CAPÍTULO 28 #2
—No he podido evitarlo, de todos modos, has dicho que no tenías pareja —objetó.
—Eso no te da ningún derecho a besarme.
—Derecho ninguno, es puro deseo, uno irreprimible —arguyó con mirada intensa y gesto contenido.
—Pues habrás de reprimirlo si es cierto que te conformas con mi amistad.
Asintió entre irritado y conforme, y me sacó de entre el gentío para llevarme a su coche.
—¿Me dejas que te invite a cenar para disculparme?
Alcé suspicaz una ceja, me retiré un mechón del rostro, que acomodé tras la oreja, y negué con la cabeza.
—Eres un tipo muy listo —concedí guiñándole un ojo mordaz—, pero no me encuentro bien.
—Puedo examinarte en tu casa si quieres —se ofreció arrancándome una sonrisa sardónica.
—Rectifico: eres jodidamente listo.
Simón sonrió travieso, admitiendo en aquel gesto su verdadera intención.
—Digamos que soy pertinaz.
—No estoy lo suficientemente enferma para necesitar un médico, es tan sólo un malestar repentino.
—Quizá estés incubando algo —aventuró.
—Es posible.
Simón alzó la muñeca para comprobar la hora en su reloj de pulsera digital. El número que destacaba luminoso me secó la garganta: las 22.00.
—Deja, al menos, que te acerque a casa.
Asentí, tomó mi mano y nos dirigimos hacia su Audi Q7 negro.
Durante el trayecto, Simón comenzó a hablarme de un paciente con cáncer, y mi desasosiego emergió más ácido si cabía.
—¿Cuál es el tratamiento para la leucemia?
Miré su apuesto perfil concentrado en la carretera. Él alzó sorprendido las cejas y me observó curioso.
—¿Qué tipo de leucemia?
—Linfocítica crónica —respondí.
—Depende del grado —contestó—. Quiero decir que, en función de las características de la LLC y de las condiciones del paciente, edad, estado físico, etcétera, el tratamiento se ajustaría a esos parámetros.
Por ejemplo, si la enfermedad está en un estadio temprano y es asintomática, no se trata hasta que evoluciona el diagnóstico.
—Tenía entendido que un cáncer, cuanto antes se combata, mucho mejor —aduje confusa.
—La leucemia linfocítica crónica, o LLC, a menudo avanza con lentitud —explicó adquiriendo ese matiz profesional en su tono—, por ello es mejor esperar a que evolucione para combatirla más efectivamente.
—¿Y cuando llega ese momento?
—Pues hay un tratamiento a base de corticoides, quimioterapia citotóxica, anticuerpos monoclonales, etcétera.
Y, si se comporta de manera agresiva, tratamiento antitumoral.
Si, por desgracia, es resistente a los tratamientos, quedaría la repetición de la terapia con anticuerpos monoclonales y quimioterapia combinada o la participación en un ensayo clínico de quimioterapia con trasplante de células madre.
—¿Ya no se hacen trasplantes de médula ósea?
Simón negó con la cabeza al tiempo que giraba el volante para entrar en una rotonda.
—No, ahora se han sustituido por trasplantes de células madre de sangre periférica: es menos invasivo y más efectivo. Digamos que antes se trasplantaba la materia orgánica de la médula, y ahora sólo las células madre.
Miré por la ventanilla dejando vagar mis pensamientos hacia aquella conversación en que Luis había confesado que tenía fecha de caducidad. Y, a pesar de todo, la enfermedad no había mermado sus condiciones físicas.
—Cuando a un paciente con LLC el oncólogo le da un tiempo determinado de vida, desahuciándolo, es porque han fallado todas esas terapias, supongo..., incluso la de las células madre.
—Si el diagnóstico es terminal, la expectativa de vida es inferior a seis meses. Pero siempre que se hayan agotado todos los tratamientos antes mencionados y ninguno haya conseguido remitir la enfermedad.
Respiré hondo. Mi malestar se agudizaba, sentí el estómago encogido y un sudor frío perlando mi frente.
—Pero ¿es posible que un paciente terminal no aparente estar enfermo, sino, por el contrario, parezca sano y fuerte?
—Es posible —murmuró ascendiendo la calle hasta la plaza de la Iglesia—, sobre todo si es joven y se cuida y su entereza mental no se resquebraja.
El positivismo activa las defensas del organismo, está demostrado científicamente.
Pero, sobre todo, es posible si está tomando un tratamiento paliativo que anule los síntomas para mejorar su calidad de vida.
Asentí abatida y reprimí un afectado suspiro que nació del centro mismo de mi ser, impregnado de tristeza, rabia e impotencia.
Inferior a seis meses, y a saber cuándo le habían dado el terrible diagnóstico. Sacudí la cabeza en un fútil esfuerzo por alejar luctuosos pensamientos.
