La perla del agua CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Desperté sobresaltada, jadeante y con el corazón desbocado. Un nombre extraño cosquilleaba mis labios, lo pronuncié en voz alta: «¡Dragut!».

La palpable y reconocible sensación que oprimía mi pecho se extendía por cada fibra de mi ser, burbujeando en cada rincón y aleteando en mi vientre, justo como me ocurría cuando Luis... cuando Luis me hacía el amor.

Y aquellas efervescentes sensaciones, vestidas con retazos de imágenes difusas pero sobrecogedoras, me confirmaron que había logrado conectar con ella, con Isabet. Y supe al punto que aquel hombre, Dragut, era su Luis.

El escozor de la herida que yo misma me había provocado a punta de cuchillo grabando en mi piel la palabra agua se intensificó en un ardor que ascendió hasta el hombro.

Me había desinfectado los cortes y, aunque superficiales, los llevaba vendados, más por evitar preguntas que porque fuera necesario.

Salté de la cama y me abalancé al teléfono. Tenía que contarle a Luis aquella visión y mis sensaciones. Pero justo cuando lo tenía en la mano, comenzó a vibrar. Descolgué.

—¿Diga?

—Creo que me debes un paseo nocturno por la playa, pero hoy te propongo algo más chispeante.

La voz de Simón me llegó jovial y entusiasmada.

—¿Y es...?

—Bueno, a las nueve comienza la traca corrida y acaba con un gran castillo de fuegos artificiales en la calle Peñagolosa, junto al instituto. Me gustaría verlos contigo.

Me sentí mal por él, pero no tenía mucho sentido continuar dándole esperanzas sobre algo que no ocurriría. Y era obvio lo que él buscaba de mí.

—Simón, yo...

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Suspiré hondo, y ya abría la boca cuando él agregó:

—Como amigos, Elisa —precisó. Su tono era más seco—. Sé quién te llevó a casa la otra noche y en qué términos saliste del coche de Andrés. No hay que ser muy listo para imaginar que ya existía una... gran complicidad entre vosotros.

Me tensé y solté el aire contenido.

—Ya no espero seducirte —agregó—, pero me gustaría ser tu amigo al menos. No veo qué problema puede haber en ello.

—No hay ningún problema, naturalmente, sólo...

—Por favor, Elisa —su tono suplicante me desconcertó—, no me gusta insistir, pero no quiero renunciar a conocerte y mantener una inocente amistad sólo porque tú..., bueno, tengas pareja.

—No tengo pareja, en fin, quiero decir que...

—Lo entiendo —interrumpió de nuevo. Se oyó un resoplido derrotado y un chasquido antes de que añadiera—: Vas a ir con él.

—No, en realidad, hace un par de días que no sé nada de él.

Decirlo en voz alta agudizó mi preocupación por Luis.

Ni una llamada, ni un mensaje, nada. Al principio pensé que necesitaba espacio, pensar, o simplemente que estaría ocupado.

No obstante, su ausencia me causaba una incómoda desazón.

Y, aunque yo había ido a trabajar atenta a mi alrededor, recelando de cualquier desconocido con el que me cruzaba, también me preguntaba si Luis estaría oculto en algún rincón velando por mi seguridad, pero no había observado nada fuera de lo normal, ni a ningún hombre pendiente de mis pasos.

—Entonces ¿por qué no te animas? Te vendrá bien distraerte —insistió de nuevo Simón.

—Está bien —acepté al fin, más para terminar aquella conversación que otra cosa.

—Genial, te recojo a las ocho y media.

Colgué con una sensación extraña en la boca del estómago, aunque decidí no recriminarme no haber sabido negarme cuando en realidad no me apetecía.

Suspiré hondo y marqué el número de Luis.

Un tono...

Dos...

Tres...

El maldito contestador saltó, y corté la llamada frustrada.

Bueno, quizá al ver la notificación se pondría en contacto conmigo, me dije esperanzada.

Froté las palmas de las manos contra mi rostro en un gesto nervioso, cuando un aroma detuvo mi movimiento en seco. Me acerqué las manos a la nariz e inhalé profundamente. Olía a eucalipto.

No tenía nada en mi casa con ese aroma, ni chicles, ni caramelos, ni siquiera el bálsamo mentolado para el resfriado. Nada.

Negué con la cabeza y evité pensar sobre aquello, pero aquel maldito olor era intenso, y hasta me picaba en las fosas nasales. ¡Joder!

Me metí en la ducha y me enjaboné frotando con fruición de manera reiterada y casi convulsa. Mi agitación crecía cada vez que comprobaba que aquella fragancia no se desvanecía. Me aclaré minuciosamente, volví a enjabonarme y a repetir el proceso, cada vez más irritada.

Finalmente me rendí, gruñí furiosa y me sequé con brusquedad.

Mientras me vestía y cubría los cortes de mi antebrazo con un esparadrapo, la palabra que había grabado en mi piel destelló ante mis ojos: agua , y entonces, una nueva idea comenzó a madurar en mi mente.

Llené el lavabo hasta los bordes y miré fijamente mi reflejo en la superficie del agua.

Escudriñé con aguda atención durante un buen rato, sin que nada alterara el rostro que veía.

Respiré profundamente y cerré los ojos, me concentré repitiendo en mi mente el nombre de Isabet.

