La perla del agua CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Quizá no sea necesario que me vaya contigo, si me acepta el padre de mi hijo.

La contemplé atónita.

—¿De... de qué demonios estás hablando?

Ibrahim frunció curioso el ceño y sostuvo su intrigada mirada en la mía.

Blanca nos observó nerviosa, su labio inferior retemblaba y su mirada se humedeció ante la hosquedad de nuestros gestos.

—No quiero ser una carga para ti —gimoteó apenada.

—Blanca, no lo eres —suavicé mi tono y relajé mi rictus—. Mi único anhelo es devolverte a Oropesa con tu familia y que algún día puedas olvidar esta pesadilla.

Ella negó con la cabeza, y unos claros mechones de su melena escaparon del bonete balanceándose sobre sus arreboladas mejillas.

—Nunca olvidaré esto, Elisa, como no lo olvidaremos ninguna de nosotras. Sólo nos queda aceptar nuestro destino y cargar con él.

—¡No! —contradije beligerante—. Yo no acepto nada, bien sé que las riendas de mi destino están en mis manos y en cada decisión que tome. Y, aunque no consiga escapar de este infierno, te aseguro que me dejaré la piel en el intento. Pero ¡someterme, jamás, ni al destino, ni a los hombres, ni a nada!

Ibrahim me observó un instante. No supe interpretar su mirada, pero algo en ella me provocó un escalofrío.

—Puedo extraer el bebé, nadie tiene por qué saberlo, y se acabó el problema —atajó pragmático.

Blanca cruzó los brazos en torno al vientre en actitud protectora, dejando escapar un gemido estrangulado. Su respuesta gestual fue evidente.

Suspiré aceptando aquel giro de los acontecimientos y preguntándome qué sería de nosotras.

—Debe saberlo —murmuró Blanca llorosa.

—¿Quién? —inquirí confusa.

—Dragut.

El impacto de aquella revelación me cortó el aliento. La contemplé boquiabierta, abriendo y cerrando la boca demudada sin poder articular palabra.

—¿Fue el único que abusó de ti? —intervino Ibrahim—, ¿de ahí tu convencimiento?

Blanca me dirigió una mirada huidiza y se mordió el labio inferior.

—No abusó de mí —confesó.

Una bola de fuego comenzó a crepitar dentro de mí, haciendo tambalear mis sentidos.

—Él puede que no, pero sí lo hicieron otros —repliqué, diciéndome que aquel arrebato se debía a mi incendiario sentido de la justicia.

De los grandes ojos azules de la castellana brotaron dos lagrimones que descorrieron aquel tenue velo tras el que se ocultaba mi conciencia, mostrándome ese oscuro y demoníaco rostro que asomaba fiero, clavando sus dientes en mi alma.

—En tal caso, ¿a qué se debe tu seguridad? —inquirió acusador el médico.

—Hay un mes aproximadamente de diferencia —respondí yo—. Cuando abusaron de nosotras no nos separamos durante toda la travesía. Sólo cuando íbamos camino de Cabilia, Dragut la alejó de mí.

—Fue en la galera, cuando me recuperaba en la camareta junto a la suya, cuando... —explicó Blanca con timidez.

—Cuando te sedujo —completó Ibrahim, enarbolando una taimada sonrisa.

Ella asintió, pero bajó la mirada inquieta.

—Habría que informar al capitán de que va a tener un bastardo más —concluyó desdeñoso el médico—. Pero ya te anticipo, muchacha, que, si lo que buscas es un padre para tu hijo, no lo obtendrás. Con lo cual, mi consejo es que te replantees tu decisión.

—Voy a tenerlo —anunció ella alzando la barbilla.

Me cogió de nuevo la mano y me miró buscando mi apoyo.

Yo, en cambio, me debatía entre la oleada ardorosa que me lamía implacable en aquel momento, fruto de algo que me negaba a aceptar, aunque fácilmente reconocible por haberlo vivido con la misma rival, y el convencimiento de hacer lo correcto esta vez, no cargando injustamente de nuevo contra la víctima.

Que en ese momento decidió abrazar mi cintura y llorar contra mi pecho.

No, esta vez haría lo correcto, lo que ya había decidido hacer en mitad de la arrasada Oropesa: protegerla. Sólo había un enemigo, el hombre que engañaba, seducía y abandonaba, y más si encima era el culpable de tantas desgracias.

Contra él sí cargaría, y contra el destino que se empecinaba en trabar nuestros pasos.

La rodeé con los brazos acunándola con fraternal dulzura. En cambio, la mirada que posé en Ibrahim fue dura e impaciente.

—No hay tiempo que perder —recordé—, debes infiltrarme en palacio con lo que se te ocurra para tener acceso a los consejeros.

Los ojos del médico otomano se entornaron sagaces y un brillo malicioso refulgió en ellos.

—Serás mi protegida y mi ayudante —anunció—.

Creo que voy a empezar a recomendar la aplicación de emplastos y masajes a los hombres de Estado que deberás administrar tú.

En la sala de reposo, suelen distenderse y conversar con despreocupación sobre sus asuntos.

No les preocupa que los esclavos los escuchen, quizá puedas descubrir algo interesante.

Asentí grave, todavía sacudida por la maraña de emociones contrapuestas que pugnaban por tomar el control.

Pero esta vez sería la razón la única que se impondría.

Y, aunque la mujer que sollozaba entre mis brazos parecía compartir algo más que mi destino, en esta ocasión agradecí que alejara de mi pensamiento a hombres tan dañinos.

—Un consejo más —masculló Ibrahim sacudiendo una pequeña campanilla junto a la puerta—, que nadie sepa el estado de Blanca hasta que ya sea demasiado evidente.

—¡Dragut debe saberlo! —insistió la aludida con excesiva vehemencia.