Simón detuvo el vehículo frente a mi puerta y salió de él. Yo hice lo mismo y nos cobijamos en el umbral de mi puerta.
—Elisa, si puedo ser de alguna ayuda...
—Lo sé, Simón —musité con una trémula sonrisa agradecida, aunque por dentro sólo tuviera ganas de gritar y maldecir al destino.
Tomó mis manos entre las suyas en un gesto consolador y escrutó preocupado mi rostro.
Yo, en cambio, recorrí con la mirada la plaza, desando encontrar en alguna esquina el alto manillar de una Harley, o quizá su guardabarros trasero asomando en un rincón.
Cerré los ojos un instante, asimilando que él no estaba allí acechándome, pero, incluso así, mi oído se aguzó anhelando oír el ronroneo pesado de aquella moto.
Nada.
Y mi ánimo se ahogó en las lágrimas que a duras penas ya contenía.
Para disimular mi congoja, agaché la cabeza y rebusqué un buen rato en el interior de mi bolso las llaves, intentando recomponerme a tiempo. Cuando las encontré, me volví hacia la puerta, evitando todavía mirar a Simón; no deseaba preocuparlo más.
—Se trata de él, ¿no es cierto?
Su pregunta detuvo mi mano. Temblé haciendo tintinear el llavero metálico.
Simón me cogió por los hombros y me obligó a mirarlo.
Me limité a asentir.
Dejó escapar un tenue resuello y asintió para sí.
—Repito, si necesita contrastar su diagnóstico, tengo un buen amigo oncólogo que podría examinarlo. Creo que... también existen tratamientos experimentales que, bueno, quizá podrían alargarle la vida.
—Me odiará si descubre que lo sabes.
—Es un riesgo que quizá merezca la pena correr, en vista de su delicada situación. Odiar es una peculiaridad propia de la vida. En la muerte no hay emociones.
Sostuve su grave mirada aceptando en mi fuero interno que, aunque llevaba razón en su planteamiento, entrometerme en decisiones tan trascendentales, por mucho que esa persona me importase, era algo que no me correspondía, pues no dudaba que Luis ya habría agotado todos los recursos.
Giré la llave y la puerta se abrió. Dejé escapar un gemido sorpresivo.
—¿Ocurre algo? —preguntó Simón.
—Eché dos vueltas de llave cuando salí —murmuré alterada.
Aferró mi brazo con suavidad y me hizo retroceder.
Su intención fue clara, pero yo lo detuve.
—Deberíamos llamar a la policía —propuse nerviosa—, puede seguir dentro.
—Deja primero que eche un vistazo, ya tendremos tiempo de llamarlos.
Asentí, pero cuando entró yo lo seguí.
Simón cogió el perchero que había en la esquina a modo de defensa y avanzó cauteloso.
Ya en mitad de mi salón, miré sobrecogida el tremendo estropicio que había causado el intruso.
Cajones tirados en el suelo, puertas de muebles abiertos, infinidad de papeles y de objetos diversos desparramados por todas partes.
Mi sofá rajado de parte a parte: por sus heridas asomaba su blanca y tierna carne.
Sillas rotas, jarrones hechos añicos, hasta la televisión descansaba moribunda sobre la alfombra.
Mi desasosiego se tornó en rabia al instante.
Me despegué de la espalda de Simón y caminé desolada por aquel destrozo, mirando impotente a mi alrededor.
Él ya marcaba el número de la policía en su móvil mientras revisaba la cocina y el baño de la planta baja.
De pronto, oímos un ruido en la planta superior.
Nos miramos sobresaltados. Mi corazón galopó desacompasado y el pulso me latió alocado en la sien.
—Sal a la calle, Elisa —ordenó rotundo.
—Ven conmigo —repliqué angustiada en un hilo estirado de voz.
—No —insistió con firme determinación—, hazme caso.
Entró a la cocina de nuevo y salió armado con un recio rodillo de madera.
Me sorprendió que eligiera esa arma en lugar de un cuchillo, aunque, dada su profesión, era de esperar.
Titubeé en la entrada, preocupada por Simón, que ya subía lentamente la escalera y, tras salir a la calle, cambié de parecer y decidí unir mis fuerzas a las suyas. No podía dejar que se enfrentara por mí a aquel desalmado.
Ya entraba de nuevo cuando varios golpes sordos provenientes de arriba me cortaron la respiración.
Corrí a la cocina, y tuve claro qué arma elegir.
Un recuerdo lacerante me atravesó, fulminándome.
Solté la empuñadura como si quemara y di un paso atrás, gimiendo alterada.
Apreté los dientes luchando contra el impulso de salir corriendo y finalmente logré sofocar el enconado ataque de aprensión y repulsa que me atosigaba para volver a empuñar el mango del cuchillo.
Respiré hondo y subí la escalera con el corazón en un puño.