CAPÍTULO 29 #2
Sonreí abiertamente y asentí entusiasmada.
De inmediato, regresé rauda al cuarto y me vestí a toda prisa.
Sabía que Simón ya estaría trabajando en el hospital, la noche anterior me había dicho que empezaba el turno a las siete.
Algo que agradecí, pues no quería disgustarlo, después de lo bien que se había portado conmigo.
Bajé la escalera saltando los peldaños de dos en dos. Y, cuando abrí el portal, él estaba de pie junto a la moto, todavía con las gafas de sol en un día nublado y gris. Fue suficiente su gesto de abrirme los brazos para que yo corriera hacia ellos.
Me fundí en su pecho y, cuando me rodeó, todo aquel núcleo contenido de emociones se liberó en un torrente de lágrimas que fui incapaz de estrangular.
En cada lágrima derramada brotó la angustia, la preocupación, la rabia, la confusión y el miedo por aquella singular y caótica situación que empezaba a dejar de ser un cúmulo de simples conjeturas para convertirse en hechos inexplicables pero contundentes.
Sus manos acariciaron mi cabello con infinita dulzura, y aquel rasgo que apenas solía prodigar me caló muy dentro. Cuando logré controlar los sollozos y busqué su verde mirada, me molestó toparme con aquellas lentes oscuras. Cuando hice el gesto de quitárselas, él me esquivó.
—Me molesta la luz —se disculpó con una débil sonrisa.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, no te preocupes. Sube.
—¿Adónde me llevas? —inquirí mientras él se ponía el casco y montaba en el sillín.
En realidad, debía reconocer que no me importaba dónde, todo lo que me importaba era estar con él.
—Al rompeolas.
Miré al cielo. Apretadas y oscuras nubes amenazaban tormenta, pero asentí y monté tras él. Me puse el otro casco, rodeé su cintura y me ceñí a su espalda.
Aceleró y nos incorporamos al tráfico.
Manejaba la Harley como si fuera una extensión de su propio cuerpo.
Su gran dominio y su extraordinaria habilidad, junto con unos agudos reflejos, resultaban no sólo admirables, sino cautivadores.
No era un conductor imprudente, al contrario, además de respetuoso.
Pero cuando enfilaba un tramo despejado y seguro, apretaba puño y dejaba que su potente Harley rugiera de gozo, como imaginaba que hacía su propio corazón.
Luis era el puma negro que parecía. Un puma encarcelado que necesitaba sus dosis de libertad, repartidas en veloces chutes de adrenalina quemados en octanos.
Y en cada aceleración su cuerpo se tensaba, como fusionándose con la moto, vibrando como ella, sintiendo el asfalto casi en la piel.
Sin embargo, en un tramo ya de la Nacional, comenzó a adelantar con bastante más asiduidad, apurando las curvas con más urgencia.
Ante mi sorpresa, se salió de la Nacional y tomó un desvío hacia las urbanizaciones de las afueras de Benicàssim, enfilando hacia la Gran Avenida Jaume I.
Se dedicó a girar al azar en cada esquina, recorriendo el barrio residencial como si trazara a golpe de neumático un enrevesado laberinto.
Finalmente se introdujo en un angosto callejón y condujo la moto hasta la entrada de un garaje privado. Apagó el motor, pero no se quitó el casco. Estaba claro que nos escondíamos de alguien.
Transcurridos unos minutos, destrabó la pata de cabra, desmontó y, pegado a la pared, acechó la entrada del callejón. No me pasó desapercibido el detalle de palparse el pecho como buscando algo y el gesto contrariado al no encontrarlo. Regresó al cabo y volvió a la moto.
—Creo que he conseguido despistarlo.
—Quítate las gafas —pedí quizá demasiado seca.
—Ya te he dicho...
—Sé lo que me has dicho, pero quiero verte los ojos y aquí no hay tanta luz.
Pareció titubear durante unos segundos, hasta que por fin se quitó el casco y las gafas.
Tenía un moretón junto al ojo izquierdo y varias venas rotas que resaltaban más aún el color verde de sus ojos. En el nacimiento del puente de la nariz tenía una brecha, más las heridas ya resecas que le habían ocasionado en la pelea del concierto.
—No dejas de meterte en líos, ¿eh? —murmuré.
—Me persiguen, creo que sienten cierta fascinación por mí.
—Es fácil sentir cierta fascinación por ti.
Sus comisuras se estiraron levemente en una sonrisa arrogante.
—¿Te fascino, nena? —ronroneó seductor.
—Más de lo que me gustaría admitir —reconocí.
—¿Te has preguntado qué ha sido de tu rechazo por mí?
—Lo has ido venciendo y se ha ido a llorar a un rincón.
Esta vez, su sonrisa se amplió y sus ojos refulgieron.
—Soy muy peleón, aunque no siempre gano.
Acaricié suavemente su sien amoratada y deslicé la yema de los dedos por su pómulo hasta desembocar en sus labios. Los repasé y él gimió cerrando los ojos.
No pude contenerme más.
Lo besé depositando en aquellos esponjosos labios cuanto sentía, como si abrazarlo y besarlo fuera la solución a todos mis problemas.
