La perla del agua CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

U N PRÍNCIPE A LOMOS DE SU CORCEL

Cuando me adentré en la habitación de donde provenía el ruido, me encontré a Simón de rodillas en el centro de la estancia, intentando ponerse en pie claramente aturdido. La ventana estaba abierta de par en par, y yo me abalancé hacia ella justo para ver una figura oscura doblando la esquina.

Un gemido a mi espalda me hizo volverme. Simón se había puesto en pie, palpándose la herida que tenía en la sien y que sangraba en regueros por un lado de su rostro. Me acerqué preocupada.

—No es nada, me desarmó y me golpeó para poder escapar. Fue todo muy rápido —masculló con la boca seca y gesto contrariado.

El rodillo descansaba a sus pies, manchado con lo que supuse era su sangre. Al final había sido más juicioso no haber elegido nada con filo.

—Ven, siéntate, deja que cure tu herida.

Lo llevé hacia la cama, apartando el contenido que habían desperdigado al vaciar los cajones de la cómoda.

Era la habitación de invitados y la habían registrado con la misma saña que el salón. Cuadros rotos, armarios revueltos, cajones abiertos. Todo un pandemónium invadía cada rincón, mirara donde mirase.

Justo en aquel momento oímos sirenas de policía adentrándose en la plaza.

—Ve, Elisa, ahora bajo yo, aún estoy algo mareado.

Asentí, posé mi mano en su hombro y me incliné para darle un beso en la mejilla.

—Gracias —murmuré.

—Me habría gustado poder cogerlo —se lamentó.

—Te has puesto en peligro por mí, ha sido una temeridad.

Abajo, oí pasos y una voz grave anunciando quiénes eran. No había cerrado la puerta tras de mí, recordé de pronto.

—Anda, ve.

Salí del cuarto y bajé apresurada la escalera. Dos guardias civiles observaban los estragos en el salón.

—¿Es usted la propietaria?

El hombre que había hablado rondaría la cincuentena; su expresión adusta y su mirada sagaz resaltaron su autoridad.

—Sí, soy yo.

—¿Han forzado la cerradura, Fermín?

El otro agente inspeccionó la puerta principal durante un instante y negó con la cabeza.

El agente que parecía estar al cargo asintió y comenzó a apuntar datos en una libreta que sacó de un bolsillo de la camisa verde de su uniforme.

—Su nombre, por favor.

Sus vivaces ojos marrones se fijaron expectantes en mí.

—Elisa Beltrán.

—¿Tenía dinero en el domicilio, objetos de valor, joyas...?

—No suelo tener mucho dinero en casa, y mis joyas, además de escasas, son abalorios, excepto una cadera de oro y alguna sortija que fue de mi madre y nunca me pongo.

—Soy el sargento Ángel Ruiz, y le pido que no toque nada, debemos buscar huellas dactilares.

Luego podrá comprobar qué le falta, aunque lo que puedo observar a tenor de los daños causados es que no es un robo, sino un registro con un mensaje claro.

Han destrozado objetos que podrían haber robado, lo que desmonta esa posibilidad.

La persona que ha entrado en su casa buscaba algo concreto.

Por cierto, ¿quién nos ha llamado? La central ha mencionado a un hombre.

—Un amigo que me traía a casa tras los fuegos artificiales, está arriba, ha sido atacado por el intruso.

Tras un gesto seco pero evidente, el otro agente se precipitó hacia la escalera. Justo en ese momento apareció Simón descendiendo por ella. Llevaba un apósito en la herida y el rostro limpio.

—¿Su nombre, por favor?

—Simón Muñoz. Sorprendí al ladrón en el piso superior e intenté detenerlo.

—Muy mala decisión —decretó el sargento Ruiz señalando la frente del médico con la punta de su bolígrafo.

—Será mejor que nos acompañen a comisaría, imagino que querrá interponer una denuncia, señorita Beltrán. Su amigo debe testificar sobre lo ocurrido y, mientras, procederemos a dar comienzo a la recogida de pruebas.

Otra sirena policial quebró la silenciosa quietud de la plaza. Oí el sonido de las puertas de un vehículo cerrarse y pasos raudos que se acercaban.

—Mis compañeros los llevarán a comisaría. Tras registrar la denuncia, podrá comprobar qué echa en falta y añadirlo al expediente.

Simón se acercó a mí y rodeó mis hombros con el brazo. Su cercanía y su apoyo me reconfortaron, aunque mi preocupación horadaba mi pecho como gotas de ácido en un metal, de manera lenta y corrosiva.

Una pareja de guardias civiles nos condujeron a su vehículo.

Nos sentamos en la parte de atrás y Simón volvió a arroparme en un abrazo que agradecí profundamente.

Temblaba, todavía conmocionada por lo ocurrido, mientras en mi cabeza estallaban al unísono inquietantes preguntas sin respuesta.

Sin embargo, sí supe algo, y es que aquello sin duda estaba relacionado con el hombre que me seguía, y con aquel terrible día en que toda mi vida había comenzado a tambalearse, el día en que me atropellaron.

El día que Luis entró en mi vida. Pero ¿qué demonios estaba ocurriendo?

¿Qué querían de mí? Pues, si hubieran querido matarme, lo habrían vuelto a intentar y, en cambio, se limitaban a vigilarme, y ahora incluso me habían destrozado la casa supuestamente buscando algo en ella.

