CAPÍTULO 27
E NTRE AFEITES , CONFESIONES Y BAJAS PASIONES
Cuando aquella mañana Roxelana me mandó llamar, no imaginé cuánto iba a cambiar mi suerte.
La cámara imperial era la sala más hermosa que yo jamás hubiera visto.
Varios incensarios de plata repartidos por la estancia perfumaban el ambiente de sándalo y jazmín.
Siervas hacendosas iban y venían inmersas en sus quehaceres, repartiendo fruta en las bandejas y llenando jarras de lo que parecía té.
Me detuve un instante en el umbral admirando aquel vasto espacio.
Las paredes estaban recubiertas del mejor azulejo de Iznik, en azul, rojo y oro.
Las cúpulas del techo estaban profusamente adornadas con pinturas al fresco sobre tela, y unas regias columnas de mármol sostenían las amplias arcadas rematadas en oro.
Una fuente ornamental sofocaba con su murmullo las conversaciones, y junto a una suave melodía del laúd que una virtuosa esclava tocaba con gran maestría, otorgaba a la sala un ambiente sereno y cautivador.
En el centro, adherido a la pared frontal, un palco cubierto por un techo decorativo cobijaba un ostentoso y mullido diván tapizado en seda adamascada.
A ambos lados, dos grandes ánforas de cerámica azul lo flanqueaban.
Más allá, en un rincón delimitado por una baranda de madera labrada, un largo asiento tapizado en rojo y recubierto de almohadones invitaba a tomar un especiado té de hierbabuena.
Su aroma ya invadía mis fosas nasales, avivando mi sed.
Una figura esbelta llamó mi atención. De espaldas a mí, miraba a través de la celosía de una ventana que daba a un patio de abundante vegetación. Su hermoso cabello rojo trenzado a su espalda y el tocado recubierto de joyas ciñendo un velo traslúcido indicaban su condición.
Roxelana volvió lentamente el rostro. Su perfil regio, de tez pálida, se recortó contra la luz que penetraba por la ventana. Miró de soslayo en mi dirección sin girarse hacia mí, pero me pareció adivinar una sombra de sonrisa en sus labios.
Alisó la falda de su bordada túnica esmeralda y caminó hacia el palco con la espalda recta y la barbilla alta. Subió el escalón alfombrado y se sentó en el diván cruzando las manos sobre el regazo. Luego clavó sus grandes ojos en mí y, con un casi inapreciable gesto, me llamó a su presencia.
Acudí presta, olvidando una vez más una de las principales normas del harén e indicativo de sumisión y obediencia: bajar la mirada ante alguien de mayor linaje y posición. No había en aquel lugar nadie con más poder que la sultana.
Cuando llegué a su altura, bajé la cabeza a modo de saludo, recriminándome no haber recordado antes el protocolo. Ya esperaba temerosa mi reprimenda cuando la dulce y melodiosa voz de Roxelana me pidió que me sentara en el escalón.
Tras una palmada contundente, el séquito de doncellas desapareció tras la gran puerta principal.
—Ya puedes deshacerte de tu fingida pose servil —comenzó con un inusitado deje de ligereza en su tono—, ambas sabemos que no estás hecha para esto.
La miré con extrañeza y alarma, preparándome para lo que requiriera de mí.
—No obstante, es mi destino ahora y debo acostumbrarme a mi nueva condición —murmuré con suavidad.
La sultana negó con la cabeza, en su mirada relumbró un encantador brillo travieso.
—Puedo asegurarte que el carácter no lo moldea ningún destino, por aciago que éste sea.
—Evidentemente, no se llega tan lejos siendo sumisa —aduje, sosteniendo su escrutadora mirada.
—Pero sí fingiéndolo cuando lo requiere la ocasión —añadió con suficiencia—.
Es parte de la astucia saber cuándo sacar las garras y en qué momento ocultarlas.
Fingir ingenuidad otorga una gran ventaja, también debilidad y desamparo, incluso conceder algunas derrotas estratégicas para ganar una batalla.
Me pregunté adónde querría llegar y simplemente la miré expectante. La sultana se puso en pie y, ante mi sorpresa, se sentó a mi lado en el escalón.
—Tú eres como yo —comenzó observándome con aquellos grandes y sagaces ojos oscuros—, lo supe la primera vez que te vi. Fuiste la única esclava que no bajó la mirada ante mí.
Suspiró y esbozó una tibia sonrisa en la que titiló un claro halo de orgullo.
—Eso fue lo que cautivó a Solimán —agregó—, yo hice exactamente lo mismo, sostuve retadora su mirada y aquel gesto fue lo que llamó su atención sobre mí.
Destaqué entre las demás y eso me valió un pase directo a la alcoba real, fue suficiente para terminar de conquistarlo.
El resto fue más complejo, lo sigue siendo, y por eso necesito tu ayuda.
Aquello me tensó. Si algo no necesitaba era otra misión; no obstante, partiendo de ella, no tenía más opción que aceptar.
—Me resulta curioso que decidáis encomendar un asunto que ya imagino delicado en alguien que se presupone poco obediente.
Los rosados labios de Roxelana se curvaron complacidos.
