La perla del agua CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—Asistí a las conferencias de afamados biodescodificadores y estudié de manera meticulosa un interesante libro titulado El código secreto del síntoma , en el que Enric Corbera y Rafael Marañón explican que las emociones son las causantes de la activación de nuestros genes, ellas son las frecuencias que nuestro inconsciente biológico descifra.

Únicamente se pueden sentir dos emociones elementales: el amor y el miedo.

El resto proceden de ellas. La emoción del amor tiene una frecuencia vibratoria más alta y rápida que la del miedo, que es más baja y más lenta.

Las frecuencias vibracionales de nuestras emociones afectan directamente a nuestra fisiología, y en función de su intensidad o su duración, pueden provocar verdaderos cambios físicos.

Y eso es lo más fascinante de todo. Verás, existen sesenta y cuatro códigos posibles de aminoácidos en nuestra estructura de ADN.

Se supone que todos deberíamos tener esos códigos activados; sin embargo, sólo tenemos veinte de ellos en este momento, y te preguntarás por qué.

Pues bien, imagina que hay un interruptor que apaga y enciende esos códigos: ese interruptor son las emociones.

Y, como ya te he explicado las frecuencias vinculadas a cada una de las emociones básicas, cuando sentimos miedo, ésta toca pocos códigos, y con el amor sucede todo lo contrario.

Así pues, toda persona que vive con temores e inseguridades no sabe encontrar soluciones a sus problemas porque apenas tiene códigos activados.

Y la que vive inmersa en el amor y la confianza se halla en la situación contraria y, por tanto, más favorable.

Hizo una pausa y se reclinó sobre la almohada descansando la cabeza sobre un brazo. Yo me apoyé en el codo para prestar debida atención a sus argumentos.

—Continúa —animé interesada.

—Según la teoría de la biodescodificación, las emociones son cuánticas —agregó con la mirada perdida en el techo de mi cuarto—, no distinguen tiempo ni espacio.

Si hemos sufrido una gran decepción, o vivido una situación angustiosa y dolorosa, padecemos un fuerte shock emocional que nos paraliza a nivel neuronal, grabándose en nuestro más profundo inconsciente, donde aguarda latente y altera nuestra vida en forma de trauma.

Es como una cicatriz que nos recuerda de manera dolorosa el conflicto sufrido.

Si el suceso se repite en otro momento de la vida, incluso si es mucho menos duro, se activa nuevamente el bloqueo neuronal.

Y es en ese preciso momento cuando se libera una respuesta en el ADN, somatizándose en un síntoma físico que llamamos enfermedad, para alertarnos de que algo grave está ocurriendo.

»Esto ocurre cuando nos sumimos en una incoherencia emocional, simplemente porque nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos no se ajustan a lo que realmente hacemos, pensamos o sentimos.

Por desgracia, la deshonestidad para con nosotros mismos, esa contradicción que nos desgarra por dentro, termina convirtiéndose en una serie de malestares físicos que nos “gritan” el terrible desajuste que nos gobierna, pues no somos conscientes de que nos estamos autoengañando.

»Indudablemente, nuestras emociones están condicionadas por muchos y diversos factores, y supeditadas por la sociedad que nos rodea.

Tenemos miedo de no ser correctos, de herir sentimientos, de no encajar, y actuamos movidos por lo que creemos que debemos hacer y no por lo que sentimos que debemos hacer.

Y justo ahí radica el conflicto interior.

»La biodescodificación, según estos expertos, se basa en mostrar el conflicto emocional que se libra en nosotros para lograr convencernos de que la solución a nuestros problemas es dejar de mentirnos.

»Las emociones negativas son venenosas para la salud. La culpabilidad es una de las más perjudiciales, pues controla nuestra psique y se proyecta en nuestra biología, enfermándonos. De hecho, existen enfermedades concretas provocadas por determinadas emociones nocivas.

»Esta teoría resalta la enorme importancia de nuestros pensamientos, sentimientos y emociones, y naturalmente, también de nuestros actos.

Cuando no somos coherentes, enfermamos, por eso hemos de meditar sobre el motivo que nos empuja a ese conflicto y ser honestos con nosotros mismos.

Ahí reside la clave de nuestra curación.

»Y, de toda esta miniconferencia que te estoy dando, la frase que podría resumirlo todo es: sana tu mente y tu cuerpo sanará.

Volvió su rostro hacia mí y esbozó una tibia sonrisa, aunque sus ojos se empañaron con un oscuro velo mortificado.

—Sí, sé lo que estás pensando.

—¿De veras?

Asintió y respiró hondo para exhalar con lentitud, imaginé que eligiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.

—Piensas que todo esto no es más que palabrería, pues soy el más claro ejemplo de la contradicción en lo que digo. Ya que la biodescodificación no desprogramó mi trauma y, por consiguiente, no eliminó la enfermedad que está acabando conmigo.

—¿Qué enfermedad es? —balbuceé temerosa—. Y, te equivocas —añadí—, pensaba en lo mucho que deseo volver a besarte.

Luis sonrió afectado y se inclinó sobre mí para cumplir mi deseo.

