La perla del agua CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

Supe en el acto lo que ocurría.

Le di la referencia de búsqueda y enfiló hacia el fondo guiado por mi dedo.

Volví a mirar aquel coche, que arrancaba en aquel momento, y sentí una desazón aguda. Luis me había estado siguiendo, no acosando, y el motivo era aquel misterioso hombre que se había pasado buena parte de la tarde acechándome.

Tragué saliva, y lo primero en lo que pensé fue en el atropello.

Si Luis llevaba razón, yo estaba en peligro.

Pero ¿por qué demonios alguien querría acabar conmigo?

No tenía enemigos, ni rencillas con nadie, aparte de alguna estúpida discusión vecinal.

Y en aquel momento, todo mi cuerpo reaccionó, liberando torrentes de adrenalina por mis venas, aumentando mi ritmo cardíaco.

Respiré pausadamente mientras intentaba tranquilizarme. Pero el miedo fue un duro oponente.

Observé a Luis, que, apoyado indolente en una columna, simulaba ojear el volumen que tenía entre las manos. No obstante, su fingida pose despreocupada no perdió la rigidez cuando siguió con la mirada el coche que partía.

Era casi la hora de cerrar, y sólo había un hombre consultando unos mapas, así que decidí abordar el tema sin más tapujos.

Me acerqué a Luis y lo cogí del brazo.

—Tenemos que hablar.

—Yo tengo que leer —murmuró alzando una ceja.

—Pues ahora vas a escuchar.

Cerró el libro, lo dejó en su hueco y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Dispara, nena.

—Ese tipo del coche gris lleva días siguiéndome, ¿no? Por eso tú también lo haces. Intentas protegerme.

—No sé de qué te sorprendes, es lo que dije que haría.

—Pero yo te dije que no lo necesitaba.

Dirigió su mirada hacia el ventanal de nuevo y alzó los hombros con gesto vacuo.

—No soy muy obediente, lo primero, y lo segundo, creo que acabas de darte cuenta de que sí necesitas protección.

Me froté las palmas contra la cara y resoplé angustiada.

—Imagino que habrás cogido su matrícula, porque ahora mismo voy a ir a la comisaría de policía a denunciarlo.

—Ya he comprobado la matrícula, no es un coche robado, aunque seguramente no estará a su nombre.

Y no puedes denunciar a un tipo sólo por estar estacionado de manera coincidente en el mismo lugar donde estés tú.

Eso no es delito, y, que yo sepa, no has recibido amenaza alguna para solicitar una orden de alejamiento.

—Pe... pero tú lo viste atropellarme —mascullé furiosa—. Tú puedes testificar que fue intencionado, que me esperaba, y, joder, ahora vuelve a las andadas, eso es intento de homicidio.

—No es el mismo.

Lo miré anonadada, y el miedo repicó como un agorero redoble de tambores, haciendo vibrar ominosamente la tensa piel de mi corazón.

—Y el intento de homicidio es cuando intenta matarte y no lo consigue. No es el caso. De momento, sólo puedo ser tu escolta. Mi presencia lo mantiene lejos. Se limita a observar.

—No es el mismo... —repetí angustiada—, eso sólo significa...

—Que el verdadero culpable se mantiene a la sombra y usa a otros para sus fines.

—Dios santo...

Me estremecí y sentí la garganta seca y rasposa.

Luis me abrazó ciñéndome con fuerza a su pecho. Me dejé arropar rendida a la necesidad de calor y consuelo que me ofrecía. En su amplio y vasto pecho, me sentí segura, y por fin mis latidos se acompasaron con los suyos, ofreciéndome solaz.

—Por eso dormías en un banco frente a mi puerta.

Sus grandes manos acariciaban melosas mi espalda, trazando erráticos círculos.

Cuando alcé mi rostro hacia él, mis labios casi rozaron los suyos.

Oírlo suspirar, sentir su aliento en mis labios y su penetrante mirada esmeralda en la mía agudizó el deseo de perderme en aquella boca, con la que no había dejado de soñar desde que había probado su sabor.

—Y lo sigo haciendo —reconoció.

Esta vez, suspiré yo. Luis miró por encima de mi cabeza con expresión contenida. Supe que oteaba a nuestro alrededor con un propósito.

De repente tiró de mí y me llevó más al fondo, me encajó entre dos grandes estanterías y se cernió sobre mí.

Entreabrí ansiosa la boca para recibirlo y él gruñó en ella, reclamando su premio.

Gemí cuando su voraz lengua se enredó en la mía y me dejé arrastrar a aquella vorágine de pasión descontrolada.

Su desesperación se sumó a la mía aumentando la intensidad de aquel beso, convirtiéndonos en dos animales famélicos.

Su sabor impregnó mis sentidos, devastándolos.

Y cuando sus manos se ahuecaron en mis senos, las mías levantaban el borde de su camiseta ávidas de su piel.

Recorrí los ondulantes músculos de su espalda, clavando las uñas en su carne.

Él se arqueó sobre mí, inclinó la cabeza hacia atrás liberando un sofocado gruñido atormentado, y yo me cerní sobre su garganta mordisqueándola.

—Joder, para, o te follaré aquí mismo.

Aquellas palabras no terminaron de calar en mi conciencia, porque fui incapaz de abandonar su cuello.