—Apelo a tu inteligencia, es cuanto necesito. Y, como mujer astuta que eres, sabrás lo que podría implicar para ti una traición.
Estiró las piernas y se reclinó en el peldaño con gesto indolente.
—Déjame contarte algo sobre mí, aunque supongo que ya habrás oído rumores dispares al respecto.
—No suelo dar mucho crédito a las habladurías —murmuré imitando su pose, intentando simular una tranquilidad que no sentía. Pero, como bien ella había resaltado, había que fingir complicidad para ganarla.
—Aunque adornadas, suelen esconder mucho de verdad —continuó—.
Bien, no me conformé con compartir lecho con el sultán, que en aquel entonces estaba casado ya con Mahidevran.
Como me preocupé de estudiar la ley otomana, supe que una de las normas inquebrantables era que el sultán no podía casarse con una odalisca del harén, por muy favorita que fuera.
Y, partiendo de eso, tracé mi propio plan.
Cuando logré cautivarlo con mis encantos, enloqueciéndolo, decidí convertirme al islam, arguyendo que Alá me había llamado a su doctrina, y yo, obediente, me rendía a su culto.
La miré intrigada. Su faz se iluminó regodeándose en los recuerdos.
—Según el islam, ninguna mujer puede yacer con un hombre si éste no es su esposo —aclaró paladeando mi expresión admirada—.
Cuando Solimán regresó de una de sus contiendas y me llamó a su lecho, yo me negué a cohabitar con él, amparada en mi nueva condición.
Montó en cólera y me echó de su lado. Pero sólo aguantó tres días de separación.
Fue a mi encuentro y me dijo que iba a convertirme en su consorte, rompiendo con ello el rígido código otomano.
Puedes imaginar el revuelo en la corte y la indignación de Mahidevran.
Una furia que vertí a mi favor, cuando ella, toda ofuscada, se enfrentó a mí, arañándome la cara.
Cuando Solimán se enteró de lo ocurrido, yo me eché la culpa con fingido remordimiento y aquello no sólo me hizo ganarme el respeto del resto de las concubinas y los eunucos, sino que reforzó la decisión del sultán sobre nuestros esponsales, dejando a Mahi en mal lugar ante todos.
Pero aquello no quedó así, como imaginarás, y no me refiero a la cantidad de veces que han atentado contra mi vida.
—Por lo que he oído de Mahidevran, no es una mujer ni que se rinda ni que perdone. Es fácil imaginar que vuestra rivalidad actual no es por ganar sólo los favores maritales.
La sultana sonrió y asintió acariciando su larga trenza con un gesto taimado.
—En efecto, la cuestión es mucho más relevante para el Estado, y naturalmente para el futuro de nuestros primogénitos —precisó tras un resoplido preocupado—.
Mahi tiene tres hijos, yo cinco. El heredero al trono es Mustafá, el hijo mayor de ella.
No sé si ya sabrás que a la muerte del sultán y subida al trono del heredero se estrangula al resto de los hermanos para asegurar la supremacía y el trono al flamante sultán.
Yo tengo pensado romper también esa norma, pero sólo cuando mi hijo Selim suceda a su padre.
—Con lo que vuestro principal objetivo es encargaros de que Mustafá sea eliminado —adiviné.
—Mi vital objetivo —puntualizó—. Selim debe llegar al trono y, para eso, necesito a alguien de confianza, que sume su astucia a la mía y logre, además, estar cerca de Mustafá.
Mis peores temores se consolidaban, y mi mente ya elucubraba una manera de zafarme de un nuevo y escalofriante apelativo a mi larga lista de pecados, el de asesina.
—Tengo entendido que ya poseéis informantes infiltradas en el palacio de Mahidevran, en Manisa —musité, fingiendo no haber entendido lo que precisaba de mí.
—Son simples peones que me tienen al corriente de los pasos de Mahi, pues, igual que yo deseo acabar con su hijo, ella ansía lo mismo. Pero yo necesito a alguien que se convierta en mi mano, no sólo en mis oídos.
Respiré hondo y no escondí mi desasosiego.
—Me han informado de que ahora eres la ayudante de Ibrahim y de que en breve acudirás a la corte para dar masajes medicinales a los hombres de Estado.
Y ese acceso te abre la posibilidad de encontrar a Mustafá desprevenido.
En breve vendrá a visitarnos, ahora es el joven e inexperto gobernador de Manisa, el sanjak bey , y requiere de los consejos de su padre, que ocupó el mismo cargo en la misma ciudad.
Quizá encuentres la ocasión de verter algún veneno en su copa.
Tener acceso a la enfermería te facilita conseguirlo, tener acceso a palacio te da la oportunidad.
Creo que el destino te trajo a mi lado por una única razón, Isabet.
—¿Cumplir con vuestro cometido sacrificando mi vida con ello? —No pude esconder la incisiva acidez en mi tono.
—Te sacaría de palacio en el acto, y disfrutarías no sólo de tu libertad, sino de una considerable suma de dírhams de plata, digamos que quinientos. Una pequeña fortuna.
—Tan peligroso como tentador —mascullé con preocupación.
El hermoso rostro de la sultana adquirió un brillo grave, y sus rasgos se tensaron pertinaces.