Fue un beso tierno, conmovedor y tan profundo que incluso sentí cómo sus raíces se enredaban en las mías, cómo su savia inundaba cada minúscula radícula, cada vaso leñoso, cada peciolo de las hojas de mi árbol, impregnándolo de vida, de luz y de color.

Hasta tal punto que, cuando apartó su boca de la mía, ambos temblábamos sacudidos por aquella emoción tan intensa que nos unía, dejándonos turbados y confusos.

—Llevas razón —musité arrobada—, las emociones son cuánticas: ahora mismo no soy consciente del tiempo ni del espacio, es como si todo se detuviera.

—Todo se detiene, sí, tus besos son como pequeñas evasiones de realidad.

—Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca. Aunque tiene poco con lo que competir.

—No eres una chica fácil de halagar, ni que invite a ello. Impones bastante, señorita Rottenmeier.

—¿Ah, sí? Contigo no funcionó mi escudo.

—Me van los retos —adujo.

—¿Es lo que soy para ti?

—Me gustaría responder que sí, pero creo que ambos sabemos que este vínculo va más allá de toda razón. Yo no sé a ti, pero a mí me da vértigo.

—¿También tienes ganas de salir corriendo? —inquirí asimilando que se debatía del mismo modo que yo.

—Tantas como abrazarte para no soltarte nunca.

Suspiré y tuve que contener el deseo de entregarme a su última afirmación.

Movió la cabeza y volvió a contemplar el techo, adoptando una expresión grave y tensa. Un músculo en su mentón pulsó de nuevo y su rictus se endureció.

—Tengo leucemia linfocítica crónica —explicó—. Bueno, eso y fecha de caducidad.

—No quiero saberla —confesé con un nudo en la garganta. Sentí el ardor de las lágrimas rebosando mis párpados. Agradecí que él no me estuviera mirando.

—Los perdoné y me perdoné, aunque no fue nada fácil, te lo aseguro, pero no funciona porque mi otro yo no deja de adquirir deudas de sangre que termino pagando yo.

Por eso conmigo no funciona, porque estoy desdoblado en dos realidades separadas.

Ésa es la razón por la que debo encontrar la manera de comunicarme conmigo, para intentar frenar mis desmanes y conseguir que ese pirata que soy sepa que todo cuanto haga volverá contra él, multiplicado por mil, y, por ende, contra mí.

—Me he visto en el agua —anuncié a bocajarro.

Luis agrandó con asombro los ojos y me miró estupefacto.

—¿Estando consciente?

—Sí, me lavaba la cara y la vi reflejada. Era yo, pero con tantos matices diferentes que, incluso siendo mi rostro, me costó reconocerme en él.

—Las piedras de tu muro comienzan a caer. Ahora tus demonios saldrán a la luz, pero sólo así podrás combatirlos. Únicamente espero que no termines odiándome.

—Vivía con miedo a que salieran —reconocí tras exhalar un largo suspiro—. Y vivir así es morir lentamente. En efecto, mis códigos se apagaban día a día. Es hora de, al menos, intentar activarlos, aunque algunos estallen.

—Elisa —su tono se volvió grave—, el peligro no sólo está en destapar tus traumas y enfrentarte a una realidad que transgrede toda razón.

El peligro es real y está ahí fuera esperando no sabemos muy bien qué.

Lo que está claro es que tú eres sin duda su objetivo.

Pero te juro que, mientras tú tratas de solucionar mi pasado, yo voy a protegerte de tu presente para asegurarte un futuro.

—Yo también procuraré que lo tengas —prometí, grabando aquella determinación en lo más hondo de mi ser.

—Quizá sea tarde para mí —advirtió—, pero saber que lo has intentado será el regalo que me lleve. —Hizo una pausa en la que su ceño se acentuó concentrado—. Además, tengo la percepción de que ese hombre que te acecha está vinculado de algún modo con nosotros.

—Apareció cuando llegaste a mi vida.

Su rostro se veló con un paño oscuro.

—Lo traje yo, pero te buscaba a ti.

Aquella lóbrega y desazonadora afirmación aguijoneó mi pecho.

Yo también lo sentía así, lo que me hacía comprender que la clave de todo estaba en la enigmática Isabet Llerán. Mi otra entidad.

No sólo debía escudriñar en su vida, sino que debía hallar el modo de trazar un patrón de comunicación con ella.

Y, entonces, un pinchazo en la planta del pie abrió un fogonazo clarividente en mí.

Aquel malestar no era mío, sino de ella, por lo que.

.. ¡Dios santo! ¡El cuerpo era nuestro medio de comunicación!

Lo que se vivía en el cuerpo físico, si era lo suficientemente traumático, se grababa en el subconsciente, y éste era el terreno común que compartíamos. Debía escribirle un claro mensaje.

La carne sería el papel y la sangre, la tinta...

Una idea comenzó a perfilarse en mi mente, tan escalofriante como brillante.

Pero si había decidido dejar de lado mis dudas y mis temores, debía actuar con rotundidad. El tiempo apremiaba...