La perla del agua CAPÍTULO 25
44%

CAPÍTULO 25

M I ROSTRO EN EL AGUA

Desperté sedienta e inquieta de un sueño que no recordaba, pero me había impregnado de un desasosiego tan latente que me impedía volver a dormir.

Salí de entre los brazos de Luis y me dirigí al aseo.

Necesitaba refrescarme, por algún motivo me escocía mucho la mejilla, y sentí la necesidad de sumergirme en agua.

No obstante, darme un baño a aquellas horas lo despertaría, así que llené el lavabo con agua fría e introduje mi rostro en él.

La sensación fue tan refrescante y agradable que permanecí un instante bajo el agua, cuando necesité respirar emergí y me miré al espejo.

Apenas reconocí a aquella mujer que me devolvía la mirada.

Su gesto pleno y su mirada brillante resultaron tan desconocidos para mí que fruncí el ceño incrédula.

Cuando fui a vaciar el lavabo, miré mi reflejo en el agua, y la impresión por lo que veía hizo que me tambaleara.

Me agarré con fuerza a los bordes y escudriñé mi imagen.

Pero esta vez sí que no era yo, pues ya no se trataba del cambio de gestos o expresiones, no; esta vez eran transformaciones más físicas.

El cabello del agua era más rizado y creí que también más espeso, la piel más morena y los ojos miraban diferente, estaban preñados de dureza, pero también de ingenio y resolución; eran más vivaces y penetrantes que los míos.

Pareció mirarme curiosa y asombrada, tan intrigada como yo.

Y, de repente, la imagen se perdió y regresó la actual.

Mi cabello volvió a ser más lacio y ligero, y mi piel más blanca, mi mirada más serena, aunque ácida y con un toque vulnerable que no había visto en esa otra yo.

Exhalé un gemido afectado y cerré los ojos un instante, inclinando la cabeza sobre el pecho.

Era ella, Isabet Llerán.

Coincidía con la descripción que había hecho Luis.

Y, en efecto, era yo sin serlo. Y no sólo por los matices físicos, sino porque su existencia desvinculada de la mía en una realidad paralela tan distinta había forjado una mujer muy diferente.

Pues la vida curte y moldea, y por la mirada que había visto en sus ojos, había vivido cosas extremas que la habían templado a fuego.

Bien, aquello no eran alucinaciones, estaba claro.

De algún modo se había abierto una brecha en el tiempo, y ambas realidades no sólo coexistían simultáneas, sino que podían conectarse.

Yo la había invocado y ella había aparecido.

Y en aquel instante tuve la certeza de que ella también me había visto a mí.

Me embargó una sensación extraña, pintada de cierto tono aprensivo que me mareó. Aturdida ante aquel impacto que ya llevaba tiempo llamando a mi puerta, las rodillas se me aflojaron. Me sujeté con más firmeza a los bordes cerámicos del lavabo y respiré profundamente.

Descubrir las evidencias de un mundo oculto a la vista no era algo fácil de asimilar.

Pero sin duda ratificaba que es real lo que no vemos, lo que no es tangible o lo que no tiene explicación, pues no tenerla únicamente significa que desconocemos ese mundo, nada más.

Sin embargo, existía, como existen muchas cosas que no es que no veamos, sino que nos negamos a ver.

Quizá el ser humano tenga implícito en su ADN el gen de la involución inculcado por el miedo a lo desconocido, otro rasgo de la supervivencia más elemental.

«Bien —me dije—, sea lo que sea lo que el destino me tenga preparado, lo pienso afrontar.» Y, ya decidida a recorrer ese camino, no pensaba titubear.

Regresé a la cama y me arrebujé contra el costado de Luis, que se removió con un gemido ronco mientras volvía a cobijarme entre sus brazos.

Suspiré y cerré los ojos. Me sorprendió descubrirme sonriendo, pero no me lo recriminé.

Estaba determinada a vivir cada instante, aunque desembocara en un callejón sin salida o dejara a mis pies más de un escudo roto.

Me dejé envolver por el sopor preguntándome qué estaría viviendo ahora en aquel otro mundo...

* * *

Desperté jadeando, sudorosa y angustiada.

Di un respingo y me incorporé como un resorte, estrangulé un gemido doloroso y mis dedos se crisparon contra la sábana.

Unos brazos se posaron sobre mis hombros suavemente. Una voz pareció querer romper la neblina hipnótica que todavía nublaba mi mente. Pero yo aún no podía escapar de ella..., ni de él...

... Sus sucias manos recorrían mi joven cuerpo con repugnante lascivia mientras susurraba que, si gritaba o lo delataba, la mataría.

Y mi mente, completamente embargada por un terror denso, tan opresivo que apenas me dejaba respirar, sólo podía pensar en mi madre, que dormía en la habitación contigua, ajena a los sucios abusos a los que su marido sometía a su hija de once años.

Su voz pastosa escupía susurrantes amenazas entrecortadas entre jadeos lujuriosos mientras su cuerpo mancillaba el mío.