—¡Elisa..., bufff, ardo! —exclamó mortificado.

Yo también ardía, y sabía dónde encontrar alivio a aquella acuciante necesidad.

Me mordí lasciva el labio y lo miré decidida. Lo cogí de la mano y lo arrastré hacia el almacén. Abrí la puerta y no pude avanzar más.

Luis la cerró y me ciñó a ella con rudeza. Y entonces liberó aquella bestia salvaje que había estado conteniendo.

Sus manos me desnudaron burdamente, con trémula urgencia.

Las mías fueron torpes e impacientes. Y, sin despegar nuestras bocas, nuestros cuerpos se fundieron.

Él me alzó sobre sus caderas y yo las rodeé mientras me embestía con tal ímpetu que creí que echaríamos la puerta abajo.

Sus manos en mis nalgas se convirtieron en garras, y su boca en las fauces de un león imponiendo su dominio.

El placer me sacudió con la fiereza de una fusta y convulsioné ante un orgasmo tan violento que no pude evitar gritar sumida en un éxtasis brutal.

Luis se tensó, todo su gesto se contrajo en una mueca feroz, apretó los dientes y se liberó en una profunda acometida que estremeció cada músculo de su cuerpo.

Jadeantes, permanecimos abrazados, yo todavía suspendida en sus brazos, con las piernas en torno a sus caderas.

—Dios, Elisa, jamás he sentido nada igual... Me conviertes en un puto animal salvaje.

—¿Crees que yo me reconozco?

Despegué mi rostro de su hombro para mirarlo a los ojos.

A pesar de la penumbra, su afectado brillo me emocionó.

No. No sabía qué nos pasaba, pero era tan maravillosa la sensación que tampoco vi necesario ponerle nombre.

—Tener tu boca tan cerca supone todo un reto para mí. No dejaría de besarte nunca —susurró envolviéndome con su cálido y tentador aliento—. No sé qué clase de influjo ejerce sobre mí, sólo sé que despierta una necesidad como nunca antes había sentido.

—Mi sensación es parecida —confesé—, aunque habría que añadirle una familiaridad extraña. Mi cuerpo reacciona ante ti con una naturalidad inaudita.

Luis salió perezosamente de mí y me depositó en el suelo. Sin embargo, no se apartó. Cogió mi rostro entre las manos y pegó su frente a la mía.

—Porque ya hemos sido amantes, Elisa. De hecho, lo somos también de manera simultánea en otra realidad, y, aunque muy distinta por situarse en un espacio temporal diferente, ambas tienen evidentes similitudes.

.. ésta, por ejemplo. El vínculo que nos une allí también lo hace aquí. Por eso esta increíble conexión.

Unos golpes en la puerta nos sobresaltaron.

—¿Se encuentra bien, señorita? He oído gritos.

Luis sonrió divertido y alzó expectante una ceja aguardando mi respuesta.

—Sí, todo está bien... Es que he visto una rata muy grande. Salgo ahora mismo, no se preocupe.

—Una rata grande, ¿eh? —susurró en mi oído haciéndome cosquillas.

—En realidad, es más un puma negro —respondí risueña.

Su felina mirada refulgió mordaz, hizo el gesto de enseñarme los dientes y gruñó burlón. Yo sofoqué una carcajada.

—Si necesita ayuda... —se ofreció la voz de fuera.

—No, gracias, ya voy a cerrar.

Luis comenzó a besar mi cuello y yo ronroneé.

—Bien, en tal caso, me marcho ya. Le dejo los planos en su mesa.

—Perfecto, Roberto, muchas gracias.

Oímos pasos alejándose y, cuando puse las palmas de las manos en su pecho para apartarlo, cambié de idea y lo atraje hacia mí para besarlo.

Mi voracidad por él era incontrolable.

—Eres insaciable, nena... Pero sigue, joder, no dejes nada de mí.

Volvimos a entregarnos a la lujuria más desenfrenada, esta vez en el suelo.

* * *

Acomodada en su pecho, pero ya en mi cama, suspiré larga y plácidamente.

No iba a permitir que siguiera durmiendo en un banco, ni que estuviera escondido en algún rincón vigilando que nadie se me acercara y que además yo lo viera, nunca más.

Me había llevado a casa, habíamos cenado frugalmente y, en mi cama, habíamos continuado intentando apagar sin éxito aquella pertinaz necesidad de fundirnos en el otro. Apenas lograba entender cómo fisiológicamente su cuerpo correspondía a mis exigencias tras varios asaltos, pero lo hacía.

Y ahora, exhausta pero plena, escuchaba su regular respiración mientras dormía.

Él era el primer hombre que metía en mi cama, y en mi casa, que para mí siempre había sido mi santuario.

Él era el primer hombre con el que dormía.

El primero en tantas cosas que nunca sabría cómo estaba, no sólo transformando mi vida, sino también a mí misma.

Resultaba curioso descubrir cuán muerto se había estado cuando la vida burbujeaba por fin en las venas con la efervescencia de un géiser.

Y aquello a lo que yo llamaba vida tranquila no era sino un sombrío sucedáneo, repleto de escudos que no dejaban entrar la luz del sol.

Y, allí, en la penumbra de una noche inolvidable, esa luz me inundó a raudales.