—Tu ingenuidad resulta conmovedora, pequeña —adujo él en tono compasivo—.

Lo sabrá por mí, tal como deseas, pero te advierto de algo: sólo habrá una evidencia si en el nacimiento las fechas se corresponden.

Pues por mi exploración me atrevería a asegurar que estás de más tiempo del que crees, aunque podría hacer que una matrona te examinara.

—No es necesario, yo sé que es suyo.

Esta vez, Ibrahim me clavó una mirada taimada, alzando suspicaz una ceja.

—Y me refería en el harén —aclaró—. Aprovecha que vas a disfrutar de las atenciones de Yamila antes de que vea que sólo valdrás para fregar suelos.

Al cabo apareció Ahmed para llevarnos de regreso al harén, nuestra jaula de oro, azulejos y jardines de ensueño.

Cuando cruzábamos uno de los grandes patios, donde varios destacamentos de jenízaros todavía formaban filas, una figura alta e imponente conversaba con quien había identificado como Barbarroja.

Como si hubiera adivinado nuestra presencia, se volvió hacia nosotras.

Blanca, al reparar en él, hizo ademán de soltarme para correr a su encuentro.

La detuve a tiempo, mientras descubría en aquellos felinos ojos grises curiosidad e interés.

Ella se debatió en mis brazos y Dragut titubeó pero mantuvo su posición, aunque su porte adquirió rigidez y su expresión, desconcierto.

Tras intercambiar unas palabras con su almirante, enfiló hacia nosotras y a mí me dio un vuelco el estómago.

Intenté avanzar siguiendo los pasos de Ahmed, aferrando a Blanca de la cintura, pero el forcejeo me lo impidió.

Finalmente se desasió de mí y corrió a los brazos de Dragut, que se detuvo claramente sorprendido pero no abrió los suyos para recibirla.

Ella, al ver la dura expresión del capitán, se detuvo frente a él sin atreverse a dar un paso más.

Avancé hacia ambos y de nuevo aferré a Blanca del brazo, tirando en sentido contrario.

—¿Qué demonios ocurre? —inquirió en tono grave Dragut.

—Nada, Blanca estaba indispuesta y la hemos llevado a la enfermería.

Su mirada inquisitiva penetró la mía con una desconfianza punzante.

Tiré nuevamente de ella, pero la castellana menuda gruñó y se zafó de mí ofuscada.

—Tienes que sacarme del harén —pidió—, voy a tener...

—¡Mujeres! —interrumpió furioso Ahmed—, no podéis tener contacto con nadie del exterior.

Le lancé una mirada amenazadora a Blanca, rezando por que no la pasara por alto. Negué sutilmente con la cabeza para rubricar el aviso, y ella asintió dirigiendo una mirada tan afectada a Dragut que se me partió el corazón.

Ya nos girábamos cuando una férrea mano apresó mi muñeca y me detuvo en seco.

Tiró de mí hacia su pecho y aferró mi mentón con su otra mano, obligándome a mirarlo.

Su poderosa presencia, cálida y rotunda, obnubiló momentáneamente mi juicio, abotargando mis sentidos.

Sus ojos ejercieron alguna especie de maldito influjo que silenció mi queja y anuló la ofuscación que sentía contra él durante unos peligrosos instantes.

Dio la impresión de que él también olvidaba su reclamo, pues sus ojos se clavaron con tanto anhelo en mi boca que incluso creí oír un tenue gemido estrangulado escapando de sus labios. O quizá escapó de los míos, no supe discernir muy bien el origen.

Acercó su rostro al mío y su cálido aliento acarició mi boca, ávida de la suya.

La atracción era tan patente y vibrante que crepitó a nuestro alrededor, envolviéndonos en su red.

Casi sentí cómo unos invisibles tentáculos me empujaban hacia su boca, instándome a satisfacer la imperante necesidad de besarlo.

Tuve que cerrar los ojos con fuerza para resistir aquel persuasivo canto de sirena, recordándome a quién tenía frente a mí.

Cuando los abrí de nuevo, me encontré con una expresión tan turbada y tirante como debía de ser la mía. Él también luchaba contra aquello.

—Regresa al harén —murmuró ronco—, aunque exigiré respuestas muy pronto.

Asentí sin atreverme a mirarlo y, cuando me soltó, me alejé con el pulso desbocado y maldiciendo mentalmente esa parte de mí tan susceptible a sus encantos.

No fui capaz de sostener la mirada de Blanca, y atendí a la reprimenda de Ahmed mientras nos conducía al harén.

Sólo fui capaz de una cosa, de intentar cazar una a una las mariposas que se habían desatado en mi interior.

Pero, por cada una que atrapaba y pisoteaba, el recuerdo de su ardorosa mirada liberaba miles.

Apreté furiosa los dientes y mascullé una maldición, esta vez audible.

Y entonces... unas punzadas lacerantes en mi antebrazo desviaron mi atención.

Cuando alcé alarmada la manga de mi liviana túnica de algodón blanco, para mi completo estupor, unas letras se perfilaron sangrientas antes de desaparecer ante mis ojos, aunque el dolor persistió.

Parpadeé conmocionada, y acaricié la intacta piel de mi antebrazo, a pesar de seguir sintiendo un afilado dolor resaltando las letras que había visto desvanecerse como por arte de magia...

Agua .

¿Agua?

Y, como si me atravesara un rayo, el extraño sueño que había tenido la noche anterior resurgió alarmante, recordando con claridad cómo en la espejada superficie del agua, envuelta en una densa bruma onírica, un rostro me miraba curioso... El mío.

Me sentí desfallecer. No era un sueño, sino un auspicio. Y supe con inexplicable certeza que sería vital desentrañar aquel enigma.