CAPÍTULO 26
T RAS EL VELO DE MI CONCIENCIA
Asistir a las concubinas del harén requería memoria y una buena dosis de paciencia.
Las jerarquías de antigüedad y las rivalidades entre las favoritas y su séquito eran tan afiladas como la lengua de los eunucos, que en la mayoría de los casos acicateaban con su maledicencia las tensiones entre las mujeres.
Bien era cierto que la vida en el harén era plácida y ociosa, y ante la falta de ocupación, la lengua se desataba y la mente elucubraba.
Era como si convivieran diversos clanes con sus líderes en una batalla elitista por ocupar el mejor lugar en la cama del sultán y sus dignatarios.
Las concubinas imperiales se posicionaban de un lado u otro, ofreciendo su apoyo a la que creían que podía procurarles más comodidades, consejo o simplemente respaldo.
Y, así, las ninguneadas ayudas de cámara debíamos conocer los distintos escalafones de autoridad y servirles en consecuencia, otorgándoles las mejores raciones o premura en cuanto lo requerían.
Aquel mundo exquisito de sedas, joyas y envidias era casi tan peligroso como las luchas territoriales en el exterior de aquel vergel, tan exótico como emponzoñado por las traiciones más rebuscadas.
Las favoritas del sultán centraban toda su atención en destronar a la poderosa y última esposa, Hürrem, arrebatándole el título de haseki sultan, y eso desataba toda una maliciosa cadena de rumores que esperaban hacer llegar a Solimán para indisponerlo contra ella.
La primera vez que vi a Hürrem, que vivía en las lujosas estancias al final del harén, junto a sus cinco hijos y herederos, comprendí por qué había prendado al gran sultán.
En el exterior, en Occidente, la llamaban Roxelana, por su abundante y llamativa cabellera pelirroja, su tez blanca y sus grandes ojos de gacela, que miraban con agudeza y sabiduría.
Su porte regio contrastaba con sus suaves gestos y sus delicadas maneras.
Desprendía una serenidad contagiosa y, a la vez, una determinación firme.
Ducha en diversas artes, había sobresalido fácilmente sobre el resto, cautivando, sin mucho esfuerzo, al hombre más poderoso de Oriente.
Ella tenía ojos y oídos en todas partes, y sabía con inteligente estrategia revertir una situación desfavorable en su beneficio sin que su esposo tuviera que interceder.
La admiré por ello, pues no sólo evitaba molestar con problemas domésticos al sultán, sino que, de ese modo, se ganaba el respeto de su rival al evitarle el castigo pertinente.
No obstante, y a pesar de su piedad y su paciencia contra las que todavía ansiaban su lugar, no lograba sofocar la inquina de la favorita real, la bella y taimada Aysha, empeñada en conseguir lo que ella: convertirse en esposa del sultán.
Desde mi más modesta posición, en la que mi misión era servir cerrando mis oídos y mis ojos a cuanto acontecía a mi alrededor, observaba con detalle cada movimiento, pues aguardaba sacar un buen provecho de mi papel de sierva invisible.
La información daba poder, y podía convertirse en arma o escudo dado el caso.
Pero, sobre todo, me permitiría ganar ciertos favores, como el de servir en palacio, que era mi objetivo principal, ya que ningún hombre con sus atributos al completo podía penetrar en aquel reino.
Sin embargo, fue la continuada indisposición de Blanca lo que consiguió su traslado a la botica (acompañada por mí), donde Ibrahim atendía a los miembros de la corte.
Guiadas por Ahmed, atravesamos los enormes jardines hasta el pequeño edificio donde se había instalado la consulta del médico.
Durante el trayecto, observé con detenimiento cada construcción, cada salida y cada detalle que llamaba mi atención, reteniéndolo en mi memoria.
Por ejemplo, dos grandes guardias con lanzas atravesadas en una entrada me indicaban que esa parte del palacio era privada, por lo que deduje que sería el palacete de Solimán.
También había almacén, panadería, tesorería, armería, sala del Consejo, sala de circuncisión, sala de reliquias, una bella biblioteca y otras dependencias que no pude identificar.
En aquel momento, varias escuadras de soldados formaban en el patio, cuadrándose ante un hombre que caminaba arrogante frente a ellos.
Su barba no era roja, pero su mirada era tan fiera y astuta como decían.
El afamado corsario Jeireddín Barbarroja pasaba revista a sus tropas, quizá a punto de partir para combatir la flota cristiana al mando de Carlos V.
Rezumaba poder incluso a aquella distancia.
Un brazalete rojo era la única consigna del apodo que había heredado de su legendario hermano Aruj.
Pensé de inmediato que Dragut debía de andar cerca y aquella posibilidad aceleró mis latidos, y no de miedo, sino de anhelo por verlo.
Aferrando a Blanca por el talle, aunque caminaba con bastante soltura, llegamos a la enfermería. Ahmed nos invitó a entrar, y yo no pude reprimir el impulso de mirar tras él, quizá esperando ver aquellos ojos acerados fijos en mí. No fue así.
