angosto que parecía rodear la sala del Consejo, llamada diván porque era donde se sentaban a debatir cuatro veces por semana los asuntos de Estado.

Me topé con una puerta y la abrí. Una escalera llevaba a un nivel superior.

Y entonces me iluminé al recordar un dato que había oído en el harén.

No hacía mucho se había decidido que el sultán no tenía por qué estar presente en sesiones de índole tan mundana, por lo que se había habilitado una sala por encima del diván a la que acudía siempre que lo deseaba.

Solimán escuchaba a través de una ventana enrejada, conocida como el «ojo del sultán», situada sobre el asiento del gran visir, con quien hablaba tras cerrar las cortinas cuando deseaba intervenir.

Después de las reuniones, el visir acudía en presencia de su monarca para resumirle las principales cuestiones debatidas y responder a sus preguntas.

Como nunca se sabía si el sultán había estado presente o no, el gran visir tenía que dar siempre buena cuenta de lo allí acontecido sin poder omitir ni tergiversar nada.

La habitación era pequeña, pero suntuosa.

Fijé la vista en el mullido asiento junto a la tupida celosía de la ventana y, sin titubear, tuve la gran osadía de sentar mis posaderas en el sillón real.

Si en aquel momento alguien me sorprendía, sabía cuál sería mi castigo.

No obstante, jamás tendría una oportunidad como aquélla para poder presenciar una reunión de emergencia que quizá me diera los frutos ansiados.

La cortina roja estaba ligeramente descorrida. Acerqué mi rostro y miré por los huecos enrejados. Abajo, varios hombres de Estado sentados en un largo diván azul miraban con honda preocupación la alta figura que caminaba nerviosa de un lado a otro mientras hablaba.

—¡El maldito Andrea Doria! —clamó furioso uno de ellos, que gesticulaba vehemente—. ¡Y con Barbarroja y toda su tripulación en tierra! Alá nos ha abandonado —se lamentó.

—Están intentando embarcar en sus naves, quizá lo consigan —balbuceó inseguro uno de los ministros.

—¿Mientras los repelen a cañonazos? —inquirió el anterior mordaz.

—Jeireddín es un hombre muy sagaz y corajudo —interpeló otro—.

Mientras les hacen creer que sólo quieren salvar las galeras fondeadas frente al puerto y atacarlas, otro grupo de corsarios embarcan en las galeras aún intactas ancladas en el puerto sólo para disparar los cañones contra el maldito almirante genovés.

—¿Les hacen creer? ¿Acaso no es justo lo que hacen en este momento? —El primero mostró su profundo desagrado ante el desconocimiento de aquel plan.

—Fue idea del capitán de Barbarroja, Dragut el Temerario , lo llaman ahora, y entiendo por qué —se apresuró a excusarse su interlocutor—. No hubo tiempo para decisiones. Jeireddín lo aprobó y el capitán puso en práctica su plan sin dilación. Fue una medida desesperada, pero quizá sea efectiva.

Tras un resoplido inquieto, el que parecía ocupar el lugar del visir por su rezumante autoridad se refregó el rostro con las manos y miró expectante y agitado al ministro.

—¿Y cuál es el plan?

—Abordar una galera enemiga, tomarla y contraatacar las de alrededor. Se dirigen a la que está más en el centro de la flota para que las andanadas tengan mayor alcance.

El sustituto del visir agrandó atónito los ojos.

—¡Eso no es un plan! —bramó furioso—. Es un sacrificio que, además, nos costará la capital del Imperio.

—No había otra alternativa —se defendió el consejero, contrayendo angustiado el rictus—. El propio Jeireddín lo autorizó para tal empresa, y simplemente nos mandó un informante, pues no había tiempo de debatir nada.

—Siempre hay otra alternativa, y es mucho más sensato perder un poco de tiempo en algo más sensato y eficaz. Ese plan es inviable, es una completa y estúpida temeridad. ¡Que Alá nos proteja!

El líder del Consejo caminó hacia su asiento y se derrumbó derrotado en él.

—Sólo pretenden hundir nuestra flota, no se atreverán a entrar en la ciudad con miles de jenízaros defendiéndola —arguyó otro hombre de orondas formas y rostro insulso.

—Eso ya es un buen varapalo —rezongó abatido—. Al menos, si tienen que rodar cabezas, no serán las nuestras. Si Barbarroja fracasa, la perderá. Aunque lo mismo nos ahorra el trabajo con los nazarenos.

Cerré los ojos. Me faltaba la respiración.

Saber que la muerte enarbolaba su guadaña sobre Dragut me sumía en un abismo de preocupación. La desazón por su destino se convirtió en punzantes dagas en mi pecho. Maldije profundamente al condenado capitán.

Intenté sofocar aquellas emociones, sin conseguirlo.

Y la impotencia no sólo por no poder reprimirlas, sino por aceptar mis sentimientos hacia él, me desgarraba.

Pero se había filtrado arteramente en mi pecho y, sibilino, había reptado como una traicionera culebra hasta mi corazón, enroscándose en él.

¡No había mujer en el mundo más desdichada que yo! Enamorada de nuevo de una sabandija. ¿De qué valía mi astucia si mis sentimientos gobernaban sin razón alguna llevándome a la deriva? Esta vez, me maldije a mí misma.

—Al menos, tenemos una gran alianza en la mano, y con ella devolveremos el golpe con mayor saña —masculló el consejero, intentando aplacar la ofuscación del ministro.

—El rey de Francia, Francisco I, es un gran aliado —coincidió el líder—, y va a proporcionarnos valiosísima información sobre las posiciones de los nazarenos. Los vamos a aniquilar.

Agudicé el oído, aquello podía procurarme la libertad que tanto ansiaba.