Y, no, no lo era, pero sí todo el consuelo que necesitaba.
A pesar de saber que mi mundo comenzaba a resquebrajarse, que la mujer que había sido moría cada nuevo día a su lado, que mis escudos caían como hojas de otoño y que mis miedos antiguos palidecían ante temores nuevos, no me importó.
Nada me importaba mientras pudiera seguir disfrutando de esas emociones tan intensas nunca antes sentidas, del inmenso goce de desnudar por fin mi alma al viento del destino y paladear aquella brisa con sabor a libertad, de abrir mi corazón a aquel torrente de sensaciones dispares que lo cosquilleaban como si lo rozaran alas de mariposa o lo besaran gotas de rocío.
Inmersa en aquel beso, el mundo desapareció por un instante.
Sólo éramos él y yo, y esa maravillosa evasión bien valía el caos en que se había convertido mi vida.
Pues ahora comprendía el gran abismo que existía entre vivir y fingir hacerlo.
Vivir era sentir, y hacerlo además con esa intensidad era sin duda un regalo para alguien que había pensado que nunca podría abrir su corazón ni permitirse sentir, para quien huía del dolor y se escondía del mundo. Hasta que el mundo decidió encontrarlo.
Cuando logramos separar nuestros labios, todavía embriagados de aquel sentimiento que se afianzaba a pasos agigantados, nos miramos turbados y embelesados, asimilando aquello que nos dejaba trémulos y desorientados.
Y en ese preciso instante, aquel extraño nombre acudió a mis labios y lo pronuncié de manera tan natural que hasta yo me sobrecogí.
—¿Dragut? —preguntó él confuso.
—Por eso te llamé ayer —respondí—. Si algo tengo claro es que, si yo soy Isabet, y lo soy, tú eres Dragut, no Barbarroja.
Parpadeó varias veces y su ceño se frunció en gesto concentrado.
—Dragut... —repitió mirándome inquisitivo.
Asentí.
—¿Estás segura? La ilustración...
—Debe de haber una explicación para esa ilustración —barrunté—, pero ese hombre, o sea, tú, es Dragut.
—Eso explicaría...
—Por qué no has podido contactar con tu yo cuántico —completé—, porque te has equivocado de hombre, y todo este tiempo imagino que has invocado, o como se diga, a quien no eres.
Luis se pasó las manos por el rostro hasta hundirlas en su abundante melena. Se retiró el pelo hacia atrás, despejando la frente en un gesto ansioso mientras resoplaba profundamente.
—¡Joder, tiene sentido!
Luego me miró intrigado y su ceño se acentuó.
—¿Y cómo has llegado a esa conclusión?
—He empezado a ver el número 22 por todas partes, y aunque de eso no me has hablado, he estado recabando algo de información en la red. Por lo que he leído y por lo que estoy viviendo, creo que he alcanzado una conexión más profunda. Ella siente lo que yo, tanto emocional como físicamente.
Sus ojos se agrandaron incrédulos y me contemplaron con una mezcla de preocupación, culpabilidad y estupor.
—El 22 es la confirmación de que has logrado enlazar con tu yo en el otro plano, por lo que podéis comunicaros, no sé muy bien si a nivel mental justo antes de entrar en el sueño REM, o quizá...
—Yo he sido algo más rudimentaria —interrumpí.
Me quité la cazadora y comencé a subirme la manga izquierda de la camiseta hasta llegar al esparadrapo del antebrazo. Rasqué los bordes para levantar el adhesivo y lo levanté para que leyera en la herida.
Parpadeó completamente estupefacto. Abría la boca y la cerraba con gesto atónito, para terminar mirándome reprobador.
—¿Te has vuelto loca?
—La vi en el agua —proseguí cubriendo la herida de nuevo— y ella me vio a mí.
Yo la reconocí, juego con ventaja, pero no sé qué estará pensando ella o cómo lo habrá interpretado.
Es justo como la describiste, y esa diferencia física entre nosotras, aunque en pequeños matices, ha conseguido separar afortunadamente nuestras individualidades temporales.
Y, de ese modo, revelarnos que hay un mundo oculto que se está abriendo a nosotras.
—Esto es... increíble —murmuró Luis impresionado—, supera con creces cualquier formulación física conocida. Y aunque, como te dije, la física cuántica todavía está en sus albores y es evidente que terminará cambiando el mundo tal como lo conocemos, este gran paso que acabas de dar...
De pronto, sus palabras murieron en sus labios al tiempo que su expresión se iluminaba en un gesto de asombrada comprensión, como si un fogonazo de conocimiento hubiera reactivado cada músculo facial.
—¡Santo Dios...! —exclamó todavía asimilando aquella verdad que asolaba su entendimiento. Sus ojos se clavaron en mí con un brillo que no pude identificar.
—¿Qué ocurre?
—Ya sé por qué te siguen y lo que quieren de nosotros.
Abrí la boca demudada, tragué saliva y lo miré inquisitiva, ávida de esa información. Pero él se puso apresurado el casco.
—Vamos, te lo explicaré todo en el rompeolas.