Finalmente la invoqué en voz alta y, cuando abrí los ojos, un número titiló mortecino en la superficie durante una milésima de segundo antes de desaparecer.

Parpadeé varias veces, pero no volvió a resurgir. El 22.

Inspiré despacio y exhalé largamente, cavilando sobre su significado. Necesitaba respuestas y sólo se me ocurrió un lugar donde encontrarlas: en la red.

Corrí a mi ordenador y lo encendí. Lo primero que vi me cortó el aliento. Tenía veintidós correos pendientes de leer.

Dios..., ¿qué estaba pasando?

Entré en el navegador y simplemente tecleé el número 22 en relación con la física cuántica.

Y comencé a abrir webs donde se explicaba su significado.

De entre toda aquella cantidad de artículos y vídeos, me adentré en un canal de YouTube llamado «Tripulantes», donde una joven pronunció varias frases que captaron poderosamente mi atención: «.

.. El 22 nos evoca una doble energía femenina con una gran capacidad intuitiva.

.. Está llamado a realizar grandes obras que sirvan a la humanidad, proyectos ambiciosos y de gran amplitud, tienen la posibilidad de trabajar a un nivel concreto, con estrategia y resistencia, para “construir” propósitos elevados.

Este doble dígito 2 necesita equilibrar sus aspectos emocionales para evitar vivir conflictos psicológicos que puedan llevarlos a trances afectivos y vinculares. ..».

Tragué saliva y comencé a entender que ya no había marcha atrás, que Isabet y yo estábamos conectadas a un nivel más profundo de conciencia.

Lo que no pude evitar preguntarme fue en qué medida podría eso alterar mi futuro, y hasta quizá mi pasado, como bien había resaltado Luis.

Aquél era un campo todavía inédito e inexplorado de la física cuántica, y en aquel momento me sentí como una cobaya ante un tratamiento experimental.

Cualquier cosa podía suceder, sin embargo, tal como el 22 ya me avisaba, no había vuelta atrás.

* * *

La traca corrida había comenzado en la plaza de la Constitución, continuaba por la calle Francisco Sevillano, avenida de la Estación, plaza Mayor, calle Rondamar, y regresaba al punto de partida hasta terminar en la calle Peñagolosa, donde ahora nos encontrábamos Simón y yo, admirando cómo la empresa que estaba al cargo, Pirotecnia Tomás, hacía gala de unos espectaculares fuegos artificiales.

Sin embargo, yo no pude disfrutarlos.

Mi mente volaba una y otra vez hacia el paradero de Luis, y lo que más me angustiaba era si se encontraría bien.

Racimos de colores chispeantes, acompañados de impetuosos estruendos, pintaban la noche de Oropesa perfumándola de pólvora y suspiros arrobados.

Tras cada fogonazo, yo me encogía y me abrazaba sintiendo un frío que no hacía y una desazón tan punzante que comenzaba a convertirse en un malestar físico.

Simón, que percibió mis temblores, pasó su brazo sobre mis hombros y me ciñó a él.

Me dejé acoger en aquel abrazo, esperando que aquella perturbadora inquietud se aplacara un poco.

Pero, a medida que el estallido de la pólvora retumbaba ensordecedor en la noche, mi pecho se constreñía como si una garra helada lo oprimiera.

Con cada explosión de color sobre nuestras cabezas, la humareda flotaba a nuestro alrededor, y aquel aroma picante y acre aceleró mi pulso, imprimiéndome una sensación de alarma que me impelía a correr.

Fue tan rotundo aquel impulso, tan palpable la percepción de estar en peligro, que supe que ella lo estaba viviendo.

Aquellas emociones no eran mías, al menos en esa realidad, pero si estábamos enlazadas, si habíamos logrado entreabrir una brecha entre ambos planos, tuve la preocupante sospecha de que nuestras vivencias quizá no sólo se proyectaran en inofensivas sensaciones, sino quizá también en sucesos.

Y, aunque evidentemente no serían los mismos, sí se amoldarían a la época vívida según el momento que nos rodeara.

Y, siguiendo el hilo de aquellas reflexiones, si Isabet estaba viviendo una situación arriesgada. ..

—Este año son más bonitos que ninguno, ¿y sabes por qué? —apreció Simón con un suspiro afectado mientras clavaba una mirada intensa en mí.

Negué con la cabeza, a pesar de conocer la respuesta.

—Porque es la primera vez que los comparto con alguien que me hace vibrar con sólo mirarme.

—Simón...

—No espero reciprocidad —repuso resignado—, sólo hablo con mi verdad, y, puestos a ser sinceros, acabo de pedir un deseo que espero se cumpla algún día.

Fue tan enternecedora su mirada que lamenté no poder corresponderle. Y entonces, sus ojos se prendaron anhelantes en mis labios y, antes de que pudiera reaccionar, me besó.

Cuando logré apartarme, descubrí dos cosas: una, que los únicos fuegos artificiales que era capaz de sentir en mi interior sólo los provocaba Luis, y la otra, la extraña familiaridad que me asaltó.

Lo miré con extrañeza un instante, y con el chupinazo final del castillo me aparté de él.

—Creí que tenías las cosas claras, pero veo que no es así —repliqué molesta.