La perla del agua CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

—Tú no eres una mujer que soporte la esclavitud, Isabet. Eres luchadora, sagaz y valiente. Yo soy la mujer más poderosa del Imperio, sólo yo puedo cambiar tu destino, pero todo en la vida tiene un precio, y el tuyo es éste.

Tragué saliva. Su mirada me retó a un duelo de voluntades, y, aunque yo no tenía ninguna oportunidad, me permití la licencia de mostrar mi arrojo sosteniéndosela imperturbable.

—Creo que no tengo nada que decidir, ¿no es cierto? —inquirí al cabo.

Su triunfal sonrisa me respondió.

—No me equivoqué contigo: tu inteligencia es brillante —alabó satisfecha—. Como veo entiendes, no puedo permitir que salgas con vida de esta sala sin la promesa de cumplir mi encargo.

—En tal caso, no requerís respuesta. Dudo mucho que haya alguien que prefiera la muerte a matar, a no ser que la persona en cuestión requiera por afectos tal sacrificio.

Asintió, se puso en pie y se dirigió hacia una de las mesitas, donde humeaba una jarra de metal. Tomó un pequeño vaso y lo llenó con el contenido. Hizo lo mismo con otro y, tras cogerlos ambos, regresó al escalón donde me encontraba, ofreciéndome uno.

—Quizá algún día puedas contar orgullosa a tus hijos que la gran sultana del Imperio otomano te ofreció té en persona.

—Omitiré que tuve que matar al heredero para conseguirlo.

Roxelana agrandó los ojos y, acto seguido, profirió una carcajada que reverberó melódica por toda la sala.

—Seguramente sea el té más caro que jamás degustarás. Disfrútalo.

Y, a pesar de eso, el primer sorbo me supo tan amargo como la achicoria.

* * *

La sala de reposo era una estancia anexa a los baños, donde los hombres eran agasajados con masajes y ungüentos para aliviar la tensión del cuerpo y aligerar la mente del bullicioso ajetreo de palacio.

Por lo general, solían ser fornidos siervos los que practicaban tal menester, pues se requería fuerza para trabajar debidamente la musculatura.

No obstante, y gracias a la influencia de Ibrahim, yo me encargaba de aplicar diversos ungüentos y afeites según la dolencia.

A pesar de que los hombres solían ignorar a las esclavas, pues satisfacían sus más bajos instintos con las concubinas del harén, saberme rodeada de cuerpos masculinos, medio desnudos, tumbados en camillas aguardando mis servicios, me inquietaba sobremanera.

Cuando se me requirió expresamente en una sala aparte, mis temores se agudizaron.

Pregunté por la dolencia del paciente que solicitaba mis servicios, pues, en función de eso, utilizaba un afeite u otro, ya que estaban confeccionados con hierbas diversas: el de romero era antiinflamatorio y tonificante, el de lavanda cicatrizante y calmante, el de eucalipto aliviaba dolores musculares y articulares, el de enebro activaba la circulación, el de melisa era un excelente tónico relajante y sedante.

No supieron decirme, así que porté el cesto con todos los frascos y me dejé guiar por un sirviente.

Un hombre tumbado boca abajo me aguardaba tan sólo cubierto por un pequeño trozo de lienzo sobre las nalgas, aunque al estar su piel húmeda todavía del baño, la tela se ceñía a sus lozanas formas, resaltándolas.

Desvié la mirada y respiré hondo, lamentando mi suerte, pues un hombre solo no mantendría conversación, que era el motivo principal de mi destino allí.

Deposité el cesto sobre el amplio alféizar de la ventana y me giré hacia mi primer paciente.

Reparé en los acerados músculos de su espalda, en la estrechez de su cintura, en los férreos brazos cruzados, sobre los que apoyaba la cabeza y en unas largas y torneadas piernas que se salían de la camilla por su longitud.