Su fétido aliento me provocaba náuseas, y su sudorosa piel, pegajosa y maloliente, despertaba en mí tal repulsa que odié todos y cada uno de mis sentidos por ser receptores de aquel despreciable contacto.

Lloraba en silencio mientras el dolor me acometía con más fuerza que sus impúdicas incursiones.

Con el rostro vuelto contra la almohada y cerrando con fuerza los ojos, repitiéndome que aquello no estaba pasando, que era una abominable pesadilla, suplicaba a Dios despertar.

Pero a la mañana siguiente, la sangre en mis braguitas y la marca amoratada de sus dedos impresa en mi piel me recordaban con cruel saña que sí, que cada noche aquel monstruo entraba en mi cuarto y que yo era su armario particular. ..

—¡Elisa, despierta! —exclamó Luis asustado.

Sentí que me zarandeaba en un intento de hacerme volver en mí.

Yo temblaba en violentos espasmos e hiperventilaba arrítmicamente. Sus brazos me rodearon y me tumbaron sobre él.

—Sólo es una pesadilla, cariño, pronto pasará... Chis..., los demonios pronto se irán. Estoy contigo.

Sus mimos y sus caricias terminaron de alejar todo rastro del pasado, dejándome tan vívidas sensaciones que rompí a llorar en sollozos violentos.

Luis me acunó sobre su pecho. No dijo nada, tan sólo acariciaba mi espalda y mi pelo con extrema dulzura. Poco a poco pude calmarme, hasta que conseguí inhalar una profunda bocanada de aire que luego expulsé lentamente, logrando serenarme lo suficiente para dejar de llorar.

—Sólo hay un modo de alejar a los demonios —musitó él en tono quedo.

—Nunca se van. Tan sólo puedes levantar muros altos para no verlos, pero están ahí —respondí abatida.

—Los demonios saltan muros, en cuanto una piedra se mueve y la ven —murmuró pausado—. Y yo lamento haberla movido. Aunque todo muro, tarde o temprano, flaquea. Sólo se puede volver a vivir plenamente cuando los expulsamos.

—¿Tú has echado a los tuyos?

—A la mayoría, sí. Con el resto puedo vivir sin que me entorpezcan demasiado —confesó—.

Con el transcurso de los años, y las cicatrices que cruzan no sólo mi piel, sino también mi corazón, he descubierto que quejarse y lamentarse es una espiral de autodestrucción, que compadecerte es absurdo, y que odiar es un puñal en nuestro pecho.

Que la vida no hay que lucharla, sólo hay que vivirla.

Que nos pasamos la existencia detrás de un sueño que cuando conseguimos no nos satisface, porque nos gusta vivir insatisfechos para tener algo de lo que quejarnos.

Que nos centramos mucho más en las carencias que en las tenencias.

Que si aparece una minúscula nube en un día despejado, acapara más nuestra atención convirtiendo ese día en nublado.

Que no existe la felicidad como meta, ni tenemos que superarnos, sino tan sólo aceptarnos.

Porque, como te dije, hay dualidad en el universo, y en el interior de cada uno.

Todos somos ángeles y demonios, y esa parte sombría que nos da miedo mirar y rechazamos tenemos que abrazarla para poder querernos de verdad.

Nadie puede amarse sin ser del todo consciente de su oscuridad.

Es la naturaleza humana, compleja y continuamente enfrentada.

El auténtico amor es querer los defectos del otro, no las virtudes.

Pero, antes, esa otra persona tiene que estar lo suficientemente segura para mostrarlos.

Porque ser libres, Elisa, es tan fácil como romper nuestras cadenas haciendo lo que nos nace hacer en cada momento.

Y eso sí que es la clave de una vida plena y dichosa, aunque no rosa.

La vida son momentos de colores diversos, pero son nuestros ojos los que eligen el tono.

Alcé el rostro para mirarlo y su concentrada expresión me cautivó.

—¿Es así como los alejaste de tu vida?

Negó con la cabeza y me dedicó una sonrisa triste que deseé borrar con un beso.

—No, cuando nos acecha un trauma, por mucho que nos digamos que fuimos víctimas, el poso de culpabilidad asoma traicionero, minándonos, devastándonos.

Y el demonio de la culpa es incluso peor que el del odio, pues nos induce a castigarnos por algo que creemos que deberíamos haber hecho o por algo que hicimos.

Y ese demonio muerde y desgarra el alma.

A mí casi me devora, hasta que un día, tras una conferencia sobre biodescodificación emocional, mi mente halló la clave.

—¿Y cuál fue?

—Perdonarme y perdonarlos. Liberándome yo, los liberaba a ellos.

—Dicho, parece fácil, pero yo... yo no puedo perdonar... ni perdonarme.

—Puedes —aseguró con convicción. Clavó sus ojos en los míos con tanta intensidad que me estremecí—, y debes.

Pues el origen de muchas enfermedades está en la psique.

En tal caso, si nuestro estado emocional es capaz de somatizarse en desequilibrios orgánicos y físicos, también puede curarnos.

El origen de todo, Elisa, está en las emociones y los pensamientos.

—Fascinante, pero ¿cómo controlarlos?