Ibrahim estaba de espaldas consultando un grueso tratado mientras machacaba hierbas secas en un almirez. Se volvió contrariado y estranguló sin mucha fortuna la sorpresa de verme allí.
—Yamila te pide que intentes sanar a esta esclava —explicó Ahmed—, tiene grandes planes para ella.
Ibrahim frunció concentrado el ceño y escrutó a Blanca mientras asentía.
—La exploraré, aunque tardaré un buen rato. Puedes marcharte, te mandaré llamar cuando termine mi cura.
El enorme eunuco negro asintió, y su feo rostro surcado de cicatrices desapareció a través del umbral, dejándonos la intimidad que precisábamos.
—No puedo cumplir mi misión dentro del harén —objeté impaciente.
Blanca, con aire indiferente, comenzó a pasear por la estancia deteniéndose en las alacenas, donde numerosos potes etiquetados se alineaban ordenados.
—No es fácil requerir servicio a otras dependencias, cada cual tiene el suyo. Pero hay dos formas de conseguir que te expulsen del harén.
Lo miré intrigada y me encogí de hombros.
—Una es convertirte en una amenaza para Aysha, lo que puede costarte una cicatriz en el rostro para asegurarse de que sigue siendo la más bella.
Y otra es conseguir que un hombre de cierta posición en palacio caiga subyugado por tus encantos y te mande llamar como su asistenta personal, entre otras cosas, naturalmente.
Sólo hay una forma de que una mujer cautive a un hombre, y es en el lecho.
—Hay más maneras —repliqué—; ésa es la más fácil, lo que habla en detrimento de la inteligencia masculina, que se anula en pos de sus más bajos instintos.
—Te aseguro que la inteligencia femenina no cautiva, sino que, por el contrario, ofusca.
—Es comprensible que el hombre se sienta amenazado ante ella y sienta inseguridad ante la pérdida de la hegemonía en ese campo.
Ibrahim dejó escapar un gruñido exasperado y respiró hondo antes de responder.
—Veo harto difícil que cualquier hombre se sienta atraído por una mujer soberbia y deslenguada como tú.
—Bueno, con abrirme el escote seguro que le hago olvidar mi insolencia —murmuré incisiva.
—¿He de recordarte que te juegas el pellejo y el de tus amigas?
Un tintineo nos hizo volver la vista hacia Blanca, que toqueteaba algunos frascos de barro cocido con aire ausente.
—Lo tengo muy presente —afirmé endureciendo el rictus—.
Y, de todas formas, Blanca está realmente enferma y deseo que se restablezca, por lo que necesito tu ayuda para lograr infiltrarme en la corte.
Y, a tenor de tus pésimos criterios sobre mi persona, creo que lo más indicado es que seas tú el que finja ser mi amante y mi protector.
Una amplia sonrisa taimada acompañada de un brillo admirado aprobó mi plan sin necesidad de palabras.
—En cuanto a la palabra fingir , me temo que no será negociable.
Meterme en el nido de una serpiente para salir del de un halcón seguramente no era la mejor idea, pero ya pensaría en la manera de zafarme de aquel obligado concubinato.
Ibrahim pidió a Blanca que se recostara en la losa de piedra que hacía de camilla y comenzó a explorarla. La castellana clavó su celeste mirada en mí y yo tomé su mano para reconfortarla. Vi su inquietud y yo oculté la mía en una sonrisa tranquilizadora.
Le hablé de los síntomas, aunque su excesiva palidez, su debilidad y su apatía eran suficientes indicios de enfermedad.
Además, ya eran demasiados días sin lograr mejoría.
Su angustiada expresión me conmovió, y acaricié su mejilla con el dorso de mis dedos.
Ella sonrió tibia, y su faz se distendió notablemente.
—No sé qué sería de mí sin ti —profirió agradecida.
Tuve que apartar la vista y tragarme la respuesta, por mucho que raspara mi garganta y mi conciencia.
Ibrahim palpó su vientre y le pidió que abriera las rodillas para terminar su examen. Blanca oprimió los labios con disgusto, pero aceptó a regañadientes. Yo mantuve la sonrisa, aunque una insidiosa desazón anidó en mi vientre.
Sus dedos se engarrotaron en los míos y en su hermoso rostro se estiró una mueca dolorosa ante la incursión que estaba sufriendo en sus partes más íntimas.
Cuando Ibrahim terminó, se lavó las manos en una tina con agua. Me llamó la atención que no lo hubiera hecho antes de invadir con tanta rudeza la femineidad de la muchacha.
—¿Y bien? ¿Qué mal la aqueja?
—Ninguno —contestó mientras se secaba las manos en una tira de lino.
Alcé las cejas contrariada, debatiéndome entre el alivio y el desconcierto.
—¿Entonces?
—Está preñada.
Abrí desmesuradamente los ojos y sostuve incrédula su mirada.
—También está desnutrida, por eso su debilidad. Debe aumentar sus raciones, dormir más y maldecir su suerte. Esto malogra cualquier posibilidad de alcanzar una buena posición en el harén.
—Eso me importa un bledo —rugí furiosa—, no tenía pensado quedarme mucho, ni su destino sería ése. Pero... pero esto complica las cosas en la huida.