Su largo y húmedo pelo negro goteaba sobre su espalda, trazando senderos de rocío que zigzagueaban por su piel, hasta que se detenían en las irregulares y rugosas cicatrices que la cruzaban, como los rebordes de la tierra formando caballones tras ararla.

Tenía la cabeza vuelta hacia la pared, con lo que sólo pude ver que era un hombre joven, grande y fuerte.

—¿Qué dolencia deseáis aliviar? —inquirí con excesiva sequedad.

—Muchas —se volvió hacia mí y sonrió taimado—, pero con tus afeites sólo una: suavizar las tensiones de mi espalda. Aunque apuesto a que, sin ellos, puedes aplacar otras muchas cosas que me aquejan, la mayoría por culpa tuya.

Tragué saliva y maldije mi suerte.

Dragut me guiñó un ojo y yo mascullé una maldición.

—Si esto es una treta para forzarme a...

—No —interrumpió manteniendo aquella sonrisa pícara que dibujaba hoyuelos en sus mejillas—, ya te dije que no me gusta forzar ni imponer, prefiero seducir.

Aquellos malditos hoyuelos me hicieron fijarme más en su rostro para descubrir un detalle inaudito.

¡Ya no tenía barba! Y aquella carencia desveló su verdadera apostura.

Parecía más joven, aunque no le restaba fuerza a sus rasgos.

Su mandíbula libre de vello se perfilaba dura y masculina; su boca desprotegida de aquel cerco de duros espinos negros se mostraba terriblemente tentadora.

Y, aunque sus cautivadores ojos grises conservaban su fiereza, algo en ellos había cambiado.

Se puso de lado, y mis ojos no pudieron evitar embeberse de aquel poderoso cuerpo curtido en mil batallas.

Su vasto pecho se me antojó un muro de piedra; su vientre, un sendero empedrado, y lo que ocultaba el lienzo que envolvía sus caderas y sólo servía para resaltar más sus generosos atributos se perfilaba lujuriosamente tentador.

Fue el hecho de recordar que Blanca ya los había disfrutado lo único que consiguió que apartara los ojos de él.

De hecho, aquel pensamiento me alteró y me molestó lo suficiente para estrangular aquel influjo que provocaba en mí.

Tomé el tónico aceitoso de eucalipto, lo destapé y vertí un generoso chorreón en mis manos.

A pesar de que Ibrahim me había aleccionado al respecto sobre frotar bien mis palmas para calentarlas antes de aplicarlas sobre los pacientes, obvié ese paso y, tras un gesto hosco para que volviera a tumbarse boca abajo, las puse en la parte baja de su espalda, regocijándome ante su tenue sobresalto.

—Me vas a obligar a calentarte, mujer, estás fría como el hielo.

Quizá lo estuvieran mis manos, pero no mi ánimo. Acariciar su piel encendía hogueras en la mía, un detalle que me guardaría muy bien de mostrar.

Extendí la loción en círculos, guiándome más por mi intuición que por la técnica que se me había enseñado tan someramente.

Abrí los dedos en abanico y los subí por su espalda hasta los hombros.

Oírlo gemir de placer hizo que me detuviera y me replanteara mi táctica.

Oprimí con más fuerza clavando rudamente los dedos en su piel, buscando irritarlo, pero él continuaba gimiendo.

Su tacto era sedoso y duro. Repasar las ondulaciones de sus marcados y largos músculos habría sido un goce para los sentidos de haberme permitido tal licencia.

Y, a medida que se alargaba el masaje, mis manos ganaban hambre y mi voluntad perdía terreno.

Me encontré luchando por evitar cubrir con besos el rastro aceitoso que dejaban mis dedos en su piel, por apartar la melena de su nuca y posar en ella mi boca, y todos aquellos impulsos fueron desgastándome hasta la extenuación.

Debía poner fin a aquello antes de que fuera demasiado tarde.

—Creo que ya es suficiente —aduje frotándome las palmas entre sí.

Ya me giraba cuando un movimiento veloz me sobresaltó.

—Yo opino todo lo contrario —masculló grave.