Imaginaba que algo crucial y que pensaban que yo tenía en mi poder. Pero ¿qué?

Otra cuestión más peliaguda era si debía sincerarme con la policía y contarles lo que sospechaba por muy inverosímil que esto fuera. Deseé con toda mi alma poder hablar con Luis. Y entonces saqué mi móvil del bolso y marqué su número.

Un tono.

Dos tonos.

Tres...

Contuve el aliento y cerré los ojos deseando oír su voz.

Pero de nuevo el maldito contestador saltó, y maldije en silencio antes de colgar.

—No pienso dejarte hasta que él aparezca.

Miré emocionada a Simón y apoyé la cabeza en su hombro, conteniendo las ganas de llorar.

A mitad de trayecto, alcé la cara para mirarlo, recordando el enfrentamiento.

—¿Has podido ver al intruso?

—No, iba de negro y llevaba pasamontañas, tan sólo reparé en que era alto y espigado. Y condenadamente rápido.

—Yo lo vi desaparecer por una esquina. Debió de bajar por los canalones de la fachada.

—Tranquila, darán con él.

—Llevaba pasamontañas, por lo que también llevaría guantes: no encontrarán una sola huella —aventuré abatida.

—Deja que la Guardia Civil haga su trabajo. Yo te propongo una cosa, y, por favor, no me malinterpretes.

—¿Qué?

Se pasó las manos por su espeso cabello castaño claro y me dedicó una mirada compasiva.

—Quédate unos días en mi casa, Elisa, es lo más seguro. Tengo un ático en Castellón, allí estarás tranquila hasta que capturen al culpable y puedas reparar los daños. Probablemente el seguro los cubra, pero hasta entonces no puedes vivir ahí. Tampoco yo estaría tranquilo, ni tú.

Sonreí con gratitud, pero negué con la cabeza.

—No imaginas cuánto agradezco el ofrecimiento, pero puedo quedarme en casa de Julia. De hecho, se molestará si no lo hago.

Simón contrajo levemente el rictus, no supe si disgustado. Sus labios se oprimieron, pero simplemente asintió.

—De todos modos, no son horas de llamarla y preocuparla. Pasa la noche en mi casa y mañana, como tendrás que regresar a evaluar los daños, podrás trasladarte con ella después.

Barajé su sugerencia y finalmente la acepté. Esta vez, su rostro se distendió y su sonrisa se amplió más marcada y luminosa.

* * *

Tras una larga y agotadora noche, ya instalada en el cuarto de invitados del ático de Simón, me arrebujé entre las sábanas con un nombre en mi cabeza que titilaba chisporroteante e intermitente como la marquesina de un decrépito hostal.

La incipiente angustia que había asomado por la mañana, tras mi primera llamada a su móvil, había crecido fustigadora, instalándose de manera permanente y odiosa, como un conflictivo y escandaloso huésped que me impedía conciliar el sueño.

«¡Joder, Luis! ¿Dónde coño estás?»

Ni me atreví a pensar que pudiera haberle ocurrido algo malo.

Esa sola posibilidad me abocaba a un estado de desesperación que descubría algo que me negaba a reconocer y que, además, provocaba en mí una ansiedad tan abrumadora que hasta mi cuerpo reaccionaba con aquel malestar físico que casi me resultaba imposible de sofocar.

Alargué la mano y cogí el móvil para revisar las notificaciones. Nada. Bufé ofuscada y me levanté. Tenía que encontrarlo como fuera.

Me ardía la mejilla, y la picazón era intensa. Extrañada, me acerqué al espejo que había sobre la cómoda y me pareció ver una rojez en ella que comenzó a desaparecer progresivamente. La sensación era la de una bofetada.

Entré en el cuarto de baño anexo y refresqué mi rostro. Al instante, la molestia desapareció. Supe a quién acababan de golpear.

Resoplé intentando mantener el control. Aquello comenzaba a materializarse de manera alarmante.

En ese momento, el sonido de llamada de mi móvil quebró el silencio e hizo aletear mi corazón. Corrí hacia el cuarto y me abalancé sobre él. Era un número desconocido.

—¿Diga?

—Soy yo.

La voz de Luis me hizo soltar el aliento. Cerré los ojos y respiré aliviada.

—He estado muy preocupada por ti. Tenemos que hablar.

—Sé que anoche registraron tu casa.

—La destrozaron —concreté con un nudo en la garganta—. ¿Dónde estás?

—Asómate al balcón.

Caminé hacia las grandes puertas acristaladas que daban a la terraza, las abrí impaciente y salí para asomarme por la barandilla.

Abajo, en la acera de enfrente, Luis, con el teléfono pegado a la oreja y subido a su moto, miraba en mi dirección.

Llevaba unas gafas de sol, lucía su larga melena negra alborotada, su cazadora de cuero negro y sus desgastados vaqueros.

Su casco colgaba del manillar. Su aspecto desaliñado, peligroso y tremendamente atractivo pellizcó mi corazón.

—Ahí arriba ya no pareces Rottenmeier, sino Rapunzel —gritó para hacerse oír.

Reí, y sus labios se estiraron en una sonrisa burlona. ¡Dios, deseaba besarlos!

—Creo que me falta melena para que puedas trepar por ella.

—Vas a tener que bajar tú. Mi corcel se impacienta.

Dio puño a su moto y ésta rugió impetuosa.