Se había levantado de la camilla y, cuando mis ojos repararon con estupor en cómo el paño se escurría de sus caderas dejando a la vista su basculante y firme hombría, apenas tuve tiempo de escapar hacia la puerta.

Me apresó contra la pared y tomó mi boca con tal voracidad que fui incapaz de impedir la incursión de su lengua.

El hombre que no forzaba nada me impuso un beso salvaje y desesperado que, en lugar de provocar rechazo y rabia, despertó aquella maldita y cegadora hambre que obnubilaba mi juicio y acicateaba cada uno de mis sentidos.

Su lengua me llevó al delirio, y mis manos, libres ya de su yugo, recorrieron gustosas cada palmo de su piel.

Jamás en toda mi vida había deseado nada tanto. Era como si algo inexplicable pero poderoso me instara a fundirme en él, como si necesitara de manera vital respirar por su boca, sentir por su piel, meterme en su alma.

—¡Por Alá, estoy ardiendo! —gruñó contra mi boca.

Yo no supe encomendarme a ningún dios, pues ninguno parecía escucharme. Sólo fui consciente de aquel fuego que nos devoraba a ambos, convirtiéndonos en dos alimañas famélicas, en dos bestias desesperadas por encontrar alivio a nuestro tormento.

No supe cómo, no supe de qué manera, pero me encontré desnuda entre sus brazos, sabiendo que ya nada podría impedir que me hiciera suya, que yo lo hiciera mío.

Pues, ya que bajaba sin remedio a los infiernos, me regodearía en sus llamas, gozando infinitamente de aquel pecado que ya sabía terminaría pagando caro, pero a cambio obtendría un placer sin igual.

Quizá fuera un justo trato, me dije antes de perder completamente la poca conciencia racional que me quedaba.

Me poseyó salvajemente contra la pared, alzándome en torno a sus caderas y embistiéndome con tal rotundidad que el placer convulsionó mi cuerpo hasta casi hacerme perder el sentido.

No sé bien qué ocurrió, pero de mí brotó un cálido fluido que me rompió en dos.

Mi grito fue tragado por su boca y, mientras mi cuerpo se sacudía envuelto en espasmos, él seguía empujando dentro de mí, impidiendo que me recuperara.

—Voy a morir —gimió tortuoso—, pero te juro que te llevaré conmigo.

Agarré su pelo negro en mi puño y tiré de él mientras lo besaba con desespero.

Arañé su espalda, mordí su hombro y volví a liberarme en un clímax que me cimbreó como un junco.

Extenuada, descansé en su pecho mientras sus grandes manos abarcaban mis nalgas y me balanceaban contra sus caderas una y otra vez.

Cuando él se derramó en mí, en un último y profundo envite, gritó como si le estuvieran arrancando el alma.

Jadeantes y sudorosos, fundidos en uno, ambos supimos que aquello no era normal.

Que algo extraño nos unía, que aquel acto, quizá repetido por él con mil mujeres y en mi caso con un solo hombre, no era el común.

No, aquel deseo tan feroz era distinto. Y entonces tuve la sospecha de que ambos éramos igual de vírgenes en aquel sentir.

Dragut alzó el rostro que había escondido en mi hombro y, por la forma en que me miró, descubrí por la impresión que todavía titilaba en su faz que no me equivocaba.

Buscó en mis ojos una respuesta que yo no tenía. Pero al final fueron nuestras bocas las que decidieron dar solaz a la confusión y el temor que nos asolaba en igual medida.

De pronto, un poderoso estruendo nos sobresaltó. Era el rugido de un cañón. Comenzaron a seguirlo otros, enlazándose en una feroz andanada que parecía sacudir los muros de la ciudad.

Dragut salió de mí, me depositó en el suelo y, tomando mi rostro entre las manos, me miró con penetrante urgencia.

—¡Regresa de inmediato al harén! ¡Nos atacan!

Tras un último y fogoso beso, salió de la estancia como una exhalación.